La insurrección que viene

…es el título de un panfleto francés (L’insurrection qui vient, en el original) publicado hace ya una década por un autodenominado “Comité invisible” y atribuido a “algunos jóvenes campesinos comunistas” que fueron arrestados presuntamente por haber participado en su redacción y a los que se les aplicó la ley antiterrorista.

El “manifiesto”, de indudable sello anarcocomunista, se presenta a modo de análisis de la situación sociopolítica y de lo que podría entenderse como “malestar de la cultura” en lo que llevamos de siglo XXI, pero no para en barras al proponer la subversión en consonancia con su ideal de “mantener en la misma existencia actos y pensamientos”.

Ahora cobra de nuevo significado con las revueltas en la vecina Francia protagonizadas por los “chalecos amarillos”, ya que lo que comenzó como una protesta convencional contra la proyectada subida de los impuestos al diésel ha degenerado en un estado de sublevación dispersa, si bien el escenario más deseado para la misma sigue siendo París.

Detrás de los actos de pillaje y de violencia contra la Policía, que han causado ya 14 muertos, se adivina el protagonismo de grupos vandálicos con la coartada ideológica de la extrema izquierda antisistema, así como no parece improbable la participación de facciones afines al Frente Nacional cuyo objetivo desestabilizador está claro.

Así, a la pesadilla recurrente de los ocupantes del Elíseo desde que comenzó el siglo, esas jornadas de furia que se desatan en las banlieus “espontáneamente”, sin causa clara que las explique, se une la realidad (imposible de esconder o disimular) de que el principal partido de Francia es una formación tan estatista como antisistema.

LA EVOLUCIÓN DEL FN

Factores como el estancamiento económico, la inmigración, la pérdida de peso internacional y la aversión chauvinista a la implantación de medidas dictadas desde más allá de las fronteras francesas -aunque procedan de una UE más afrancesada que otra cosa- explicaron antes, junto a la crisis del modelo de integración, el éxito del FN.

Desvinculada su líder Marine Le Pen de los excesos autoritarios, antisemitas, homófobos y machistas de su padre, su formación presume de transversalidad tanto como de incorporar a sus mandos a jóvenes, homosexuales, mujeres (el delfín de Marine podría haber sido su sobrina Marion) o personas de origen magrebí o africano.

Un lavado de cara que persigue culminar de una vez la transformación de lo que era un grupúsculo pronazi en partido de Gobierno en Francia, algo no muy complicado si atendemos a que sus señas de identidad más fuertes tienen que ver con la defensa de la soberanía nacional, del trabajador francés y de una política exterior autónoma.

Por supuesto, las componendas burocráticas en el seno de la UE dan pábulo a las soflamas antieuropeístas del FN, aunque este partido no prometa precisamente una reforma estructural del burocrático y esclerotizado Estado francés. Del mismo modo, los disturbios retroalimentan el discurso del FN contra el buenismo ilustrado de Macron.

Pero en el fondo, la principal razón del crecimiento electoral del FN es el “cordón sanitario” establecido por el resto de las fuerzas políticas, de la Derecha conservadora a los comunistas, con el fin de impedir la victoria de Marine Le Pen en la segunda vuelta de las últimas convocatorias presidenciales frente a Hollande y Macron.

UN SISTEMA DE PARTIDOS EN DESCOMPOSICIÓN

Esta pertinacia en el error que supone no reconocer el trasvase de votos desde todos los partidos al FN como culpa propia lleva aparejada la quiebra total de la confianza de sus electores, ya que si el “cordón” parece poco democrático, lo es menos no saber qué harán los partidos con los votos de sus votantes.

Se produjo con la llegada de Hollande al poder, sólo por el desprestigio de Sarkozy en aquella hora y para parar al FN, y se ha vuelto a producir con la elección de Macron, de quien cabe recordar que era el ministro de Economía del fracasado Ejecutivo socialista de Hollande. Ahora el PSF ha hecho implosión y Macron sigue sin saber dar soluciones.

En rigor, el perfil buscado por Macron recuerda más al del “pequeño Napoleón” Sarkozy que al de Hollande, pero a diferencia de Sarko el líder de En Marche le debe su victoria y su legitimidad a la estrategia “antifascista” que ya parece más un ardid de los descompuestos partidos franceses que una posición de firmeza de los electores.

Por ello, no es descartable que en próximas elecciones el “cordón” se resienta decisivamente de la falta de programas, convicciones y coraje de una clase política francesa que sigue anclada en la tradición intelectual del sesentayochismo y que lo único que parece saber proponer es más gasto público para atenciones “sociales”.

Se verá antes si Macron con su proceso abierto de debate y referendos logra siquiera volver a ilusionar al francés medio con la política, algo por otra parte tan francés, o si bien patentizará con un nuevo fracaso la falta de respuesta a lo que, más allá de las restricciones económicas o la precariedad laboral, ofrece síntomas de grave crisis moral.

ESTA VEZ NO VA DE BIENESTAR AMENAZADO

Trabajos y relaciones impersonales, sueldos bajos en una opulenta sociedad de consumo, distanciamiento de la política, falta de arraigo y de sentido de “lo social” o lo público… características de una crisis que recorre el siglo con consecuencias más profundas que las apreciadas por las estadísticas y datos macroeconómicos.

“Huelga decir que la vinculación de los franceses al Estado -garante de los valores universales, último bastión frente al desastre- es una patología de la que es complicado deshacerse”, señala con sorna el panfleto de los insurrectos, pero es con esto con lo que tratan de lidiar en la actualidad los dirigentes nacionales de la República.

“Hemos sido arrancados en masa a toda pertenencia, ya no somos de ninguna parte y de ello resulta, al mismo tiempo que una inédita disposición al turismo, un innegable sufrimiento. Nuestra historia es la de las colonizaciones, de las migraciones, de las guerras, de los exilios, de la destrucción de todos los arraigos”, proclaman también.

Y respecto al trabajo “digno”: “En Francia, se hace todo lo posible para trepar en la jerarquía, pero se alardea en privado de no dar palo al agua. (…) Se detesta a los jefes, pero se quiere ser empleado a cualquier precio. Tener un trabajo es un honor y trabajar, un signo de debilidad. En resumen: el perfecto cuadro clínico de la histeria.”

Conclusiones inquietantes pero acertadas, que demuestran la gravedad de un proceso insurreccional larvado desde hace años que sólo espera una ocasión para manifestarse con toda la violencia en consecuencia con su crudo discurso. Una violencia intermitente, difusa y dispersa pero de una persistencia en el tiempo que la dota de entidad “política”.

LA MELODÍA REVOLUCIONARIA

“Una insurrección no es como la extensión de la peste o un incendio forestal -un proceso lineal que se extiende progresivamente, por proximidad, a partir de una chispa inicial-. Se trata más bien de algo que cobra cuerpo como una música, y cuyos focos, incluso dispersos en el tiempo y el espacio, logran imponer el ritmo de su propia vibración.”

Así las cosas, y pese a tratarse de un país como Francia donde el propio concepto de “Revolución” está tan mitificado como el de “Nación”, “República” o “Derechos Humanos”, da la impresión de que Macron huye hacia delante con el señuelo de la “participación” mientras pretende superar al FN con una mayor integración europeísta.

Algo que precisamente contradice los términos en que se desenvuelve actualmente el debate en casi todos los países de la UE: mayor soberanía nacional como medio de mayor participación política de los ciudadanos frente a mayor integración en una estructura supranacional para lograr mayores cotas de bienestar, seguridad y libertad.

En todo caso, el país vecino sigue ofreciendo muestras de eso que Alain Peyrefitte describió como endémico “mal francés” hace medio siglo, ante los nuevos desafíos planteados por el mundo posterior a la II GM con la definitiva hegemonía de los USA y el modelo capitalista occidental.

Un mal calificable de esquizofrenia en cuanto que los mismos sujetos que pretenden un Estado Total del Bienestar arremeten contra ese mismo Estado en nombre de la “Revolución”, frente a unos ciudadanos con pañuelo rojo que oponen a los sublevados un lema tan sencillo como explícito: “Sí a la Democracia, no a la Revolución”.

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