El miedo campa a sus anchas

…de creer a tanto politólogo y a la mayoría de los editorialistas de medios de comunicación que han explicado, cuando la realidad les ha venido propinando sopapos de continuo, todas sus meteduras de pata, el fracaso de sus expectativas y prospectivas, sus propias fake… con la coartada moral, más que razón argumentada, del miedo de la gente ante la incertidumbre de un mundo en cambio.

Así con el Brexit, donde por lo visto el miedo de los británicos a la incertidumbre de un mundo globalizado, a la burocracia imperialista de la UE y a la inmigración masiva ha decantado, por una exigua mayoría, exponer al viejo Reino Unido a la mayor de las incertidumbres en el corto plazo, que se manifiesta tanto en lo económico como en lo político y moral.

Así en Francia, donde sería el miedo de las clases medias y bajas a la pérdida de su poder adquisitivo y su estabilidad laboral, tanto como a la emergencia de esos inadaptados de origen extranjero pero de nacionalidad francesa desde hace varias generaciones, el motor electoral de un Frente Nacional que no deja de ganar adeptos. Pero, ¿no es el miedo al FN lo que gobierna Francia?

Por lo menos en Colombia no tuvieron miedo ante la auténtica campaña del miedo que perpetraron a pachas entre el nefasto presidente Santos (merecido Nobel de la Paz, entiéndase) y los matarifes de las FARC, votando rotundamente “no” a esa nueva cesión del Estado ante otra de las partidas de asesinos de los Castro en el continente, probablemente la más cruel y sanguinaria de todas.

Y desde luego no hubo miedo a la hora de elegir a Trump para enterrar el ominoso legado de Obama (otro merecidísimo Nobel de la Paz) dentro y fuera de los EEUU. Más pareciera que es el establishment de todos los países, causante y beneficiario de todos los cracks y crashes de las últimas tres décadas, el que tiene todo el tiempo del mundo todavía para mascar a fondo su miedo.

Por eso, lejos de adoptar cualquier discurso o medida de urgencia, insisten en su fatua campaña de propaganda acerca del miedo, la ignorancia o incluso la vulgaridad de la gente que no vota lo que ellos quieren, cuando más bien parece que el individuo medio en todos los países del mundo ha comenzado a perder el miedo, no digamos ya el respeto, a los valores y líderes antaño venerados.

Precisamente, es el miedo genuinamente conservador o más bien conservacionista el que todavía recaba apoyos para los viejos partídos políticos de la posguerra, que prometen simultáneamente que con ellos en el poder se mantendrá tanto el Estado de Derecho como el de Bienestar y que, contradictoriamente, hay que adaptarse a un mercado globalizado y en permanente cambio.

No es el miedo al cambio, pues, lo que explica los cambios y las reiteradas sorpresas (que por lo reiterativo no causan tal sorpresa) en las elecciones ciudadanas de los últimos años. Más bien son las ganas de cambio, en EEUU como en Brasil como en tantas partes, las que espolean a los individuos a votar con convicción a las nuevas o no tan nuevas opciones políticas.

Un cambio que podría ser para reaccionar o tratar de reasumir la nueva era con otros parámetros que se pretenden “más integradores”, según un punto de vistal tradicional (de izquierdas o de derechas), o para ahondar en las realidades transformadas por las tecnologías digitales y tratar de paliar sus efectos nocivos sin renunciar al progreso general que también proveen.

Lo innegable es el efecto paralizador del miedo, que ha impedido en los últimos tiempos la adaptación de quienes más debían de haberse adelantado a los acontecimientos para tratar de evitar los efectos y consecuencias más graves de las crisis para aquellos más vulnerables: partidos políticos y medios de comunicación no estuvieron a la altura, y por eso su miedo no deja de crecer.

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