Si los niños han de conocer la historia de España

…deben contar con la correspondiente asignatura en todos los cursos de su edad escolar, al menos una hora cada día de la semana, con el mismo programa básico en todo el país y una prueba nacional de evaluación cada tres o cuatro cursos. El objetivo sólo puede ser la adquisición de conocimientos para la comprensión crítica del decurso histórico que conduce a nuestro presente.

Otra cosa es el relato oficial y nacional entendido como Historia de España, presentado como discurso más que como decurso, o las mismas historias subjetivas (memorias, poemas épicos, epistolarios) que jalonan la larga singladura de los españoles a través de los siglos, conformando los rasgos generales del carácter nacional a nuestros ojos tanto como al de los extranjeros.

En el primer caso, se trata de instrucción: se procura inculcar conocimientos al alumno, bien sea estudiante extranjero o nacional (de origen inmigrante o no), y la utilidad derivada del aprendizaje es la propia satisfacción intelectual por la adquisición científica de saberes históricos. Si se pregunta a un universitario polaco para qué estudia historia de España, responderá que porque le atrae.

En el segundo caso, se trata de educación, bien nacionalista o meramente historicista, con el indispensable elemento emocional o afectivo para lograr la identificación nacional del sujeto con la Historia oficial de la Nación: se trata de ofrecer un relato histórico lineal y verosímil sobre los avatares a que se debieron de enfrentar nuestros antepasados para legarnos la España actual.

Parece obvio que cualquiera puede interesarse por la historia de un país ajeno o de una cultura remota tiempo ha desaparecida, sin que ello le mueva a identificarse con el objeto de su estudio más allá de lo estrictamente intelectual. La curiosidad del estudiante polaco por el Islam español le llevará a visitar Andalucía, no a pedir su secesión de España como emirato árabe independiente.

Por el contrario, el relato nacional de la Historia tendrá que reunir el ingenio suficiente para integrar en el mismo discurso las heroicidades y añagazas de nuestros antepasados, sus conquistas y masacres, las obras de creación e industria que brindaron al mundo y todos los demás errores y crímenes cometidos desde el origen de los tiempos por quienes nos han precedido.

EL MODELO FRANCÉS DE ESCUELA NACIONAL

Será con Napoleón, un corso autoelevado al poder en la Francia más poderosa de la Historia, cuando se diseñe el modelo de escuela nacional con el fin de “fabricar franceses” (o ciudadanos de la República, entonces Imperio) a través precisamente de la enseñanza de una historia a modo de relato épico de los siglos pasados, homogénea en todos los rincones de sus dominios.

Comienza a producirse así un tipo de manuales de Historia en lo que lo relevante es establecer la continuidad lineal de la Nación pese a todos los pesares y frente a toda clase de enemigos; unas historias donde se destaca a los héroes individuales pero sin dejar de ensalzar al Pueblo como genuino “motor histórico” de la historia nacional, en el presente tanto como lo fue en el pasado.

Una historia de Francia que tenía como propósito tanto legitimar la Revolución que liquidó el Antiguo Régimen (cuyos exegetas podían remontarse más de un milenio en la Historia para justificar la Monarquía) como enlazar el futuro imperial de la República con ese pasado que no se dejaba de considerar glorioso, al menos por parte de los estamentos militares e intelectuales.

Por supuesto, para cualquier francés de hoy día (como en los tiempos de Napoleón) Carlomagno es el padre de la nación llamada “Francia”, aunque no fuese este el proyecto del primer titular del Sacro Imperio Romano Germánico (que abarcaba de Pamplona y Barcelona hasta Hungría, de Italia al Báltico). Por descontado, se le celebra con pompa oficial en la República; como a Napoleón.

EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO COMO RIESGO PARA LA NACIÓN

Porque sólo un relato oficial lineal, con las gestas y hazañas protagonizadas por los grandes nombres y sus huestes, podía cohesionar y dar legitimidad a esa entelequia política conocida como “Pueblo”, del que surgen los héroes, cierto; pero del que sobre todo emana la nueva Soberanía sobre el territorio nacional a partir de las sucesivas revoluciones en Inglaterra, Estados Unidos y Francia.

En su célebre conferencia en la Sorbona (París, 11 de marzo de 1882) “¿Qué es una Nación?”, Ernest Renan considera todas las cuestiones relativas a esta presentación “nacional” de la historia (de las historias de los antepasados de los franceses a los que se dirigía) con el certero bisturí del científico que domina su campo y la clarividencia del buen conocedor de la condición humana:

“El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad. La investigación histórica, en efecto, vuelve a poner bajo la luz los hechos de violencia que han pasado en el origen de todas las formaciones políticas, hasta de aquellas cuyas consecuencias han sido más benéficas.”

Mas Renan asumía que “la esencia de una nación consiste en que todos los individuos tengan muchas cosas en común, y también en que todos hayan olvidado muchas cosas. Ningún ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo, visigodo; todo ciudadano francés debe haber olvidado la noche de San Bartolomé, las matanzas del Mediodía en el siglo XIII”, y tantas otras guerras civiles.

LAS HISTORIAS RACISTAS

Este nacionalismo de Renan, que no es chauvinista, habla de la Nación como “gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios” realizados “y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer”, y aunque presupone “un pasado” compartido, “se resume en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida común”.

Frente a su visión, el historicismo racista de pensadores como el también francés Gobineau alumbrará el panfleto con fines ideológico-políticos que se servirá de la Historia (elevada a categoría científica, al par que bastardeada por su habitual orientación predeterminista) para introducir el factor racial en la legitimación de la Nación como sujeto histórico.

Así lo hace en su obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, convirtiéndose en precursor del racismo científico por una especie de nihilismo decadentista que pretendía que sólo la preservación de la pureza de la auténtica raza francesa (la de origen franco, luego germánico) podría salvar la Nación de su extinción a manos de la chusma francesa de origen céltico o semítico.

Para Gobineau la elección de este formato narrativo era sencilla, porque él mismo pertenecía a la clase aristócratica, a “la raza de los señores” de sus posteriores discípulos nazis; mientras que para Renan, “la raza, como la entendemos nosotros los historiadores, es (…) algo que se hace y se deshace” y por lo tanto “no tiene aplicación en política”.

EL NACIONALISMO REPUBLICANO, ¿ASIGNATURA PENDIENTE DE LOS ESPAÑOLES?

Ahora que el líder de Ciudadanos Albert Rivera pretende imponer una asignatura sobre la Constitución Española de 1978 (verdadero centón de derechos fundamentales, derechos que no son tales y una serie de buenas intenciones dignas de cualquier otro paradero), conviene insistir en que la enseñanza debe ser neutral, bastando recordar cada tanto cuáles son los derechos de todos.

Ahora bien, podría resultar instructivo y aleccionador conocer las leyes que rigen nuestro sistema político, así como las instituciones más relevantes del mismo, su origen y tradición, para lo que no cabe prescindir de la Historia como archivo de nuestras experiencias; pero tampoco del relato histórico que ha de dotar de sentido a esa tradición legal y moral que consideramos como propia.

De continuo se habla del fracaso “nacionalizador” del Estado español, como si los alumnos hubieran estado despistados por el vuelo de una mosca cuando se tocaba en clase el capítulo de Leovigildo o el de los reyes asturianos; o no sintieran mayor interés por las andanzas del Cid, las gestas del Descubrimiento o la Conquista de América, o por el levantamiento del 2 de mayo.

Ciertamente, el estudio desapasionado de la historia de España ofrece gratificaciones suficientes a cualquiera con algo de curiosidad, pero el ritmo frenético de nuestros días parece ofrecer poco margen en la escuela y fuera de ella para esta aproximación intelectiva a nuestro pasado. El cine y los cómics, la novela histórica y los artículos de revistas cubren o debieran cubrir el gap, pero esta ya es otra historia.

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