El hombre que no sabía estar solo

El hombre que no sabía estar solo vivía solitario en un pequeño apartamento con tres habitaciones: cocina, dormitorio y cuarto de baño. Disponía de poco espacio vital para desplazarse, para moverse a sus anchas, para sentirse libre en sus horas libres, pensaban algunos, pero él se jactaba antes todos explicándoles cómo en esa aparentemente claustrofóbica ratonera en que vivía él gozaba de un mundo infinitamente inmenso y lleno de estímulos.

En cada una de las tres habitaciones tenía aquel hombre solitario una televisión y una radio y un reproductor de CDs, y en su dormitorio tenía, además, la Máquina.

El hombre que no sabía estar solo había adquirido el enigmático invento para poder comunicarse con todo el mundo, con cualquier persona, sin necesidad de tener que tomarse el irritante esfuerzo de salir a la calle para hablar cara a cara con sus vecinos naturales y sus amigos de siempre.

La verdad es que había ido abandonando poco a poco a sus amigos porque estos le resultaban monótonos y poco excitantes: le aburrían las largas horas empleadas por aquellos en discutir sobre política o en discernir intrincados aspectos de la obra de tal o cual director de cine eslovaco. Él se sentía demasiado aislado en aquel tipo de conversaciones, de la misma manera que no aguantaba las mezquinas y siempre reiterativas charlas sobre fútbol que mantenían otros de sus amigos, y debido a ello se afilió a la red de comunicaciones cibernéticas mediante la cual podía elegir el tema del que hablar con el sujeto que quisiera.

El hecho es que muy poco después, abandonados sus amigos, el hombre que no sabía estar solo pasaba las horas matando el tiempo en comunicación con otros centenares de seres, lejanos pero a la vez cerca de él. Se sentía pleno, aceptado de lleno por los desconocidos pero no ignorados (veía sus datos personales digitalizados en la pantalla) usuarios de otros tantos miles de teclados similares al suyo.

Este sentimiento de plenitud no le duró, sin embargo, más allá de lo que tardó en echar de menos la inmediatez del contacto físico, el calor de la compañía humana real y no virtual, el sentarse al lado de un cuerpo próximo. Lo pensó y repensó varias veces, no muchas, y decidió encargar a la Máquina que le construyera un ente femenino con el que poder disfrutar en compañía. Sus deseos fueron satisfechos y el hombre que no sabía estar solo consiguió, tan fácilmente, un cuerpo de mujer que podía invocar a su lado en el momento y la ocasión en que su juicio lo requiriese.

El hombre que no sabía estar solo dejaba definitivamente, por aquellas fechas, de salir a la calle para dirigirse siquiera al trabajo, pues este lo podía efectuar desde casa, desde el teclado al que vivía amarrado, mucho más tranquila y eficientemente. Así se lo había recomendado el director de su empresa, quien justificó además este progreso añadiendo que los gastos de transporte eran eliminados de su sueldo y por tanto «todos salimos ganando más».

Solucionado el acuciante (para otros) problema del empleo, colmada la angustiosa sed de satisfacción sexual, absorbida la demanda de compañía y afecto y aceptación sociocolectiva, aquel hombre que no sabía estar solo comenzó, no obstante, a sentir una especie de rechazo hacia toda aquella gente que no conocía pero con la que mantenía unas extrañas conversaciones sobre política, arte, contrainformación, terrorismo, fútbol y telenovelas.

Algo de todo aquello le sonaba un tanto al hombre que no sabía estar solo pero, por una parte, era incapaz de ubicar exactamente el momento en su memoria en que había aprendido tales conocimientos y sensaciones y, por otra parte, no las tenía todas consigo en cuanto a si sería óptimo para su ciberconciencia volver a aquella forma atrasada de acción conocida como realidad.

Se encorajinó para moverse del sillón con ruedas en que se encontraba sentado y descubrió entumecidos sus miembros. Tuvo que hacer un esfuerzo supremo para incorporarse de él y desapegarse de teclado y pantalla, y cuando por fin lo consiguió saltó sobre la cama y por encima de ella llegó reptando hasta la televisión, en la otra punta.

Hacía mucho que no observaba imágenes de la realidad y lo que vio de primeras lo impactó enormemente: un ser alargado yacía tumbado en tierra con grandes manchas rojas sobre el material que le recubría el cuerpo. No comprendió la imagen al principio, tampoco lo que el locutor hablaba (¿hablaba?), pero un recuerdo afloró en su mente como una instantánea y pudo identificar aquella extraña forma como un ser humano. Al principio lo dudó, pero luego se afirmó en su convicción, seguro de no poder ser engañado, él que tanto sabía de tantas cosas en todo el mundo, y llegó a darse cuenta también de que aquel cuerpo sangraba y moría con la sangre que lo abandonaba a borbotones. Pero seguía sin entender por qué, cómo había llegado a esa situación aquel ser humano, para qué.

Apagó la televisión y se dijo a sí mismo que la realidad, como todas esas conversaciones mantenidas entre aquellos usuarios de la red, era aburrida e inextricable, y de nuevo volvió corriendo al teclado de la Máquina. Con él recurrió nuevamente a la mujer virtual, pues aquella imagen del muerto había inquietado las células navegantes de su cerebro, y programó la orden que habría de hacerla presente junto a sí. Algo debió de fallar, inexplicablemente, y el hombre que no sabía estar solo se vio de repente dentro de la red, atrapado en sus pegajosos hilos entre miles de voces, chillidos, agudos sonidos parlantes y conversaciones chismosas.

Se tapó las orejas con las manos sin conseguir amortiguar apenas el estruendo de bits y bites que una metálica voz anglosajona hacía rechinar de continuo en su mente. Al instante se encontró de nuevo sentado frente a la pantalla, por la que se descolgaba una enorme y amarilla tarántula que se carcajeaba con risa de bruja vieja y loca. Con ganas de vomitar, el hombre se lanzó por la puerta del dormitorio hacia el retrete.

Encendió la radio cuando empezaba a aminorar su mareo, y se dio cuenta de que no entendía de qué hablaban, de que no comprendía ya siquiera ni los sonidos que articulaban aquellas voces que inundaban paradójicamente la desértica soledad de la minúscula habitación.

Con codos y rodillas, resultó que era incapaz de andar sobre sus piernas, se desplazó hacia su habitación y, tras un arduo esfuerzo, se encaramó a la cama resoplando. Encendió la televisión porque no aguantaba el silencio que le deparaban su respiración y la conciencia de sí mismo. Empezó a devorar imágenes y comprendió que no las entendía y que los locutores no estaban callados, sino que él no era capaz de oír.

Asustado, se echó de nuevo al suelo para tratar de salir de su casa, y arrastrándose llegó hasta las escaleras y de estas a la calle. La luz del sol lo cegó instantáneamente, y sordo e invidente como se encontraba reparó en que sólo podría ayudarse pidiendo a voces ayuda. Los músculos de su cuello se tensaron y le explotaron varias venas antes de que en su interior una vocecilla le explicara, tibiamente, que su sistema de articulación única había quedado inservible hacía tiempo. Desesperado, inutilizado e incomunicado como un tronco que patalease tirado en medio de la calle, el hombre que no sabía estar solo perdió el conocimiento de lo poco que retenía en su cerebro.

Los hombres que lo recogieron de la calle y lo subieron de nuevo a su piso no daban crédito a lo que veían. Alguno de sus antiguos amigos, informado del extraño y terrorífico hecho, acudió a visitarlo preocupado y se encontró con un ser desfigurado y definitivamente desconectado de todo: sordo, ciego, mudo, insensible a los estímulos del mundo exterior, vacío por completo el mundo interior, el hombre que no sabía estar solo flotaba ahora solitario en el vacío infinito del inmenso mundo de la virtualidad cibernética. Unos cuantos hombres de ciencia lo habían salvado, gracias al impresionante progreso de la técnica, de permanecer incomunicado el resto de sus días, y así era que habían acondicionado su cerebro -literalmente lo enchufaron- a la Máquina generadora de imágenes y estímulos, y pensamientos e ideas también, y el hombre aquel, gracias a ellos, viviría felizmente toda una eternidad de sensaciones placenteras, con su cuerpo enredado por los tubos.

-El proyecto se ha llevado a cabo -certificó el director de la empresa.
-Y ha sido un verdadero éxito -corroboró un científico de labios finos y sanguinolentos.
-No podía ser de otra manera -terminó afirmando, tajante y ufano, el director- y así salimos ganando todos, por supuesto.
-Todos -dijo el científico con una medio sonrisa sádica-. ¡Que comience la producción!

26 de abril de 1998

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