Sujétenme esos nazis

[Publicado en el extinto blog Notas desde una ciudad con mar el jueves 15 de octubre de 2009.]

Era lo que le faltaba al PSP (1): poner a un filonazi de portavoz sustituto de Ricardo Costa en el Parlamento autonómico valenciano. Pero, como bien apunta Santiago González, lo suyo hubiera sido saber si en la hora actual defiende aún esas ideas que tenía a los 17 años. Básicamente porque a los periodistas progres con ese tipo de cadáveres en el armario de la adolescencia sí que se les disculpaba… Por no hablar de los responsables mismos de esa Prensa -o PRISA- progre, como su consejero delegado Juan Luis Cebrián, que no era becario precisamente de la RTVE de Franco sino el jefe de sus servicios informativos. O el fallecido kapo Jesús de Polanco. Por no hablar de los hijitos del Régimen en el FASCIOE: Fernández de la Vega, Fernández Bermejo, Bono… ¡Por no mentar al padre de Arzalluz! Hasta se pueden hacer chistes a cuenta de la memoria histérica -y selectiva al estaliniano modo- de nuestros más conspicuos representantes públicos, que pese a todo continúan con su abnegada labor de subvencionar a los profanatumbas de Izquierda Unida incluso contra la propia voluntad de los familiares de desaparecidos, caso de los de García Lorca -lo que ya no merece tanta chanza como, pongamos por caso, el auto del PrevariGarzón en que solicitaba conocer si Franco estaba muerto.

Pero al margen de estas rencillas intestinales y del síndrome de Regresión que padecen los que pululan en torno a Z demasiado tiempo, lo cierto es que la mentalidad totalitaria se refleja inequívocamente en el absoluto desprecio por los hechos reales en beneficio del agit-prop, algo que es común a nazis y comunistas porque vertebra sus movimientos mejor que cualquier otra estructura, idea o principio político. Una técnica de control que, en parte debido a las modernas técnicas de comunicación y publicidad de alcance masivo, se ha extendido de un tiempo a esta parte por el interior de nuestras sociedades de manera inadvertida y, precisamente por ello, realmente peligrosa. Porque si «la mentira es la primera fuerza que mueve el mundo» según Revel, nos enfrentamos al horizonte real de nuevos totalitarismos que podrían resultar hegemónicos de aquí a muy poco tiempo.

De ahí que la foto que me sirve para ilustrar la cabecera de este blog -correspondiente al amerizaje forzoso que realizó el nazi belga Léon Degrelle en la bahía de La Concha de San Sebastián al final de la Segunda Guerra Mundial- pretenda simbolizar una sola cosa: la maquinaria de guerra nazi acabó hecha unos zorros, pero las ideas que promovieron flotan en el aire que respiramos y se contagian a mayor velocidad que la gripe A. Porque no sólo se trata de nacionalismo: los alemanes querían someter a todas las razas a la estirpe del Superhombre, del mismo modo que los rusos querían someter a todos los pueblos del mundo al Socialismo. Tampoco se circunscribe al «culto al Estado», como nos enseñó Hannah Arendt en su magna obra Los orígenes del totalitarismo, porque es el culto a la ideología y al caudillo que la encarna lo que prevalece sobre las consideraciones políticas acerca de la potestad del Estado para dominar a las personas. Es la Raza, el Hombre Nuevo el objeto de culto para las masas, y el Estado no es más que otro instrumento para la consecución del fin último: el sometimiento de todos al nuevo Dios sobre la Tierra.

Así, los eslóganes sobre «la Paz» durante la Guerra Fría omiten los millones de personas masacradas por los comunistas en Vietnam, Camboya, China, Afganistán, Cuba, Etiopía… como las mentiras sobre el «cambio climático» contribuyen a financiar organismos de ámbito global no sujetos a control parlamentario y cuyas actividades tienen ramificaciones de todo tipo: desde soportar los intereses «verdes» de cierta Industria a sostener la pobreza de los agricultores en los países subdesarrollados, pasando por la emergencia de clases funcionariales adictas a las nuevas ideologías del (presunto) Progreso que hacen y deshacen en instituciones supranacionales como la ONU, el Banco Mundial o el FMI. Una especie de imperialismo «Verde» que procura ampararse en la Solidaridad para seguir exportando miseria y opresión, sobre todo a África -«es que los negros, por sí solos…»-.

Nosotros apenas somos conscientes, pero a la pérdida de Soberanía nacional -luego democrática- en pos de organismos supranacionales se le une la amenaza demográfica del mundo musulmán, en gran parte promovida como política por los países árabes que expulsan población constantemente por su desprecio a los derechos humanos tanto como por las condiciones de miseria en la que obligan a vivir a la mayoría de sus habitantes, con la connivencia de los gobiernos de nuestras opulentas sociedades que necesitan de su petróleo.

¿Ejemplos del «estado de conciencia» actual en nuestras sociedades? Las manifestaciones «pacifistas» en medio mundo contra la invasión de Irak, que produjo el derrocamiento de un tirano genocida nazi como Sadam Husein, responsable de cerca de un millón de muertos y principal promotor del genocidio kurdo -aldeas enteras bombardeadas con gas químico-. O las adhesiones entusiastas de ciertos alumnos de la Universidad Complutense aplaudiendo de pie las barrabasadas oratorias de un Hugo Chávez -arquetipo de totalitario en el siglo XXI-. O desde luego las posturas propalestinas, tan habituales entre nosotros los españoles, que echan en cara a Israel una acción de guerra con muertos civiles -¿quién no lo es, en una Palestina sin Ejército?- pero no dan crédito a las auténticas barbaridades perpetradas por Arafat o actualmente por Hamás -de los niños bomba a la pretendida reinstauración de la crucifixión como pena de muerte-, pasando por la sistemática violación de los derechos individuales de las mujeres -de cada mujer, por razón de sexo desde su mismo nacimiento-, de los homosexuales, los disidentes políticos, los cristianos…

Y aún cabría referirse por extenso a otros rasgos distintivos de la mentalidad totalitaria, como la invención de «lo colectivo» y la sacralización de la Identidad -cada uno tiene la suya propia, personal e intransferible-, el nihilismo moral y el absoluto relativismo vital que conduce a las masas -al «hombre-masa» de Ortega y Gasset- a hacer de un Maradona, de un Michael Jackson o de un Osama Ben Laden un Redentor de todos los males particulares de la sociedad. La absolutización del Fútbol y su importancia creciente en las vidas de millones de personas, o la fe ciega en curanderos, zodíacos y telepredicadores son otros de los indicios más claros, mientras cada vez más se instala entre nosotros la Suprema Idea de que todo está permitido porque «hemos matado a Dios» -con Nietzsche, pero sin haberlo leído jamás- y en consecuencia la vida humana, la vida individual, la vida de cada uno, en definitiva… no tiene ningún sentido si no está vinculada al mero disfrute del Placer o a la autodisolución en la «acción colectiva» en pos de una Causa más alta como la de instaurar el Paraíso del Hombre en la Tierra.

NOTAS

1. A partir de 2008 comencé a referirme al Partido Popular como «Partido Socialista Popular» (PSP), entre otras denominaciones oprobiosas (PSPE: Partido Socialista Popular Euscalerríaco, etc).

Quién mató a mi padre

…es lo último en español del último “enfant terrible” de las letras francesas (y van…), Édouard Louis, antes Eddy Bellegueule (Hallencourt, Somme; 1992). Una obra de esa especie reseñada como “artefacto literario” por parte de editores y críticos fácilmente combustibles, que apenas encubre con su poderoso estilo el panfleto propio de activista de la extrema izquierda ahora bien posicionado.

Porque lo que parece emulación de la célebre Carta al padre del bueno de Franz Kafka -con sus intrincadas razones ocultas para amar y temer a su progenitor, para no sentirse amado o reconocido a causa de la severidad paterna-, se convierte en el libro de Louis, con la coartada de una infancia difícil, en un convencional retrato de la deprimente y presuntamente explotada clase obrera francesa; como en este apunte biográfico sobre su padre:

“Naciste en una familia de seis o siete hermanos. Tu padre trabajaba en la fábrica, tu madre no trabajaba. No había conocido otra cosa que no fuera la pobreza. Poco más puedo decir sobre tu infancia.
Tu padre os abandonó cuando tenías cinco años. Es una historia que cuento a menudo. Una mañana se fue a trabajar a la fábrica y por la noche no volvió. Tu madre, la abuela, me dijo que lo esperó, qué remedio, al fin y al cabo es lo que había estado haciendo durante media vida. (…) Tu padre bebía mucho y algunas noches, por culpa del alcohol, le pegaba a tu madre. Cogía platos, objetos pequeños y a veces incluso sillas, y se los tiraba a la cabeza antes de abalanzarse sobre ella y golpearla con los puños. No sé si tu madre gritaba o si soportaba el dolor en silencio. Tú los mirabas sin poder hacer nada, impotente, confinado en tu cuerpo de niño.”

RETRATO (MARXISTA) DE FAMILIA

A partir de este tipo de referencias, poco le falta al autor para imputarle al sistema, a la sociedad o al “modelo heteropatriarcal” su propia homosexualidad, cuando aduce que el rol determinante de un varón francés de la clase trabajadora deriva de una masculinidad tóxica, violenta y alcohólica, una vez desaparecidos los últimos lazos de solidaridad proletaria en los nuevos tiempos de economía virtual y financiera:

“Tu padre no fue el primero en tener problemas con el alcohol. El alcohol formaba parte de tu vida antes de que tú nacieras, las historias relacionadas con el alcohol se repetían a nuestro alrededor, los accidentes de coche, los resbalones mortales en el hielo al volver de una cena regada con vino, las violencias conyugales provocadas por el vino y el pastís y otras cuantas historias más. El alcohol cumplía la función del olvido. El mundo era el responsable, pero cómo condenar al mundo, a ese mundo que imponía una vida que la gente de nuestro alrededor no tenía más remedio que intentar olvidar -con el alcohol, por el alcohol.
Era olvidar o morir, u olvidar y morir.
Olvidar o morir, u olvidar y morir de tanto empeñarse en olvidar.”

Obsérvese que la culpa es “del mundo” -de momento- más que de las costumbres alcohólicas, y que esta inquietante tesis se difunde en un párrafo de aparente sencillez pero muy trabajado literariamente: recurso que proporciona a su vez esa falsa apariencia de relato genuino, aunque bien pudiera tratarse de un texto “ficcionalizado”. Al respecto, Louis nos presenta parádojicamente un rasgo positivo de su padre que hace muy dudosa la tesis de la persistencia social en Francia de ese modelo descrito en el párrafo y que él tanto denigra:

“Es curioso, dado que tu padre había sido violento, tú repetías de manera obsesiva que nunca lo serías, que nunca le pegarías a ninguno de tus hijos. Nos decías: Jamás le pondré la mano encima a uno de mis hijos, jamás en la vida. La violencia sólo genera violencia. Durante mucho tiempo yo repetía esa frase, que la violencia es la causa de la violencia, pero estaba equivocado: la violencia nos salvó de la violencia.”

Por tanto, lejos de limitarse a ajustar cuentas con el padre, lo que Louis nos presenta es un tipo de hombre vencido por causas supuestamente ajenas a su voluntad -como en realidad sucede casi siempre, también con los triunfadores, de atenernos a los condicionantes genéticos y ambientales de cada uno en no menor medida que al azar-. Un hombre que, debido a un accidente laboral y a su falta de estudios, se encuentra en la cincuentena sin trabajo, divorciado y enfermo (aunque por causas distintas, como se verá después):

“Me explicaste que sufrías una diabetes grave, además del colesterol alto, que podías tener un paro cardíaco en cualquier momento. Te quedabas sin aire al contarlo, tu pecho se vaciaba de oxígeno como si tuviera una fuga, incluso hablar te suponía un esfuerzo demasiado intenso, demasiado grande. Veía cómo luchabas contra tu cuerpo, pero intentaba fingir que no me daba cuenta de nada. La semana anterior te habían operado por lo que los médicos llaman una “eventración” -no conocía la palabra-. Tu cuerpo se ha vuelto demasiado pesado para sí mismo, tu vientre empuja hacia el suelo, empuja demasiado, demasiado fuerte, tan fuerte que se desgarra por dentro, que se desprende de su propio peso, de su propia masa.”

Una historia, la de su familia, que no es raro conocer en nuestros días, y no meramente a través de la Literatura y el Cine -el de Ken Loach, por ejemplo-; aunque, por señalar un caso diametralmente opuesto (o puede que no tanto) al de Louis, cabría referirse a la película Billy Elliot, sólo que en ésta desaparece el rencor a medida que transcurre la trama y en aquél aumenta hasta la acusación definitiva:

“Si entendemos la política como el gobierno de unos seres sobre otros y tenemos en cuenta que los individuos existen en el seno de una comunidad que no han elegido, entonces la política es la distinción entre colectivos cuya vida se asegura, se alienta y se protege y otros expuestos a la muerte, la persecución, el asesinato.”

LA CULPA ES DEL SISTEMA POLÍTICO (CAPITALISTA)

En rigor, hablamos de un trabajador fabril que pierde a su mujer por sus continuadas juergas, algo que según Louis “fue como si el dolor de la separación hubiese abierto una herida que dejó entrar de pronto todo lo que te rodeaba, el mundo, y por tanto la violencia, en tu interior.” Y luego el accidente:

“Lo conté en mi primera novela, Para acabar con Eddy Bellegueule, una tarde recibimos una llamada de la fábrica para decirnos que habías sufrido un accidente: una carga se te había caído encima y te había aplastado, destrozándote la espalda. No podrías volver a andar en varios años, no podrías volver a andar.”

Pero el autor, que recurre constantemente a saltos atrás y adelante en el tiempo para narrar distintos momentos de la vida de su padre, nos lo presenta tiempo después como barrendero municipal, y más tarde como “conectado a una máquina” debido a “haberte pasado la vida haciendo movimientos automáticos en la fábrica y luego inclinándote diariamente ocho horas seguidas para barrer las calles, para barrer la basura de los demás.” Estamos hablando, a todo esto, de un trabajo que le consiguió el Estado después de su accidente laboral, aunque Louis lo presente como un ataque frontal a los derechos humanos más básicos:

“En 2009, el gobierno de Nicolas Sarkozy y su cómplice Martin Hirsch sustituyen el RMI, una renta mínima que el Estado francés concede a las personas sin trabajo, por el RSA. Tú cobrabas el RMI desde que habías tenido que dejar de trabajar. Y el paso del RMI al RSA pretendía “favorecer la vuelta empleo”, como decía el gobierno. Pero la realidad fue que a partir de entonces el Estado empezó a hostigarte para que volvieras a trabajar, a pesar de tu salud deplorable, a pesar de lo que te habían hecho en la fábrica. Si no aceptabas el trabajo que te proponían, o más bien que te imponían, perderías tu derecho a las ayudas sociales.”

Con este y otros ejemplos, el autor prepara el campo para el asalto final, resumible en las líneas de la faja en la edición en castellano:

“Para las clases dominantes, la política es una cuestión estética. Para nosotros, vivir o morir.”

En consecuencia, justifica traer a colación los nombres propios, porque “quiero que sus nombres entren en la Historia para vengarme”:

“Hollande, Valls, El Khomri, Hirsch, Sarkozy, Macron, Bertrand, Chirac. La historia de tu sufrimiento tiene nombres y apellidos. La historia de tu vida es la historia de esa gente que se ha ido turnando para acabar contigo. La historia de tu cuerpo es la historia de esos nombres que se han ido turnando para arruinarlo. La historia de tu cuerpo acusa la historia política.”

Pero este que escribe con tanta candidez sobre su deseo de venganza estudió Historia en la Universidad de Picardía y Sociología en la Escuela Normal Superior de París, luego su propia biografía refuta sus tesis, que podrían ser resumidas, en estos tiempos de deletéreo victimismo a tiempo completo, en que la culpa siempre es de lo demás o, en los conocidos términos sartrianos: “El Infierno es el otro”.

“En su libro El ser y la nada, Jean-Paul Sartre reflexiona sobre las relaciones entre el ser y la nada. ¿Nos define lo que hacemos? ¿Nuestro ser se define por aquello que llevamos a cabo? ¿La mujer y el hombre son lo que hacen o existe una diferencia, un salto entre la verdad de nuestra persona y nuestros actos?
Tu vida demuestra que no somos lo que hacemos, más bien al contrario: somos lo que no hemos hecho porque el mundo, o la sociedad, nos lo ha impedido. Porque eso que Didier Eribon llama veredictos se ha abatido sobre nosotros, gays, trans, mujeres, negros, pobres, y ha hecho que algunas vidas, algunas experiencias, algunos sueños, nos resulten inaccesibles.”

Una tesis sencillamente falsa, pero que sirve al propósito de Louis de encuadrarse en ese “nosotros” que resulta oprimido ya que, como no va a presentarse como miembro de la clase obrera, recurre a su condición homosexual (¿impuesta por el sistema también?) antes de sentenciar, dirigiéndose a su padre -ficticiamente, recuérdese: porque no se trata de diálogos reales habidos en el tiempo y recogidos para el libro-, una de las más grotescas boutades del determinismo materialista:

“Perteneces a esa categoría de seres humanos a los que la política tiene reservada una muerte prematura.”

CONCLUSIÓN

En resumen: una manera de valerse del envoltorio de la ficción para otros fines, cuando lo que se propone el autor es azuzar los peores sentimientos contra la clase dirigente de Francia -desde luego sin esconder su filiación extremista, pero imputándosela subrepticiamente al régimen político, verdadero objetivo del ataque personal de este nuevo millonario progre o “bo-bó” (como los denominan en el país vecino: “bourgeois bohème”)-.

El libro termina, precisamente, con una afirmación que atribuye a su padre -del que en ningún momento se cuenta su fallecimiento, porque en realidad no ha fallecido (pese al escabroso título de denuncia de la obra)- al hilo de una conversación “casual”:

“El mes pasado, cuando fui a verte, me preguntaste antes de que me fuera: “¿Aún andas metido en política?” -la palabra “aún” hacía referencia a mi primer año de bachillerato, cuando me afilié a un partido de extrema izquierda y nos peleamos porque decías que iba a tener problemas con la justicia por participar en manifestaciones ilegales-. Te contesté: “Sí, cada vez más.” Dejaste pasar tres o cuatro segundos, me miraste y finalmente dijiste: “Tienes razón, tienes razón, creo que nos hace falta una buena revolución.””

Liquidar el Pujolismo

…es el reto principal de cualquier Gobierno de la Nación que pretenda restaurar el orden constitucional en Cataluña, puesto que todo el “procés” -al menos desde su punto de no retorno a partir del referéndum ilegal de 2012 con Artur(o) Mas aún como presidente de la Generalidad- no responde sino a la desesperada necesidad de lograr impunidad judicial para el facineroso y corruptor patriarca del clan, su mujer y toda su prole, procesados por innúmeros delitos de cohecho, malversación, falsedad, prevaricación, tráfico de influencias, blanqueo y evasión de capitales.

Que los Pujol han funcionado como mafia durante cuatro décadas parece decir poco: se han convertido en los auténticos señores feudales de una región de España con la amenaza siempre latente de romper la baraja, amenaza que ya surtiera efecto en el último Felipe González que abandonó Cataluña entregándoles definitivamente la Enseñanza, como ya a primeros de los 80′ les había entregado el PSOE (que desde 1976 ganaba allí por mayoría absoluta) reconvertido en PSC -partido catalanista, luego racista, de señoritos millonarios como su actual dirigente Miquel Iceta-.

Tampoco Aznar se decidió a revertir la situación, sino todo lo contrario: del conocido como “pacto del Majestic” por el que defenestraba a Vidal-Quadras a cambio del apoyo de CiU a su Gobierno, hasta la misma invitación a Pujol para que engrosara el Ejecutivo de la mayoría absoluta. Por el camino, la desobediencia permanente a las sentencias del Tribunal Constitucional sobre la ilegalidad de las políticas de inmersión lingüística y otras jamás fue reprendida, corregida, reprimida o sometida. Entre tanto, decenas de miles de profesores y otros funcionarios abandonaron Cataluña.

Con Zapatero, la previa llegada al poder de Maragall -quien llegara a denunciar en 2005 el hábito saqueador del Pujolismo con aquel “Vds. tienen un problema, y este problema se llama 3%” (y hasta porcentajes de dos dígitos, en ocasiones)- pareció conducir la política catalana por otros derroteros, percepción que se reveló prontamente como errónea. Porque fue el propio Maragall el que, para satisfacer a sus socios del tripartito PSC-ERC-ICV, pergeñó un nuevo estatuto autonómico delirante que hubo de ser, no en vano, maquillado en sus extremos y de manera chocante por el propio Zapatero con el que entonces era jefe de la oposición al gobierno de su partido, Artur Mas.

Un estatuto inconstitucional de cabo a rabo que fue tramitado torticeramente como ley ordinaria para sortear el bloqueo del PP en las Cortes, y que apenas concitó para su refrendo el interés de dos de cada cinco ciudadanos habitantes de Cataluña. Pese a ello, los recursos interpuestos por Rajoy ante el TC se convertirían con el tiempo en la mayor coartada para Mas a la hora de impulsar el proceso rupturista, que ahora ha quedado visto para una frustrante sentencia politizada -que lo condena en bloque, eso sí, aunque retorciendo los argumentos jurídicos para otorgar margen de maniobra y “diálogo” al empecinado Pedro Sánchez, aupado al poder, precisamente, por los golpistas de JxC (antigua CiU) y ERC-.

LA ABDICACIÓN FORZOSA DEL REY TERMINÓ CON LA IMPUNIDAD

No fue casualidad que con la retirada del rey Juan Carlos I, forzada en buena medida por sus múltiples escándalos de corrupción más o menos aireados al público, acabara también la impunidad fehaciente para Pujol y su banda, hijos y demás testaferros, con la intervención de la conocida como “Policía patriótica” o UDEF (Unidad de Delitos Económicos y Fiscales) -“¿Qué coño es esto de la UDEF?”, comentó el ínclito patriarca de los Pujol, totalmente contrariado, en una entrevista con la presentadora de Antena 3 TV Susanna Griso en enero de 2013-.

Pero es que el CESID vigilaba de cerca los movimientos del presidente catalán por lo menos desde principios de los 90′, un seguimiento que, como ha declarado a la Prensa el “superagente” ahora procesado José Manuel Villarejo, no tuvo nunca mayor recorrido debido a que los servicios secretos temían levantar la liebre de las operaciones de blanqueo de Juan Carlos I en el extranjero si actuaban en firme contra las operaciones de los Pujol en Andorra, dado que se hacían gracias a los mismos bancos e intermediarios -también compartidos, por supuesto, por gerifaltes del PSOE-. De aquí también que en la actualidad los separatistas catalanes carguen como nunca antes contra el rey Felipe VI, quien parece haber al fin levantado la veda de corruptos en todo el país y a todos los niveles.

Mas 40 años de impunidad mafiosa, aderezada con el discurso xenófobo antiespañol y amparada bajo las falsas cláusulas de la «moderación» y el «diálogo», han creado en Cataluña semejante red de complicidades delictivas -de La Caixa de Fainé al Grupo Godó y los medios públicos como la RAC y TV3; del FC Barcelona a la patronal, los sindicatos y partidos, mandos policiales, jueces y fiscales, la enseñanza media y universitaria, el establishment cultural en nómina del Pujolismo…- que costará años desmantelar todo el tinglado público-privado creado a expensas de todos los españoles para sostener la desmedida codicia del patriarca de los Pujol.

Ahora que los golpistas continúan con su rebelión violenta como último recurso para presionar a Sánchez a fin de que se avenga a sus pretensiones -que son, como se ha puesto de manifiesto, las del Pujolismo-, cabe recordar que el sucesor de Mas a la vanguardia del movimiento separatista, el prófugo de la Justicia Carles Puigdemont, fue uno de los miembros de Terra Lliure junto con Oleguer Pujol que logró huir cuando la Guardia Civil desmanteló en 1992 el grupo y sus planes para atentar durante los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Entonces cayó toda la organización pero estos dos pájaros volaron… o los dejaron volar para no molestar a don Jordi. Recientemente, la Guardia Civil arrestó a los CDR integrantes de un grupo que pretendía, como aquellos, sembrar de terror y muerte Cataluña a bombazo limpio. Unos CDR abiertamente espoleados por el fugado Puigdemont desde su refugio en Bélgica, de los que no por casualidad forma parte el actual presidente de la Generalidad Quim Torra, junto al resto de sus familiares, como él mismo hizo público hará poco más de un año.

España

Tierra del fin del mundo
que mira más allá de los océanos
cuarteada en consenso
17 excusas para Caín.

A la mesa los hermanos cansados
comparten el mismo pan cada día
y cruzan su silencio
tal vez miradas más altas que otras
y en cada mente una patria distinta
y se entregan las almas
envueltas en pieles distintas dicen
y a la mesa los hermanos comparten
un mismo pan mismo odio.

Toro cuarteado son 17
excusas para matarse en España
tierra de cualquier tiempo
y cuarenta millones de habitantes
en busca de nuevas patrias sí nuevas
patrias que imaginarse.

Mal del fin de los tiempos
en torno a la misma mesa la misma
ansia de ser distinto
en aras de patrias por que matarse.

12 de octubre de 2000

 

Sin Nación no hay Democracia

…porque ésta no cabe sino en un sistema de iguales ante la Ley, iguales como ciudadanos o nacionales de un Estado constituido por el Pueblo o la Nación, titular por tanto de la Soberanía popular o nacional. No hubo nación griega en la Antigüedad más que en un aspecto cultural vagamente concebido como “helenismo” por los historiadores: la Polis fue la Nación, caso de Atenas pero también de Esparta, con dos sistemas de gobierno diferentes y contrapuestos.

No hubo democracia en Roma, ni en los tiempos republicanos; y sólo al final de sus días reconoció el Imperio la ciudadanía a todos sus habitantes -si bien por demagogia más que por convicciones igualitarias, cada vez más extendidas en cualquier caso por la emergente moral cristiana que aun y todo toleraba la esclavitud-.

El Medievo asistió empero a la creación de nuevas asambleas deliberativas, con sus reuniones periódicas y los cuadernos de quejas al Rey, superada ya la época de “los siglos oscuros” a la caída de Roma con la devastación causada por la pugna en pos de la hegemonía entre reyes, reyezuelos y señores, más las incursiones bárbaras exógenas de magiares, mongoles y árabes.

Con el Renacimiento, que tiene a su cabeza a la república de Florencia y sus ideas innovadoras sobre el gobierno civil, se dará curso común al concepto de “Nación-Estado” aunque se estile todavía la referencia a imperios, principados y repúblicas -conceptos que en Maquiavelo no suponen mayor obstáculo para aconsejar al gobernante, lo sea de un reino o de una república, si bien tiene claro su modelo favorito y distingue claramente lo que “el Príncipe” puede hacer en un reino, en una república o en un estado recién adquirido-.

Para los puristas, resulta incómodo hablar de Nación española antes del siglo XIX (no dígamos ya antes del siglo XV), como hacerlo de China antes del siglo XX o de la Francia anterior a 1789. Y, sin embargo, las principales naciones de nuestros días tienen un origen antiguo, aunque no remoto y perdido en la oscuridad de los tiempos: fue el choque con la civilidad romana y su dominio político, moral y militar el que configuró a los pueblos de Europa como “naciones” bajo el mando de Roma, que era tanto yugo como nueva codificación de obediencias, ritos, costumbres y contratos.

Por esto hablamos de que al desaparecer el poder central del Imperio de Occidente -ya separado del Imperio de Oriente, recuérdese- los visigodos se enseñorearon de Hispania (las actuales España y Portugal) y los Francos de la Galia, a la que renombraron como “Francia” (Regnum Francorum, Frankenreich).

Precisamente, Carlomagno iba a chocar con bávaros (Baviera fue Nación independiente hasta hace poco más de siglo y medio) y burgundios (Borgoña, de la que salieron dinastías que gobernaron el mundo); y sajones, daneses, noruegos (“vikingos”, “hombres del norte” y, a la postre, “normandos”) conquistaban Inglaterra, como antes anglos, escotos y pictos habían conquistado Britannia.

AFIRMACIÓN NACIONAL ANTE EL SACRO IMPERIO

Puede que la lógica apuntara a que a la desintegración del Imperio sucediese, después de un período más o menos prolongado de anarquía y destrucción de todos los antiguos lazos, un nuevo Imperio a la luz de la guía espiritual de la Iglesia de Roma, proyecto que tanto en Carlomagno como en Carlos V tuvo su máxima encarnación en el esplendor como en la derrota debida a inexorables avatares históricos y a la misma autoafirmación de las que con el tiempo devendrían naciones de pleno derecho y personalidad: Alemania, Italia, Austria, Suiza, Holanda… pero también Francia, España, Portugal, Hungría, Suecia, Polonia, Irlanda e Inglaterra.

Una evolución histórica de siglos que condujo a los habitantes de tierras civilizadas por Roma, vagamente gobernadas desde la lejanía, a ayuntarse a los señores que habrían de defenderlos de todo tipo de agresores en “la Edad oscura”, para pasar a convertirse en súbditos de los nuevos reyes (electivos o hereditarios) que aún compartían su poder con los otros caballeros, nobles o jefes de mesnada que a su vez ostentaban títulos de posesión sobre tierras y hombres.

Las naciones, por tanto, existían de antaño; pero no será hasta la decisiva conversión de los territorios en disputa en reinos cuya entera soberanía corresponde al Rey -único Señor o Monarca- que se pondrán los cimientos sólidos del Estado nacional, del mismo sentimiento patriótico nacional y de los deberes y servicios que la nueva situación de súbditos acarrea.

Una vez aquí, las revoluciones de la independencia nacional de los Estados Unidos y de la liquidación del absolutismo en Francia no plasmaron más que la transferencia de soberanía desde el Sacro Rey Absoluto (legitimado por la Iglesia) al Pueblo de la Nación, dejando expedito el campo a la toma y asunción del Poder por parte de los ciudadanos libremente iguales ante la Ley y constituidos en sujeto histórico: el sujeto constituyente del Estado-Nación democrático que sigue siendo a día de hoy el único modelo válido a la hora de reunir a los ciudadanos en asamblea o elecciones democráticas para su adecuado autogobierno.