El comensal

…de Gabriela Ybarra remite desde el título a fantasmas familiares: “Es invisible, está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes”.

Fue el caso de Javier Ybarra, máximo prócer vizcaíno de la época, secuestrado y asesinado por terroristas de ETA en 1977. Un hecho trágico y traumático del que la autora -nacida seis años después- cobra plena conciencia a partir de 2012, cuando decide seguir el hilo de la historia de su familia para descubrir/descubrirse una verdad, la suya, la única verdad que puede conocer siendo quien es.

Retrato de familia, por tanto: de un tiempo actual y de otro pasado que parece remoto, pero que existe y sigue transformando el presente con su influencia -la fuerza de la sangre-; aunque la escritura de Ybarra sea tan sutil como etérea, tan precisa como aparentemente descuidada, en esa búsqueda personal a través de la búsqueda de lo que pasó antes de llegar a ser ella misma.

Un relato -el del secuestro y asesinato de su abuelo- que aparece aquí y allá según se narra el transcurso de una vida distante de los hechos y de los lugares de esa memoria; como si le fuera preciso al recuerdo, para hacerse verosímil en medio de la bruma de un crimen durante largo tiempo silenciado, viajar hasta Nueva York para encerrarse en una torre de pisos y allí aparecerse con nitidez.

Pero es la madre de Gabriela, con su enfermedad letal, el contrapunto de la otra historia -en el presente mismo que ofrecen algunos fragmentos delicadamente realistas- y el origen de la crisis que describe la autora sin apenas mostrarla, mostrarse, en un refinado ejercicio literario harto más difícil cuando todo el relato está escrito en primera persona, y toda la historia es de una intimidad autobiográfica.

Cruzada por estas dos tragedias familiares, Ybarra encuentra un rastro de consuelo en la rememoración hollada del asesinato de su familiar, pues viaja al escenario mismo del crimen como si con el ejercicio de la metáfora literaria no bastara para dar fe y descanso eterno a los restos de su abuelo.

Que son también nuestros restos, todo lo que dejamos atrás: todo un tiempo anterior a la misma ETA que con sus crímenes abortó la posibilidad de un verdadero tiempo nuevo para todos.

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