Memoria o caos

…es la disyuntiva planteada en términos conservadores, ocasionalmente reaccionarios, por el escritor mallorquín Valentí Puig -novelista, poeta, hace no tanto director de la delegación del ABC en Barcelona-, en su reconocible estilo entre la ironía grave y el sarcasmo velado por los refinamientos de una prosa culterana, de aparente superfluidad como el objeto tratado: la sociedad contemporánea.

“Detesto las formas y las costumbres del nuevo siglo. No me gustan el absolutismo del tuteo, los camareros con camisa negra, la España tatuada, que andemos por la calle como zombis con un iPhone. Me incomodan el emocionalismo, sentirse víctimas de todo y contra todo, el sincorbatismo, exigir nuevos derechos y ridiculizar los deberes. No quiero andar por la calle con un botellín de agua mineral ni dejar de dar las gracias. No acepto equiparar a Beethoven con el rap, creerse inocentes en un mundo hobbesiano, destruir los recetarios de nuestra abuela. Me parece catastrófico el desprestigio de la lectura, de la vida intelectual, el narcisismo del selfi y los mayores que quieren ser muy jóvenes. Prefiero la belleza de la arruga a la patética carnosidad del bótox. Querer ser siempre jóvenes degrada. Que el honor y la integridad sean considerados como una vieja serie filatélica da grima. La familia se fragmenta como las porciones de una pizza a domicilio. El lenguaje se desarticula, se oxida el clásico utillaje del pensamiento. La civilización se ha convertido en un clínex de usar y tirar.”

En este fragmento que abre el libro se compendian todos los síntomas que Puig va a analizar con el mismo estilo plástico que le sirve para representar todo un cuadro de costumbres de la sociedad actual, a la que por momentos dirige su crítica feroz antes de replegarse en la reflexión para tratar de comprender y adivinar si pudiera quedar algo a salvo de la destrucción amoral que avanza a velocidad vertiginosa a lomos del consumismo, la hiperconectividad y la homologación seriada de seres humanos como nuevos productos para satisfacer la voraz demanda de la época.

Y contra la desintegración de todo principio, tradición o costumbre, Puig reivindica la vigencia de las formas, que se asientan como todo legado en la memoria de lo que antaño fue prescrito como bueno por quienes nos precedieron:

“Invocar el tiempo de civilización de la memoria no es nostalgia de un viejo orden. Es que la desmemoria banaliza y corrompe, como un despojo residual, lo que la memoria todavía preserva de la extinción. Sin conocimiento y respeto por el pasado, ¿para qué debiéramos asegurarnos el latido de la excelencia, de la superación, de la ambición por el dominio de la palabra, la exaltación de la belleza, la trascendencia o la integridad de la virtud pública? Los peones de la nueva barbarie han entrado en casa y a martillazos destruyen el disco duro de la memoria individual -moral, estética- y colectiva, como comunidad y continuidad.”

FRESCO DE COSTUMBRES AMORFAS

Como en artículos y obras anteriores, el autor no deja escapar aspecto de la vida cotidiana que pueda distinguir para bien o para mal un tiempo, un lugar, una sociedad concreta -tan concreta y específica- como la española, por lo que no es de extrañar su pincelada acerba de las nuevas costumbres (servidumbres) gastronómicas del país:

“La sucesión de gasificaciones, fusiones, casualidades y engaños transforman la cocina y la mesa en una dicotomía: renovarse o aburrirse. En los restaurantes de toda la vida, el maître deviene un fósil y aparecen jóvenes un poco mandonas que nos imponen la combinación del primero con el segundo, secundadas por un sumiller sin afeitar que sugiere, paternalista, los caldos del país. Hacer país con el vino. Renovarse es imaginativo, divierte, nos da algo de que hablar, a diferencia de otras épocas en las que comer equivalía a conversar. Y también a conservar un pedazo de civilización que no se había sometido a ninguna invasión o diluvio. Atomizada la coherencia entre pasado y presente, el festín no se sostiene ya por sí mismo, sino por su decorado y manierismos.”

Como tantos otros de su generación, Puig apunta asimismo al 68′ como origen de buena parte de las incongruencias que afligen a la sociedad actual, incidiendo en cómo la voladura de las formas dio paso a todo lo demás:

“Sin diferenciar entre el uso del tú y el usted, regresas a la idea del buen salvaje que se enfrenta a la perversión institucional. En realidad, suele ocurrir al revés: las instituciones son el resultado evolutivo de una acción humana predispuesta a una noción del bien común que someta los peores instintos del hombre a formas consensuadas de convivencia y de avance social. A partir de Mayo del 68, las instituciones se hicieron sospechosas. El usted comenzó a ser mal visto, especialmente en las aulas. Ya recelábamos de instituciones como el Ejército o la Iglesia -toda forma de autoridad, por legítima que sea- y, sobre todo, la familia. Sin darnos cuenta, rompimos con convenciones de la vida familiar que habíamos obedecido automáticamente por nuestro propio bien.”

El desprecio por el pasado como coartada para la ignorancia, que se jacta de partir de cero, se plasma en la tremenda ingratitud de las generaciones presentes para con las precedentes, si bien reconoce Puig que “siempre hubo y habrá ingratitud porque es un componente de la naturaleza humana”. Sin embargo, “la cultura del olvido fluye hacia la ingratitud” porque “la pérdida del sentido de continuidad histórica de las naciones y las sociedades no deja margen para la gratitud. ¿Gratitud con qué y con quién?”

“Por eso proliferan una estética de la ingratitud y la destrucción ingrata del sistema educativo como transmisión. Con la universalización del Estado de bienestar, la ciudadanía ha traspasado el penúltimo estadio de la ingratitud. Del nirvana utópico a la desilusión democrática hay solo un paso. Todo cansa. Todavía más: al doblar finalmente el recodo del siglo XX el auge impune de la ingratitud fue enteramente metabolizado por la conducta humana, adquirió cotidianidad y relajó radicalmente las formas clásicas de la gratitud que sobrevivían fosilizadas, en un mundo sin convenciones ni arraigos. Como penúltimo factor está el narcisismo, pero de mucho antes provienen las cosechas de la moral del resentimiento, entre otras cosas por haber convertido el conflicto y la desigualdad en lucha de clases.”

Se remonta aquí a la gran crisis moral que alumbró el fenómeno de los totalitarismos a principios del siglo XX, lo que constituye a día de hoy tanto un necesario recordatorio como una llamada de atención ante los cantos de sirena propagados por los titanes y adanistas de la conocida como “nueva política”, que básicamente edulcora o disfraza el propósito último -avanzado por los Lenin y Hitler- de la creación del “hombre nuevo”:

“Es inútil seguir pensando qué gratitud le debíamos al molde humano que durante siglos había aceptado la sumisión. De la soberbia hundida del hombre nuevo a la gratitud low cost, la reivindicación masiva y universal suplanta los deberes ciudadanos. La virtud pública es una hipocresía insufrible debelada a golpes de reality show. Ya se da por imparable el derecho a la salud, estadio máximo del derecho a la sanidad pública. Lo que viene a ser como el derecho a no morir. ¿Somos más ingratos que nunca porque alguien nos hizo creer que era posible un hombre nuevo, debidamente ubicado en el buen sentido de la Historia y capaz de superar toda finitud, todo vínculo represor, como la familia, la propiedad o la religión? Hoy sabemos que ese hombre nuevo solamente podía ser prohijado por el terror, pero nos queda la presencia política del superhombre antisistema.”

Y, de nuevo en pos de la defensa de la memoria, inextricablemente unida a la palabra escrita en el tiempo, el autor ilumina uno de los que considera males principales de la época, parcialmente oculto durante las últimas décadas:

“Por descontado, en la gran era de la ingratitud no reconocer lo que le debemos a la lectura ha propiciado arrinconar los libros en el desván, con otros elementos tan anacrónicos como la figura del padre, las botas katiuskas, los riñones al jerez, los evangelios apócrifos, el elogio de la virtud o la falda tubo. La ingratitud tiene una lógica impecable. Cierran las librerías y los quioscos venden más chucherías que buenos periódicos. Le hemos perdido el respeto a la lectura. Incluso se extinguió la lectura como esnobismo. Lo que leer y releer representan para la curiosidad del ser humano y para la vitalidad intelectual no tiene, hoy por hoy, sustitutos. Placer, saber, conocimiento, incluso vicio, salen perdiendo con la decadencia de la lectura y el desprestigio del acto de leer, porque el rechazo a la lectura es una de las supersticiones más acusadas de nuestro tiempo.”

TODOS VÍCTIMAS DE LA SOCIEDAD DE NINGUNO

De la ingratitud al victimismo media un paso, y el mercado global ofrece un sinfín de causas reconvertidas en cruzadas por los nuevos resentidos, que ora justifican los peores crímenes culpando al entorno social o a la condición psicológica, ora se erigen en despiadados inquisidores de las nuevas costumbres amorfas que imponen a las masas.

“Hay una política del victimismo. Llegados a este caso, todos somos víctimas de alguien o de algo: la familia, el país vecino, el calentamiento global, la dieta carnívora, los cambios de clima. El victimismo fecunda el odio. Aparentemente legitimado por una larga memoria, el victimista se nutre de una memoria inventada. En ese bucle, se autoconsume y a la vez se retroalimenta. En los altares del victimismo, la verdad es lo menos sagrado.”

Como fenómeno social, aniquila la confianza en las relaciones sociales y nos expone al permanente conflicto civil de todos contra todos, o de unos cuantos grupos contra la mayoría no organizada, siendo el principal factor de discordia en el seno de las democracias modernas y el punto de fricción indispensable para hacerlas sucumbir.

“Lo políticamente correcto alcanza el rango de perversión colectiva. Exculpa a los responsables de una falta o delito y culpa a los otros para legitimar a la supuesta víctima y trasladar las causas de su comportamiento a la discriminación sexual, a una familia disfuncional o a un prejuicio de raza. Interviene la psicoterapia para aliviar el impacto de tales circunstancias en el culpable de la falta. Aumenta el número de grupos sociales -étnicos, sexuales, económicos-, grupos muy diversos, con supuesto derecho, por reivindicación, a ser considerados víctimas de una civilización opresora y fecundadora de desigualdades.

Cuando la culpa siempre es del otro, la vida es más llevadera y políticamente rentable. Mientras tanto, los conflictos de una sociedad van dejando poso y se enquistan hasta que la aparición de anticuerpos implanta la confrontación allí donde hacía falta pactar. Un cierto infantilismo victimista aligera mucho el deber de contribuir a la sociedad con ideas y soluciones. En pocas palabras: el victimismo es un impedimento para la consolidación de las sociedades abiertas. Siendo el conocimiento falible, el pluralismo no es una conveniencia, sino una necesidad. En sentido opuesto, el victimismo va erosionando las formas políticas que debieran evolucionar hacia la transparencia y el contraste de alternativas para el buen gobierno. Puesto que los culpables siempre son los demás -familia, las condiciones sociales-, uno no tiene la culpa de nada. La culpa deja de existir. Quedan el victimismo o la sociedad terapéutica. En tono menor, los éxitos ajenos son fruto de la suerte o de una conspiración.”

APÓLOGOS PARA ESTE MOMENTO

Sin duda, este nuevo ejercicio literario de Valentí Puig se puede leer como divertido alegato reaccionario contra los males del día, en la mejor tradición satírica que el propio autor ensayó hace décadas con ese libelo-panfleto titulado Progres, otra breve y preciosista mirada a la España de su tiempo que tenía por entonces a la “beatiful people” del Felipismo como objetivo.

Pero constituye en todo caso un acertado llamado a no obviar lo crucial: la crisis existencial de lo que hasta hace no mucho considerábamos el modelo ideal de sociedad:

“Si Occidente sigue perdiendo confianza y relegando la memoria de su civilización, si eso ocurre, como ocurre con el constitucionalismo o el gran arte, eso va a ser un logro inmenso de la ingratitud y el olvido. Sin creer en la propia historia y desvinculados de la tradición, ¿podemos creernos más libres?”

En este comienzo de año que parece abrirse con el triunfo (casi) decisivo de lo peor al frente del Gobierno de la Nación, no está de más sopesar los beneficios del cultivo de la memoria y la lectura contra el turbio torrente de mentiras y odio a que nos vamos a ver expuestos los españoles a lo largo de los próximos meses y puede que años, porque “sin pasado en común, no hay presente compartido”.

“Es una época que, aunque tan solo fuera por el imperio banal de la correción política, obliga a una resistencia fundamentada en la recuperación del carácter, el apego a la verdad y la voluntad de transmisión civilizadora frente a la desmemoria. No podemos renunciar al paradigma de la vida adulta como si fuera un virus.”

Porque “sin memoria no hay Historia, ni para aprender sus lecciones ni para repetir sus errores”, concluye: “Sin memoria, no hay destino.”

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