Una estrategia para la Derecha (y IV). Los obstáculos

…principales para consolidar una estrategia de la Derecha son los habituales en el recorrido político hacia la consecución de un nuevo liderazgo: los personalismos, los tiempos, los lastres de la herencia recibida (de programa o de relaciones personales)… y la falta de convicción.

LOS PERSONALISMOS

Más allá de las legítimas aspiraciones de Pablo Casado, Santiago Abascal e Inés Arrimadas (antes, de Albert Rivera) al liderazgo del Centro-Derecha, son las personalidades del entorno y en los primeros puestos del escalafón de cada partido las que a menudo dificultan cualquier entente que pueda suponer una merma en su respectiva preponderancia interna.

Ahora que parece que Cs va a cerrar filas en torno a Arrimadas y su modelo de “un discurso igual en toda España” -cantinela escuchada antes en las filas de PP, UPyD, ahora Vox…-, convendría que la nueva dirección entendiera que sus planteamientos difusos sobre cuestiones morales sólo pueden perjudicarles a ellos y a su acción concertada con PP y Vox como alternativa al Frente de la Izquierda.

Asimismo, deberían dejar de entretenerse con la autodefinición política, puesto que nadie es del todo “socialdemócrata” o del todo “liberal” en Cs (como tampoco en el PP o en Vox). Son los fulanismos alimentados a la sombra de Rivera o en su contra los que han propiciado ciertas polémicas internas, de escaso interés para propios y ajenos entre las bases sociales de la Derecha o de la Izquierda no extremista. Los Maura, Prendes y otros profesionales del arribismo mejor estarían en su casa.

De modo parecido, una vez superada la primera gran crisis en la formación con la salida de Alejo Vidal-Quadras -que aún era miembro del PP cuando se presentó en las europeas de 2014, y pasó a pedir el voto a Cs al quedarse sin escaño-, Vox ha resaltado su perfil más duro y reaccionario aunque la clave de su éxito provenga de mantener la defensa de la legalidad constitucional frente al separatismo catalanista. O lo que es lo mismo: se vota a Vox pese y no gracias a Espinosa de los Monteros.

Por último, el primero en antigüedad y en importancia de los tres partidos del Centro-Derecha, el Partido Popular, renovó su liderazgo con la elección por primarias de Pablo Casado, lo cual debiera haber legitimado a éste para cambiar de personas de arriba abajo y sin perder la sonrisa amable: porque Casado pudo llegar precisamente por la expectativa de cambio radical con respecto a su antecesor Mariano Rajoy -en un momento de grave crisis nacional, además- y no como el encargado de pilotar una especie de transición interna entre un liderazgo avejentado y otro más moderno.

Debería cuanto antes, sin esperar siquiera a las elecciones autonómicas en Cataluña, Galicia y País Vasco, prometerle un Ministerio a Feijóo y cualquier cosa alejada de la vida política a los Alonso y demás reata de fracasados electorales. Que se acaben las “fuentes populares” -anónimos para la maledicencia- que desde antes del congreso de Valencia sirvieron a Rajoy para cargarse a sus adversarios políticos y proteger a los suyos. Ahora las “fuentes populares” cargan contra Casado en la figura de algunas de sus apuestas personales, pero Casado es el que manda: ¿a qué espera para silenciarlas?

LOS TIEMPOS

Nunca es buen momento para los cambios radicales y las decisiones drásticas: si siempre se corre el peligro de no ser entendido, o de no acertar, resulta que cuando corren los buenos tiempos y prima la estabilidad se deja todo para otro “mejor momento” mientras que cuando la crisis acucia se recurre al “mejor no hacer mudanza”, lo que puede devenir en una parálisis recalcitrante. El mejor ejemplo de esto último sería Rajoy, que a duras penas decidió ascender a los Levy, Maíllo, Maroto y Casado para contrarrestar la emergencia de los nuevos y juveniles liderazgos de Rivera y Pablo Iglesias.

En rigor, el cambio continuo debería ser en los partidos la norma, cambio sobre todo de personal (caras) pero también de programas y estrategias adaptados a cada tiempo político. Pero resulta que en estos días de persistente bullicio electoral y reiterada llamada a las urnas el cambio debería producirse casi espontáneamente -según los resultados de cada cual, precisamente- y sin embargo los partidos son los primeros diques de contención contra la voluntad ciudadana expresada en votos, premiando a los adictos frente a los eficaces y exitosos.

Ahora la premura, cuando Casado no parece haber afianzado su liderazgo en el PP y Arrimadas lucha por evitar la irrelevancia de Cs, debiera instar a la toma de decisiones sobre los personajes responsables de defender la estrategia y sobre la misma posibilidad de una entente de ambos partidos como “España Suma” u otra denominación. Vox, a su vez, se encuentra inmerso en un proceso de acelerada “profesionalización” de sus miembros internos y cargos públicos, probablemente acertado y en el momento adecuado.

Pero el tiempo corre contra todos ellos, pues en cualquier momento podría convocarles Sánchez a unas nuevas elecciones como ya hiciera después de la manifestación del “trifachito” en Colón -que le sirvieron a aquél para demostrar la desunión de los tres, paradójicamente (o no tanto) al querer meterles en el mismo saco-.

Ahora las cosas deberían estar más claras para PP, Vox y Cs: o suman mayoría absoluta entre las tres marcas, o entre dos de ellas si hay alguna fusión, o la alternativa conjunta se disipará y además con la posible desaparición de una (e incluso de dos) de las tres formaciones en el corto plazo -lo que a priori no tiene por qué suponer el fortalecimiento de un solo partido del Centro-Derecha con la recuperación íntegra y unificada de toda su fuerza electoral-.

Urge que Cs explote frente al PSOE sus señas de identidad más reconocibles, como la defensa de España y de la igualdad entre españoles, al par que destapa sus distintas hipocresías en las cuestiones “progresistas” de que hace bandera esta Izquierda, pero que frente al PP no exalte sus diferencias en estas mismas cuestiones si sobre todo esperan dar cabida a una marca electoral entre ambos. Más aún es preciso que el PP se decante definitivamente por lo “conservador” o lo “liberal” en lo moral, a fin de determinar de una vez por todas con qué pareja de baile quiere concurrir a la próxima cita, Cs o Vox.

LA HERENCIA RECIBIDA

¿Pueden refundarse los partidos (del único modo en que pueden hacerlo) programáticamente, implique ello o no (que debiera implicar) el recambio de personas en toda la jerarquía? Así lo demostró exitosamente Aznar en el ejemplo español más claro, como antes Tony Blair con el Partido Laborista o Margaret Thatcher con el Partido Conservador en Gran Bretaña.

Pero también a Zapatero, aunque por la puerta de atrás, se le podría atribuir una reconversión del PSOE no menos drástica que la de Felipe González en Suresnes, que constituyó un éxito entonces aunque su ambigüedad haya escamoteado una clara percepción de lo que el PSOE ha venido siendo hasta nuestros días, sobre todo en las dos últimas décadas: una maquinaria de propaganda y agitación electoral para asaltar el Poder a cualquier precio y de la mano de cualesquiera aliados, con exclusión del PP.

En el caso de este partido, Mariano Rajoy (elegido a dedo por Aznar) decidió zafarse de la herencia anterior con la coartada de que le impedía ganar las elecciones a Zapatero, presidente nefasto en lo político y sectario de largo recorrido al que fue incapaz de ganar en 2004 tanto como en 2008, pudiendo sólo heredarle debido a su dimisión provocada por actores internacionales como EEUU, China y la UE. Es por tanto la herencia de Rajoy la que le compete a Casado liquidar -y ya tarda-, independientemente de que quiera o pueda refundar programáticamente el PP.

En la Izquierda, Sánchez continúa con el proyecto ideológico de Zapatero porque parece blindarle el flanco que le ataca Podemos, si bien no es descartable que en su carrera de despropósitos decida prescindir de su pesada herencia ahora que -ya se verá- el destino de su antecesor queda inextricablemente vinculado al de los dirigentes de Podemos por sus turbias relaciones con el narcorrégimen de Venezuela y sus socios bolivarianos. Pronto se podría ver obligado a soltar lastre para emprender de nuevo su vuelo de halcón, y ni los escrúpulos o lealtades partidistas ni su pensamiento político (del que carece por completo) parecen obstáculos en esta dirección.

Para Inés Arrimadas, por su parte, dado que es el único cartel presentable por Cs con una entidad similar (o superior incluso) a la del demediado Albert Rivera, todo parece consistir en reivindicar la herencia del anterior pero con un nuevo membrete, su propio liderazgo. Queda por ver si a diferencia de Rivera ella no hace del personalismo un dique de contención contra cualquier posibilidad de entendimiento con el PP de Pablo Casado.

En Vox no parece cundir ninguna preocupación a este respecto porque son un partido de reciente aparición, pero su apuesta por dar la “guerra cultural” comienza a llenar de rigideces un discurso que debiera ser más ambicioso en los asuntos primordiales que afectan a la Nación, de la reforma educativa y la regeneración institucional a la política exterior y el fomento empresarial. Esto es, que antes de encallar en la solidez de unos presuntos principios éticos sobre cuestiones que apenas atañen a los políticos -de ahí la preocupante degradación del discurso de la Izquierda realmente existente en España (PSOE y Podemos)- se hace perentorio el acabado de un discurso integral para la Nación digno de tal nombre, y del que ahora mismo (aunque tanto presuman) carecen.

CUARTA CONCLUSIÓN

Pese a lo que venden los medios, a instancias probablemente de los propios partidos aludidos (PP, Vox y Cs), el problema de estas fuerzas del Centro-Derecha no tiene que ver con sus fuertes convicciones sino con la falta de convicción y de confianza en sus posibilidades de revertir la situación política actual en la que la Izquierda es hegemónica. Vox parece distinto en esto a PP y Cs, pero sólo en apariencia, aunque al menos planta cara contra los designios apodados de “memoria histórica” o “de igualdad” de esta Izquierda demente.

Sólo si los tres interiorizan el diagnóstico acertado, si se convencen de una vez del desafío que plantea el Frente de la Izquierda apoyado por los separatistas, podrán defender una u otra estrategia con convicción de cara a desalojar a Pedro Sánchez y sus socios del Poder. Hasta ahora, dicen haber entendido la gravedad de la situación, pero no actúan en consecuencia.

Así, todavía se plantea desde las filas del PP el “alcanzar grandes acuerdos” o “pactos de Estado” con un PSOE que viene a desmantelar el actual Estado (ya muy deteriorado en sus funciones), como en Cs no se cierra la puerta a una futura negociación de Gobierno con los socialistas, o en Vox hacen como que les preocupa el momento, pero no paran de celebrarlo.

Por lo tanto, sin la convicción de que es urgente y necesario un cambio radical en la trayectoria de la democracia española, que pasa decisivamente por la marginación del PSOE y sus socios del Frente, la alternativa de la Derecha será insustancial y la derrota de sus partidos consecuencia directa de su idiocia política.

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