Apuntes sobre un planetado estresado

…funciona a modo de libro convencional de autoayuda y a la par contribuye a esclarecer un tanto la nueva (o no tan nueva) relación adictiva que mantiene la mayoría de nosotros con las llamadas “tecnologías de la información y la comunicación”, por lo que no deja de ser un best-seller al uso y sin embargo aporta la novedad, frente a los “apocalípticos” que tratan de Internet y sus disfuncionalidades desde el ámbito académico, de que es el propio adicto, el británico Matt Haig (Sheffield, 1975), el que lo aborda desde su experiencia íntima.

Haig ya venía de producir un superventas con Razones para seguir viviendo -el relato de sus traumas con la depresión que le condujo al borde del suicidio con apenas 24 años-, y es reseñable que a su facilidad para confesar al lector sus debilidades y angustias una cierta pericia narrativa (muy del gusto del lector apresurado de nuestros días) que logra estructurar un conjunto en apariencia disperso para ofrecer con agilidad una tesis algo novedosa: que es la saturación de información en un mundo hiperconectado la que nos estresa, junto a la aceleración del modo de vida que impone, la que recíprocamente hace del nuestro un planeta estresado.

“Puesto que la salud física y la salud mental están relacionadas, ¿no podía decirse lo mismo del mundo moderno y nuestros estados mentales? ¿Acaso no podían ser responsables determinados aspectos de nuestra forma de vida en el mundo moderno de cómo nos sentimos en el mundo moderno?

No sólo con relación a las cosas propias de la vida moderna, sino también a sus valores. Los valores que hacen que queramos más de lo que tenemos. Que rindamos culto al trabajo por encima del ocio. Que comparemos lo peor de nosotros con lo mejor de los demás. Que tengamos la sensación de que siempre nos falta algo.”

Adicto a Twitter y especialmente crítico con esta red social, Haig refiere su experiencia en todos los ámbitos, las cosas que ha aprendido que le ayudan y aquellas que debe evitar, y numerosos razonamientos y consejos aparecen aquí y allá a modo de listados prácticos basados en lo que a él le funcionó, junto a reflexiones críticas con el uso y abuso que hacemos de lo que, sin duda, constituye un fenomenal progreso humano para el intercambio de bienes, servicios e información, la Red de Redes, así como una vía anchísima para ejercer la solidaridad con nuestros congéneres más apartados.

“En la década de los noventa, cuando el eslogan de Microsoft preguntaba: “¿A dónde quieres ir hoy?”, se trataba de una pregunta retórica. En la era digital, la respuesta es “A todas partes”. La ansiedad, en palabras del filósofo Soren Kierkegaard, podría ser el “vértigo de la libertad”, pero en realidad toda esta libertad de elección es un milagro.

Sin embargo, si bien las opciones son infinitas, nuestra vida tiene un límite de tiempo. No podemos vivir todas las vidas. No podemos ver todas las películas, ni leer todos los libros, ni visitar todos los sitios de nuestro bello planeta. En lugar de que esto nos suponga un impedimento, necesitamos efectuar una revisión de las opciones que tenemos. Averiguar lo que es bueno para nosotros y dejar lo demás. No nos hace falta otro mundo. Todo cuanto necesitamos está aquí si dejamos de pensar que lo necesitamos todo.”

Asimismo, es esta posibilidad de acceder a cualquiera en cualquier parte del mundo la que puede resultar engañosa y a la postre nociva, pues en tanto que uno añade amigos virtuales a su día a día está quitando tiempo -el bien escaso por antonomasia, al menos en nuestras actuales sociedades- a sus próximos y allegados, en el mismo sentido en el que la solidaridad occidental parece funcionar siempre más a favor de lo exótico y lejano (que llega por TV o Internet) que de lo cercano y conocido.

Al respecto, Haig identifica y analiza el fenómeno no demasiado paradójico de que sean los medios de comunicación, mediante el markéting y las mismas noticias, los que procuren deliberadamente estados de insatisfacción y ansiedad en los consumidores:

“Cuando empecé a documentarme, no tardé en dar con algunos titulares que captaron mi atención en una era en la que todo gira en torno a captar la atención. Por supuesto, las noticias tienen por objeto tratar de estresarnos. Si tuviesen por objeto calmarnos, no serían noticias, sería yoga. O un cachorrito. Así que es irónico que los medios de comunicación hablen de la ansiedad cuando ellos mismos nos la provocan.”

Pero el autor no cae en fáciles diatribas contra los medios, ni contra el mundo moderno ni contra el capitalismo, puesto que se remite a los estudios de Pinker o cita a Hariri para enmarcar todas sus aprensiones en una realidad que depara hechos significativos como la reducción de la pobreza mundial o de la mortandad infantil. Mas tampoco se aferra a los datos contables, porque a fin de cuentas cada uno afronta y padece a su manera los problemas y “cada era plantea toda una serie de desafíos únicos y complejos”.

“Todo este catastrofismo es irracional, pero tiene un poder emocional. Y esto es algo que no sólo lo saben los que sufren de ansiedad.

Los publicistas lo saben.

Los agentes de seguros lo saben.

Los políticos lo saben.

Los jefes de redacción lo saben.

Los agitadores políticos lo saben.

Los terroristas lo saben.

Lo que en realidad vende no es el sexo. Lo que vende es el miedo.

Y ahora ya no tenemos que imaginar las peores catástrofes: podemos verlas. Literalmente. El móvil con cámara nos ha convertido a todos nosotros en fotoperiodistas. Cuando sucede algo malo de verdad -un ataque terrorista, un incendio forestal, un tsunami- siempre hay personas presentes para grabarlo.”

Junto a ejercicios de “desconexión” básicos como elegir en qué momento del día consultar las noticias, o los tuits, o las fotos y contactos de las redes sociales, recomendaciones naturistas como realizar ejercicio al aire libre, tener y disfrutar de una mascota o no desmerecer la lluvia cuando llueve y el sol cuando sale permiten a Haig componer un fresco realista de nuestra sociedad planetaria en el punto álgido de la era de la globalización, pero sin perder de vista en ningún momento que este libro pretende ser guía para orientar al aislado, al deprimido, al angustiado por la difícil senda de recuperar tiempo, espacio y mismidad en un mundo que parece querer suprimirlos.

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