La democracia robada

…expresa el diagnóstico de Carlos Martínez Gorriarán (San Sebastián, 1959), profesor de Filosofía de la UPV y uno de los fundadores del partido UPyD, sobre el régimen español actual, después de que su andadura al frente de la citada formación y en el mismo Congreso (2011-16) le acabara de convencer de la existencia de un entramado político-oligárquico que domina férreamente la vida pública desde hace décadas.

El mismo Gorriarán muestra su sorpresa ante el grado de corrupción del sistema por la estrecha y endogámica relación entre los presuntos representantes de los ciudadanos y los que viven de sus favores políticos, significadamente en aquellos sectores considerados “vitales” para la economía nacional: Banca, Energía, Telecomunicaciones…

“En 2007 aún no habíamos perdido la inocencia: desconocíamos la verdadera magnitud de la corrupción, de la politización de la justicia, de la colusión de intereses espurios entre política, finanzas y empresas que nosotros comenzamos a llamar -con mucho éxito- “capitalismo de amiguetes”; en fin, no conocíamos a fondo la podredumbre del corazón mismo del sistema que destapó la brusca crisis económica de 2008 y años sucesivos.”

Estructurada la obra en cuatro partes de similar volumen, el autor dedica la primera a explicar el origen y razón de ser de UPyD (“Génesis”), la segunda al contexto político en que nació y creció el partido (“España en la trastienda”), la tercera al análisis del actual régimen español (“Los males más profundos”) y la última al proceso de declive y práctica desaparición de la formación (“Una temporada en el infierno”).

LA POLÍTICA COMO COTO RESERVADO

En buena medida -como Cs respecto al PSC en Cataluña apenas un par de años antes- UPyD surgió ante la deriva del PSOE de Zapatero que buscó negociar secretamente con ETA su incorporación al “nuevo tiempo” en detrimento del PP (y de todos aquellos que jamás tragaron con el fraude y el entreguismo a los terroristas y sus padrinos abertzales).

Ahora bien, del núcleo fundador del partido sólo Rosa Díez tenía experiencia como política profesional, si bien Fernando Savater o Gorriarán nunca dejaron de protagonizar actos e iniciativas políticas como ¡Basta Ya! Pero la diferencia de grado del activismo con la representación le quedó bien clara al autor casi desde el principio:

“Hay una distancia inconmensurable entre lo que los profesores de filosofía o teoría política creen saber sobre esa actividad y lo que ésta resulta ser una vez metidos en harina. Hay una brecha que nadie puede aprender ni enseñar si no la vive. Dejando al margen a los peones de brega y figurantes para quienes ser “político” es un modo de ganarse la vida, la vida política es dura, ingrata y desagradable, salvo para las pocas personas cuya pasión por lo público compensa pérdidas como la del derecho al honor y a una vida normal. Puesto que la política es sencillamente imprescindible, tenemos que estarles agradecidos, incluso cuando no nos gustan demasiado.”

De hecho, lo que constata Gorriarán es la falta de implicación política del español medio, ya sea a través de la afiliación a partidos o sindicatos o mediante la participación en asociaciones y plataformas, lo que le lleva a citar a su por entonces compañero en UPyD Álvaro Pombo, quien rebajaba la presunta indignación ciudadana para con la crisis y la corrupción aludiendo a “la ira del español sentado”, así como a señalar como efecto contraproducente del pasotismo lo siguiente:

“Los partidos políticos grandes parecen una especie de asociación profesional de cargos electos y sus familias, y de firmes aspirantes a serlo. Esto hace que su financiación dependa casi exclusivamente de las subvenciones públicas y de formas menos santas, como el cobro de comisiones ilegales, el tráfico de influencias, las facturas falsas y el desvío de subvenciones finalistas a usos ilegales, como los gastos de campaña electoral. Es decir, la baja implicación social en la política estimula la corrupción.”

De esa necesidad sentida de regenerar la política sin recurrir a la impugnación total nació UPyD, que precisamente fijó en la agenda pública (a lo largo de su existencia de algo más de una década) las cuestiones más candentes de la actualidad, pero no de manera ideologizada sino rigurosamente técnica, con el objeto de remediar situaciones concretas de la vida nacional y con ello los problemas reales de los ciudadanos.

En frente se encontraron, sin embargo, la vieja dialéctica de las facciones de Derecha e Izquierda, encantadas de agitar sus banderas en público para impedir cualquier acuerdo o reforma sustancial, mientras en privado no han dejado nunca de establecer pactos vergonzosos con la coartada moral del “consenso” para la “estabilidad política”.

“PSOE, PP y sus sempiternos aliados nacionalistas querían mantener tal cual la Ley Electoral de 1976 (la LOREG), cada vez más injusta por razones demográficas, porque les daba gran ventaja sobre posibles competidores nacionales; compartían el reparto del gobierno de los jueces (el CGPJ) mediante miembros elegidos por ellos para controlar la justicia en la medida de lo posible; también la colonización con cuotas de partido de todas las instituciones públicas, de RTVE al Banco de España; estaban de acuerdo en protestar contra la corrupción cuando fuera del contrario, y de acuerdo en no hacer nada efectivo para erradicarla; en aprobar nuevas y peores leyes educativas cuando lograban mayoría parlamentaria; en mantener el sistema de puertas giratorias entre grandes empresas y política que convierte a cargos cesantes en ejecutivos empresariales; en privilegiar al nacionalismo con concesiones incesantes e irrecuperables, y en un largo etcétera.”

TRANSVERSALIDAD PARA PROGRESAR

Lejos de convertirse en un “catch all party”, UPyD tenía unas señas de identidad más marcadas que PSOE o PP después de años de desdibujamiento de sus respectivos idearios, o que las que ha llegado a exhibir Cs. Básicamente porque su programa apuntaba a las cuestiones fundamentales y no partía de sistemas ideológicos cerrados.

“A pesar del desgaste del concepto por el excesivo manoseo, reivindicamos el progreso social. Progresista o progre se había convertido en la etiqueta de los votantes de la vieja izquierda, de los incondicionales de la literatura y el cine panfletario, del feminismo radical y su ideología de género, de quienes no podían pronunciar “España” por considerarse antifascistas, de los partidarios del nacionalismo y del olvido de ETA y, en resumen, de los sectarios enemigos, casi mortales, de la derecha (excepto de la nacionalista). En ese ambiente maniqueo parecía imposible declararse progresista y, por ejemplo, amigo de la tauromaquia pero no de la concepción subrogada, como hacía Fernando Savater.”

Su éxito inicial correspondió, por tanto, a una defensa estricta de los intereses del común y a una visión nacional de los problemas y las soluciones determinada por las experiencias y comentarios de muchos que a Izquierda y Derecha plantearon su crítica desde los orígenes del régimen actual, siendo casi todos invariablemente ninguneados o silenciados -y, en algunos casos, asesinados por ETA o, en el caso de Cataluña, expulsados por Terra Lliure-.

Al respecto, antes de la irrupción de Vox en el panorama político español, UPyD ya planteaba que el Estado asumiera las fundamentales competencias en Educación, Justicia, Sanidad e Interior, única garantía de igualdad y equidad entre españoles quebrada desde el principio en aras del “consenso” con quienes jamás aceptarían la legalidad vigente y la unidad nacional.

“La organización territorial española es innecesariamente confusa y a la vez rígida, con sus cuatro niveles de municipio, provincia, comunidad autónoma y Estado. O cinco, si añadimos la pléyade de entidades comarcales o intermunicipales, y seis con la Unión Europea, como proclaman tantos carteles informativos de obras públicas y eventos en los que participan todos los entes abajofirmantes. La proliferación administrativa absorbe muchos recursos: alguna de las decimonónicas diputaciones provinciales dedica el 80% de sus ingresos al gasto corriente, es decir, a mantener oficinas y remunerar a cargos y empleados, pero son la excusa para rechazar las fusiones de municipios que muchos países europeos han acometido, y algunos más de una vez, para ahorrar en gasto administrativo y racionalizar inversiones.”

En el mismo sentido, Gorriarán detecta el mayor problema para la cohesión nacional y la igualdad de los ciudadanos en la entrega de la Educación a los gestores autonómicos, cargados éstos no de razón sino de intereses poco confesables como los de ejercer su dominio omnímodo sobre aquella parcela ocupada hegemónicamente por los propios.

“La política educativa ha sido una de las mayores desgracias del sistema de la Transición. Sin el menor debate, la educación fue repartida como un botín entre los poderes territoriales; junto con la sanidad, fue el primer desmantelamiento integral del Estado, fracturado en 17 sistemas y 11 leyes educativas divergentes. Se admitió sin más que el nacionalismo tenía derecho a convertir la educación en medio de adoctrinamiento y de ingeniería social mediante el incongruente concepto de “normalización lingüística” encargado de construir en treinta años las naciones imaginarias que los nacionalistas decían encarnar. Nadie ignora la importancia de la educación como sistema de inclusión e igualación social y cultural, así que la renuncia de España fue un suicidio sin precedentes en ningún país con alguna autoestima colectiva. Nadie influyente pensó en los derechos de los niños y los docentes, ni en el futuro de un país desaparecido de las aulas separatistas y supremacistas. La desaparición del sistema nacional de educación, con el correlato de la supresión de la libertad de elección de lengua educativa en Cataluña (y de modo no tan radical, también dificultada en País Vasco y otras comunidades bilingües), desapareció también de las agendas políticas. Sin embargo, la propuesta para que la educación volviera a ser un sistema único competencia del Estado era una de las reclamaciones exclusivas de UPyD más populares, otra prueba de la creciente brecha entre la agenda política oficial y las preocupaciones sociales.”

Y EN ÉSTAS LLEGÓ LA CRISIS

El autor rememora cómo la crisis financiera mundial se ensañó particularmente con España bajo el Gobierno de Zapatero, alguien inepto en lo económico rodeado de una caterva de mentirosos (Solbes, Fernández Ordóñez, Salgado y demás) que decidió a su vez mentir airadamente en su campaña “por el pleno empleo”, ver “brotes verdes” en el yermo productivo nacional y “tirar pa’lante” con ruinosas medidas de presunto estímulo económico como los dos “Plan E” consecutivos.

“La temeraria guerra con la realidad de Rodríguez Zapatero y su gobierno, más el pésimo funcionamiento de reguladores y supervisores como el Banco de España y la CNMV, costaron a España el hundimiento del sistema financiero y su posterior rescate, la crisis de las cuentas públicas a causa del déficit público y el endeudamiento crecientes, la caída de la inversión pública y los recortes en políticas sociales, y como consecuencia inevitable la destrucción de miles de empresas y millones de empleos. Muchas familias de clase media cayeron en la pobreza.

Probablemente, la negación de la crisis sólo expresaba la incompetencia y el pánico de una clase política mayoritariamente ignorante e incapaz de reaccionar adaptándose a los cambios; siempre los calificaban de inesperados pese a todas las pistas, evidencias e indicadores.”

Aún más:

“La filosofía económica del Presidente del Gobierno de la octava o novena economía del mundo era terrorífica. En una de las pocas reuniones que mantuvo con Rosa Díez le explicó con una gran sonrisa el secreto mejor guardado: que la economía era el dinero, y nada más. No la producción, la innovación, la competitividad o el valor añadido, sino el dinero contante y sonante. Y de eso teníamos a montones en España: grandes bancos, empresas multinacionales, un patrimonio incalculable, enormes inversiones inmobiliarias y en infraestructuras. El líder que aspiraba a liderar la izquierda mundial hablaba en realidad al dictado de las ideas de su banquero de confianza, Emilio Botín, presidente del Santander y autor en la sombra de muchos de los mensajes de política económica zapateril.”

A la incompetencia política se unió la avidez de quienes gozaban de un mercado prácticamente cautivo, el tristemente célebre modelo productivo español “del ladrillo”, que no dudaron en estafar a cientos de miles de ciudadanos con la seguridad que da saberse impunes a la hora de afrontar responsabilidades por la quiebra de sus propias entidades.

“La protección a la banca incentivó la carrera para convencer a la gente de que pidiera créditos hipotecarios a bajo interés (variable) por el 100% del valor de la propiedad, y a veces con larguísimos plazos de amortización. Por si fuera poco, bancos y especialmente Cajas de Ahorros convencían a los clientes para incrementar el crédito incluyendo el coste de posibles reformas, de los muebles o de un coche nuevo. Como garantía aceptaban hasta los avales cruzados de inmigrantes que compraban conjuntamente una vivienda. Cuando estalló la burbuja, el precio inflado de estas propiedades cayó por los suelos, y centenares de miles de familias se encontraron pagando un crédito por bienes cuyo precio de mercado era muy inferior al hipotecado. Lo que es peor, tampoco podían cancelar la deuda dando la casa en pago, la llamada “dación en pago”, convirtiéndose en deudores perseguidos por la entidad crediticia por muchos años. En el caso de las viviendas habituales esa codicia causó verdaderas tragedias, con suicidios consumados; y no pocos jóvenes, incluyendo parejas con hijos, se vieron obligados a renunciar a su domicilio y volver al de sus padres sin librarse de la deuda contraída.”

Finalmente, presionado por los máximos dirigentes de EEUU, UE y la misma China, Zapatero se vio obligado a dimitir no sin antes reformar la Constitución por la puerta trasera y a pachas con Rajoy, en una nueva muestra (escandalosamente fehaciente) de cómo el Bipartidismo hacía y deshacía al margen de las instituciones y de la mínima transparencia exigible al poder democrático.

“Cuando más claramente se vio esta pantomima fue en la infausta reforma del artículo 135 de la Constitución, impuesta a Zapatero por los países aliados y China como condición para seguir prestando a España y evitar en el último momento el default o suspensión de pagos. Evitarlo importaba porque el tamaño de la economía española era suficiente para poner en peligro la de los grandes de la UE y afectar negativamente al comercio mundial; de ahí la implicación personal del Presidente Hu Jintao telefoneando al estupefacto Zapatero. Los gobiernos europeos temían que una quiebra de España arrastrara consigo al euro por nuestra condición de quinta economía de la eurozona. (…)

La fórmula elegida fue que la propia Constitución consagrara la prioridad del pago de la deuda externa a cualquier otro. La reforma fue pactada la noche anterior a la votación de urgencia por sólo dos personas que, según propia confesión, ni se molestaron en consultar a sus respectivos partidos: José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy (aunque cuesta creer que no consultaran al Ibex 35, salvo que éste también estuviera presionando al gobierno, como es más probable). (…)

Socialistas y populares acordaron la presentación conjunta de la iniciativa de reforma, que en román paladino significa que, en caso de optar entre el pago de las pensiones y el de la deuda pública vendida a terceros, la deuda tendrá “prioridad absoluta”. (…) Las llamadas a la responsabilidad hechas por un gobierno tan antagonista de esta virtud como el de Rodríguez Zapatero eran una invitación suficiente a oponerse por completo al apaño destinado a sosegar la alarma financiera internacional a costa del derecho de los españoles a los servicios públicos que pagaban y a la seguridad jurídica.”

De seguido, la política de Rajoy fue la de entregarse a las autoridades comunitarias a cambio de hacer ver que España no tenía necesidad de ser rescatada, si bien fue rescatado el sistema financiero y obligado el Estado a crear una seria de instituciones supervisoras para ajustarse a las directrices de la UE en materia de déficit y endeudamiento, mientras Mario Draghi al frente del Banco Europeo inyectaba liquidez a espuertas en el sistema. Entonces se perpetró el FROB:

“La justificación de esta transferencia de fondos públicos a manos privadas fue la usual: garantizar la estabilidad del sistema financiero, y por tanto los ingresos y empleos de todos. Pero no hubo un debate real sobre las características de tal sistema ni sobre la naturaleza fiscal de un proceso opaco y complicado. Ni se examinaron siquiera alternativas adoptadas en otros países ante problemas similares. Algunos, como Estados Unidos, renunciaron a rescatar todos los bancos quebrados, limitándose a salvar los considerados sistémicos y a garantizar los ahorros particulares. Es interesante que los países que sólo rescataron parcialmente a sus bancos salieron de la crisis antes y mejor que España, y sobre todo que la mayoría consiguieron recuperar la totalidad del dinero público empleado, mientras España no ha conseguido recuperar ni el 7%. El coste público ha sido, pues, inmenso.”

INMOVILISMO Y CORRUPCIÓN

El libro, publicado en 2019, no deja pasar el análisis de los últimos y turbulentos tiempos políticos, ya que en perspectiva el todopoderoso Gobierno Rajoy de la mayoría absoluta devino inane para la regeneración o los cambios necesarios, dejando a su vez expedito el camino a Pedro Sánchez y sus apandadores por una escandalosa miopía política.

“El gran error estratégico de la derecha española fue (suele ser) triple: primero, dar por sentado que cualquier problema se desactiva cuando degenera en crónico y rutinario, aburriendo a la opinión pública (el caso de la corrupción, por ejemplo); segundo, creer que la economía resuelve cualquier desafío político porque el dinero lo arregla todo (incluso la secesión de Cataluña); y tercero, evitar las auténticas reformas políticas a toda costa porque pueden ser incontrolables, por ejemplo la necesaria puesta al día de la Constitución (excepto en el desgraciado chantaje internacional de la reforma nocturna del artículo 135).

Esa actitud, reaccionaria en el sentido profundo del término, malogró las oportunidades de aprovechar la crisis económica y política para intentar resolver enquistados problemas económicos, laborales, educativos y constitucionales. Como el perro del hortelano, la complaciente mayoría absoluta del PP ni hizo ni dejó hacer, rechazando en su orgulloso aislamiento mayoritario casi todas las propuestas que no provinieran de su propia factoría. Aún podemos añadir otro error más: jugar a los “aprendices de brujo” manipulando corrientes políticas de fondo a través de sus socios mediáticos, por ejemplo asfixiando a muerte a UPyD y promocionando en cambio a Podemos en las televisiones del duopolio para dividir a la izquierda; un éxito inicial que, a su vez, produjo el error adicional de la promoción de Ciudadanos a costa del propio PP, propiciando la caída de Rajoy en 2018 y la entrega del gobierno a una coalición negativa temeraria.”

Al cabo, cayó Rajoy por una moción de censura a cuenta de la corrupción de su partido, paradójicamente -como gusta de recordar Pío Moa- instrumentalizada por el líder del PSOE, el partido más corrupto de la historia de España y puede que de todo el mundo occidental (sin contar los narcorregímenes bolivarianos, de los que en todo caso son una especie de socios).

“El descubrimiento de la corrupción generada por el bipartidismo imprimió a nuestra acción política un giro decisivo: decidimos que la denuncia integral y la prevención eficaz de la corrupción era la prioridad. El emblema y ejemplo práctico de este compromiso es la serie de querellas que presentamos en los tribunales contra los responsables de los saqueos de las Cajas de Ahorros, y otras actuaciones similares por delitos ante los que la fiscalía permaneció pasiva. Ese combate contra la corrupción institucionalizada aumentó si cabe la inquina contra nosotros, en unos casos quizás por complicidad inconfesable y en otros, tal vez, porque parecía una acusación tácita de pasividad. Los celadores del sistema nos acusaban ahora de ser un partido antisistema (lo que luego se dijo en tono elogioso de Podemos).”

No sólo Podemos, también Cs y ahora Vox, y entremedias los mismos PSOE y PP se avienen a sugerir tal o cual medida reformista, tal o cual sugerencia innovadora o provocativa… suscitadas todas hace ya más de una década por un partido como UPyD que contaba con cuadros muy preparados provenientes de las profesiones liberales y conocedores por tanto de los asuntos sobre los que trataban.

Pero la política española se encontraba y se encuentra todavía mediatizada por completo por ese conglomerado de intereses que los miembros más implicados del partido no cesaron nunca de criticar, aunque a la postre resultase inútil a la hora de vender sus propuestas y logros a una opinión pública para entonces entregada a los cantos de sirena del populismo más ramplón de Podemos (con su “leninismo” y sus “juegos de tronos”, sus guillotinas metafóricas y sus escraches reales como el que protagonizó el mismo Iglesias en la Complutense contra, qué casualidad, la líder de UPyD Rosa Díez).

“El poder del capitalismo de amiguetes es tan aplastante que es legítimo y necesario preguntarse si vivimos en una democracia o en una oligarquía implícita, es decir, en un sistema donde la auténtica igualdad de derechos e iniciativa está reservada a una minoría cerrada y endogámica formada por ciertos círculos políticos y empresariales. En muchas ocasiones, los grandes contratos y decisiones políticas se cerraban no en las instituciones competentes, sino en reservados de restaurantes selectos o en el famoso palco presidencial del Bernabéu, donde el fútbol permitía congregar con naturalidad a políticos, empresarios y periodistas, la jet del capitalismo de amiguetes. En estos lugares, mixtura del Palco Imperial del circo romano con el hotel Corleone de Las Vegas, se amañaban contratos públicos, se repartían beneficios y gabelas, se endosaban pérdidas al erario, se pactaban nombramientos políticos y judiciales, se creaban y destruían reputaciones y carreras. No se trataba de una trama corrupta más, sino de la corrupción sistémica organizada.”

O, como escribió en un artículo en 2014 en El Diario Vasco a cuenta del caso de la empresa Gowex (aparentemente menor, pero de un gran simbolismo):

“El “capitalismo de amiguetes” permite hacer negocios y ganar dinero sin tener especial talento, conocimientos, capital o un gran producto. El secreto es disponer de padrinos políticos e influencias que aseguren al beneficiario una posición de ventaja y privilegio sobre sus posibles rivales, que incluso son expulsados del mercado. A diferencia de lo que pasa en el capitalismo con juego limpio (que existe, y funciona), en la variedad de amiguetes el mercado está intervenido y sometido a reglas diferentes a las escritas: donde la ley dice libre competencia y libre iniciativa, hay protección política a cambio de favores económicos, y viceversa.”

LA LIQUIDACIÓN DE UPYD

Más allá de las cuitas internas ventiladas por los medios, aunque su relevancia noticiosa fuese escasa en la mayoría de los casos en que fue magnificada -sólo “la polémica con Sosa Wagner” pareció liquidar UPyD-, Martínez Gorriarán apunta a una entente de esa tríada de partidos-medios-banca para hostilizar su presencia institucional y pública (mediática), con la creación de la caricatura de “lideresa” para Rosa Díez y sus adjetivos derivados: “autoritaria”, “intransigente”, etc.

“La política real camina sobre tres pies: los partidos políticos, el dinero de los bancos y la publicidad de los medios. En condiciones ideales se supone que los partidos podrán acceder a la financiación legal que necesiten, y también que la actitud de los medios de comunicación será por lo menos neutral. El requisito de la democracia moderna es que la política no esté demasiado condicionada por el dinero, que la política no condicione en exceso la economía, y que los medios de comunicación no interfieran en la libre marcha de política y economía. En realidad las cosas funcionan al revés. Hay hechos materiales tan determinantes como que la libertad de iniciativa política está condicionada, y mucho, por la posibilidad de financiarla, que correrá a cargo de bancos cuyo fin no es la democracia, sino el dividendo de sus accionistas, por lo que financiarán en mejores condiciones a los que mayores favores hagan al negocio. Respecto a los medios, los públicos protegen los intereses de gobierno de turno y los privados compran y venden información para obtener beneficios no sólo materiales, sino favores políticos. Por eso la solvencia financiera y las alianzas mediáticas son mucho más determinantes para hacer política que tener buenas ideas o un desempeño intachable en los cargos públicos.”

Pero también señala el fracaso de la apuesta por la transparencia y la democracia interna de los partidos políticos, aspecto que a fin de cuentas no pareció interesar a nadie en el único que las practicaba -véase si no lo de Podemos, Cs o Vox (por razones y con objetivos distintos)-, así como parece reconocer con la decepción del filósofo que en política no siempre (más bien, rara vez) se impone el discurso o la apelación racional, del mismo modo que no todas las personas decentes valen para la política.

“Lo corriente es que las personas más altruistas aborrezcan las luchas de poder inevitables en el seno de un partido, mientras los interesados se mueven como pez en el agua en ese escenario. Por eso es habitual que los más altruistas se retiren dejando todo a disposición de los más interesados. Los primeros pueden justificar su retirada como prueba y efecto de su desinterés ético por el poder, y los segundos como prueba de su superioridad política sobre los idealistas sin sentido práctico, obligados a retirarse. Lógicamente, al final del proceso habrá más interesados que altruistas. Y entonces o bien los interesados controlarán el partido o, de no conseguirlo, tratarán de romperlo para negociar ventajas personales con los despojos que consigan controlar.”

Por tanto, más allá de la (cierta) operación para diluir UPyD en la formación de Albert Rivera, la fragilidad de UPyD se hizo patente ante la campaña de hostilidad de los medios y los principales partidos del régimen, por fallos propios tanto como por imponderables como la emergencia del movimiento antisistema a lomos de la indignación ciudadana que cobró fuerza a partir del fenómeno del 15-M, y que capitalizó en solitario y hasta hoy (que ha surgido Vox) Pablo Iglesias con su Podemos.

No en vano cita Gorriarán a un tal Margallo -por entonces alguien muy próximo a Rajoy, por lo visto- que le reveló cómo iban a utilizar el “cascanueces” con UPyD, aunque tal vez sea más explícita la denuncia del contubernio de PSOE con PP y otros partidos para ofrecer una solución “confederal” a Cataluña (o sea, a los dirigentes separatistas después del referéndum ilegal de Artur Mas en 2014, contra el que se querelló UPyD) “en una discreta reunión celebrada en Barcelona en septiembre, en el Irish Pub Kitty”:

“Según las fuentes nacionalistas que filtraron la noticia en enero de 2015, asistieron empresarios como Salvador Alemany (Abertis) Juan Echevarría, Joan Castells (presidente de FIATC), Miquel Valls (Cámara de Comercio) y algunos más. También el teniente general de Cataluña Ricardo Álvarez Espejo, el general de la Guardia Civil Ángel Gozalo, y el fiscal jefe de Cataluña Romero de Tejada (que se opuso a la querella contra Mas). Por los partidos asistieron al menos Felipe Puig (CIU), Enric Millo (PP), Miquel Iceta (PSC) y Carina Mejías (Ciudadanos). Una curiosa reunión, cuando menos.”

¿CONCLUSIÓN?

Muchos fueron los factores y varios los conjurados para desactivar la feroz oposición de UPyD a los torticeros nuevos “consensos” del Zapaterismo, mas Gorriarán insiste en su convicción de que el principal factor aglutinador contra UPyD fue su actividad legal contra los implicados en la ruina financiera de las cajas de ahorro:

“Más allá de Cataluña, no me cabe la menor duda de que la decisión que precipitó nuestra caída fue la de querellarnos contra los responsables del saqueo y hundimientos de las Cajas.”

Pero en síntesis fue que los celosos guardianes del régimen se revolvieron contra la única fuerza que pretendía ser alternativa a este estado caduco de cosas, no sólo respecto al tinglado del “capitalismo de amiguetes” sino en lo relativo a los cotos privados de los pretendidos separatistas catalanes o vascos, o a los de los sindicatos y demás lobistas “de clase” o “de género”.

Una experiencia que en cualquier caso es la del “Éxito y fracaso de UPyD”, como subtitula el libro, y deja como legado no meramente unas memorias políticas, sino el clarividente análisis de nuestra actual realidad a través de 50 breves pero densos capítulos, que tiene la virtud de ofrecer una síntesis de la historia política española desde Zapatero (y aun antes) al fin del rajoyismo, en no menor medida que presenta un programa de propuestas ya ensayadas para que otros las realicen con decisión.

A su manera, el autor se declara satisfecho:

“Pese a todo abrimos brecha en el bipartidismo turnante, sacamos a la luz la degeneración insondable del “capitalismo de amiguetes”, demostramos que era posible acabar con los intocables, y probamos con ejemplos que era posible hacer política con principios y decidir con decencia y transparencia. Nada de eso fue suficiente. Pero que otros sean los beneficiarios de nuestro esfuerzo es lo normal en la historia, donde unos abren caminos y otros pasan por ellos. Si estas memorias son útiles a quienes en el futuro pongan en marcha iniciativas políticas para adecentar la democracia, deseo que tengan más suerte y acierto del que tuvimos nosotros. Yo estoy agradecido de haber tenido mi oportunidad y haber contribuido a abrirles paso.”

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