Los hombres náufragos

El barco se mecía tranquila, indolentemente, en los suaves vaivenes del mar azulado. En el cielo despejado, el sol, como un potente foco de calor, irradiaba su árida esencia hasta más allá de los límites del firmamento opaco. La cubierta sobre la que apiñados y perezosos dormitaban los hombres parecía la superficie llena de carcoma de una tabla a la deriva. El mar se hacía inmenso por momentos; cada momento se eternizaba sobre la pulcra llanura azul, inexorablemente en expansión.

El primer día de travesía un empujón de furioso viento hinchó las velas y lanzó la embarcación, de gigantesca eslora, imperiosamente mar adentro. Algunos hombres, aglutinados en torno a los barriles de ron, observaron el cambio mientras fumaban impasibles en sus pipas, más atentos a la partida de naipes, al azar que se disputaban a cara de perro entre ellos, que al rumbo que el viento en auge hiciera tomar al barco.

El segundo día, la fiereza del viento amainó y la embarcación disminuyó su marcha vertiginosa; los hombres que jugaban a las cartas siguieron haciéndolo sin mayores reflexiones, mientras otros tantos volvían a despojarse de sus ropas para prestarse de nuevo a las caricias del sol allá en lo alto, clavado en el cielo como una fijación de niño que temiera a la oscuridad.

El tercer día las olas dejaron su ondulación acompasada y comenzaron a arremeter violentamente contra el casco de la embarcación. Algún hombre se ocupó de echar lastre por la popa, previendo que el excesivo peso podría llegar a hundir el barco, y mientras tanto algunos seguían bebiendo ron y fumando en pipa, mientras lanzaban bravatas y faroles al aire salado de la cubierta. Los hombres que apetecían de tumbarse bajo el sol como lagartijas empezaron a cubrirse el cuerpo y a erguirse, al comprobar que una fina lluvia comenzaba a caer sobre ellos a la par que el zarandeo molesto del barco impedía cualquier concentración abstraída bajo el cálido fulmen solar.

El cuarto día de viaje el barco pareció encallar, pero los hombres que se percataron de ello no conseguían explicarse con qué podría haber chocado el casco en medio de alta mar. Detenidos en medio del océano, algunos hombres se desperezaron y trataron de encontrar explicación a esta pausa en la monótona movilidad de su transcurso marítimo, resolviendo finalmente descolgarse por babor para indagar las causas y, tal vez, aplicarle remedio efectivo. Al sumergirse bajo el agua, comprobaron que la razón de hallarse varados era una montaña de sedimentos que había apresado el casco impidiendo la libre navegación del barco, por lo que decidieron subir de nuevo y esperar serenamente, bien continuando la perpetua partida de azar, bien tomando el sol o bebiendo ron o simplemente fumando en pipa, a que la marea subiese y los depositara de nuevo en ruta.

El quinto día cumplió sus expectativas y de nuevo se hallaron flotando sobre el límpido mar, empujados por los nuevos aires que henchían el velamen voluptuosamente. Un hombre yacía recogido en posición de loto y examinaba un pequeño cuaderno en el que no cesaba de apuntar notas y más notas: «Todo sigue igual; encorajinados emprendemos rumbo a la aventura, al descubrimiento supremo, al más sublime reconocimiento de nosotros mismos frente a la inmensidad del mar, aquí en las alturas de la vida.» Algunos hombres, henchidos de ron y ahumados por el tabaco, vomitaban incesantemente y con una extraña voluntariedad, como en cumplimiento de un rito inconscientemente asimilado, todo a lo largo de ambas mangas. El sol seguía clavado en el vacío azul del cielo, como un ojo avieso que penetrara las realidades íntimas de los hombres tirados por cubierta.

El sexto día los hombres asistieron a una tremenda tempestad cuyos violentos golpes amenazaban con mandar el barco a pique irremediablemente. Un hombre sugirió arriar las velas, pero como única respuesta obtuvo el gesto indiferente de los hombres que jugaban a cartas, exclusivamente dedicados a recoger las barajas, atar los barriles de ron a los mástiles y, con igual indolencia, poner a buen resguardo el tabaco para evitar que la humedad lo echase a perder. El hombre que anotaba cosas en su cuadernillo seguía escribiendo: «A veces me he encontrado tan solo que he sido incapaz de generar ningún deseo, ninguna esperanza. Es en momentos como éste en los que he buscado tu compañía, para aislarme del doloroso efecto del tiempo -devastador siempre- y afrontar con nuevos bríos la incertidumbre del viaje.» Dos o tres hombres, extrañamente convencidos de que el sol aún podía broncear sus cuerpos y aligerar sus pensamientos mediante su candorosa presencia, cayeron por la borda al mar sin que sus somnolientos cuerpos tardasen demasiado en desaparecer bajo las aguas, ante la escéptica mirada del mascarón de proa, y sin que los demás hombres sobre la cubierta lograran inmutarse lo más mínimo ante este hecho, de camino a resguardarse del temporal en la sentina.

El séptimo día no amaneció. La oscuridad se hizo completa y allí donde el ojo solar había propagado sus rayos inexcusablemente, dominante y omniscientemente, los hombres sólo pudieron encontrar la opacidad opresiva de una negrura total e infinita. La tempestad arreció y el barco parecía un barquito de papel humedeciéndose inevitablemente, cada vez más oscuro en el negro que lo abarcaba todo por todos los lados. Un hombre decidió subir hasta el puesto de vigía, desabandonado hacía tiempo, con la tímida esperanza de encontrar tierra por algún lado y el envalentonado empeño de quien supone que está haciendo algo útil por los demás. Los demás hombres le miraban desde la cubierta, alzando cansinamente la mirada azotada por la lluvia; una sacudida malévola de un brazo de viento derribó al ingenuo de las alturas y lo hundió en el vacío, ante la incredulidad generalizada de sus compañeros. Otra sacudida más brusca aún desarboló por completo la embarcación, momento en el que muchos aprovecharon para apartarse de la cubierta y evitar de este modo ser abatidos por la infinidad de maderámenes, palos y poleas que impactaban desde las alturas contra sus desprotegidas cabezas. Algunos hombres renunciaron a salir de la sentina y dispusieron un tapete para seguir jugando a cartas, mientras fumaban un tanto inquietos en sus pipas y el humo se expandía tenuemente por el espacio cerrado. Un par de voluntariosos decidieron, previendo quizás males mayores, aferrarse al timón para tratar de enderezar el rumbo de la embarcación, pero descubrieron asombrada y pavorosamente que, allí donde debía hallarse el instrumento fundamental de guía, no había más que una notificación garabateada a tinta borrosa: «Debido a la escasez de material constructivo, las Atarazanas Irreales desean comunicarles a Vds. que se ha debido prescindir del timón; no obstante, y siempre que la voluntad de todos así lo permita, nos complace informarles de que tal vez pronto podamos elaborar alguno.» El hombre que escribía en su cuaderno, esquinado, al margen de todo y de todos -de todos los hombres que caían por la borda en un infinito goteo de muerte hacia el vacío; del bamboleo universal y fatídico del barquichuelo- concluía: «Y, en fin, podrás decir que soy egoísta por recluirme en mí mismo y en mi Obra pero, a fin de cuentas, ¿quién si no un hombre capaz de expresarse plenamente -con plenas facultades físicas y mentales; con plena rectitud de juicio y formación intelectual- podrá llegar a gobernar, o cuando menos a ayudar a gobernar, este barco a la deriva, sin rumbo y sin timonel que lo guíe, en que vamos todos a la busca de nuevos horizontes?»

3 de junio de 1998

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