La gran manipulación

…es el título con el que Jano García (Valencia, 1989) ajusta cuentas con el sistema mediático español de la hora por su entreguismo a las tesis manifiestas del Poder no menos que por su endogamia, su vulgaridad y su fanatismo. Un sistema que tiene a las cadenas de TV como baluarte en la creación de la “nueva normalidad” desde años antes de la expansión coronavírica.

Al respecto, se remonta el autor a la década de los 20’ del siglo pasado con el ascenso al Poder de comunistas bolcheviques y fascistas, como habla de Goebbels durante el nazismo y del Libro Rojo de Mao y su “Revolución cultural”, en un intento de recordar que las técnicas de manipulación las crearon hace tiempo los caudillos de los movimientos totalitarios.

Pero la parte más meritoria de la obra en sin duda la dedicada a la cronología de los hechos de la pandemia que tiene a España con los peores índices mundiales de respuesta en todos los ámbitos (sanitario, económico y también político en relación con las medidas agresivas adoptadas por el Gobierno Sánchez-Iglesias, lesivas para las libertades y derechos individuales).

Hechos que son datos: desde alarmas de la OMS con sus fechas, pasando por los avisos que llegaban de China, luego desde Italia y la UE, etc. Avisos y alertas que el Gobierno desestimó a conciencia, por lo que no es de extrañar que el subtítulo del libro rece «Cómo la desinformación convirtió a España en el paraíso del coronavirus».

Unos hechos y datos que son puestos en su contexto por García, que va intercalando declaraciones de políticos, periodistas, tertulianos que contribuyeron a la gran manipulación que da título al trabajo, impidiendo así que se tomaran las medidas decisivas en el momento adecuado y, peor aún, justificando la actuación gubernamental con una serie de mentiras encadenadas durante los últimos meses.

SARTORI CABALGA DE NUEVO

Siguiendo a grandes rasgos las tesis del brillante politólogo italiano Giovanni Sartori en su esclarecedor Homo videns -reseñado hace meses en este mismo sitio-, García apunta:

“Ningún medio ha tenido un impacto tan significativo como la televisión en la historia de la humanidad. La diferencia entre la televisión y la radio es considerable. La ventaja de la imagen visual sobre la transmisión radiofónica es que lo audible se convierte en una imagen visual con la ayuda de la imaginación del individuo que la recibe, pero no es posible mantener bajo control lo que puede llegar a imaginar el oyente. Con la televisión, la imaginación deja de existir. Lo que ves es la realidad, o al menos así lo capta tu cerebro. La televisión fue ganando fuerza y entrando en todos los hogares de los países desarrollados con el transcurso de los años.”

De hecho, ciñéndose a informes de la consultora Barlovento Comunicación a partir de los datos de medición de Kantar y Comscore, García señala que “el 70,7% de la población española ve cada día la televisión con un consumo medio de 3 horas y 56 minutos por persona al día”, y añade que pese a lo que se piense actualmente, las redes sociales distan de ejercer una influencia similar en cantidad y calidad sobre el público como la de las cadenas de TV.

“Teniendo en cuenta las cifras tan elevadas de audiencia, es evidente que la televisión es la herramienta óptima para la manipulación de masas. El debate social lo marcan los medios de comunicación. En todos los países sin excepción, los temas de interés, las discusiones políticas, económicas, sociales, culturales, etc., son aquellos que deciden los mass media.”

Concretamente, en el caso de España, el autor se pregunta:

“¿Qué papel tuvo la televisión para que España se convirtiera en el país más afectado por la pandemia del Covid-19 (sic)? La negligencia política es también responsable desde luego, pero imaginen que las televisiones hubiesen comenzado a abordar día tras día en febrero la verdad del nuevo coronavirus. Es innegable que la presión mediática y el efecto generado en la población hubiera obligado al Gobierno a actuar de forma distinta. Nadie es capaz de resistir la presión mediática en un régimen democrático o, mejor dicho, en un régimen en el cual la masa social es la que quita y pone gobiernos.”

Pero apunta también que lo más grave y dramático del caso español es “la fusión entre el poder político y el poder mediático”, cuando “las televisiones decidieron obedecer el mensaje institucional”, y comienzan a desfilar por las páginas de La gran manipulación los habituales del compadreo y del sectarismo de nuestros días, significadamente Xabier Fortes (luego destituido) y Lorenzo Milá desde TVE, Susana Griso desde Antena 3, Jorge Javier Vázquez desde Telecinco, e Iñaki López y Antonio García Ferreras desde La Sexta y algunos de sus más conspicuos acólitos -comenzando por su mujer Ana Pastor al frente de esa presunta agencia de verificación de bulos llamada Newtral, que básicamente se dedica a esparcirlos-, o los “contactados” como Iñaki Gabilondo, Cristina Almeida y otros.

EL GOBIERNO SE HIZO EL SORDO

No sólo se había empezado a temer lo peor en enero respecto al nuevo coronavirus de origen chino, sino que para los responsables políticos de los países limítrofes con la potencia asiática aquello se tornó en la principal cuestión a atender, habida cuenta de los antecedentes de la “gripe aviar”. Por el contrario, en España el ministro de Sanidad Salvador Illa y el infame director del Centro de Coordinación de Alertas y Alarmas Sanitarias Fernando Simón comenzaron su particular tour de force por rebajar lo máximo posible la gravedad del problema.

Dos ejemplos de entre los muchos que recoge la cronología aportada por Jano García lo muestran de manera descarnada. Así, el mismo 30 de enero, cuando la propia OMS decide declarar la emergencia sanitaria internacional después de la detección de los primeros casos en Italia, y una vez que China ya había procedido a recluir a decenas de millones de habitantes de varias ciudades del país, Salvador Illa declara lo siguiente:

“No minizamos nada, no hay ningún caso en estos momentos en España. Está preparado nuestro sistema para hacer frente a estas situaciones y las seguimos a diario con transparencia informativa.”

A su vez, el Dr.Simón sentencia al día siguiente (en una de sus más recordadas intervenciones a la postre):

“Nosotros creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado. Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay, será transmisión muy limitada y muy controlada. Hay indicios de que esta enfermedad sigue sin ser excesivamente transmisible. Sigue habiendo una sola zona, una sola provincia de China con transmisión comunitaria real, en otras zonas hay una transmisión limitada y controlada, y por lo tanto parece, además con el número de casos nuevos que van notificándose día a día, que la epidemia tiene posibilidades de empezar a remitir.”

Obviamente, no fue el caso ni en España ni en ninguno de los países de su entorno, caso de Italia o Francia, luego Gran Bretaña y más allá Estados Unidos como ejemplos de los que se vieron gravemente afectados por la pandemia. Pero lejos de rectificar y enmendarse a medida que se expandía el virus, el Gobierno Sánchez-Iglesias se aprestó a lanzar una campaña de acoso y descrédito de todos aquellos expertos, médicos o meros periodistas que alertaban de la gravedad tanto como de la inminencia de la crisis sanitaria en España.

LA RESPONSABILIDAD DE LA OMS

García no se olvida tampoco del nefasto papel representado por la Organización Mundial de la Salud en todo el trance, en cuanto que presidida por un hombre de paja de China se ha comportado durante la crisis más como un embajador de la buena voluntad del Partido Comunista de Xi Jinping que como una auténtica agencia sanitaria.

“Tedros Adhanom pertenece al Frente de Liberación Popular de Tigray, un partido etíope de ideología marxista. El Gobierno etíope, a la sazón dirigido por Hailemariam Desalegn, presidente señalado continuamente por Human Rights (sic) por hostigar a la población e implantar un régimen autoritario y sobre el que pesan delitos contra la humanidad, nombró a Tedros Adhanom como ministro de Sanidad en el año 2005, cargo que ocupó hasta el 2012. Posteriormente fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores hasta el año 2016. Mientras él estaba en el gobierno etíope, tres brotes de cólera asolaron el país llevándose por delante la vida de miles de personas. Sin embargo, cuando era ministro de salud, decidió ocultarlo y llamarlo “AWD” (diarrea acuosa aguda).”

Pero no sólo fue China la que aupó a semejante sujeto a la presidencia de la OMS, ya que “Barack Obama también apoyó su nombramiento porque suponía que Tedros sería el primer africano de la historia en dirigir la organización internacional. Propaganda al poder”, en otra de esas decisiones del malhadado ex presidente de los EEUU que reúne todos sus principales defectos: la soberbia ignorante, el racismo disfrazado de antirracismo, el progresismo “liberal” que le hacía preterir los principios y la responsabilidad del papel exterior de los USA en pos del “Multilaterismo”, que ha dejado sumidas en el caos zonas enteras del planeta ya desde antes de la llegada del coronavirus.

En España, la encargada de ejercer de embajadora de las buenas intenciones chinas fue María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS y, por momentos, colaboradora tertuliana asidua al programa Al rojo vivo de García Ferreras, foco principal de las distintas infecciones informativas que padece la opinión pública española desde el 11 de marzo de 2004, cuando el ínclito periodista trabajaba (manipulando) para la SER.

Aunque sería en una entrevista en La Sexta el 16 de febrero con su mujer, Ana Pastor, cuando Neira declaró a cuenta de la cancelación del World Mobile Congress que se iba a celebrar en Barcelona:

“La OMS desde el principio ha dicho que no haya restricciones ni de viajes ni de comercio ni de intercambios. (…) Nosotros no podemos juzgar a nadie que tome esas decisiones, lo que sí es cierto es que nosotros no hemos dado ese tipo de criterios para que se haga gestión de riesgo y se llegue a esa conclusión. Nosotros hemos dicho que no es necesario ni cancelar, ni evitar la movilidad ni el comercio.”

CASO DE NEGLIGENCIA CRIMINAL

Pese a la alarmante situación en Italia a finales de febrero, todavía tuvo Salvador Illa arrestos para continuar con el mensaje falsamente tranquilizador -los españoles se lanzaron a proveerse de mascarillas, cuya demanda aumentó un 10.000% según los datos de García-, concretamente el 25 de febrero, cuando ya parecía claro que decenas de aficionados del Valencia que viajaron a Italia a ver el partido contra el Atalanta habían regresado infectados a España:

“No hay transmisión comunitaria acreditada hasta el momento en nuestro país y por tanto seguimos pensando que estamos en un escenario de contención del coronavirus en España. No hay una prohibición decretada por parte de las autoridades internacionales ni por parte de las autoridades españolas de viajar a ninguna parte. Hago un llamamiento a la ciudadanía para que no caigamos en el alarmismo. (…) En todas las comunidades autónomas hay capacidad de hacer test y con una solvencia total. El sistema sanitario está preparado para hacer frente a la situación.”

Ese mismo día el impresentable portavoz de Podemos, Pablo Echenique, se lanzó con su degradado sentido del humor a apoyar las tesis gubernamentales:

“En las portadas y en las tertulias, el coronavirus corre desbocado y es una peligrosísima pandemia que causa pavor. En el mundo real, el coronavirus está absolutamente controlado en España.”

Y como remate, el inevitable Dr.Simón, que todavía comparece públicamente en vez de haber sido procesado por tratarse de uno de los principales culpables de la expansión y grave afectación del coronavirus en la población española, característicamente entre los miembros del personal sanitario y de residencias y farmacias:

“Lo cierto es que en las zonas donde no se han identificado casos, no hay ningún riesgo. Por lo tanto, yo creo que la población tiene que entender los riesgos a los que se expone, los riesgos reales, no los ficticios a los que se exponen y ahí yo creo que sí que hay detalles que nos pueden ayudar para ir normalizando la situación, allí donde hay que normalizarla y donde se tienen que hacer medidas extras, no se preocupen que Salud Pública de cada comunidad autónoma las hará. El uso de las mascarillas sí que puede ser interesante en los pacientes con sintomatología. Pero no tiene sentido que la población ahora mismo esté preocupada por si tiene o no tiene mascarillas en casa. ¡Ninguno! Por tanto, es importante que la población no asuma mecanismos de protección que pueden no tener sentido. España, yo creo que ya se lo hemos dicho en múltiples ocasiones, no recomienda medidas de cribado en los aeropuertos.”

Esto es: como ahora mismo en que el Gobierno Sánchez-Iglesias ha decidido que lo mejor es no tomar ya nuevas (o viejas) medidas porque ahora les corresponde a los gobiernos de las CCAA asumir la responsabilidad y, tal vez, compartir la culpabilidad de sus negligentes decisiones con el Ejecutivo “de Progreso”. Pero la seguridad en los aeropuertos, los principales accesos del coronavirus a nuestro país (especialmente los de Barajas y El Prat), ¿a quién compete?

CONCLUSIÓN

Jano García dirige en la actualidad el programa En libertad que se retransmite a través de iVoox y You Tube y cuenta con cientos de miles de seguidores, a los que pudo alertar ya en febrero de la magnitud de la pandemia de coronavirus pese a la hostilidad manifiesta de las fuentes oficiales y sus sicarios en TV e Internet (redes sociales, sobre todo) hacia la verdad de la amenaza y sus consecuencias sanitarias y económicas sobre la población española.

Escrito como pieza de urgencia para su publicación, adolece por momentos de un estilo descuidado así como de partes que dan la impresión de servir de relleno a la cronología exhaustiva de los hechos, con una mezcolanza entre la exposición bruta de los mismos y el aderezo de sus opiniones sobre la gestión de la crisis que no redunda en la utilidad y valentía de la obra. De hecho, García trata superficialmente algunas cuestiones como la manipulación específica del medio televisivo, o las mismas ideologías totalitarias, que merecen siempre (por su relevancia intrínseca) más precisión conceptual y mayor despliegue de fuentes corroboradoras que las que aporta el autor.

Tal vez se podría haber ahorrado dichas partes, porque para el mes de mayo, cuando el autor remata el libro, ya disponía de material suficiente para continuar apuntalando sus tesis más allá del 14 de marzo, fecha (última de las citadas) en que el Gobierno Sánchez-Iglesias declara el estado de alarma.

En vez de ello, expone sus conclusiones en el último capítulo del libro de modo general:

“España está viviendo un cambio de régimen encubierto por los medios de comunicación, esos embusteros que obedecen al que paga y que son activistas, no periodistas. La crisis económica que vamos a sufrir no tiene parangón. El Gobierno de Sánchez ha decidido que, para conseguir imponer este nuevo modelo en el país, debe eliminar por completo a la clase media y asfixiarla económicamente. Son cientos de miles las empresas que van a desaparecer en España tras esta pandemia. (…) Más allá del terrible resultado en la gestión sanitaria, los números demuestran que el confinamiento generalizado y la paralización masiva de la producción durante tanto tiempo son un error. Pero adviértase que era nuestra única posibilidad para detener la propagación del virus debido a la inacción del Gobierno a la hora de tomar medidas preventivas.”

Y, taxativo, asevera (en una opinión que comparto):

“El estado de alarma no debe volver a ser aplicado por esta pandemia. Los ciudadanos deben ser los que decidan libremente su destino. El miedo a morir no puede acabar con la ilusión de vivir. El estado de alarma se ha utilizado para fines políticos que refuercen la manipulación de masas a través de la eliminación de los contrarios en redes sociales. El aumento del control del contenido en las redes ante el espectacular auge vivido de su uso, como era lógico en una situación de confinamiento para la inmensa mayoría de los ciudadanos, debería ponernos en alerta.”

Aunque su muy negativa opinión de la “masa social” le haga ser pesimista -no seré yo quien le lleve la contraria-, al menos ha publicado un testimonio de indudable valor documental, probablemente el primero en España sobre la específica e incesante manipulación masiva que hemos padecido los ciudadanos a manos de este genuino Gobierno de la Mentira. Sólo por eso, representa un esfuerzo notable y espero que tenga el debido éxito en su difusión.

El Fascismo es Socialismo darwinista

…si bien el Socialismo marxista es darwinista en sí, lo que da una idea de lo imbuida que quedó la intelligentsia europea a lo largo del siglo XIX (e incluso después) de las teorías de Charles Darwin sobre el origen y evolución de las especies, ampliamente tergiversadas por unos y otros para dar pie a disparatadas cosmovisiones ideológicas como las de Lenin, Mussolini o Hitler.

Básicamente, la concepción paneslavista de los nihilistas finiseculares entendía que a la vanguardia del pueblo ruso, durante siglos oprimido por el Zar y la Iglesia ortodoxa, debían situarse los intelectuales, artistas y hombres de ciencia, cuyos privilegios sólo eran posibles debido al sacrificio histórico de las clases bajas, especialmente el campesinado por representar a la gran masa servil de la Santa Madre Rusia.

Su darwinismo, por tanto, concebía que un selecto grupo de hombres (y mujeres) avanzados podían y debían sacrificarse, incluso físicamente -a través del terrorismo ciertamente suicida que practicaban contra el Zar y sus próximos-, por mor de redimirse de su culpa y redimir también al ignorante y servil Pueblo de su condena impuesta por el oscurantismo del régimen.

LA SELECCIÓN NATURAL DE LAS NACIONES

Una visión que Lenin despreciará, en un desplazamiento de esta cosmovisión en buena medida romántica a fin de abrazar el “socialismo científico” de Marx, que desde luego el mismo Vladimir Ílich Uliánov se encargaría de adaptar a cada circunstancia de su singular trayectoria vital y moral hasta alcanzar el Poder en la Rusia de los Soviets. El marxismo-leninismo es, por tanto, específicamente un Socialismo darwinista.

Mussolini a su vez aprovecha lo que aprovecha de los bolcheviques: su audacia violenta o su violencia audaz; pero constante, persistente, parte esencial de todo lo que articula la estrategia y permite actuar y hacerse presente y expansivo al movimiento, que nunca se detiene en pos de alcanzar sus objetivos -hoy son fórmulas tan manidas entre los profesionales de la Publicidad (medios, márketing) que no reparamos en su chirriante originalidad fascista: “Vamos a ganar la batalla contra el coronavirus”, por ejemplo, eslogan propio de un Musso-.

Y tiene la teoría de que las Naciones -cada Nación como un todo orgánico pero único- han de luchar o competir entre ellas para demostrar su condición, su superioridad, lo que representa un movimiento natural de la especie humana en pos de allanar el futuro para su propia prole. Queda por tanto excluida la “lucha de clases”, aunque cabría matizarlo en el caso de Mussolini, de vocación socialista, que instaura -y se trata del rasgo más representativo y sintomático del Fascismo, aparte de su desprecio a las instituciones y formas democráticas- el “diálogo social” como forma de solucionar las disputas entre patrones y trabajadores.

Y no le fue mal al caudillo italiano, verdadero padre de la Italia que conocemos, pues gobernó sin mayores traumas durante dos décadas que le brindaron el favor de la opinión pública en general (de Churchill a Miguel Primo de Rivera, pasando por Baroja o Valle-Inclán), en toda Europa, de Izquierda a Derecha… hasta que se dejó arrastrar por Hitler a la Segunda Guerra Mundial en una nefasta decisión producto del rechazo británico a su mediación con propuestas de paz.

EL NAZISMO OSCURECE LA COMPRENSIÓN DEL COMUNISMO

Pese a que Lenin y Hitler pueden (y deberían) ser considerados gemelos morales, cuando en rigor sus similares fines eugenésicos han quedado expresados en multitud de documentos, actos registrados, leyes ad hoc y un sinfín de declaraciones públicas y privadas -muy recomendable al respecto consultar el segundo y tercer volumen de la trilogía Los enemigos del comercio de Antonio Escohotado-, los nazis quedarán siempre estigmatizados por el Mal frente a los comunistas, en gran medida por la victoria inapelable de la URSS en la IIGM, en parte porque se vanagloriaban de la perversidad que como superhombres podían permitirse respecto a sus víctimas.

Pero precisamente por esto el comunismo es más dañino y por tanto más peligroso que el nazismo, a cuyos adeptos se les ve por lo general venir a kilómetros de distancia: porque el Comunismo dice representar el Bien de la comunión fraterna de todos los hombres en esta vida y en este mundo, renunciando de antemano a la Promesa del Paraíso, una vez superada la sociedad clasista y desaparecido el mismo Estado; mientras que los nazis proclaman la inevitabilidad de un Imperio mundial dirigido por los más aptos de “la Raza de los Señores”, que gobernarían a la especie humana con un riguroso manual de jerarquía racista.

Bolcheviques (esto es, leninistas: como nuestro vicepresidente Pablo Iglesias), fascistas mussolinianos (dudosamente Trump, o Abascal) y nazis (los abertzales etarras, sin ir más lejos) comparten esas raíces intelectuales producto de una mala digestión de Darwin, Marx y Nietzsche, para dar al fin con el decantado de lo que hoy día denominamos Totalitarismo.

Sólo que persiste la errónea creencia de que los regímenes totalitarios son producto a su vez del Estado asaltado por los totalitarios cuando, en realidad, se fundan y cimentan en una sociedad ya entregada a la ideología totalitaria que permite fácilmente -porque la legitima- la toma del Poder incluso violenta (nunca democrática) de los defensores del Socialismo darwinista en cualquiera de sus múltiples variantes.

TODO ESPAÑOL ES FACHA

Todo Fascismo es de Izquierda, en cuanto que se trata de otro Socialismo (darwinista) más, que apela al Colectivo (nacional, en su caso) y pretende del Estado que sea la herramienta de “construcción” o proyección de la totalidad social, en liza con los demás estados de las demás naciones. Como comunistas o nazis, los fascistas parten de uno y diversos victimismos para justificar sus demandas iracundas, sus exigencias (universales, eternas) de reparación, su sed de Justicia y prontamente de sangre.

Por supuesto, en España se emplea el método victimista para denigrar a la Derecha o el mero españolismo, a través de la eviterna, omnímoda y omnipresente acusación de “facha” -que según qué provincias es sinónimo estricto de “español”-. Pero la verdad es que son los autodenominados “Antifascistas” los que son nazis, fascistas y/o comunistas; los socialistas darwinistas que aspiran a gobernar como “Vanguardia (intelectual, moral, política, ¡económica!) del oprimido Pueblo” a sus conciudadanos, a los que pretenderán pronto marcar como ganado antes de decidir sobre su suerte.

Ahora tenemos elecciones al parlamento-farsa que sólo existe para justificar a su vez un “gobierno vasco” o “de Euskadi”, cuando cada provincia tiene su propio parlamento con gobierno y hasta Hacienda Foral incluida -lo que cuenta-; un parlamento de 75 miembros a tercio de ellos por provincia, como si esto pudiera ser en cualquier circunstancia tomado por algo remotamente democrático; un parlamento donde lo usual en los últimos años es el Consenso para aprobar los presupuestos -y que el dinero fluya a los acostumbrados beneficiarios del régimen del PNV-.

Y pretenden que la Amenaza se llama Vox, la “Extrema Derecha”, los “herederos del Franquismo” y de aquellos que, según la candidata de la ETA institucionalizada, Maddi Iriarte, “nos arrebataron nuestros derechos como Pueblo” -sintagma que tantas veces pronunció Hitler cuando lo suyo, en distintos grados de histerismo-. Por un momento, al leer sus declaraciones, he pensado que se refería a los navarros que se bajaron a Guipúzcoa y Vizcaya a liberar la Sagrada Tierra Vasca de las hordas rojas del Frente Popular.

CONCLUSIÓN

Pero claro, esto sería tanto como reconocer que los “enemigos del Pueblo” son los bisabuelos y abuelos de todos los abertzales de la hora y de la inmensa mayoría del resto de los vascos… y el Fascismo se sustenta sobra la liquidación de las contradicciones para imponer el retrato del Enemigo contra el que movilizar al Pueblo; así como el Marxismo postula -y ¡cómo se jactan sus seguidores de ello!- “desatar todas las contradicciones” en el Enemigo -como el Fascismo, el Marxismo no conoce adversarios y no toma rehenes-.

De ahí que muchos (en partidos, en medios, en asociaciones, a título particular) ya no puedan condenar las acciones etarras contra representantes elegidos democráticamente por los ciudadanos, caso de los de Vox, puesto que sería tanto como romper solidariamente el “cordón sanitario contra la extrema derecha” que es básicamente la razón de ser (legitimadora) del actual Ejecutivo Divisivo, aunque bastante dividido, de Pedro Sánchez y sus cuates: una banda de fascistas, comunistas y nazis amparados turbiamente a la sombra del marbete “Antifascista”.

Cien días después

…de decretado el estado de alarma inconstitucional y de efectos probablemente insustanciales contra la pandemia -las medidas de reclusión hubieran debido adoptarse al menos dos semanas antes, a finales de febrero- el nefasto Gobierno de Sánchez-Iglesias se dispone a celebrarse con la justificación de honrar a los muertos por Covid19, ¡estos expertos profanatumbas!

Ya amenazaban públicamente con la ruina, a través del incremento de “derechos sociales” y todo tipo de percepciones a cuenta ajena, con la persecución a los empresarios -esos “ricos” que no lo son vía Presupuestos- como bandera, mientras se reparte el botín entre los afines de los medios y “la Cultura” y las “empresas sociales” y los próceres que capitanean las reguladas del Íbex-35.

Así que ahora toca llamar a consenso, o sea la negación del pluralismo político que es inherente a una democracia y que se supone que en España atañe a la representación partidista -lo que ciertamente es tanto como esperar que nuestros políticos se batan el cobre en defensa de las ideas de sus electores, cuando se esmeran en medrar a la sombra de los que mandan por defender sólo sus intereses y sin menoscabo de su condición de electos-.

Se trata de hacer como si nada, como tantas otras veces en que el PSOE ha traspasado todos los «límites constitucionales» (vulgo democráticos), algo que normalmente sucede siempre que los socialistas pierden el Poder y no esperan además recuperarlo en el plazo medio. Pero ha de hacerse notar el hecho de que su paciencia es cada día menor, que a duras penas se soporta ya una legislatura fuera de los órganos de gobierno -¡sin acceso pleno a la elaboración de los Presupuestos!-, por lo que las consecuencias en los ámbitos nacional y autonómico (véase Cataluña) son más deletéreas en la actualidad.

EL PP, ACCESORIO DEL RÉGIMEN

En este sentido, la otra pata «estatal» (aparte de CiU y PNV) del Consenso durante las últimas cuatro décadas -la Derecha vergonzante de UCD y luego AP y PP- procura hacer como que no se entera, como si de hecho fuesen los españoles quienes no se hubieran percatado de las múltiples fechorías e innúmeras negligencias cometidas por los socialistas desde que comenzó la andadura del régimen del 78, régimen execrable por tantos motivos distintos y ninguno de ellos sopesado por el líder de la Podemia Pablo Iglesias en su crítica al estado de cosas del que forma (y siempre quiso formar) parte.

Jamás se había llegado al paroxismo de la desigualdad entre españoles según su lugar de residencia como en estos tres meses de despotismo arbitrario, si bien se han cronificado los privilegios fiscales de la CAV y Navarra, el trato diferencial a Cataluña, especificidades propias del soborno institucional en Andalucía y Extremadura (PER) y Asturias (ayudas a la Minería), o el “hecho diferencial” del que Feijóo, del PNG, saca réditos y financiación para Galicia, como otros para Baleares o Valencia.

Pero entre las fases regionales y el hecho de haber tomado por mero afán de control todas las atribuciones sanitarias en el momento álgido de la crisis, el Gobierno ha demostrado lo fácil que resulta suspender el sistema autonómico -así colapsen todas las UCIs del país- y lo cómodo de descargar después toda responsabilidad en sus gobernantes, según toquen elecciones aquí o allá o se deba hacer campaña contra los partidos de la oposición en sus propios feudos.

Desde que comenzó a gobernar después de la fraudulenta moción de censura contra Rajoy no ha sido otra la estrategia del indocto Pedro Sánchez, bueno sólo para hacer de su exclusiva voluntad un mandato autoritario y de su capa un sayo a la hora de asumir responsabilidades por sus decisiones. Un defecto de personalidad ahora convertido en vicio no sólo por el presidente, sino por el vicepresidente Iglesias y por quienes conforman el séquito de ambos.

Ante este panorama de un Gobierno de saqueadores netos, déspotas por vocación y por talante, el PP busca como siempre que la cosa se pone fea una coartada -como digo, ante su propio público votante y simpatizante- para poder volver a encontrarse “como sea” (incluso vía Zapatero) con los otros en el Consenso que garantiza la participación en el reparto, aunque la emergencia de Vox se lo haya puesto mucho más difícil que Cs en los tiempos de Rivera -qué decir ahora, con Cs consensuando-.

ESCRIBIR SIEMPRE LO MISMO

Siento reiterarme, como cuando insisto en que ETA es una organización criminal que cuando participa en las instituciones adopta nombres como Bildu; o cuando repito que JxCat o ERC debieran ser disueltas como facciones anticonstitucionales, separatistas y violentas, cuyos dirigentes perpetraron hace un par de años un complot contra la legalidad vigente que podía haber deparado un baño de sangre en Cataluña; o cuando acuso a Podemos de ser otra facción patrocinada desde La Habana-Caracas para desestabilizar España y la misma UE.

En realidad, volver a señalar que este Gobierno es responsable de (a sabiendas) no haber tomado las medidas preventivas en tiempo y forma y, más aún, de no haber alertado a la población de los riesgos de la pandemia hasta una semana después del 8-M, su gran acto de propaganda ideológica -¿o qué hacían si no figurando en la pancarta del PSOE la mujer del presidente Sánchez, su vicepresidenta Carmen Calvo y varias ministras, más el ministro del Interior Grande-Marlaska?-, resulta a estas horas tedioso, pero dentro de unos meses se volverá peligroso.

Así que habrá que aprovechar ahora, cien días después de la liquidación expeditiva de nuestra maltrecha normalidad democrática, para testimoniar lo que para cualquier español debiera ser evidente: vendrá la muerte (la segunda ola vírica) y tendrá los ojos pétreos de Sánchez; o bien no habrá tal, decaerá la amenaza sanitaria, y tendrá tiempo el aparato de propaganda de la factoría Redondo-Iglesias para calificar a la oposición de “alarmistas que han arruinado la imagen exterior de España”.

O sea: lo que diga la Tele.

Mediocracia

…es el término que utiliza el profesor universitario Alain Deneault (Quebec, 1970) para significar -más que “el Gobierno de los mediocres” o “cuando los mediocres llegan al Poder” con que se subtitula la obra en español- la aparición/creación de unas nuevas élites desde la media estadística, en contra por tanto de la selección meritocrática o “selección de los mejores”.

“El término mediocridad designa lo que está en la media, igual que superioridad o inferioridad designan lo que está por encima y por debajo. No existe la medidad. Pero la mediocridad no hace referencia a la media como abstracción, sino que es el estado medio real, y la mediocracia, por lo tanto, es el estado medio cuando se ha garantizado la autoridad. La mediocracia establece un orden en el que la media deja de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y pasa a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar. Y si reivindicamos nuestra libertad no servirá más que para demostrar lo eficiente del sistema.”

Desde la introducción nos ofrece el perfil buscado por los mediócratas:

“No esté orgulloso, no sea ingenioso ni dé muestras de soltura: puede parecer arrogante. No se apasione tanto: a la gente le da miedo. Y, lo más importante, evite las “buenas ideas”: muchas de ellas acaban en la trituradora. Esa mirada penetrante suya da miedo: abra más los ojos y relaje los labios. Sus reflexiones no solo han de ser endebles, además deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa. Eso nos facilitará meterlo en el cajón apropiado.”

Una selección de los conformistas del futuro que consecuentemente depara, en todos los ámbitos que explora el autor -del capitalismo financiero al mundo universitario y de la investigación, al de la producción cultural-, unas consecuencias cuando menos inquietantes, si bien Deneault parece exacerbar su crítica a veces con el objeto de obtener un cambio en la misma conducta del lector.

“La política es lo que sucede cuando las personas que pertenecen a una comunidad se dotan a sí mismas de la capacidad de debatir y definir los principios fundamentales que rigen la vida en sociedad. Por lo tanto, actuar políticamente implica ubicar nuestro discurso y nuestra acción más allá de las coordenadas sociales a las que estamos confinados por el poder institucionalizado, y debatir todas las reglas y mecanismos que nos obligan a situarnos aquí y de este modo. Tenemos que estar menos involucrados en seguir el juego de la actual dinámica gerencial, financiera, capitalista y ultraliberal -y en esa esperanza de poder extraer de ella algún beneficio- para poder dedicar más energía al establecimiento de nuevas reglas formales.”

Porque de la mano de Karl Marx y Max Weber, Georg Simmel o Rosa de Luxemburgo, Camus, Marcuse y Naomi Klein y Steven Pinker, el autor presenta este libro en parte como un ensayo y en parte como llamada a la acción, como demandaría la praxis marxista, ante las múltiples evidencias de cómo unas élites políticas oligarquizadas por grandes multinacionales o superpróceres locales se avienen a cuanto dislate les es propuesto, aquí como en África, en Canadá como en China, por aquellos que sólo tienen como fin el lucro a toda costa –“la economía de la avaricia”-.

“La mediocracia nos anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante. Nos convierte en idiotas. Que pensemos el mundo en términos de medias variables resulta del todo comprensible; está claro, por supuesto, que algunas personas se asemejan muchísimo a estas figuras medias, pero que deba haber un mandato mudo que conmine a todo el mundo a convertirse en algo idéntico a esta figura media es una idea que algunos jamás llegaremos a aceptar. La palabra mediocracia ha perdido el significado que pudo haber tenido en el pasado, cuando describía el poder a manos de la clase media. Ahora no alude tanto a la dominación de las personas mediocres como a la dominación creada por las propias maneras de la mediocridad; alude al estado de dominación que las establece como divisa de significado y a veces también como la base para la supervivencia, hasta el extremo de que todos los que aspiran a algo mejor y se atribuyen soberanía acaban sometidos a sus palabras vacías.”

UNIVERSIDADES, CIENCIA Y EXPERTOS

Deneault, que en 2017 escribiera Paraísos fiscales. Una estafa legalizada, es profesor de Sociología en la universidad de Quebec y director del programa del Collège International de Philosophie de París. Ello no impide, sino todo lo contrario, que de las cuatro partes en que estructura el libro dedique la primera a darle un repaso al estado de la cuestión en la Universidad, antes de ponerse con el capitalismo financiero y las multinacionales, el mundo de la cultura y la cultura misma de la corrupción organizada.

“La universidad es uno de los componentes del actual aparato industrial, financiero e ideológico: en ese sentido, se puede argumentar su pertenencia a la “economía del conocimiento”. Las empresas ven la universidad como un proveedor, financiado con fondos públicos, de los trabajadores y de los conocimientos avanzados que necesitan.”

A su juicio, esta mercantilización de las facultades dedicadas a vender profesionales para los puestos que demandan las empresas fomenta precisamente la mediocridad en las aulas, desde el momento en que lo que menos se les requiere a los alumnos es destacar sobre el resto o dar muestras de una gran vocación. La Universidad, parece querer decirse, está para otra cosa; y Deneault entiende que entonces se trata de crear tanto los trabajadores como los consumidores del día de mañana. ¿Dónde queda la Universidad como centro de cultivo del espíritu, sede de la crítica y templo del saber?

“El hábito académico consiste en dejarse dominar. La universidad se encuentra en un estado completamente caótico y solo el dinero parece aportar algo de consistencia a sus prácticas. Se ha rendido, lo que define su visión acerca de cómo debe emplearse el lenguaje en las investigaciones. Los textos académicos se basan en una norma implícita que se convierte en explícita en cuanto alguien la quebranta: la prosa de un autor solo se considera científica si mantiene un tono neutral, tranquilo y comedido.”

Respecto a la capacidad de investigación universitaria, el autor incide en que muchos proyectos son redirigidos por los clientes que financian los centros, mientras que la propia Universidad que los contrata fuerza a veces a la hiperproductividad a los investigadores. Algo por el estilo sucede cuando los científicos, por mor de lograr financiación pública o privada para sus investigaciones, caen en la ansiedad de la publicación de artículos para alcanzar notoriedad, cuando a veces no aportan nada nuevo, son reiterativos o, en el peor de los casos, plagios de otros trabajos y tesis.

“Cuando un profesional recién reclutado por el ámbito académico universitario se somete a intimidatorios ritos de iniciación, aprende que las dinámicas del mercado siempre se imponen sobre los principios fundacionales de las instituciones públicas, pues el objetivo es saltarse tales principios.”

Este arquetipo de la mediocridad es necesario para mantener el Poder real en la sombra, mientras los nuevos portavoces “expertos” o “profesionales” lo dotan de justificación política revestida de las galas del conocimiento y la ciencia.

“La figura central de la mediocracia es, por supuesto, el experto con el que la mayoría de los académicos actuales se identifican. Su pensamiento nunca es del todo suyo propio, sino que pertenece a un orden de razonamiento que, si bien se encarna en él está guiado por intereses concretos. El experto trabaja para convertir propuestas ideológicas y sofismas en objetos de conocimiento que parezcan puros: esto es lo que caracteriza su labor. Por este motivo no se puede esperar de él ninguna propuesta potente ni original.”

En consecuencia:

“Para los poderosos, la persona mediocre es el individuo medio a través del cual pueden transmitir sus órdenes y establecer su autoridad sobre una base más firme.”

SEGUIR EL JUEGO: LA CENSURA CÓMPLICE

“Los poderes establecidos no deploran el comportamiento medio, lo convierten en obligatorio. Se está instituyendo un nuevo tipo de mediocracia. La mediocridad ya no se asocia, tal como imaginaron quienes conformaban las élites en el siglo XIX, a la idea de unos intelectuales autodidactas y propietarios de comercios, convencidos de su propia inferioridad, que tratan laboriosamente de ir adquiriendo conocimientos y de participar de las artes reservadas a las clases dirigentes. La mediocracia ahora la encarnan los estándares profesionales, los protocolos de investigación, los procesos auditores y los calibrados metodológicos desarrollados por las organizaciones dominantes para que sus subordinados puedan ser intercambiables. Este es el orden en que lo artesano cede ante la funcionalidad, las prácticas ante las técnicas, la destreza ante la implementación.”

Para Deneault, la máxima expresión de todas las corrupciones cabe en la frase “seguir el juego”, en su opinión “un bálsamo para la conciencia de todo actor fraudulento”.

Con esta misma actitud de mirar para otro lado, y pese a estar bien equipados para acorralar a entidades culpables de fraude fiscal a gran escala, los inspectores de Hacienda prefieren acechar a las camareras que no declaran las propinas. Los agentes de policía echan el cierre a sus investigaciones en cuanto se dan cuenta de que han topado con alguien del entorno cercano al gobierno, mientras los periodistas reproducen el lenguaje tendencioso de las notas de prensa difundidas por los poderosos y eligen seguir nadando a ciegas ignorando las corrientes de movimientos históricos, a los que prefieren no dedicar su atención.”

De hecho, “seguir el juego” es práctica tan generalizada en Occidente en las relaciones con el Poder -pese a dos siglos y medio que han pasado desde la Revolución Americana– que verdaderamente ejerce en los tiempos actuales una perversa censura sobre los que, al no aceptar el juego en sí, se ven expuestos a todo tipo de reproches, vejaciones o presiones, cuando no son depurados de sus cargos y apartados de su trabajo.

“Colectivamente, seguir el juego significa comportarse como si no importara el hecho de que a lo que estamos jugando es a la ruleta rusa, nos lo estamos jugando todo, estamos jugándonos la vida. Sólo estamos jugando, es divertido, no va en serio, no es de verdad, no es más que un simulacro que nos envuelve en su risa perversa. El juego al que se supone que tenemos que jugar siempre se presenta con un guiño, como un ardid que hasta cierto punto podemos criticar, pero cuya autoridad sin embargo aceptamos. Al mismo tiempo, tenemos cuidado de no explicitar las reglas generales del juego, porque están inextricablemente entreveradas con estrategias concretas que son personales y arbitrarias -por no decir abusivas- la mayoría de las veces. En la mente de personas que se creen listas, la falsedad y las trampas se conciben como un juego implícito, llevado a cabo a expensas de personas a las que consideran estúpidas. Seguir el juego, pese a lo que quiera uno pensar si es que pretende engañarse, significa no regirse nunca por nada más que la ley de la codicia. Esta forma de pensar le da la vuelta a la definición de oportunismo: el oportunismo es hoy una necesidad social ajena a la persona, pero requerida por la sociedad.”

El autor presenta casos de su país, con la coyunda entre políticos y grandes fortunas como forma práctica de gobierno y gestión de los asuntos públicos desde hace décadas, y procura concienciar al respecto con un discurso cada vez más netamente político-filosófico:

“Existe un orden muy real de poder que no se traduce en ningún cuerpo constitucional ni ninguna institución públicamente reconocida. No hay elecciones, tribunales, estructuras ni oposición que puedan articular o enmarcar este poder tan autocelebratorio. (…) Este orden elitista, ajeno a cualquier forma constitucional de poder, fagocitará otras formas de poder tradicionalmente reconocidas, tal como se aprecia en la manera que tiene de acoger a políticos y a otras figuras relacionadas con instituciones formales. (…) Este orden reúne a propietarios con capacidad de registrar sus bienes, o los de los bancos y multinacionales que gestionan, en jurisdicciones acomodaticias (como los paraísos fiscales) para poder llevar a cabo operaciones financieras de espaldas al control de estados en los que se aplica la ley. En este sentido, son soberanos, pero ejercen su soberanía en privado, sin ninguna estructura formal conocida ni reconocida.”

Y de este último aserto pretende Deneault (tal vez por deformación profesional) extraer la conclusión de la absoluta novedad de este estado de cosas, como queriendo apuntarse un tanto como investigador:

“La definición y descripción de estas nuevas estructuras de poder elude los conceptos tradicionales de la filosofía política y las formas establecidas de la teoría constitucional en torno a la soberanía del Estado. Nos obligan a definir nuevas formas de poder y a redefinir los términos del léxico político que suele emplearse para hablar de la evolución de nuestro mundo.”

CORRUPTURA: ¿REVOLUCIÓN?

Sin embargo, y con no pocos resabios marxistas, el autor se asoma a la identificación de estas “nuevas estructuras de poder”:

“Finalmente, convengamos que el régimen en el que ahora mismo nos encontramos no supone una amenaza para la democracia, sino que ya ha llevado a cabo aquello con lo que amenazaba. Llamémoslo plutocracia, oligarquía, tiranía parlamentaria, totalitarismo financiero o cualquier otra cosa. Debatamos sobre cuál es la mejor manera de definir este poder ultraprivado. Una de sus características, que sin duda lo identifica como una oligarquía, es su capacidad de capturar y codificar cualquier actividad social para convertirla en parte del proceso de capitalización que enriquece a quienes ocupan sus tronos en la cúspide de la jerarquía. Cantar, coleccionar sellos, darle a una bola con un bate, leer a Balzac o fabricar motores: sea cual sea, la oligarquía se asegura de que cualquier actividad socializada, por magra que resulte, se inserte en el sistema que gestiona las inscripciones y los códigos en beneficio de la concentración de poder por arriba. Toda actividad humana se organiza de tal manera que esta aumente el capital de quienes supervisan las operaciones que se van agregando. Esto nos empobrece en todos los sentidos.”

Como colofón, ya con un tono desafiante y panfletístico, Deneault llama a la “corruptura” de todos con la situación:

“Una vez que hayamos encontrado el nombre correcto para estos regímenes, se requerirá de nosotros que nos resistamos a ellos si somos demócratas o que nos pongamos manos a la obra para derrocarlos. Esto implica romper con el nuevo orden, forzar una ruptura con sus lógicas dañinas y destructivas y emanciparnos colectivamente. Debemos ejercer esta ruptura todos juntos: será una corruptura.”

O bien:

“Es el momento de que cambiemos los fundamentos del régimen establecido. A partir de ahora, la fuerza corruptora seremos nosotros. Tenemos que poner en marcha la corruptura con respecto a estas terribles formas de poder para generar otras distintas.”

Está hablando, a estas alturas, de Revolución, si bien pretende dotar al concepto de un aura propia de la lógica del lenguaje:

“nos parece imposible pensarnos como revolucionarios de una manera que no sea romántica. Y, sin embargo, la revolución -entendida como el hecho de derrocar y de hacer que formen parte del pasado instituciones y poderes que causan un grave perjuicio al bien común- es un trabajo de una urgencia extrema, incluso aunque se trate únicamente de salvaguardar cualquier ecosistema que aún tenga opciones de sobrevivir al ciego proceso de destrucción llevado a cabo por la gran industria y las altas finanzas, o de conseguir que quienes toman las decisiones económicas modifiquen radicalmente su manera de pensar en favor de los miles de millones de personas desfavorecidas que en la actualidad experimentan en sus cuerpos un nivel desquiciante de exclusión social.”

Pese a sus excesos dialécticos, Mediocracia resulta estimulante por su crítica previa al conformismo, al par que identifica básicamente las carencias del capitalismo financiero y sucesivamente las fallas de las democracias liberales, sobre todo a la hora de proteger a los ciudadanos de los efectos perniciosos de esta adulterada “economía de mercado”. Crítico de la política canadiense como de la francesa, las reflexiones de Deneault sobre la absolutización del “centro” en política son tan sugestivas como esclarecedoras:

“Este es el orden político del extremo centro. Sus políticas encarnan no tanto una ubicación exacta sobre el eje izquierda/derecha como la supresión de dicho eje, que se sustituye por un único enfoque que afirma contener las virtudes de la verdad y de la necesidad lógica. Esta maniobra se revestirá de palabras vacías o, peor aún, será el poder el que se defina con palabras asociadas con aquello que más odia: la innovación, la participación, el mérito y el compromiso. Aquellos cuyas mentes no participen de semejante farsa serán excluidos y esta exclusión, naturalmente, se llevará a cabo de manera mediocre, a través del rechazo, la negación y el resentimiento. Este tipo de violencia simbólica es un método constatado y comprobado.”

Falsos moderados, abanderados del pensamiento único… mediócratas a fin de cuentas.