En realidad, a nadie le importa mucho España

…más allá de los triunfos de la Selección -“La Roja” en Madrid como en Cataluña- porque cuesta defenderla de sus enemigos, sobre todo aburre defender lo más obvio contra los recurrentes veteroprogres antiespañoles y los racistas separatistas herederos de lo más rancio del casticismo español.

Al cabo, uno acaba en España por ser hereje haga lo que haga y piense lo que piense, debido básicamente al número de aspirantes a inquisidor o a cualquier otro cargo público (o en la empresa cooptada) con eximente de responsabilidad propia: la culpa siempre es de los demás, los agujeros contables se tapan con sobornos o amenazas y lo que importa es estar dispuesto a aceptar el siguiente cargo.

El rastro de servilismo se puede seguir, por tanto, oteando por encima los apellidos de quienes heredan nombre, cargo y nómina en la Política como en la Banca, en la Prensa como en la Cultura, en la Universidad como en la Alta Empresa; con distintos méritos, trayectorias y recursos, por supuesto: pero a fin de cuentas para ir a dar a lo mismo.

No se sabe muy bien a estas alturas si es que el grado de delirio ideológico de nuestras (presuntas) élites conspira para volvernos a todos dementes, fanáticos o aprensivos asustadizos que buscarán ante todo el repliegue sobre sí mismos, pero lo cierto es que son muchos años aumentando la apuesta por la quiebra institucional y socioeconómica de España para que la jugada no tenga tremendas consecuencias.

Cuando en cualquier tramo de calle uno sorprende conversaciones -entre jubilados, o entre barrenderos, o entre encorbatados- que reiteran “Esto es una dictadura” probablemente pueda excusarse en que “la gente” exagera, o con el socorrido “nos estamos (¡nos están!) volviendo locos”; pero el río suena porque la realidad supera las impresiones de los diarios y los falsos destellos televisivos.

La quiebra de España es moral, desde hace décadas: la Nación no reposa sobre nada, ni los españoles de la hora -ignorantes para empezar de sus propias Historia, costumbres y geografía- reconocen apenas los símbolos nacionales como tales. Ahora se presenta la quiebra institucional casi a la par, definitivamente, que la económica. Pero ninguna de ellas se pudiera haber dado con unos sólidos cimientos constitucionales.

Algo que valdría definir como “espejismo del 78”, al menos para que de una vez por todas nos atrevamos a encarar los graves problemas presentes de la Nación sin la camisa de fuerza de la ilusión de ese pasado añorado. Está en juego el futuro, que desde luego realizamos con nuestras apuestas de presente y nadie puede determinar para nosotros.

Es hora de empezar a crear esa España que nos importe a todos.

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