Contra Amazon

…es el título genérico bajo el que Jorge Carrión (Tarragona, 1973) recoge distintas historias, entrevistas, reportajes relacionados con la Literatura, los libros, las librerías y los libreros, las bibliotecas…y todo aquello que en definitiva ofrece Amazon pero puede (y debe poder) ofrecerse también al margen de la aparentemente ilimitada superficie comercial propiedad de Jeff Bezos.

Pero no se trata de un libro que -al margen del manifiesto inicial que le sirve de pretexto- cargue las tintas contra Amazon a través de estadísticas, denuncias periodísticas (laborales, financieras, ecológicas) o sumarios judiciales sobre posición de dominio o daño a la competencia; pues todo ello puede ser el trasfondo, pero no el objeto último de la obra.

Carrión (novelista, cronista de viajes, periodista y fundamentalmente lector) pretende más bien una llamada de atención al público -precisamente- para que no se limite a una forma de consumismo libresco que nos da lo que buscamos y en tiempo récord nos lo entrega a domicilio junto con los otros paquetes de ropa, comida o electrodomésticos.

Lejos de ello, Contra Amazon invita al viaje literario y a la experiencia de la rata de biblioteca -pública o privada, importa lo que importa en cada caso-, a visitar librerías y demorarse en las portadas y solapas de los volúmenes, en las mismas estanterías y lámparas, rincones y escaleras de caracol de cada establecimiento; en la conversación latente que aguarda a ser entablada con el librero.

AMARÁS LO QUE HACES

De Bogotá a Tokio, de Finlandia a Nápoles o Ciudad de México, Nueva York, París, Barcelona… Carrión explora a través de la memoria sus deslumbramientos bibliófilos, literarios, librescos; y es que el autor del afamado Librerías parece haber convertido en misión ilustrar acerca de las posibilidades actuales y futuras de la Biblioteca y de la Librería, espacios sagrados para el lector que a su juicio no han de perderse y tienen para presentar batalla un sinfín de recursos al alcance.

Todo depende, al fin, de la persona (hombre o mujer, sujeto, individuo, ser): esos libreros, bien por tradición o por obsesión, que en estos convulsos y confusos inicios de siglo se han entregado a crear los espacios del futuro para los libros y sus lectores -en una actividad casi siempre escasamente rentable, casi a fondo perdido, y que cosecha éxitos y fracasos por lo común más fruto del azar que del empeño o la calidad de la empresa-.

Porque, a fin de cuentas, se trata de leer y de incitar a la lectura; que el medio por el que nos hagamos con los libros que necesitamos para trabajar o para disfrutar es secundario, si los libros son el fin; aunque se pueda descubrir y experimentar gozosamente la búsqueda como un fin en sí mismo, cuando los libros jalonan la peripecia del lector enriqueciéndola, en vez de sepultarla bajo volúmenes encuadernados traídos en cajas y cajas de cartón con la sonrisa en forma de flecha.

Recogimiento y desolación

…a partes iguales es lo que nos depara la política antipandémica generalizada en casi todos los países -bastante desorientada a la espera de la vacunación masiva-, después de ser augurado en Occidente que con cierres preventivos de la actividad comercial y hostelera se podría “salvar la Navidad”, entendida tanto como reuniones de decenas de personas de distintos lugares en espacios cerrados cuanto como oportunidad irrecuperable de negocio.

Ciertamente, resulta contradictorio proceder a dichos cierres y restricciones parciales de actividad y movilidad en espera de que el tiempo (el plazo decretado) ponga distancia puramente física entre nosotros y la infección vírica, a expensas de los diversos perjuicios causados por las arbitrarias interrupciones con el objeto algo artificioso de preservar “la Navidad” como “fechas muy especiales para todos” como mero eslogan moralizante.

Porque la reacción de la población no puede ser otra que la de abarrotar entonces las calles, con ocasión de la oportunidad brindada (otra vez) por autoridades que no son tales de salir nuevamente y realizar las compras navideñas y citarse “en fechas tan señaladas” con familiares, amigos y/o allegados y compañeros del trabajo para tomar algo. En pura lógica, si lo que se quiere es evitar contagios lo suyo implica suspender la Navidad, no la pre ni la postNavidad.

Pero esto equivaldría a no se sabe bien qué apostasía o herética sublimación de los más bajos instintos de “la gente”, cuando nada más cercano al espíritu navideño que esta sensación de cerco, aislamiento, persecución y carencia de libertad misma de movimiento que representa simbólicamente el nacimiento de Cristo en Belén, cuando además de la sensación de desamparo nada hacía presagiar que por ese miserable rincón del mundo se apareciesen Tres Reyes Magos de Oriente.

Así que prescribamos para todos y cada uno recogimiento y paciencia -que es esperanza para unos, resignación para otros y divertimento de cualquier índole para el resto-; y que 2020 pase ya de una vez y no por ello nos creamos salvados de ningún modo ante la persistente amenaza del SARS-CoV2 y su análoga, en España, de este maledicente Gobierno maldito PSOE-Podemos.

Ansia de Navidad

…es lo que tenemos los españoles ahora mismo -unidos como hace mucho que no estábamos unidos por esta adversidad permanente del coronavirus, cuando empieza a fastidiar de veras no poder desplazarse cómoda y seguramente a ningún punto de nuestro país-, pero haríamos mal en considerar que una vez salvadas las restricciones prenavideñas podremos darnos a la vida de antes.

Este día será debidamente archivado en los anales históricos de Occidente como la fecha de la primera vacunación -una nonagenaria británica… cheers!– contra la plaga de Covid19, pero de ello no resulta de momento ni la inmunidad generalizada, ni la imposibilidad de dispersión de cepas según las fronteras sean reabiertas y vuelva la normalidad a, por ejemplo, los vuelos internacionales de pasajeros (turistas o no).

Parece cuestión de tiempo, en todo caso, que las investigaciones científicas deparen cura o vacuna contra este y futuribles coronavirus, por lo que no cabe escatimar el esfuerzo en financiación ni desestimarlo en tiempos de bonanza y tasas de esperanza de vida nunca antes alcanzadas. Porque si una sociedad queda estancada, el sino de sus miembros puede ser muy otro.

Y no vamos a salir los españoles más fuertes ni mejor librados de la pandemia, ni en lo económico ni en lo moral ni por descontado en lo institucional, con un Gobierno que hace eses -con Podemos, ERC y Bildu- en asuntos tan evidentes y cruciales como el de la usurpación del Poder en Venezuela por sicarios del Narco, la Dictadura castrista y los restos del Bolivarianismo del Foro Social.

Una confabulación de bandas, entregadas al Saqueo de presupuestos y cargos públicos, dirige hoy el rumbo de la Nación a través de un Estado mermado en sus funciones y recursos, hostilizado por facciones separatistas y ninguneado por propios y ajenos de la presunta “sociedad civil” española.

Pero parecemos sólo estar esperando a que abran los bares -para poder departir del estado del tiempo- y a que pasen las Fiestas, confiando a las noticias de periódicos y radios y televisiones nuestra propia vacunación, “Dios mediante” -o “gracias a mi Gobierno”, que diría un Pedro Sánchez-, cuando todavía habremos de sufrir (como hasta ahora) todo tipo de negligencias, insuficiencias y variedades varias de corrupción, ineficiencia y oscurantismo.

Vaya: que menos mal que hace mal tiempo y la gente apenas sale a la calle…

Entender el coronavirus

…supone admitir que ésta como cualquier otra gama de virus no entiende de relaciones sociales, fechas consagradas y celebraciones variadas de índole religiosa, deportiva o espectacular, puesto que su carácter o sino prescinde de las categorías humanas al uso para entregarse por entero a la colonización de aquellos entes vivientes que le aseguran vida a su vez.

Así las cosas, la reducción o ampliación del número de comensales por Navidad y las fiestas de Año Nuevo torna el cálculo en absurdo desiderátum, en cuanto que no se trata tanto de cantidad como de cualidades como la prudencia, no pudiendo obviarse medidas como la distancia, el tiempo de exposición y la ventilación permanente de los espacios ocupados por los celebrantes.

Pero, además, de tener en cuenta que la restricción numérica no obsta para que uno se reúna con ocho en Nochebuena, seis distintos en Navidad, otros seis u ocho (a quienes ya se vio antes y otros que no) en Nochevieja y algunos otros en Año Nuevo, la mera asignación del dígito adecuado parece más cosa de brujos que de gestores políticos de la Sanidad.

A lo que se suma el buenismo disfrazado de magnanimidad -o a la inversa- cuando es el propio ministro Illa el que habla de que “estas fiestas (de Navidad) tienen un componente muy especial” para los españoles, ¿es que acaso la Fe en el Salvador -no en Illa, sino en el otro- o la esencia filantrópica de las Navidades nos van a preservar del contagio por el inconsciente SARS-CoV2?

Para más inri, la excepción de “familiares y allegados” para saltarse el confinamiento perimetral abre la puerta, precisamente, a todo tipo de invitados e inevitables, no en vano puede entenderse -a la manera del propio Illa, que lo ventila con un “todo el mundo entendemos lo que queremos decir”-, en la larga tradición nepotista del PSOE, que por invitables o visitables pasan primos y sobrinos, amigos del colegio o del curro, amantes y/o ex amantes…

Por lo que de todo ello se infiere que, a estas alturas, ni el Gobierno da una a derechas -¡sacrilegio!- ni la sociedad española parece dispuesta a adoptar otra actitud que la convenida conveniente: exigir a los políticos la imposición de mayores restricciones mientras pergeña sus variadas excusas y coartadas para hacer en cada momento lo que el ánimo personal disponga.

La culpa, una vez más, será de “la gente que no ha aprendido nada” -o, lo que es igual, de “la gente que no entiende cómo funciona el virus”; caso de nuestros acobardados responsables políticos y con ellos de buena parte de nuestra adocenada sociedad-.