A Sánchez hay que echarlo

…y no confraternizar con él consensuando nada -y menos que nada “el órgano de gobierno de los jueces” (CGPJ), ¡pero tampoco el de RTVE!-, así que sólo desde el estado de noqueo del PP se puede entender que de nuevo vuelvan a las andadas con el PSOE en materia de Justicia: tantas veces han sido traicionados por los socialistas en este como en otros asuntos fundamentales para el sostenimiento del régimen que ya debieran haber escarmentado.

Pero las elecciones catalanas que han terminado por hacer saltar las alarmas entre los dirigentes populares son otra muestra más de que no funciona el discurso ambiguo, estéril, del que hasta anteayer era seguidor de Aznar y de Rajoy sin haber logrado ni consolidar un liderazgo y una impronta personal, ni reunir de nuevo a las corrientes en torno al mismo, ni relevar a los más incompetentes de sus cargos a todos los niveles para reemplazarlos por personas más atractivas, trabajadoras y eficaces.

Que esto es lo que debía haber hecho desde el primer momento Pablo Casado con el PP demediado y dividido que heredó de Rajoy -a quien durante años sirvió de portavoz sumisamente, dicho sea de paso-, mas ha dejado pasar el tiempo, llevado por la inercia de los análisis postelectorales una vez aupado Sánchez al Poder por sus aliados extremistas, incapaz en todo momento de mantener sus apuestas tácticas y, a la postre, la misma estrategia de fondo.  

Porque Casado sigue pensando en términos propios del Bipartidismo, época felizmente liquidada por la traición de Zapatero a los consensos básicos del régimen del 78, secundado por su sucesor al frente del Gobierno Mariano Rajoy, que decidió seguir el curso de las políticas todas de aquél tal vez por entender que era “el signo de los tiempos” lo que convenía atender con prudencia… o no: probablemente sólo por pachorra (abulia), intereses creados (dependencia) y soberbia estéril (impotencia) disfrazada de “manejo de los tiempos”.

Ciertamente, en el PP aún no se han enterado de que de 2008 a hoy una gran corriente de la opinión pública española arde en deseos de reformar e incluso liquidar el régimen del 78, desde motivaciones y argumentos políticos diferentes e incluso contrapuestos, pero basta ver que a la radicalización de los fragmentos de la extinta CiU y de la misma ERC se ha sumado la CUP, como Podemos finalmente ha alcanzado el Gobierno (si bien de la mano del PSOE, uno de esos “partidos de Estado”, con el PP, de los que aún hablan algunos en la Prensa sin el menor sonrojo).

Ahora, en febrero de 2021, resulta que a los populares les preocupa mucho Vox, después de la emergencia y posterior declive de formaciones como Ciudadanos y UPyD: ¿no será que ha sido el PP el que viene deslizándose hacia la Izquierda desde hace década y media, sin necesidad alguna más que evitar los improperios habituales proferidos por la Izquierda “bien”, el PSOE y el grueso del establishment “intelectual” (periodistas, profesores, presentadores de TV y ¡actores!)?

Paradójicamente -o no: por pura cobardía-, Rajoy reaccionó al “cordón sanitario” sumándose a Zapatero después de su segunda derrota en 2008, respaldando a un par de días de las elecciones la política “antiterrorista” del Ejecutivo conocida como “proceso de paz” (a tres bandas entre PSOE, PNV y ETA): con ello enterraba asimismo toda reivindicación de verdad y justicia para las víctimas del terrorismo, también para las del 11-M del que en el PP se prohibió desde entonces prácticamente hablar.

Para acabar con esta omertá perpetuada por PSOE y PP desde hace décadas -sobre el 23-F, sobre el GAL, sobre la corrupta hegemonía protegida de CiU y PNV como parte del régimen, sobre la misma corrupción del Rey y tantos otros asuntos- fue que nacieron de UPyD a Podemos y ahora Vox, ¿a quién puede extrañar? Mal que bien, el PSOE ha logrado adaptarse a la “geometría variable” con los extraconstitucionales, mientras sigue haciendo pasar por el aro a PP y Cs.

Pero es que en el PP no lo entienden, siguen poniendo de ejemplo la implosión de la UCD -¡precisamente!-. Que en la actual tesitura, después de lo que ha llovido (al margen incluso del punto de inflexión que supuso el golpe separatista del 1-O), todavía se cuestione en la cúpula popular si la renovación consensuada del CGPJ mejorará o empeorará su imagen lo dice todo del partido de Casado; y para mal, por supuesto.

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