En la muerte de Mikel Azurmendi

…queda rogar por su alma a los creyentes, pues si un hábito vistió durante media vida fue el de penitente, rasgo que se trasladó a casi toda su obra literaria en la forma de una inmensa piedad y ternura por estas desvalidas criaturas de Dios que son los hombres. Con ese mismo tono humilde y brusco, tierno y verdadero trazó a decenas de personajes reales e inventados en novelas tan dispares como Las Maléficas, Melodías vascas o El requeté de Olite, y trató asimismo a quienes le interpelaron o por quienes se vio interpelado, víctimas de hace siglos o del ayer más reciente y dolorido: desde las persecuciones de Zugarramurdi a las de la ETA. Sirva el siguiente texto para recordarle en lo más sincero de sí, comentando su propia obra, y que la tierra le sea leve.

ENTREVISTA CON MIKEL AZURMENDI

[Publicada en el extinto diario Nuestra Hora de San Sebastián el martes 13 de mayo de 2014 ]

«Mi búsqueda de la verdad de la caza de brujas en el Baztán tiene mucho que ver con mi absoluto desprecio a los verdugos de todos los tiempos y mi respeto por las víctimas”

El antropólogo y escritor Mikel Azurmendi (San Sebastián, 1942) viene dedicándose en los últimos tiempos a la creación de ficción literaria, con obras que tratan del fenómeno terrorista vasco como Tango de muerte, Melodías vascas o El hijo del pelotari ha salido de la cárcel, pero si en esta ocasión lo entrevistamos es a consecuencia de la publicación casi simultánea de dos libros muy diferentes sobre el mismo tema, llamados a esclarecer en gran medida los terribles hechos sucedidos hace cuatro siglos en la región del Baztán que de modo tan distorsionado han llegado a nuestros días.

JORGE MENDIOLA

Su última obra es el ensayo Las brujas de Zugarramurdi, ensayo editado ulteriormente al tratamiento novelístico que hizo de la misma materia en Las maléficas. Ambos libros tratan de la persecución desatada en el País de los Vascos (Labort) y en la cuenca navarra del Bidasoa contra miles de personas falsamente acusadas de connivencia con el Diablo. ¿Fue la investigación histórica lo que le brindó a usted la ocasión para escribir una novela sobre este asunto o, por el contrario, su interés literario por las víctimas de aquellos sucesos le llevó con posterioridad a indagar más sobre los aspectos históricos de los mismos?

Lo primero que escribí fue el ensayo. En el cuarto centenario del Auto de fe de Logroño (1610/2010), auspicié la celebración de una semana cultural en Logroño para que se abordase la memoria de sus 31 víctimas desde un punto de vista histórico pero también judicial, antropológico, teológico y estético. Tanto la comunidad autónoma de La Rioja como el ayuntamiento de Logroño dieron el visto bueno a mi planteamiento y patrocinaron las seis conferencias a cargo de especialistas en estas materias, caso del historiador danés Gustav Henningsen, el antropólogo Lisón Tolosana, el erudito biólogo y traductor de la Biblia de Jerusalem Jesús Moya, el profesor de Estética Mikel Iriondo o el director del Archivo Nacional. El grueso de mi libro Las brujas de Zugarramurdi lo escribí para aquella ocasión, aunque mi intervención en Logroño fuese concisa y resumida. Solamente escribí con posterioridad el último capítulo, sobre el sacerdote Axular y su intervención pastoral en el desastre social producido por aquella persecución inquisitorial, que forma parte de una charla que di en euskara en Zugarramurdi, invitado por su casa de cultura. Por tanto, este ensayo que se ha editado ahora ya estaba escrito desde hace tres años. 

Durante dos siglos la experiencia cultural de Occidente ha venido probando que mucho más que los argumentos racionales y sesudos de las ciencias ha sido la literatura de ficción -cuando es musculosa y atrayente- la clave para que se hayan logrado grandes cotas de progreso moral. La literatura (con sus “derivados” como el cine, el teatro, los documentales o el reportaje) ha ido moldeando nuestros sentimientos y purificando muchas de nuestras emociones hasta plantearnos algo tan nuevo como que el ser humano es algo eminentemente frágil y susceptible de ser humillado, dañado y vulnerado, y que todos los humanos somos en esencia una y la misma capacidad de sentir daño. Esto ha agrandado nuestra capacidad de ponernos en la piel del otro, de empatizar con el oprimido, de apiadarnos y tener compasión: en una palabra, de progresar moralmente. Pues bien, yo, que convencido del poder de la literatura, desde hace diez años únicamente escribo literatura de ficción, pensé que en lugar de editar aquel ensayo sobre las brujas de Zugarramurdi acaso me valdría más tratar de vulgarizar su contenido (en el sentido de ponerlo en manos de un más amplio espectro de lectores y no en el sentido de hacerlo vulgar). Por eso pospuse la edición del ensayo y me dediqué un par de años a envolver el asunto en novela, novela histórica si se quiere, pero con un ser de ficción como personaje central. 

Y, ahora por fin, tras la edición de la novela Las maléficas, he dado con un editor intrépido para mi ensayo Las brujas de Zugarramurdi, y le estoy muy agradecido.

En ambas obras destruye esa imagen tan popular -cuyo origen sin embargo es producto de algunas mentes “ilustradas” de aquel tiempo- sobre ciertas mujeres “liberadas” celebrando el culto al Demonio en presuntos “aquelarres” (que, a su vez, son una invención lingüística de un par de inquisidores con ínfulas de cazadores de seres diábolicos). ¿Cómo nace su interés por este caso, que Vd. centra en la caza de brujas desatada en el s.XVII mediante errores judiciales y falsos testimonios, y que, siguiendo al investigador Gustav Henningsen, describe como un genuino proyecto de “solución final” para los baztaneses?

Para hablar de mi interés por la caza de brujas de la comarca del Bidasoa, diré que arranca de mi tesis doctoral, allá a comienzos de los años 80. En ella yo me dediqué a investigar cómo se veían a sí mismos nuestros abuelos y tatarabuelos vascos, qué pensaban los hombres de sus esposas, los padres de sus niños y los dueños de sus subordinados. Aunque no supiesen leer ni escribir, el material que ellos nos habían legado era ingente en forma de proverbios, aforismos, dichos, expresiones, canciones, acertijos, relatos, etc. y en todo ello seguí al animal: ésa suelen decir que es la pista para conocer la identidad de las gentes ágrafas o analfabetas -en casi toda África se suele asegurar que, si quieres conocer a determinado tipo, debes seguir a su vaca, a su camella o al animal que fuere-. Cuando tras estudiar muchos animales domésticos, llegué a la cabra como signo-imagen o prototipo para reflejar ellos sus propios intereses, vi que nuestros ancestros jamás habían concebido la posibilidad de que el macho o cabrón fuese un sosias del diablo: “aquer-larre” no colaba con su patrón cognitivo. Y así lo escribí y lo discutí con el presidente del tribunal de mi tesis doctoral, Julio Caro Baroja, y proseguí luego discutiendo con él y él me animaba a investigarlo. Así es como se me encendió la mecha para hurgar en el por qué y el cuándo apareciese el término “aquelarre” en los documentos históricos. Tras muchas charlas con él, enfermó y murió: en mi novela Las maléficas he hecho de Caro Baroja un personaje más, como homenaje a cuanto le debo. Conforme los años pasaban y yo conocía con más detalle la realidad de la caza de brujas y leía documentos de inquisidores y de jueces y de nuevos teólogos, di con Gustav Henningsen, un señor danés que acababa de hallar los documentos de uno de los inquisidores de Logroño, Alonso de Salazar, y que había escrito un libro fenomenal sobre lo sucedido en la comarca del Bidasoa a comienzos del XVII. Traje a Henningsen a San Sebastián, a unos cursos de verano, y mi colaboración con él en pos de la verdad de aquellos hechos nos ha llevado a nuevos descubrimientos y a una gran amistad. Supongo que la radicalidad de mi búsqueda de la verdad de aquellos hechos tiene también mucho que ver con mi absoluto desprecio a los verdugos de todos los tiempos y mi respeto por las víctimas, por todas, sean de donde fueren. Yo no he soportado que a una víctima de Zugarramurdi (Graciana de Barrenechea), muerta de tifus a los 70 años en las mazmorras de Logroño en 1609, se la haga protagonista de una escena falsa y rijosa en un film reciente de mucho eco; por eso acepté la sugerencia de mi editor de titular el ensayo “Las brujas de Zugarramurdi”, cuando mi propuesta de título era simplemente “Zugarramurdi: inquisición y aquelarre”.

Para responder, por fin, al grueso de su pregunta y decir algo sobre “la solución final” que propuso el tribunal inquisitorial de Logroño a la instancia suprema de Madrid, resumiré la carta escrita el 9 de marzo de 1611 desde Logroño a Madrid. El tribunal pedía que se cerrase la zona del Bidasoa/Baztán con un cinturón de seguridad y el rey detuviese a cuantos intentasen escapar de la zona; que se les prohibiese a los sacerdotes negacionistas de las prácticas denunciadas predicar desde el púlpito contra la imposibilidad de la existencia de brujas; que mediante edicto se diese un plazo de 4 meses para que se entregasen los brujos y delatasen a sus cómplices; que dos inquisidores partiesen hacia la zona y actuasen con dureza contra quienes no se hubiesen autoacusado; y que asimismo convendría plantearse la necesidad de implantar un tribunal en aquella comarca del vascuence a fin de juzgar in situ a la gran cantidad de acusados. Eso decía aquella carta que, además, enviaba a la Suprema un listado, pueblo por pueblo, de 639 brujos entre confesos y denunciados. La carta la halló Henningsen, quien se ha atrevido a comparar aquella propuesta inquisitorial con la “Endlösung” o solución final hitleriana respecto de los judíos, lo cual no me parece descabellado dado que atañía a casi el tercio de la población de cada aldea y villa de la comarca del Bidasoa/Baztán.

Cuando Vd. estudia la “brujería” practicada por los habitantes de la  población del Labort, Navarra, Guipúzcoa o Álava, llega a la conclusión de que se trata de suposiciones o presunciones populares de sentido común cuya función consistiría en significar la producción de determinados infortunios naturales como la pérdida de la cosecha, los naufragios o las muertes prematuras de niños, infortunios que los aldeanos imputaban al “aojo” o mal de ojo que ciertas personas malvadas (los “brujos”) habrían echado a tal o cual persona, presumible causa de aquellos desastres. No obstante, hasta la llegada de la nueva teología demonolátrica era la propia Iglesia a través de sus párrocos la institución que velaba para que todos estos conflictos locales de brujería se resolvieran en comunidad mediante un sencillo acto de expiación de las faltas, puesto que en ningún caso daba pábulo la Iglesia a la existencia de una brujería diabólica. ¿Cómo es posible y quiénes hacen posible que lo que había sido la tradición católica de perdonarse mutuamente las acusaciones de brujería fuese subvertida, prácticamente de la noche a la mañana, por un pensamiento teológico -convertido en claramente ideológico en determinadas circunstancias- y que se valía del Demonio para ver satisfechos determinados intereses?

La sensatez de mediar entre vecinos y remediarse dentro de las parroquias las enemistades y acusaciones entre vecinos se convirtió de súbito en la insensatez de judicializar aquel ritual sacramental llevando a los vecinos ante los tribunales inquisitoriales, encarcelándolos y condenándolos incluso a la hoguera. Tal insensatez fue posible porque la teología dio un giro copernicano desde el papa Inocencio VIII en adelante (desde finales del s.XV) y a la brujería, que desde siempre se había creído imposible de existir, se la imaginó como real merced a un pacto entre el Diablo y la gente. Esta nueva imaginación teológica fue, pues, lo que auspició la judicialización del sentido común aldeano en toda Europa y el colapso cultural de muchas poblaciones. Arropadas en esta nueva imaginación teológica, las monarquías que se esforzaban en convertirse absolutistas encontraron una buena excusa tanto para centralizar sus aparatos judiciales (saltándose las defensas tradicionales de los parlamentos regionales) como para atemorizar al pueblo analfabeto y meterlo en vereda a base de nuevas vías de violencia. Y de paso que señalaban al nuevo enemigo analfabeto aldeano, marcaban una nueva línea azul susceptible de ampliar nuevas alianzas entre el poder, las élites intelectuales y el pueblo culto (fruto de esta alianza es el auge en toda Europa de la literatura e iconografía brujeril y el nacimiento de la imagen falsaria de la bruja que ha llegado hasta nuestros días). El rey francés Henri IV intuyó con clarividencia este uso político de la demonolatría pero fue el juez DeLancre quien lo teorizó tras haber ahorcado en tres meses a unos 80 , entre los que figuraban varios sacerdotes. Este es el inicio de la ideología en el mundo, es decir, de una justificación no religiosa del poder y su legitimidad. En España, la acción y los planteamientos de los inquisidores Becerra y Valle Alvarado del tribunal de Logroño, influenciados sin duda por una entrevista con unos delegados de DeLancre, estuvieron bastante próximos a este supuesto de que el brujo cometía un crimen de lesa traición divina: algo en realidad simétrico en culpa y pena al de lesa traición al Rey. Así fue como la nueva teología dispuso que se pudiese hacer un uso político del Diablo. 

En el estímulo hacia una cacería de brujas se encuentran factores políticos más que religiosos tales como la paulatina pérdida de poder de los señores de la tierra vascofranceses Urtubi-Alzate y Sant Per; también la del monasterio de Urdax, con su abad León Araníbar intentando vengarse de sus antaño siervos ahora independientes, los aldeanos de Zugarramurdi. A ello se suma la intervención regia de Henri IV, precisamente a petición de aquellos señores que perdían poder municipal y regional, pidiendo que se reprimiera el presunto foco de brujería en la zona limítrofe con España. Y así entra en escena el juez  DeLancre -él mismo de ascendencia navarra-, quien al par que desata la cacería se halla en misión de espionaje de límites territoriales (entre Fuenterrabía y Hendaya), cuestión bien distinta a la de acabar con las maléficas brujas. Además, se aprecia una voluntad cierta de ese juez de erradicar o diezmar a la población de habla vasca en el Labort, al entender que toda ella es diabólica. Por lo que muestra usted en su obra, el caso de Zugarramurdi no está exento de complejidad, aparentemente enigmática y no menor que los recurrentes estudios sobre la liquidación de templarios, cátaros y albigenses, puesto que convergen factores del todo dispares en un proceso que culminaría sorprendentemente con el auto de fe organizado en Logroño en 1610.

¿Llega en algún momento la Inquisición a ser consciente de toda la carga ideológica y de los mismos intereses político-estratégicos que esconden las exigencias de persecución enviadas por los cazabrujas franceses? ¿Cuándo son descubiertas en España las razones últimas de Enrique IV y DeLancre, de Urtubi y Araníbar?

¡Bingo, si yo lo supiese! De la Inquisición solamente sabemos que quiso hacer silencio de todo aquel desbarajuste procedimental llevado a cabo en Logroño. O sea, no quiso aprovecharse de la nueva teología demonolátrica y decidió nunca más aterrorizar a la población en base a ella. Decretó silencio en 1614, exigiendo que no se hablara nunca y en ningún púlpito de brujería, pero lo hizo tras aplicar la amnistía para todos los presos del Auto de fe de 1610, anunciando que la inquisición se había equivocado. Sin embargo no se atrevió a castigar a curas corruptos como los párrocos de Vera de Bidasoa y Lesaca o el abad Aranibar pero permitió que las autoridades civiles juzgasen a los cargos municipales corruptos que habían torturado y acusado en falso.

Todo ello se debió al inquisidor Salazar y a que bregó años y años hasta convencer a la instancia Suprema de que todo había sido un inmenso error. Ahora bien, es imposible deducir de ello que Salazar supiese algo acerca de oscuros “intereses estratégicos” de Henri IV ni cosa parecida. Eso lo sabemos nosotros ahora, precisamente gracias a comparar los escritos de Salazar y de DeLancre, los de sacerdotes testigos y del propio obispo de Pamplona con mil noticias más de la Inquisición. Somos nosotros y solamente ahora, desde el descubrimiento de Henningsen hacia acá, quienes podemos dar un paso más en el conocimiento de aquellos hechos. Y nuestro deber es conocer la verdad y no hablar por hablar dando pábulo a nuestros deseos y apetencias. El cineasta Álex de la Iglesia desconoce todo esto, o pasa de la verdad de los hechos que estaba en sus manos haber conocido, y las feministas de hoy que hablan y creen en féminas especiales con poderes especiales también prefieren ignorar los hechos. Los que celebran noches de Walpurgis y aquelarres anuales se imaginan que existió algo que jamás ha existido nunca. Barandiaran se equivocó de plano al hablar de unos vascos especiales perseguidos por su especial religión y Himmler se equivocó de plano al instituir en las SS un “Hexenkomando” al objeto de detectar las familias de los sucesores de entre los que fueron perseguidos por brujería, creyendo que con ello daría con el rescoldo de los auténticos arios alemanes.

De su investigación resulta que en aquella persecución son las envidias y desconfianzas así como cierto odio antañón soterrado entre vecinos lo que aflora con fuerza inusitada como dispositivo principal de las denuncias.Según Vd., frente a las antiguas prácticas sacerdotales de comprensión del fenómeno y expiación comunitaria, es ahora, tras la quema de once vecinos de Zugarramurdi en noviembre de 1610, cuando el terror a la Inquisición metido en la población así como un lavado de cerebro realizado por unos predicadores franciscanos se constituyen en lo que decisivamente propiciará una brutal escisión social entre los vecinos. Todo ello causa un clima de terror mediante acusaciones y delaciones sin otro fundamento en la mayoría de las ocasiones que el testimonio de unos niños, a su vez también aterrorizados por los religiosos y sus propios padres, cuando no directamente sobornados por otros aldeanos para declarar en contra de sus vecinos. ¿Piensa usted que éste era el efecto buscado por las autoridades vascofrancesas con sus bulos y acusaciones sobre juntas diabólicas, previamente a que interviniese en España la Inquisición y más tarde los franciscanos en el proyecto de erradicación de la brujería en las tierras citadas? O, planteado de otro modo: ¿Nos encontraríamos verdaderamente ante un precedente de las estrategias y técnicas empleadas en nuestros tiempos por los regímenes totalitarios con sus purgas y otros medios para imponer la “reeducación” de la población (en este caso de los labortanos y habitantes del Bidasoa/Baztán)?

Lo que buscaban los señoritos vascofranceses Urtubi/Alzate y Sant Per al recurrir ante su rey en contra del parlamento de Burdeos queda claro en la misiva personal que le enviaron: a saber, que había mucho peligro de que el Rey se quedase sin población porque las brujas estaban creando un clima invivible y la gente se marchaba del país; y que era urgente “limpiar el Labourd de brujas”. El Rey entendió perfectamente la petición de ayuda y, pese a la oposición del parlamento de Burdeos, envió para que limpiasen el territorio dos delegados plenipotenciarios con derecho a usar de todos los medios a su alcance a fin de detectar el mal brujeril, incluidas la tortura y la pena de muerte. Los efectos de aquel proyecto de limpia del territorio eran incalculables de antemano, nadie podía saber hasta dónde llegaría la cosa, pero las intenciones eran muy claras y los medios dispuestos muy evidentes. Sabemos además que uno de estos dos delegados del Rey, el juez DeLancre concretamente, envió a la línea de frontera -al mismísimo convento de Urdax- varios delegados para que convenciesen al inquisidor Valle Alvarado (albergado a la sazón en aquel convento) de que no se anduviese con remilgos y paños calientes y de que el único método de atajar aquel mal social era mostrar mano dura. Para cuando Valle Alvarado, sirviéndose de mil tretas, hizo confesar a once paisanos de Zugarramurdi que eran brujos, DeLancre ya se había cepillado a unos ochenta paisanos vascos y se había marchado del Labort.

Existe un misterio todavía no aclarado y reside en saber por qué una moza de Zugarramurdi (de nacionalidad francesa debido al origen de sus padres) tras haber residido un tiempo con sus padres en el territorio francés del señorito Urtubi volvió sola a Zugarramurdi a acusar de brujería a varias compañeras suyas de la aldea. Este fue el hecho que sustanció toda la persecución en España porque el abad de Urdax, no satisfecho del perdón sacramental comunitario en la iglesia de Zugarramurdi, pidió ayuda a los inquisidores de Logroño propiciando que llegase a Urdax el inquisidor Valle Alvarado. Para mí existe una altísima probabilidad de que fuese el propio Urtubi quien hubiese enviado a esa moza monte arriba hasta su aldea con el fin de incendiarla también.

Sobre esa otra cuestión de comparar estos hechos del s.XVII con la estrategia de purgas de población por parte de los regímenes totalitarios se requeriría aquí mucha información y debate que yo no puedo ofrecer. Sin embargo sí diré que por mor de la religión los antiguos Estados europeos aniquilaron a miles y miles de personas y hasta a poblaciones enteras, pero que por mor de la ideología esa aniquilación cobró un cariz mucho más dramático todavía. La propia revolución francesa es uno de los puntos culminantes del primer estallido general de la ideología como motivadora de persecución y de “reeducación” forzada.

Aparte de los poderosos confabulados en la caza de brujas para hacer prevalecer sus intereses, de resultas de su investigación salen especialmente malparados los franciscanos: los de entonces y también prácticamente los de nuestros días: desde Castañega al padre Berasaluce. ¿Se puede hablar efectivamente de influencia demonolátrica de Aránzazu en el imaginario vasco, o en su vida pública y costumbres sociales?

Los franciscanos salen muy malparados de la evaluación que hoy hagamos de su acción de entonces y, en cambio, los jesuitas, en especial el vizcaino Solarte, salen muy enteros. Lo cual significa que ser veraz, bueno y justo fue posible pero que los tres predicadores franciscanos no lo fueron. Gracias a estos se expandió la manía de ver al vecino conchabado por doquier con el diablo y, en cambio, gracias a los jesuitas se buscó la calma y el sosiego intervecinal. Los franciscanos incendiaron pueblos y aldeas incrementando denuncias falsas, coacciones y torturas entre vecinos; en cambio los jesuitas amansaron el vecindario con sus predicaciones, pero no se chuparon el dedo puesto que hallaron la verdad oculta de las denuncias de brujería y sus móviles. Consciente o inconscientemente aquéllos buscaban la promoción de su Amabirjiña de Aránzazu como baluarte contra el diablo: cuanto más verosímiles hacían las andanzas del diablo entre los baztaneses, más beneficio atraían hacia su Virgen. En cambio los jesuitas no vendían nada, no apuntaban a ningún convento hacia el que llevar a los fieles: predicaban la concordia y demostraron la impostura y falsedad de todo aquel tinglado. Eso es lo que sucedió en aquella comarca y así lo consignó el propio obispo de Pamplona, Benegas de Figueroa, amigo íntimo de Góngora y que desempeñó un papel crucial para que no se diese una “solución final”: él mismo había sido inquisidor general y se carteaba con su sucesor en la Inquisición. Aquí, en España, no solamente no sucedió la catástrofe que se dio del lado vasco (francés), sino que desde aquí se originó el que la Inquisición determinase en 1614 no condenar jamás a muerte a nadie por delito de brujería. En realidad esas instancias supremas no creían que la brujería fuese delito alguno, pero su debilidad consistió en no decirlo así de rotundamente. Los franciscanos, en cambio, continuaron siglo tras siglo afirmando la maldad diabólica de los brujos vascos y el sacrosanto bastión contra todos ellos, su Amabirjiña. Es verdad que, con el paso del tiempo, han ido mostrando una Amabirjiña en menor sintonía con la lucha contra la brujería, hasta nuestros días en que ya nadie se acuerda de todo aquello. 

Aparte de estos actores, frente a tanta mezquindad de inquisidores, franciscanos y estúpidos curas locales, se alzan además unos cuantos sacerdotes en rebeldía contra las instrucciones de la Inquisición (como el cura Labayen, párroco de Echalar, y a instancias de este y de otros compañeros sacerdotes el propio obispo de Pamplona, Benegas) y ello porque, paradójicamente, se mantienen en la ortodoxia católica y tienen en consecuencia la doctrina y elderecho de su parte, como finalmente se les reconoce aunque no de manera explícita. No obstante, y aunque Vd. se muestra crítico con la falta de reconocimiento público por parte de la Inquisición de sus faltas y errores en el proceso seguido en Logroño así como en en las acciones de persecución llevadas a cabo en la comarca navarra, no cabe dudardespués de leer su obra que la Iglesia Católica en España aprendió la lección de Zugarramurdi y evitó que en el futuro fuera ajusticiada persona alguna por condenas relacionadas con la práctica de la brujería. Sin embargo, en la actualidad perdura entre españoles y extranjeros la visión de los “aquelarres” como un rasgo cultural de aquella sociedad, de igual modo que se mantiene la “leyenda negra” del Santo Oficio como institución quemabrujas por antonomasia. ¿A qué se debe esta hegemonía de las visiones falaces sobre una cuestión tan escabrosa? ¿Por qué hasta nuestros días no se había estudiado a fondo lo que sucedió en Zugarramurdi y ha tenido que ser un investigador danés, el citado Henningsen (aparte de Caro Baroja, por supuesto), el encargado de arrojar algo de luz sobre la caza de brujas y el papel real de la Inquisición en todo ello? ¿Por qué no logra la Inquisición imponer definitivamente su antigua tesis, benigna respecto de la brujería, con el caveat de que no había que dar pábulo a la demonolatría, una tesis cursada como instrucción más de medio siglo antes de estos hechos?

Bueno, yo, como mero aficionado a pensar y también a reflexionar sobre el pasado, diré que no soy un experto en la Inquisición y que solamente puedo ofrecer algunas sospechas, que seguramente no son nada nuevas. La leyenda negra sobre la España inquisitorial tiene su origen en los intereses de las monarquías francobritánicas, eso está claro. Pero existe una parte del pensamiento antirreligioso español que ha estado también muy interesado en propalar esa leyenda negra. Ahí tenemos a una progresía española interesada aún hoy en mantener una visión nativista y supuestamente rebelde-antisistema de la brujería, en lo cual se asemeja mucho a lo más desquiciado de la conjetura nazi: no a la de Hitler precisamente sino a la de Himmler y sus SS, más apegados a la raíz populachera alemana que a la grecolatina indoeuropea (como pretendía Hitler). Pío Baroja también participó intensamente de esa percepción anticatólica en lo concerniente a la brujería, y su visión nativista sobre una supuesta resistencia de los vascos a dejarse “convertir” y a rebelarse mediante actos brujescos salta en todas las páginas en que habla de los antiguos vascos (por ejemplo en las novelas Jaun de Alzate, La dama de Urtubi o en Las mascaradas sangrientas ). Seguramente esa enfermedad del tío le inoculó en el sobrino, Caro Baroja, la afición a indagar en la realidad de la brujería. Los escritos del sobrino sobre esta materia, siendo todos interesantes, son muy desiguales a la luz de lo que él mismo llegó a elucidar al final, en 1968, una vez que tuvo en sus manos los documentos de Salazar, que recién acababa de hallarlos Henningsen y de cuyo descubrimiento el danés le había dado parte. Sin duda alguna, lo más fundado que escribió Caro Baroja sobre brujería fue tras la lectura de esos documentos y que tituló “De nuevo sobre la historia de la brujería (1609-1619)”. Yo he tratado de rendirle homenaje a mi maestro citando largos párrafos de este escrito al comienzo de mi ensayo. ¿Por qué no se le ha hecho más caso a Caro Baroja y, nada digamos, a Henningsen, ampliando sus hallazgos? Esa pregunta va dirigida a los universitarios, pero no nos la van a responder jamás: ellos a lo suyo, como los cineastas a lo suyo o las cultivadoras de las investigaciones de género a lo suyo. Esta actividad es lo que parece que hoy hace el agosto, de la misma manera que lo que hacía el agosto durante épocas pasadas era propalar la leyenda negra de la Inquisición.

En lo que concierne a la última cuestión de por qué la propia Inquisición no impuso en 1614 su antigua tesis general de 1538 -consistente en no mostrarse en contra de la nueva teología demonolátrica pero manifestar sin tapujos que acaso no era verdadera- yo no sabría qué responder. Vacilaciones doctrinales, excesiva prudencia institucional, apego al poder de sentar cátedra y no controlar a su gente son cuatro de sus actitudes de 1614, cuando decide nunca más ejecutar a nadie por motivo de brujería. Pero hay que reconocerle que supiese explorar su error en el auto de fe de Logroño y manifestarlo en un documento interno, y también que tuviese el coraje de amnistiar a los condenados. El silencio que aplicó a todo ello no contribuyó en nada a cortar por lo sano la leyenda negra. Y esto sí estaba en sus manos.

Como acaba de exponer, usted abre su ensayo con una cita de Caro Baroja y precisamente sobre las “majaderías” que se dicen sobre la brujería vasca y los “aquelarres” y sobre el “público internacional de majaderos” que compra la mercancía averiada de los “folcloristas”, en vez de acercarse a la trágica realidad de aquellos sucesos, cuando -en las propias palabras de Caro- “ni Cervantes ni Goya hubieran podido reír o sonreír” de haber conocido la verdad. Al final del libro, aprovecha Vd. esa referencia para arremeter contra varias obras recientes de ficción o ensayo, algunas de ellas de intencionalidad claramente anticatólica y otras propias de ese folclorismo abertzale para el que todo vale, pero también contra la última película de Álex de la Iglesia (de título homónimo al de su libro), porque según recalca Vd. vivimos en “una época en la que cualquier lector informado ya tiene acceso a la verdad histórica sobre las persecuciones de brujería de tiempos pasados” y porque “en nuestros días, el no buscar la verdad de aquellos crueles hechos sino el falsearla con imágenes e ideas susceptibles de servir intereses políticos y de partido constituye, además de un hecho de injusticia respecto de aquellas víctimas de entonces, un acto de insensatez rayana a la de los más estúpidos cazadores de brujos”. Perdone que reincida sobre lo que acaba de decir, pero ¿no es un juicio demasiado severo cuando se trata de obras de ficción? ¿O debemos exacerbar nuestra crítica precisamente hacia aquellas obras que, con la coartada de la ficción, tratan los hechos históricos a conveniencia (o más bien “por exigencias del guión”)?

La obra literaria de ficción resulta de ínfima calidad, hasta necia, cuando es inverosímil. La buena literatura de ficción puede enseñar más que la realidad misma porque, sin poder permitirse tantas combinaciones como se permite la vida, asume lo complejo de la acción humana llegando de inmediato al alma. Esto es lo que le debemos a la novela, al cine y al reportaje en general. Recuerdo aquel acontecimiento entre un lector y su amigo: “¿Por qué lloras si todo ese libro es de mentiras? No sé -le respondió el lector al amigo-, no sé por qué lloro pero lo que yo siento es de verdad”. Ese es el poder de la musculosa literatura “de mentiras”, ya que el escritor debe destilar los hechos reales y las experiencias humanas en calidad de tipificaciones, o sea, debe proyectar los límites entre lo posible y lo real. Sólo así la buena novela de ficción se convierte en verdadera. Seguramente por eso no podemos criticar de la misma manera a Pío Baroja que a Álex de la Iglesia, por la sencilla razón de que el escritor donostiarra no tuvo acceso a la verdad de los hechos de Logroño-Zugarramurdi y sí la ha tenido, en cambio, el cineasta bilbaíno, pero la ha rechazado. Para más inri, el escritor donostiarra sí se informó cuanto pudo y conoció partes de la Historia de la Inquisición del americano Ch. Henri Lea, el cual a su vez conocía en 1900 algunos legajos de los papeles de Salazar merced a que unos archiveros de Simancas, a cambio de dólares, le iban enviando copias hechas a mano de aquellos documentos luego extraviados. Al cineasta bilbaíno se la ha traído floja conocer lo que realmente sucedió en Zugarramurdi. La ficción se vuelve tanto más real cuanto más haga entender la complejidad del acontecimiento humano. 

No contento con publicar su ensayo, aparte de otros trabajos anteriores sobre las persecuciones de brujas, en Las Maléficas decide novelar con todo detalle desde los orígenes del proceso en San Juan de Luz hasta el postrer esclarecimiento de los hechos en la Suprema de la Inquisición, con una rica ambientación en los lugares donde sucedieron y la aparición de personajes de ficción, como el protagonista Martín Larralde, que convierte la ardua tarea de los Salazar, Solarte, Benegas, Labayen en toda una aventura por los valles y montañas del Baztán. Es inevitable que yo le pregunte a usted por sus modelos e influencias literarias en esta novela porque, a primera vista, hay curiosos paralelismos (pero en forma de antítesis, como el papel de los franciscanos o el de la Inquisición) con la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, y sin embargo Cervantes, Montaigne y Baroja parecen más decisivos en el desarrollo intelectual y literario de Las Maléficas.

Imposible saberlo, amigo mío. Escribir un libro es un misterio. Sin duda, un escritor es un cúmulo de influencias de lo que ha leído y hasta de lo que ido escribiendo. A veces a uno le transporta Umberto Eco en tal pasaje o en tal caracterización de un acto moral o psicológico, a veces es Pío Baroja, otras veces Álvaro Mutis. Montaigne le refrena a uno ciertas alegrías literarias y Cervantes se las espolea. A menudo un escritor va siendo llevado hasta por sus propios personajes sin saber bien dónde acabará todo aquello. Claro que en la novela histórica se debe saber bien de dónde viene y a dónde va todo pero esa función narrativa no proviene tanto de su dimensión episódica sino de su dimensión configurativa: además de parecer verosímil, debe serlo. En fin, que es muy difícil hablar de lo que le ocurre a uno al escribir, uno que es un haz de influencias.

¿Cree que Las maléficas es su mejor novela? Personalmente pienso que puede trascender a la larga más que el ensayo, ya que éste ha de convertirse en un indispensable referente bibliográfico para los que deseen saber más de la cuestión, pero difícilmente se popularizará más allá del ámbito académico. Antes ya ha hecho alguna referencia a ello, pero insisto: ¿Surgió la idea de escribirla como contraposición a las falaces obras de ficción existentes sobre el caso?

El lector decidirá qué vale cada novela mía. Tango de muerte me proporcionó mucha satisfacción cuando desde Cataluña un crítico supercualificado catalán la valoró mucho y hasta se prestó a presentármela en una librería de Zaragoza. A mí personalmente me dejó muy calmado la escritura de Melodías vascas así como su hijuela, El hijo del pelotari ha salido de la cárcel. Fue el ir escribiendo la novela Las maléficas, al ir aproximándome a la descripción psicológica y moral del inquisidor Salazar en sus actuaciones, lo que me convenció de que hubo alguien como mi personaje Larralde que supiese y pudiese influir en ese inquisidor para hacerle cambiar radicalmente de opinión. Esta novela también me deparó grandes alegrías viajeras y su escritura me obligó a leer muchas novelas de aventuras de jinetes y de viajes a caballo. Pero es un hecho que, al escribirla, yo no reaccionaba contra nadie ni en contraposición a otros relatos existentes, simplemente dejaba llevar mi imaginación a través de los hechos que ocurrieron y que pudieron haber ocurrido.

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