En este escenario inusitado

…para nosotros “los occidentales”, cuando nos vemos directamente expuestos a la amenaza de una escalada bélica susceptible de devenir en guerra total, con el uso en último extremo (en el último de los supuestos) de las mismas armas nucleares, cuando la cosa pinta tan mal, en una primera impresión, resulta que los cambios suscitados pueden ser drásticos y producirse a mayor velocidad de lo que cualquiera -cualquier crítico de la actualidad degradada de nuestros sistemas democráticos- podría haber previsto, y muy previsiblemente para bien.

La entrada de Putin en Ucrania como elefante en cacharrería, bien que sumada a la ya de por sí nefasta política exterior de la UE y la errática provisión energética de que han hecho gala hippie las naciones europeas desde hace medio siglo o más, ha supuesto a la postre una clarificación total de las políticas respectivas del conglomerado de países miembro, no sólo proyectando una diáfana unidad en lo moral más allá del corpus de las directivas rojiverdes, sino ampliando el espectro del proyecto europeo hacia una verdadera realidad político-militar.

No obstante los ucranianos combaten solos, ciertamente harían bien en no esperar nada más de nadie que la solidaridad generalizada en el discurso y la ayuda humanitaria, o a título particular de los ciudadanos de países vecinos, pero no es improbable que a la postre y pese a la postura manifiesta de la OTAN de no injerencia en el teatro de operaciones bélicas se acabe desplegando, porque es necesario más allá del envío de armas y asistencia técnica al esfuerzo militar ucraniano, un genuino contingente por la liberación de Ucrania peleando bajo su bandera.

En este sentido, siempre es alentador comprobar que más de 20.000 combatientes extranjeros se han unido ya a la guerra contra los invasores rusos de Putin, que trata de superar con tropas mercenarias los profundos agujeros en la moral y la capacidad de su falsamente victorioso Ejército “de Liberación”. Y en el mismo sentido cabe dejar por escrito que la mayoría de ellos son británicos, probablemente profesionales, que aún consideran que las únicas guerras a las que merece la pena acudir son aquéllas que se libran por principios.

La UE -dícese de Alemania en su coyunda no del todo afectuosa con Francia- parece querer comenzar a buscar de verdad su propio lugar en el mundo, después de haberse engañado décadas (e incluso siglos) al respecto, pero no deja de resultar paradójico que la luz de las antorchas que han de guiarla pertenezca en la hora presente a naciones como Ucrania o Gran Bretaña, tan fuera de la UE como dentro de Europa; tan dentro de Europa como fuera de ella se ha situado Rusia, ahora la de Putin, por voluntad propia desde hace ya más de un siglo.

El objetivo de Putin es la hegemonía

…aun compartida con los EEUU y China, por lo que no parece que la invasión de Ucrania haya sido una mera opción por “jugar fuerte” y contar con las mejores bazas para una posterior negociación. En rigor, da la impresión de que ambas partes contendientes, y negociadoras, esperan ganar tiempo o más bien perderlo, dilatar en el tiempo una posible solución pacífica al actual escenario bélico.

En el caso del gobierno ucraniano, a la espera básicamente de que las sanciones contra el régimen ruso castiguen lo suficiente el esfuerzo de guerra de Putin, y a la propia población sometida a sus dictados, como para lograr que éste afloje su yugo o directamente desista de su empeño. Por parte de los invasores, a la expectativa de los movimientos de la OTAN que podrían obstaculizar la consecución de sus próximos objetivos: del Báltico a los Balcanes.

Se ha hablado mucho de cómo en la mentalidad de Putin, asumiendo en sí la conciencia toda de la Madre Rusia, pesa como ninguna otra razón para la actual ofensiva la sensación mantenida de humillación de la otrora potencia soviética a manos de Occidente, concretamente a partir de lo sucedido en la Guerra de los Balcanes a principios de los 90, cuando la agresiva Serbia de Milosevic fue derrotada por la OTAN ante la inacción rusa.

Ahora este remedo de zar soviético que es Putin, como Milosevic pasara sin solución de continuidad de ser presidente comunista a líder del nacionalismo racista serbio, pretenderá hacer ver a las inermes potencias europeas que la “neutralidad” de Ucrania es el único modelo aceptable por parte de su régimen para la mayoría de las naciones de la UE, incluida con toda probabilidad Alemania, soslayada Francia y descartado por supuesto el Reino Unido británico.

Por todo ello, más allá o más acá de la pertenencia a la UE o la participación en la OTAN, los ciudadanos de las naciones europeas deberían ser plenamente conscientes de que lo que está en juego es la propia soberanía e independencia de las mismas frente al imperialismo ruso, en liza con los que Putin reputa como otros imperialismos similares, de EEUU y Reino Unido a Turquía y China. El viejo juego que viene dándose desde el siglo XIX, al menos.

Razón principal por la que la UE ha de establecer su propia y autónoma Alianza para la Defensa de sus estados miembro, único modo de preservar la democracia en cada uno y de proteger su particular esfera de influencia en el mundo a través del comercio, la cultura y la política.

 Porque, ahora ya a todos debiera parecer claro, sin una capacidad bélica de primer orden capaz de disuadir de aventuras como la presente a rusos, chinos e incluso “atlantistas”, la voz de Europa no se hará jamás escuchar como propia, luego no podrá a la postre influir en nada.

Proceso a Putin (el caso Politkovskaya)

[Publicado como artículo en el extinto blog Notas desde una ciudad con mar el lunes 7 de septiembre de 2009.]

Durante siete años (1999-2006) la periodista rusa Anna Politkovskaya fue la principal fuente de información crítica sobre la segunda fase de la guerra en Chechenia, hasta que fue asesinada a tiros a las puertas de su domicilio en Moscú. Ahora sus hijos pretenden reabrir el caso después de que fuera juzgado y sentenciado por un tribunal ruso, pero podemos temer que la verdad tardará en abrirse paso “de manera oficial”, puesto que todas las evidencias apuntan al terrorismo de Estado.

Un terrorismo de Estado practicado sistemáticamente en Chechenia por el Ejército Federal ruso y el temible FSB, cada vez más similar a su antecesor de la Seguridad del Estado: KGB. Porque lo que Politkovskaya denunció durante meses y años en artículos, entrevistas y reportajes -y posteriormente en los libros en que reunió su trabajo- fue la estrategia implantada para combatir a los rebeldes chechenos, que en su mayoría no eran fanáticos islamistas hasta que Moscú decidió que esta justificación ideológica del crimen podía otorgarle mayores réditos en la opinión pública internacional que la mera represión contra los nacionalistas chechenos en una guerra tremendamente impopular… hasta que se revistió de las galas de “la lucha contra el terrorismo islámico”.

La propia periodista denuncia cómo fue el Kremlin el principal garante de poner a Shamil Basayev a salvo de sus propios enemigos chechenos, un Basayev que por entonces ya coqueteaba con las fuerzas islamistas del wahabita de origen saudí Jattab, proclives a hacer del país, contra la voluntad de la gran mayoría de los chechenos -prooccidentales-, una nueva república islámica.

Los recientes acontecimientos en otras repúblicas caucásicas como Ingushetia y Daguestán, y la agresión a la misma soberanía de Georgia delatan el carácter netamente imperialista del régimen de Vladimir Putin, último jefe de la KGB(1) o policía política de la ex URSS, el régimen más terrible del siglo XX -y de la misma Historia- junto a la Alemania nazi y la China comunista. Un carácter reforzado por el hallazgo del chivo expiatorio necesario para seducir a un pueblo ruso profundamente frustrado y corrompido, necesitado de un “enemigo exterior” al que cargar todos sus males como en un nueva reedición del tradicional antisemitismo ruso.

No en vano denunció Politkovskaya como “política de genocidio practicada en Chechenia” la intervención rusa en esta región, un genocidio inicialmente autorizado y posteriormente fomentado desde el Gobierno federal dentro y fuera de Chechenia contra los que despectivamente conocen como “culos negros”, que en los últimos años han padecido una sistemática política de discriminación oficial en cuestiones vitales como el acceso a una vivienda de alquiler o a la misma Universidad.

Toda esta mendacidad oficial pone de relieve hasta qué punto los principales líderes políticos de Occidente se han llamado a engaño respecto a Vladimir Putin -el mismo “presidente electo” que decidió rechazar la ayuda internacional para rescatar a los tripulantes del submarino Kursk-, un Putin que simultáneamente halaga los peores instintos del populacho para atizar la guerra y eliminar de la escena a cualquier opositor, periodista crítico u ONG susceptible de poder destapar con información las graves violaciones a los derechos humanos que perpetra constantemente su régimen.

Un régimen en el que se destacan cada vez más los mecanismos totalitarios que describió exhaustivamente Hannah Arendt en su magna obra Los orígenes del totalitarismo -siempre de actualidad y válida en sus análisis como hace medio siglo-. Por una parte, un Ejército cada vez más supeditado a la policía política del Ministerio del Interior y al propio FSB; por otra parte, un nacionalismo exacerbado e ideológicamente justificado por “la guerra contra el terrorismo”, que encuentra en los chechenos y caucásicos en general su judío expiatorio.

En palabras de la propia Politkovskaya: “Putin y su pueblo han bendecido en Rusia algo que ningún país puede aprobar, salvo aquellos con tendencias totalitarias: una corrupción sobre la base de la sangre; millares de víctimas que no suscitan ni extrañeza ni protesta; un ejército corrompido por la anarquía militar; un espíritu chovinista en el seno del aparato gubernamental que se hace pasar por patriotismo; una desenfrenada retórica de Estado fuerte; un racismo antichecheno, oficial y popular, con metástasis que se extienden a otros pueblos de Rusia…”*

Esta es la realidad que describió como periodista Anna Politkovskaya, y este veredicto fue, probablemente, el que le costó la vida: “La Rusia de Putin es moralmente aún más sucia que la de Yeltsin. Se parece a un vertedero cubierto de basura y zarzas.” Antes de ser asesinada, Politkovskaya había recibido múltiples amenazas veladas y no tan veladas de militares amparados en el anonimato del nombre de su división o regimiento, como en una carta dirigida al diario Novaya Gazeta para el que trabajaba la periodista, cuya conclusión es de por sí reveladora de la situación actual en las principales instituciones rusas: “Si, a pesar de todo, es usted nuestra enemiga, sepa que en la República de Chechenia somos implacables con los enemigos y seguiremos siéndolo si se nos obliga a una nueva confrontación.” La periodista llegó a sufrir, poco después, un simulacro de ejecución a manos de oficiales del FSB en una comandancia militar rusa en Chechenia.

Ahora, los hijos de Politkovskaya quieren que se le haga Justicia. Pero más allá de su dolor les (nos) queda el ejemplo moral de verdad y valentía que encarnó su madre con su trabajo: nos queda el testimonio veraz y descarnado sobre un conflicto cuya apariencia menor no debe ocultarnos las graves consecuencias de lo que el régimen de Vladimir Putin ha incubado en Rusia utilizando la guerra de pretexto.

Nota: foto de Xenia Bondareva, de la Novaya Gazeta.

*Chechenia, la deshonra rusa (2003).

  1. Este dato es erróneo: Putin no fue el último jefe del KGB, disuelto en 1991… pero se convirtió, a mediados de 1998, en el jefe del FSB (Servicio Federal de Seguridad, sucesor de aquél), antes de alzarse con la Presidencia de la República en marzo de 2000, apenas un año después de recomenzar la guerra en Chechenia.

El argumento de que Rusia es víctima

…resulta chocante, cuando se habla del expansionismo de la OTAN -Pío Moa, entre nosotros-, porque basta echar un vistazo al mapa, sobre todo si es esférico, para comprobar que difícilmente puede ser rodeado por la OTAN el país más inmenso del mundo, con multitud de bases navales con salida a los principales océanos del planeta, aun si se diera el caso de bloqueo turco hacia el Mediterráneo y quedara asimismo cerrado el Báltico -¿pero no es acaso Rusia desde siempre, antes de la URSS, la que ha amenazado a las naciones bálticas y a Finlandia?-.

Pues Rusia por el Este tiene acceso al Pacífico por el Ártico y por el Mar del Japón, que no resulta una amenaza para nadie desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al sureste limita con China -¿acaso es su enemigo declarado?- y al sur con unas repúblicas centroasiáticas en las que se mantiene la esfera de influencia de tiempos soviéticos, como Kazajstán; su acceso al Mediterráneo podría obtenerlo gracias a su alianza de facto con Siria, ¿pero acaso la Turquía de Erdogan le ha supuesto algún tipo de amenaza a Putin hasta la fecha?

Pretender que Ucrania es el agresor por una política gubernamental “antirrusa” es plagiar los argumentos del tirano Putin, que no es que sea presentado así por la “propaganda USA”, es que se ha comportado así desde que llegó al Kremlin, y no en vano los asesinatos perpetrados desde entonces contra periodistas, opositores y activistas de los derechos humanos se han convertido en moneda corriente con la que paga el exKGB a los “traidores” y “vendidos”.

¿Pero vendidos a quién, si puede saberse? Navalni fue envenenado a instancias de Putin, como Skripal o Litvinenko, sólo que aquél no era un espía disidente al que otro camarada le ajustaba las cuentas, sino el líder de un partido político democrático que también promete lo mejor para Rusia, pero no a través de alimentar los peores sentimientos y rencores xenófobos, victimismos de los que se retroalimenta Putin revestido de sus particulares galas zaristo-estalinistas.

HISTORIA A LA CARTA

Porque ha sido Putin el que no ha perdido la oportunidad de conmemorar a la soviética el papel triunfal de una URSS dirigida con puño de hierro por Stalin, porque derrotó finalmente a los nazis, mientras enlaza con naturalidad la epopeya medieval del Rus de Kiev -fundado por vikingos Varegos, ¡luego suecos!- con las grandes gestas antinapoleónicas y la Guerra de Liberación para la que Stalin no dudó en apelar a los nobles sentimientos por la “Madre Rusia”.

Ahora resulta que hay que deslindar ciertos horrores de la Historia reciente, como el Holodomor perpetrado por ese mismo Stalin que glorifica Putin, según la ideología -¡fueron los comunistas, no los rusos!- y no la nacionalidad, pero entonces cabe admitir que los ucranianos “antirrusos” hagan lo mismo pero a la inversa -¡fueron los rusos, no los comunistas!-, aunque les valga también la síntesis: “fueron comunistas, rusos y ucranianos”. Sobre todo frente a Putin.

Porque a fin de cuentas las afinidades sentimentales son claras, cuando los ucranianos tachados de “nazis” quieren entrar en la Unión Europea, y los nazis “internacionalistas” (¡antiglobalización!) de medio mundo quieren liquidarla -y se encuentran a gusto con Putin-, y los “prorrusos” en Ucrania, ya sea por “antinazismo” -“no son antirrusos, son pronazis“- o por nostalgia de los tiempos comunistas, quieren volver al seno de la Gran Madre Soviética.

Que obviamente siempre fue Rusia, la sucesora del anterior Estado zarista, extendido por doquier con el recurso esencial a la Policía política asimismo heredada del antiguo régimen. Sin Rusia, el más terrible Imperialismo que haya conocido la Historia no hubiera sido posible, porque no hubiera existido siquiera la URSS. Desde Rusia se extendió su pestífera esencia por todo el mundo, como un virus, gracias a los adelantos introducidos por Lenin, Trotsky y otros.

RUSIA SE EXPANDE DESDE HACE MIL AÑOS

Pero mientras que a Alemania se le ha cargado el Holocausto de manera inmisericorde -y con muy justas razones- desde hace ocho décadas, a la implosión de la URSS no siguió ningún Núremberg, por lo que no es de extrañar que Rusia, o la sociedad rusa que otorgó el Poder a Putin y ha decidido mantenerlo en él hasta la fecha, decidiera que lo mejor para mirar al futuro era convertir a Rusia en la principal víctima de la URSS, limpia de polvo y paja.

En todo caso, por mucho que haya quienes entiendan/entendamos cierto sentimiento de humillación de una importante parte de los rusos por lo que juzgan una incomprensión algo injusta de la Rusia postsoviética por parte de Occidente, la única política de Putin desde que llegó a la Presidencia en 1999 ha sido la de expandir las zonas de influencia de Rusia, más allá incluso de los límites anteriores a la Gran Guerra.

Primero se ocupó Putin de Chechenia, cuya capital Grozni fue objeto de bombardeos contra la población civil como ahora Kiev y las demás ciudades ucranianas, aparte de la política criminal de guerra que incluía la tortura y la violación de civiles. Luego siguieron Ingushetia y Daguestán, repúblicas caucásicas, antes de la intervención militar rusa en Georgia, todo ello para 2009. ¿De verdad en todo este tiempo la OTAN ha representado una amenaza para Putin?

Y de nuevo, si echamos una mirada al globo, comprobaremos que la política de alianzas de la Rusia de Putin desde 1999 a hoy no ha sido precisamente prooccidental, sino de refuerzo de sus antaño aliados de la hora soviética: de Irán a Siria, de Cuba a Venezuela, con ejercicios militares conjuntos cada tanto con China, que tiene su propio plan de expansión imperialista aunque tal vez, y por culpa de la agresión de Putin, ahora sea a largo, cuando convenga, con paciencia confuciana.

CONCLUSIÓN: PUTIN ES CULPABLE

El régimen de Putin es culpable como agresor de una potencia sin mediar amenaza bélica alguna por parte de ésta, y así ha de ser considerado por la ONU y por el conjunto de las naciones soberanas del mundo. Pero, ¿hasta qué punto es Rusia culpable ahora mismo de los dislates despóticos de su “presidente electo”? Para los que entienden/entendemos que Putin es un tirano, la heroicidad requerida en Rusia para plantarle cara raya en la conducta suicida.

Pero, ¿qué hay de los que piensan que este nuevo Napoleón eslavo viene a la Cruzada por los Eternos Valores Morales de la Familia, la Patria y la Religión? ¿De veras entienden ellos que el pueblo ruso o la sociedad rusa está con la política del caudillo imperialista Putin? ¿De qué entonces la necesidad de reprimir por miles a los propios ciudadanos rusos que se manifiestan por las calles?

¿Qué entienden algunos, exactamente, con lo de que “Rusia es la víctima” o “Rusia está amenazada”, exactamente? ¿Qué Rusia: sus gentes o la imagen de estampita que tienen algunos de las patrias? Y en cuanto a Putin, que no está loco: ¿qué tiene para ofrecer a los rusos si pierde la guerra? Nada. ¿Y si gana? Nada, o muy poco. Luego como la rata, de verse él -no Rusia, sino su tirano- acorralado, es cuando más peligroso se tornará.

El momento es tremendamente delicado, y se trata de algo de lo que se podría hablar durante años -si tuviéramos tanto tiempo-, porque a fin de cuentas es el fin definitivo del Orden nacido de la Alianza de USA y URSS contra Alemania y Japón durante la SGM a lo que nos enfrentamos, y que sólo la Guerra parece capaz de simplificar decisivamente. Ahora bien, si no cabe encontrarle salida a Putin, deberá quedar claro que sí la hay para Rusia. Pese a todo.