En la muerte de Mikel Azurmendi

…queda rogar por su alma a los creyentes, pues si un hábito vistió durante media vida fue el de penitente, rasgo que se trasladó a casi toda su obra literaria en la forma de una inmensa piedad y ternura por estas desvalidas criaturas de Dios que son los hombres. Con ese mismo tono humilde y brusco, tierno y verdadero trazó a decenas de personajes reales e inventados en novelas tan dispares como Las Maléficas, Melodías vascas o El requeté de Olite, y trató asimismo a quienes le interpelaron o por quienes se vio interpelado, víctimas de hace siglos o del ayer más reciente y dolorido: desde las persecuciones de Zugarramurdi a las de la ETA. Sirva el siguiente texto para recordarle en lo más sincero de sí, comentando su propia obra, y que la tierra le sea leve.

ENTREVISTA CON MIKEL AZURMENDI

[Publicada en el extinto diario Nuestra Hora de San Sebastián el martes 13 de mayo de 2014 ]

«Mi búsqueda de la verdad de la caza de brujas en el Baztán tiene mucho que ver con mi absoluto desprecio a los verdugos de todos los tiempos y mi respeto por las víctimas”

El antropólogo y escritor Mikel Azurmendi (San Sebastián, 1942) viene dedicándose en los últimos tiempos a la creación de ficción literaria, con obras que tratan del fenómeno terrorista vasco como Tango de muerte, Melodías vascas o El hijo del pelotari ha salido de la cárcel, pero si en esta ocasión lo entrevistamos es a consecuencia de la publicación casi simultánea de dos libros muy diferentes sobre el mismo tema, llamados a esclarecer en gran medida los terribles hechos sucedidos hace cuatro siglos en la región del Baztán que de modo tan distorsionado han llegado a nuestros días.

JORGE MENDIOLA

Su última obra es el ensayo Las brujas de Zugarramurdi, ensayo editado ulteriormente al tratamiento novelístico que hizo de la misma materia en Las maléficas. Ambos libros tratan de la persecución desatada en el País de los Vascos (Labort) y en la cuenca navarra del Bidasoa contra miles de personas falsamente acusadas de connivencia con el Diablo. ¿Fue la investigación histórica lo que le brindó a usted la ocasión para escribir una novela sobre este asunto o, por el contrario, su interés literario por las víctimas de aquellos sucesos le llevó con posterioridad a indagar más sobre los aspectos históricos de los mismos?

Lo primero que escribí fue el ensayo. En el cuarto centenario del Auto de fe de Logroño (1610/2010), auspicié la celebración de una semana cultural en Logroño para que se abordase la memoria de sus 31 víctimas desde un punto de vista histórico pero también judicial, antropológico, teológico y estético. Tanto la comunidad autónoma de La Rioja como el ayuntamiento de Logroño dieron el visto bueno a mi planteamiento y patrocinaron las seis conferencias a cargo de especialistas en estas materias, caso del historiador danés Gustav Henningsen, el antropólogo Lisón Tolosana, el erudito biólogo y traductor de la Biblia de Jerusalem Jesús Moya, el profesor de Estética Mikel Iriondo o el director del Archivo Nacional. El grueso de mi libro Las brujas de Zugarramurdi lo escribí para aquella ocasión, aunque mi intervención en Logroño fuese concisa y resumida. Solamente escribí con posterioridad el último capítulo, sobre el sacerdote Axular y su intervención pastoral en el desastre social producido por aquella persecución inquisitorial, que forma parte de una charla que di en euskara en Zugarramurdi, invitado por su casa de cultura. Por tanto, este ensayo que se ha editado ahora ya estaba escrito desde hace tres años. 

Durante dos siglos la experiencia cultural de Occidente ha venido probando que mucho más que los argumentos racionales y sesudos de las ciencias ha sido la literatura de ficción -cuando es musculosa y atrayente- la clave para que se hayan logrado grandes cotas de progreso moral. La literatura (con sus “derivados” como el cine, el teatro, los documentales o el reportaje) ha ido moldeando nuestros sentimientos y purificando muchas de nuestras emociones hasta plantearnos algo tan nuevo como que el ser humano es algo eminentemente frágil y susceptible de ser humillado, dañado y vulnerado, y que todos los humanos somos en esencia una y la misma capacidad de sentir daño. Esto ha agrandado nuestra capacidad de ponernos en la piel del otro, de empatizar con el oprimido, de apiadarnos y tener compasión: en una palabra, de progresar moralmente. Pues bien, yo, que convencido del poder de la literatura, desde hace diez años únicamente escribo literatura de ficción, pensé que en lugar de editar aquel ensayo sobre las brujas de Zugarramurdi acaso me valdría más tratar de vulgarizar su contenido (en el sentido de ponerlo en manos de un más amplio espectro de lectores y no en el sentido de hacerlo vulgar). Por eso pospuse la edición del ensayo y me dediqué un par de años a envolver el asunto en novela, novela histórica si se quiere, pero con un ser de ficción como personaje central. 

Y, ahora por fin, tras la edición de la novela Las maléficas, he dado con un editor intrépido para mi ensayo Las brujas de Zugarramurdi, y le estoy muy agradecido.

En ambas obras destruye esa imagen tan popular -cuyo origen sin embargo es producto de algunas mentes “ilustradas” de aquel tiempo- sobre ciertas mujeres “liberadas” celebrando el culto al Demonio en presuntos “aquelarres” (que, a su vez, son una invención lingüística de un par de inquisidores con ínfulas de cazadores de seres diábolicos). ¿Cómo nace su interés por este caso, que Vd. centra en la caza de brujas desatada en el s.XVII mediante errores judiciales y falsos testimonios, y que, siguiendo al investigador Gustav Henningsen, describe como un genuino proyecto de “solución final” para los baztaneses?

Para hablar de mi interés por la caza de brujas de la comarca del Bidasoa, diré que arranca de mi tesis doctoral, allá a comienzos de los años 80. En ella yo me dediqué a investigar cómo se veían a sí mismos nuestros abuelos y tatarabuelos vascos, qué pensaban los hombres de sus esposas, los padres de sus niños y los dueños de sus subordinados. Aunque no supiesen leer ni escribir, el material que ellos nos habían legado era ingente en forma de proverbios, aforismos, dichos, expresiones, canciones, acertijos, relatos, etc. y en todo ello seguí al animal: ésa suelen decir que es la pista para conocer la identidad de las gentes ágrafas o analfabetas -en casi toda África se suele asegurar que, si quieres conocer a determinado tipo, debes seguir a su vaca, a su camella o al animal que fuere-. Cuando tras estudiar muchos animales domésticos, llegué a la cabra como signo-imagen o prototipo para reflejar ellos sus propios intereses, vi que nuestros ancestros jamás habían concebido la posibilidad de que el macho o cabrón fuese un sosias del diablo: “aquer-larre” no colaba con su patrón cognitivo. Y así lo escribí y lo discutí con el presidente del tribunal de mi tesis doctoral, Julio Caro Baroja, y proseguí luego discutiendo con él y él me animaba a investigarlo. Así es como se me encendió la mecha para hurgar en el por qué y el cuándo apareciese el término “aquelarre” en los documentos históricos. Tras muchas charlas con él, enfermó y murió: en mi novela Las maléficas he hecho de Caro Baroja un personaje más, como homenaje a cuanto le debo. Conforme los años pasaban y yo conocía con más detalle la realidad de la caza de brujas y leía documentos de inquisidores y de jueces y de nuevos teólogos, di con Gustav Henningsen, un señor danés que acababa de hallar los documentos de uno de los inquisidores de Logroño, Alonso de Salazar, y que había escrito un libro fenomenal sobre lo sucedido en la comarca del Bidasoa a comienzos del XVII. Traje a Henningsen a San Sebastián, a unos cursos de verano, y mi colaboración con él en pos de la verdad de aquellos hechos nos ha llevado a nuevos descubrimientos y a una gran amistad. Supongo que la radicalidad de mi búsqueda de la verdad de aquellos hechos tiene también mucho que ver con mi absoluto desprecio a los verdugos de todos los tiempos y mi respeto por las víctimas, por todas, sean de donde fueren. Yo no he soportado que a una víctima de Zugarramurdi (Graciana de Barrenechea), muerta de tifus a los 70 años en las mazmorras de Logroño en 1609, se la haga protagonista de una escena falsa y rijosa en un film reciente de mucho eco; por eso acepté la sugerencia de mi editor de titular el ensayo “Las brujas de Zugarramurdi”, cuando mi propuesta de título era simplemente “Zugarramurdi: inquisición y aquelarre”.

Para responder, por fin, al grueso de su pregunta y decir algo sobre “la solución final” que propuso el tribunal inquisitorial de Logroño a la instancia suprema de Madrid, resumiré la carta escrita el 9 de marzo de 1611 desde Logroño a Madrid. El tribunal pedía que se cerrase la zona del Bidasoa/Baztán con un cinturón de seguridad y el rey detuviese a cuantos intentasen escapar de la zona; que se les prohibiese a los sacerdotes negacionistas de las prácticas denunciadas predicar desde el púlpito contra la imposibilidad de la existencia de brujas; que mediante edicto se diese un plazo de 4 meses para que se entregasen los brujos y delatasen a sus cómplices; que dos inquisidores partiesen hacia la zona y actuasen con dureza contra quienes no se hubiesen autoacusado; y que asimismo convendría plantearse la necesidad de implantar un tribunal en aquella comarca del vascuence a fin de juzgar in situ a la gran cantidad de acusados. Eso decía aquella carta que, además, enviaba a la Suprema un listado, pueblo por pueblo, de 639 brujos entre confesos y denunciados. La carta la halló Henningsen, quien se ha atrevido a comparar aquella propuesta inquisitorial con la “Endlösung” o solución final hitleriana respecto de los judíos, lo cual no me parece descabellado dado que atañía a casi el tercio de la población de cada aldea y villa de la comarca del Bidasoa/Baztán.

Cuando Vd. estudia la “brujería” practicada por los habitantes de la  población del Labort, Navarra, Guipúzcoa o Álava, llega a la conclusión de que se trata de suposiciones o presunciones populares de sentido común cuya función consistiría en significar la producción de determinados infortunios naturales como la pérdida de la cosecha, los naufragios o las muertes prematuras de niños, infortunios que los aldeanos imputaban al “aojo” o mal de ojo que ciertas personas malvadas (los “brujos”) habrían echado a tal o cual persona, presumible causa de aquellos desastres. No obstante, hasta la llegada de la nueva teología demonolátrica era la propia Iglesia a través de sus párrocos la institución que velaba para que todos estos conflictos locales de brujería se resolvieran en comunidad mediante un sencillo acto de expiación de las faltas, puesto que en ningún caso daba pábulo la Iglesia a la existencia de una brujería diabólica. ¿Cómo es posible y quiénes hacen posible que lo que había sido la tradición católica de perdonarse mutuamente las acusaciones de brujería fuese subvertida, prácticamente de la noche a la mañana, por un pensamiento teológico -convertido en claramente ideológico en determinadas circunstancias- y que se valía del Demonio para ver satisfechos determinados intereses?

La sensatez de mediar entre vecinos y remediarse dentro de las parroquias las enemistades y acusaciones entre vecinos se convirtió de súbito en la insensatez de judicializar aquel ritual sacramental llevando a los vecinos ante los tribunales inquisitoriales, encarcelándolos y condenándolos incluso a la hoguera. Tal insensatez fue posible porque la teología dio un giro copernicano desde el papa Inocencio VIII en adelante (desde finales del s.XV) y a la brujería, que desde siempre se había creído imposible de existir, se la imaginó como real merced a un pacto entre el Diablo y la gente. Esta nueva imaginación teológica fue, pues, lo que auspició la judicialización del sentido común aldeano en toda Europa y el colapso cultural de muchas poblaciones. Arropadas en esta nueva imaginación teológica, las monarquías que se esforzaban en convertirse absolutistas encontraron una buena excusa tanto para centralizar sus aparatos judiciales (saltándose las defensas tradicionales de los parlamentos regionales) como para atemorizar al pueblo analfabeto y meterlo en vereda a base de nuevas vías de violencia. Y de paso que señalaban al nuevo enemigo analfabeto aldeano, marcaban una nueva línea azul susceptible de ampliar nuevas alianzas entre el poder, las élites intelectuales y el pueblo culto (fruto de esta alianza es el auge en toda Europa de la literatura e iconografía brujeril y el nacimiento de la imagen falsaria de la bruja que ha llegado hasta nuestros días). El rey francés Henri IV intuyó con clarividencia este uso político de la demonolatría pero fue el juez DeLancre quien lo teorizó tras haber ahorcado en tres meses a unos 80 , entre los que figuraban varios sacerdotes. Este es el inicio de la ideología en el mundo, es decir, de una justificación no religiosa del poder y su legitimidad. En España, la acción y los planteamientos de los inquisidores Becerra y Valle Alvarado del tribunal de Logroño, influenciados sin duda por una entrevista con unos delegados de DeLancre, estuvieron bastante próximos a este supuesto de que el brujo cometía un crimen de lesa traición divina: algo en realidad simétrico en culpa y pena al de lesa traición al Rey. Así fue como la nueva teología dispuso que se pudiese hacer un uso político del Diablo. 

En el estímulo hacia una cacería de brujas se encuentran factores políticos más que religiosos tales como la paulatina pérdida de poder de los señores de la tierra vascofranceses Urtubi-Alzate y Sant Per; también la del monasterio de Urdax, con su abad León Araníbar intentando vengarse de sus antaño siervos ahora independientes, los aldeanos de Zugarramurdi. A ello se suma la intervención regia de Henri IV, precisamente a petición de aquellos señores que perdían poder municipal y regional, pidiendo que se reprimiera el presunto foco de brujería en la zona limítrofe con España. Y así entra en escena el juez  DeLancre -él mismo de ascendencia navarra-, quien al par que desata la cacería se halla en misión de espionaje de límites territoriales (entre Fuenterrabía y Hendaya), cuestión bien distinta a la de acabar con las maléficas brujas. Además, se aprecia una voluntad cierta de ese juez de erradicar o diezmar a la población de habla vasca en el Labort, al entender que toda ella es diabólica. Por lo que muestra usted en su obra, el caso de Zugarramurdi no está exento de complejidad, aparentemente enigmática y no menor que los recurrentes estudios sobre la liquidación de templarios, cátaros y albigenses, puesto que convergen factores del todo dispares en un proceso que culminaría sorprendentemente con el auto de fe organizado en Logroño en 1610.

¿Llega en algún momento la Inquisición a ser consciente de toda la carga ideológica y de los mismos intereses político-estratégicos que esconden las exigencias de persecución enviadas por los cazabrujas franceses? ¿Cuándo son descubiertas en España las razones últimas de Enrique IV y DeLancre, de Urtubi y Araníbar?

¡Bingo, si yo lo supiese! De la Inquisición solamente sabemos que quiso hacer silencio de todo aquel desbarajuste procedimental llevado a cabo en Logroño. O sea, no quiso aprovecharse de la nueva teología demonolátrica y decidió nunca más aterrorizar a la población en base a ella. Decretó silencio en 1614, exigiendo que no se hablara nunca y en ningún púlpito de brujería, pero lo hizo tras aplicar la amnistía para todos los presos del Auto de fe de 1610, anunciando que la inquisición se había equivocado. Sin embargo no se atrevió a castigar a curas corruptos como los párrocos de Vera de Bidasoa y Lesaca o el abad Aranibar pero permitió que las autoridades civiles juzgasen a los cargos municipales corruptos que habían torturado y acusado en falso.

Todo ello se debió al inquisidor Salazar y a que bregó años y años hasta convencer a la instancia Suprema de que todo había sido un inmenso error. Ahora bien, es imposible deducir de ello que Salazar supiese algo acerca de oscuros “intereses estratégicos” de Henri IV ni cosa parecida. Eso lo sabemos nosotros ahora, precisamente gracias a comparar los escritos de Salazar y de DeLancre, los de sacerdotes testigos y del propio obispo de Pamplona con mil noticias más de la Inquisición. Somos nosotros y solamente ahora, desde el descubrimiento de Henningsen hacia acá, quienes podemos dar un paso más en el conocimiento de aquellos hechos. Y nuestro deber es conocer la verdad y no hablar por hablar dando pábulo a nuestros deseos y apetencias. El cineasta Álex de la Iglesia desconoce todo esto, o pasa de la verdad de los hechos que estaba en sus manos haber conocido, y las feministas de hoy que hablan y creen en féminas especiales con poderes especiales también prefieren ignorar los hechos. Los que celebran noches de Walpurgis y aquelarres anuales se imaginan que existió algo que jamás ha existido nunca. Barandiaran se equivocó de plano al hablar de unos vascos especiales perseguidos por su especial religión y Himmler se equivocó de plano al instituir en las SS un “Hexenkomando” al objeto de detectar las familias de los sucesores de entre los que fueron perseguidos por brujería, creyendo que con ello daría con el rescoldo de los auténticos arios alemanes.

De su investigación resulta que en aquella persecución son las envidias y desconfianzas así como cierto odio antañón soterrado entre vecinos lo que aflora con fuerza inusitada como dispositivo principal de las denuncias.Según Vd., frente a las antiguas prácticas sacerdotales de comprensión del fenómeno y expiación comunitaria, es ahora, tras la quema de once vecinos de Zugarramurdi en noviembre de 1610, cuando el terror a la Inquisición metido en la población así como un lavado de cerebro realizado por unos predicadores franciscanos se constituyen en lo que decisivamente propiciará una brutal escisión social entre los vecinos. Todo ello causa un clima de terror mediante acusaciones y delaciones sin otro fundamento en la mayoría de las ocasiones que el testimonio de unos niños, a su vez también aterrorizados por los religiosos y sus propios padres, cuando no directamente sobornados por otros aldeanos para declarar en contra de sus vecinos. ¿Piensa usted que éste era el efecto buscado por las autoridades vascofrancesas con sus bulos y acusaciones sobre juntas diabólicas, previamente a que interviniese en España la Inquisición y más tarde los franciscanos en el proyecto de erradicación de la brujería en las tierras citadas? O, planteado de otro modo: ¿Nos encontraríamos verdaderamente ante un precedente de las estrategias y técnicas empleadas en nuestros tiempos por los regímenes totalitarios con sus purgas y otros medios para imponer la “reeducación” de la población (en este caso de los labortanos y habitantes del Bidasoa/Baztán)?

Lo que buscaban los señoritos vascofranceses Urtubi/Alzate y Sant Per al recurrir ante su rey en contra del parlamento de Burdeos queda claro en la misiva personal que le enviaron: a saber, que había mucho peligro de que el Rey se quedase sin población porque las brujas estaban creando un clima invivible y la gente se marchaba del país; y que era urgente “limpiar el Labourd de brujas”. El Rey entendió perfectamente la petición de ayuda y, pese a la oposición del parlamento de Burdeos, envió para que limpiasen el territorio dos delegados plenipotenciarios con derecho a usar de todos los medios a su alcance a fin de detectar el mal brujeril, incluidas la tortura y la pena de muerte. Los efectos de aquel proyecto de limpia del territorio eran incalculables de antemano, nadie podía saber hasta dónde llegaría la cosa, pero las intenciones eran muy claras y los medios dispuestos muy evidentes. Sabemos además que uno de estos dos delegados del Rey, el juez DeLancre concretamente, envió a la línea de frontera -al mismísimo convento de Urdax- varios delegados para que convenciesen al inquisidor Valle Alvarado (albergado a la sazón en aquel convento) de que no se anduviese con remilgos y paños calientes y de que el único método de atajar aquel mal social era mostrar mano dura. Para cuando Valle Alvarado, sirviéndose de mil tretas, hizo confesar a once paisanos de Zugarramurdi que eran brujos, DeLancre ya se había cepillado a unos ochenta paisanos vascos y se había marchado del Labort.

Existe un misterio todavía no aclarado y reside en saber por qué una moza de Zugarramurdi (de nacionalidad francesa debido al origen de sus padres) tras haber residido un tiempo con sus padres en el territorio francés del señorito Urtubi volvió sola a Zugarramurdi a acusar de brujería a varias compañeras suyas de la aldea. Este fue el hecho que sustanció toda la persecución en España porque el abad de Urdax, no satisfecho del perdón sacramental comunitario en la iglesia de Zugarramurdi, pidió ayuda a los inquisidores de Logroño propiciando que llegase a Urdax el inquisidor Valle Alvarado. Para mí existe una altísima probabilidad de que fuese el propio Urtubi quien hubiese enviado a esa moza monte arriba hasta su aldea con el fin de incendiarla también.

Sobre esa otra cuestión de comparar estos hechos del s.XVII con la estrategia de purgas de población por parte de los regímenes totalitarios se requeriría aquí mucha información y debate que yo no puedo ofrecer. Sin embargo sí diré que por mor de la religión los antiguos Estados europeos aniquilaron a miles y miles de personas y hasta a poblaciones enteras, pero que por mor de la ideología esa aniquilación cobró un cariz mucho más dramático todavía. La propia revolución francesa es uno de los puntos culminantes del primer estallido general de la ideología como motivadora de persecución y de “reeducación” forzada.

Aparte de los poderosos confabulados en la caza de brujas para hacer prevalecer sus intereses, de resultas de su investigación salen especialmente malparados los franciscanos: los de entonces y también prácticamente los de nuestros días: desde Castañega al padre Berasaluce. ¿Se puede hablar efectivamente de influencia demonolátrica de Aránzazu en el imaginario vasco, o en su vida pública y costumbres sociales?

Los franciscanos salen muy malparados de la evaluación que hoy hagamos de su acción de entonces y, en cambio, los jesuitas, en especial el vizcaino Solarte, salen muy enteros. Lo cual significa que ser veraz, bueno y justo fue posible pero que los tres predicadores franciscanos no lo fueron. Gracias a estos se expandió la manía de ver al vecino conchabado por doquier con el diablo y, en cambio, gracias a los jesuitas se buscó la calma y el sosiego intervecinal. Los franciscanos incendiaron pueblos y aldeas incrementando denuncias falsas, coacciones y torturas entre vecinos; en cambio los jesuitas amansaron el vecindario con sus predicaciones, pero no se chuparon el dedo puesto que hallaron la verdad oculta de las denuncias de brujería y sus móviles. Consciente o inconscientemente aquéllos buscaban la promoción de su Amabirjiña de Aránzazu como baluarte contra el diablo: cuanto más verosímiles hacían las andanzas del diablo entre los baztaneses, más beneficio atraían hacia su Virgen. En cambio los jesuitas no vendían nada, no apuntaban a ningún convento hacia el que llevar a los fieles: predicaban la concordia y demostraron la impostura y falsedad de todo aquel tinglado. Eso es lo que sucedió en aquella comarca y así lo consignó el propio obispo de Pamplona, Benegas de Figueroa, amigo íntimo de Góngora y que desempeñó un papel crucial para que no se diese una “solución final”: él mismo había sido inquisidor general y se carteaba con su sucesor en la Inquisición. Aquí, en España, no solamente no sucedió la catástrofe que se dio del lado vasco (francés), sino que desde aquí se originó el que la Inquisición determinase en 1614 no condenar jamás a muerte a nadie por delito de brujería. En realidad esas instancias supremas no creían que la brujería fuese delito alguno, pero su debilidad consistió en no decirlo así de rotundamente. Los franciscanos, en cambio, continuaron siglo tras siglo afirmando la maldad diabólica de los brujos vascos y el sacrosanto bastión contra todos ellos, su Amabirjiña. Es verdad que, con el paso del tiempo, han ido mostrando una Amabirjiña en menor sintonía con la lucha contra la brujería, hasta nuestros días en que ya nadie se acuerda de todo aquello. 

Aparte de estos actores, frente a tanta mezquindad de inquisidores, franciscanos y estúpidos curas locales, se alzan además unos cuantos sacerdotes en rebeldía contra las instrucciones de la Inquisición (como el cura Labayen, párroco de Echalar, y a instancias de este y de otros compañeros sacerdotes el propio obispo de Pamplona, Benegas) y ello porque, paradójicamente, se mantienen en la ortodoxia católica y tienen en consecuencia la doctrina y elderecho de su parte, como finalmente se les reconoce aunque no de manera explícita. No obstante, y aunque Vd. se muestra crítico con la falta de reconocimiento público por parte de la Inquisición de sus faltas y errores en el proceso seguido en Logroño así como en en las acciones de persecución llevadas a cabo en la comarca navarra, no cabe dudardespués de leer su obra que la Iglesia Católica en España aprendió la lección de Zugarramurdi y evitó que en el futuro fuera ajusticiada persona alguna por condenas relacionadas con la práctica de la brujería. Sin embargo, en la actualidad perdura entre españoles y extranjeros la visión de los “aquelarres” como un rasgo cultural de aquella sociedad, de igual modo que se mantiene la “leyenda negra” del Santo Oficio como institución quemabrujas por antonomasia. ¿A qué se debe esta hegemonía de las visiones falaces sobre una cuestión tan escabrosa? ¿Por qué hasta nuestros días no se había estudiado a fondo lo que sucedió en Zugarramurdi y ha tenido que ser un investigador danés, el citado Henningsen (aparte de Caro Baroja, por supuesto), el encargado de arrojar algo de luz sobre la caza de brujas y el papel real de la Inquisición en todo ello? ¿Por qué no logra la Inquisición imponer definitivamente su antigua tesis, benigna respecto de la brujería, con el caveat de que no había que dar pábulo a la demonolatría, una tesis cursada como instrucción más de medio siglo antes de estos hechos?

Bueno, yo, como mero aficionado a pensar y también a reflexionar sobre el pasado, diré que no soy un experto en la Inquisición y que solamente puedo ofrecer algunas sospechas, que seguramente no son nada nuevas. La leyenda negra sobre la España inquisitorial tiene su origen en los intereses de las monarquías francobritánicas, eso está claro. Pero existe una parte del pensamiento antirreligioso español que ha estado también muy interesado en propalar esa leyenda negra. Ahí tenemos a una progresía española interesada aún hoy en mantener una visión nativista y supuestamente rebelde-antisistema de la brujería, en lo cual se asemeja mucho a lo más desquiciado de la conjetura nazi: no a la de Hitler precisamente sino a la de Himmler y sus SS, más apegados a la raíz populachera alemana que a la grecolatina indoeuropea (como pretendía Hitler). Pío Baroja también participó intensamente de esa percepción anticatólica en lo concerniente a la brujería, y su visión nativista sobre una supuesta resistencia de los vascos a dejarse “convertir” y a rebelarse mediante actos brujescos salta en todas las páginas en que habla de los antiguos vascos (por ejemplo en las novelas Jaun de Alzate, La dama de Urtubi o en Las mascaradas sangrientas ). Seguramente esa enfermedad del tío le inoculó en el sobrino, Caro Baroja, la afición a indagar en la realidad de la brujería. Los escritos del sobrino sobre esta materia, siendo todos interesantes, son muy desiguales a la luz de lo que él mismo llegó a elucidar al final, en 1968, una vez que tuvo en sus manos los documentos de Salazar, que recién acababa de hallarlos Henningsen y de cuyo descubrimiento el danés le había dado parte. Sin duda alguna, lo más fundado que escribió Caro Baroja sobre brujería fue tras la lectura de esos documentos y que tituló “De nuevo sobre la historia de la brujería (1609-1619)”. Yo he tratado de rendirle homenaje a mi maestro citando largos párrafos de este escrito al comienzo de mi ensayo. ¿Por qué no se le ha hecho más caso a Caro Baroja y, nada digamos, a Henningsen, ampliando sus hallazgos? Esa pregunta va dirigida a los universitarios, pero no nos la van a responder jamás: ellos a lo suyo, como los cineastas a lo suyo o las cultivadoras de las investigaciones de género a lo suyo. Esta actividad es lo que parece que hoy hace el agosto, de la misma manera que lo que hacía el agosto durante épocas pasadas era propalar la leyenda negra de la Inquisición.

En lo que concierne a la última cuestión de por qué la propia Inquisición no impuso en 1614 su antigua tesis general de 1538 -consistente en no mostrarse en contra de la nueva teología demonolátrica pero manifestar sin tapujos que acaso no era verdadera- yo no sabría qué responder. Vacilaciones doctrinales, excesiva prudencia institucional, apego al poder de sentar cátedra y no controlar a su gente son cuatro de sus actitudes de 1614, cuando decide nunca más ejecutar a nadie por motivo de brujería. Pero hay que reconocerle que supiese explorar su error en el auto de fe de Logroño y manifestarlo en un documento interno, y también que tuviese el coraje de amnistiar a los condenados. El silencio que aplicó a todo ello no contribuyó en nada a cortar por lo sano la leyenda negra. Y esto sí estaba en sus manos.

Como acaba de exponer, usted abre su ensayo con una cita de Caro Baroja y precisamente sobre las “majaderías” que se dicen sobre la brujería vasca y los “aquelarres” y sobre el “público internacional de majaderos” que compra la mercancía averiada de los “folcloristas”, en vez de acercarse a la trágica realidad de aquellos sucesos, cuando -en las propias palabras de Caro- “ni Cervantes ni Goya hubieran podido reír o sonreír” de haber conocido la verdad. Al final del libro, aprovecha Vd. esa referencia para arremeter contra varias obras recientes de ficción o ensayo, algunas de ellas de intencionalidad claramente anticatólica y otras propias de ese folclorismo abertzale para el que todo vale, pero también contra la última película de Álex de la Iglesia (de título homónimo al de su libro), porque según recalca Vd. vivimos en “una época en la que cualquier lector informado ya tiene acceso a la verdad histórica sobre las persecuciones de brujería de tiempos pasados” y porque “en nuestros días, el no buscar la verdad de aquellos crueles hechos sino el falsearla con imágenes e ideas susceptibles de servir intereses políticos y de partido constituye, además de un hecho de injusticia respecto de aquellas víctimas de entonces, un acto de insensatez rayana a la de los más estúpidos cazadores de brujos”. Perdone que reincida sobre lo que acaba de decir, pero ¿no es un juicio demasiado severo cuando se trata de obras de ficción? ¿O debemos exacerbar nuestra crítica precisamente hacia aquellas obras que, con la coartada de la ficción, tratan los hechos históricos a conveniencia (o más bien “por exigencias del guión”)?

La obra literaria de ficción resulta de ínfima calidad, hasta necia, cuando es inverosímil. La buena literatura de ficción puede enseñar más que la realidad misma porque, sin poder permitirse tantas combinaciones como se permite la vida, asume lo complejo de la acción humana llegando de inmediato al alma. Esto es lo que le debemos a la novela, al cine y al reportaje en general. Recuerdo aquel acontecimiento entre un lector y su amigo: “¿Por qué lloras si todo ese libro es de mentiras? No sé -le respondió el lector al amigo-, no sé por qué lloro pero lo que yo siento es de verdad”. Ese es el poder de la musculosa literatura “de mentiras”, ya que el escritor debe destilar los hechos reales y las experiencias humanas en calidad de tipificaciones, o sea, debe proyectar los límites entre lo posible y lo real. Sólo así la buena novela de ficción se convierte en verdadera. Seguramente por eso no podemos criticar de la misma manera a Pío Baroja que a Álex de la Iglesia, por la sencilla razón de que el escritor donostiarra no tuvo acceso a la verdad de los hechos de Logroño-Zugarramurdi y sí la ha tenido, en cambio, el cineasta bilbaíno, pero la ha rechazado. Para más inri, el escritor donostiarra sí se informó cuanto pudo y conoció partes de la Historia de la Inquisición del americano Ch. Henri Lea, el cual a su vez conocía en 1900 algunos legajos de los papeles de Salazar merced a que unos archiveros de Simancas, a cambio de dólares, le iban enviando copias hechas a mano de aquellos documentos luego extraviados. Al cineasta bilbaíno se la ha traído floja conocer lo que realmente sucedió en Zugarramurdi. La ficción se vuelve tanto más real cuanto más haga entender la complejidad del acontecimiento humano. 

No contento con publicar su ensayo, aparte de otros trabajos anteriores sobre las persecuciones de brujas, en Las Maléficas decide novelar con todo detalle desde los orígenes del proceso en San Juan de Luz hasta el postrer esclarecimiento de los hechos en la Suprema de la Inquisición, con una rica ambientación en los lugares donde sucedieron y la aparición de personajes de ficción, como el protagonista Martín Larralde, que convierte la ardua tarea de los Salazar, Solarte, Benegas, Labayen en toda una aventura por los valles y montañas del Baztán. Es inevitable que yo le pregunte a usted por sus modelos e influencias literarias en esta novela porque, a primera vista, hay curiosos paralelismos (pero en forma de antítesis, como el papel de los franciscanos o el de la Inquisición) con la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, y sin embargo Cervantes, Montaigne y Baroja parecen más decisivos en el desarrollo intelectual y literario de Las Maléficas.

Imposible saberlo, amigo mío. Escribir un libro es un misterio. Sin duda, un escritor es un cúmulo de influencias de lo que ha leído y hasta de lo que ido escribiendo. A veces a uno le transporta Umberto Eco en tal pasaje o en tal caracterización de un acto moral o psicológico, a veces es Pío Baroja, otras veces Álvaro Mutis. Montaigne le refrena a uno ciertas alegrías literarias y Cervantes se las espolea. A menudo un escritor va siendo llevado hasta por sus propios personajes sin saber bien dónde acabará todo aquello. Claro que en la novela histórica se debe saber bien de dónde viene y a dónde va todo pero esa función narrativa no proviene tanto de su dimensión episódica sino de su dimensión configurativa: además de parecer verosímil, debe serlo. En fin, que es muy difícil hablar de lo que le ocurre a uno al escribir, uno que es un haz de influencias.

¿Cree que Las maléficas es su mejor novela? Personalmente pienso que puede trascender a la larga más que el ensayo, ya que éste ha de convertirse en un indispensable referente bibliográfico para los que deseen saber más de la cuestión, pero difícilmente se popularizará más allá del ámbito académico. Antes ya ha hecho alguna referencia a ello, pero insisto: ¿Surgió la idea de escribirla como contraposición a las falaces obras de ficción existentes sobre el caso?

El lector decidirá qué vale cada novela mía. Tango de muerte me proporcionó mucha satisfacción cuando desde Cataluña un crítico supercualificado catalán la valoró mucho y hasta se prestó a presentármela en una librería de Zaragoza. A mí personalmente me dejó muy calmado la escritura de Melodías vascas así como su hijuela, El hijo del pelotari ha salido de la cárcel. Fue el ir escribiendo la novela Las maléficas, al ir aproximándome a la descripción psicológica y moral del inquisidor Salazar en sus actuaciones, lo que me convenció de que hubo alguien como mi personaje Larralde que supiese y pudiese influir en ese inquisidor para hacerle cambiar radicalmente de opinión. Esta novela también me deparó grandes alegrías viajeras y su escritura me obligó a leer muchas novelas de aventuras de jinetes y de viajes a caballo. Pero es un hecho que, al escribirla, yo no reaccionaba contra nadie ni en contraposición a otros relatos existentes, simplemente dejaba llevar mi imaginación a través de los hechos que ocurrieron y que pudieron haber ocurrido.

En primera persona

…representa un manifiesto airado y a la vez la confesión del periplo intelectual de Alain Finkielkraut (París, 1949) contra los que se permiten motejarlo de “reaccionario” -cuando no de “reaccionario judío sionista”-, porque el autor da muestras de lo muy ofensivo que considera dicho estigma que no puede aceptar con cinismo e incluso con orgullo -como hacemos otros, por lo menos de vez en cuando- precisamente en atención a lo que es la verdad de su pensamiento y obra.

El título responde por tanto a la necesidad de plantar cara desde la misma condición del agredido, del tergiversado, del negado, aunque no se trate por ello de “defender una verdad puramente subjetiva”:

“La verdad que yo sigo buscando todavía y siempre es la verdad de lo real; la elucidación del ser y de los acontecimientos sigue siendo, a mis ojos, prioritaria. A pesar de la fatiga y del desánimo que a veces me asaltan, prosigo con obstinación esta búsqueda. Me intereso menos por mí de lo que me afecta el mundo. Con todo, como escribió Kierkegaard, “pensar es una cosa, existir en lo que se piensa es otra”. Esta otra cosa es lo que he querido aclarar al escribir, pase por una vez, en primera persona.”

Finkielkraut se remonta así a los años de su sesentayochismo militante “a la izquierda del izquierdismo”, que fue progresivamente abandonando al reparar en que “lo poco que yo sabía de la vida en virtud de mi experiencia y mis lecturas desmentía silenciosamente sus fórmulas definitivas”, por ejemplo en lo tocante a la “liberación sexual” preconizada por los nuevos revolucionarios cuyo análisis crítico deparó la obra El nuevo desorden amoroso, coescrita con Pascal Bruckner.

Alumno de Roland Barthes en los tiempos de apogeo de las teorías del estructuralismo en Literatura y otras ramas de las llamadas Ciencias Sociales, el autor se liberó de los últimos resabios del 68’ de la mano de Emmanuel Lévinas, si bien de Sartre a Foucault sus referentes intelectuales y morales no radicaban precisamente en el pensamiento conservador o tradicionalista, como tampoco su admirado Milan Kundera, para quien no obstante lo moderno supone “avanzar, mediante nuevos descubrimientos, por el camino heredado”.

UNA VEZ MÁS LA CUESTIÓN JUDÍA

Las páginas más personales del libro atañen por supuesto a la evolución del pensamiento de Finkielkraut -o más bien de la adaptación de su propia mentalidad- acerca de “lo judío”, que comenzó tratando en El judío imaginario al albur de las reflexiones sartrianas que oponían un tipo de judío “auténtico” y orgulloso de su identidad a otro “inauténtico” que “desea, cueste lo que cueste, fundirse en la masa, hacerse indetectable, ser como todo el mundo”. Para el autor, convencido en su apuesta por no esconderse, el tiempo depararía otras conclusiones:

“Creyendo asumir tu ser lo conviertes en un espectáculo, hablas mucho y haces poco, te apropias para poner pimienta en tu vida diaria de una tragedia que ya no es la tuya. Pretendes llegar a la verdad y vives en la mentira. Te envuelves en la persecución y no hay nada que altere la tranquilidad de tu existencia. Aunque reivindiques tu parte de sufrimiento, te das la gran vida. Tienes que rendirte de una vez por todas a la evidencia: tu destino es el confort”.

Philip Roth le quitó del victimismo con su habitual sarcasmo en boca de uno de sus personajes de novela: “Si se quiere ver a judíos de Newark padecer violencias físicas, es preciso ir al consultorio de cirugía estética donde las chicas se operan la nariz. Allí es donde corre la sangre judía en el condado de Essex…” Pero que Finkielkraut renunciara a jugar el rol de víctima no es óbice para que las últimas décadas hayan vuelto a poner de relieve en Europa “la cuestión judía”, con una creciente presencia del discurso antisemita en medios culturales, periodísticos y universitarios (y sus derivadas en agresiones físicas y simbólicas, incluyendo la profanación de cementerios).

Precisamente Prensa, Universidad y Cultura se han ido convirtiendo del 68’ acá en los principales instrumentos de la represión moral e intelectual de la sociedad no menos que de sus élites, aquí y en Francia y en toda Europa como en los Estados Unidos de América. Por ello constata el autor que, lejos de haber terminado personalmente con la cuestión judía, “ella no había terminado conmigo. Me esperaba a la vuelta de la esquina y de una forma que hacía fracasar todas mis fantasías de aventura”.

Porque ya entonces, apenas un cuarto de siglo después del genocidio nazi, comenzaban a aflorar los mensajes antijudíos encubiertos en nuevas fórmulas, como presentar el antifascismo y la denuncia de las atrocidades nazis como mera salvaguarda del capitalismo; como rezaba una octavilla de aquel tiempo:

“El universo de los campos de concentración proporciona un infierno de lo más conveniente. La ideología antifascista se propone salvar la democracia por todos los medios frente al fascismo y a las dictaduras que se le asimilan más o menos. Ahora bien, a decir verdad, esta ideología es, en primer lugar, el medio de ahogar las perspectivas propias del proletariado y de integrar esta clase en la defensa del mundo capitalista”.

En nombre de la solidaridad (socialista) obrera, o en el de los palestinos a partir también de los años 70 -digamos que cuando parte de los revolucionarios europeos del 68’, reconvertidos pronto en terroristas patrocinados por la URSS y sus filiales, vieron en la “lucha palestina” otro apoyo para la suya-, el antisemitismo tradicional y la judeofobia propiamente racista convergen en señalar al Estado de Israel y al Sionismo como el nuevo Gran Satán, émulo del propio Reich hitleriano.

La lista de escritores y artistas, periodistas y todo tipo de hampones de la TV y del espectáculo que han llegado a proferir “los judíos se comportan como nazis con los palestinos” se haría interminable… por lo que Finkielkraut les opone lisa y llanamente su análisis, que refiere al obispo cristiano Marción en el siglo II d.C, pues éste fundó su propia Iglesia en la oposición entre el Dios del Antiguo Testamento y Cristo.

“Marción está de vuelta. Sus descendientes ocupan la escena y cierran, reactivando su cólera contra la Antigua Alianza, el breve paréntesis racista de la larga historia del antijudaísmo. Como son resueltamente universalistas, fustigan la decisión judía de fundar el Estado sobre la etnia cuando para todas las democracias ha sonado la hora de convertirse a la religión de la Humanidad. No tienen otro credo que la igual dignidad de las personas y denuncian, en su nombre, la preferencia por sí mismo exhibida sin vergüenza por el pueblo de Israel”.

LA RAZÓN DE LAS NACIONES

En el caso de Israel, del Sionismo, es clave entender que los supervivientes de los campos de exterminio proclamaran “Nunca más eso. (…) Nunca más moriremos así. Vamos a alguna parte de la tierra a recuperar nuestras prerrogativas de pueblo”, designio compartido incluso por los que jamás pisaron el refundado hogar judío. Pero también aboga Finkielkraut por restaurar (o restañar más bien) algunas de las características más señeras del viejo Estado-Nación, así como el respeto debido al sentimiento nacional que simplemente no admite ser deglutido por el mantra globalista como una especie de moda más en el Decurso hegeliano de la Historia.

De nuevo gracias a Kundera, y a colación del ejemplo de la revolución húngara de 1954 contra la opresión soviética, “aprendía que Europa y la nación podían ser una y misma causa”, puesto que los húngaros estaban dispuestos “a morir para que Hungría siguiera siendo Hungría y siguiera siendo Europa”. Aún más, sus tesis durante las guerra balcánicas de los años 90 le ganaron el apelativo de “Finkielcroate” por “denunciar la amalgama, que paralizaba las grandes conciencias, entre la Croacia actual y el estado ustacha instalado por Hitler”, frente a la pretendida legitimidad de una Yugoslavia socialista y “no alineada” que, en manos de Milosevic, ya se había transmutado en un Partido-Estado étnico con vocación panserbia.

Y sin duda es esta última parte de la obra la que demuestra un pensamiento más audaz, en cuanto que entronca con un debate que, a fuer de realista, no deja de ocupar también el ámbito global, pues es el mismo en Francia entre “identitarios”, “separatistas” y “globalistas” (libertarios o anticapitalistas), que en Estados Unidos con sus conflictos raciales y ahora entre el establishment y los populistas, o en el Reino Unido con el “Brexit”. A su juicio, el 11-S marcó un giro radical en la tendencia triunfalista de la Globalización en el “fin de la Historia” poscomunista:

“Después de esta fecha fatídica, la yihad se autoinvitó a intervenir en el Viejo Continente y pronto apareció a los que tenían ojos para ver la forma paroxística de un fenómeno sin precedentes: el choque de civilizaciones en el interior de las comunidades nacionales. Con la así llamada inmigración poscolonial, el reparto de un mismo patrimonio por los autóctonos y los nuevos llegados dejó de ser algo que caía por su propio peso. En los barrios extrañamente calificados de “sensibles” y que están en aumento constante, la cuestión social se plantea con agudeza, pero en unos términos nuevos. En efecto, lo social no se reduce ya a lo económico. Nuestro materialismo espontáneo se ve cogido en falta y se impone a nosotros esta constatación: los individuos no se mueven solo por sus intereses, sino también por sus pasiones, sus creencias, sus costumbres, y también actúan otras fuerzas colectivas diferentes a la casta de los dominantes y a la masa de los explotados.”

Como contrapartida, como reacción espontánea (y no producto de un desarrollo ideológico articulado consistente y conscientemente), el autor resalta:

“Al ver extenderse los territorios en que los extranjeros son precisamente ellos, sienten nostalgia de su tierra en su misma tierra. Este exilio inmóvil despierta una “voz de la memoria engullida”. (…) Se les había preparado para no otorgar valor más que a los valores, y el peligro en la propia morada les hace comprender que también están apegados a cosas, a objetos familiares, a una forma de vida modelada por el tiempo. (…) El miedo por la existencia determina la conciencia y conduce al compromiso. Las amenazas que se ciernen sobre la identidad nacional y las desgracias que la golpean les convierten, a su pesar, en sus guardianes. Por ejemplo, no pensaban en Notre-Dame de París cada día. Pero al verla en llamas, descubren lo muy apegados que estaban a ella: esta catedral no es solo una joya turística, es que, tanto si son católicos como si no lo son, es una parte de su propia sustancia”.

LA CULTURA DEGRADANTE

Por el contrario, “el Estado cultural” que ya denunciara Fumaroli procura disolver en la omnicomprensiva “cultura” toda diferencia de grado o condición, buscando rebajar lo excelso mientras se absuelve y se integra lo perverso y conformando con ello el magma del nuevo pensamiento relativista.

“No se accede a la cultura por la mediación de libros y de maestros, se flota en ella, se está dentro de ella, se diga lo que se diga o se haga lo que se haga. No hay nada que no merezca esta denominación hasta hace poco todavía muy controlada. La incultura ha desaparecido como por arte de magia sabia: “¡Todo es cultural!”, proclaman las ciencias sociales, y de ahí se deduce que todo rap es música, todo vómito verbal es poesía, toda obscenidad es flor del Mal. Hasta hace poco nadie podía salir de la charca en que vegetaba tirándose él mismo del pelo como el barón de Munchhausen. Hoy la cultura es la charca”.

No es de extrañar, entonces, que sus intervenciones públicas hayan sido hostilizadas cada vez con mayor frecuencia, pues tanto su defensa de Israel como el cuestionamiento de las bondades presuntamente ilimitadas de la Globalización -y su acerada crítica al globish o lengua de madera que le es característica, y que como indica poco tiene que ver con el inglés-, sus denuestos contra las ideologías “de género” o victimistas, o contra los biempensantes favorables a “la acogida” indiscriminada de inmigrantes, son otras tantas violaciones del código moral que tratan de imponer secundados por millones de acólitos -a medio camino entre la Cienciología y la III Internacional- los que pueden permitirse lo mismo abandonar su tierra que fundar un Estado o en su lugar una plataforma de dominio espiritual a escala planetaria.

““Solo un Dios puede salvarnos”, dijo un día Heidegger. Yo espero, por mi parte, un despertar y un sobresalto humanos. Formulo el voto menos oracular, aunque tal vez igual de piadoso, de que la política, es decir, según la definición de Hannah Arendt, el amor mundi, recupere sus derechos. Mientras espero este acontecimiento improbable, no hay nada que ocupe tanto mi corazón y mi mente como la creciente inhabitabilidad del mundo. Entre la nueva fractura social y el imperio devastador del espíritu de la técnica sobre todos los ámbitos de la realidad, no ceso de detectar sus síntomas. Si, a pesar de la dificultad nunca superada, encuentro todavía la fuerza necesaria para escribir, es bajo el aguijón de este tormento”.

Contra Amazon

…es el título genérico bajo el que Jorge Carrión (Tarragona, 1973) recoge distintas historias, entrevistas, reportajes relacionados con la Literatura, los libros, las librerías y los libreros, las bibliotecas…y todo aquello que en definitiva ofrece Amazon pero puede (y debe poder) ofrecerse también al margen de la aparentemente ilimitada superficie comercial propiedad de Jeff Bezos.

Pero no se trata de un libro que -al margen del manifiesto inicial que le sirve de pretexto- cargue las tintas contra Amazon a través de estadísticas, denuncias periodísticas (laborales, financieras, ecológicas) o sumarios judiciales sobre posición de dominio o daño a la competencia; pues todo ello puede ser el trasfondo, pero no el objeto último de la obra.

Carrión (novelista, cronista de viajes, periodista y fundamentalmente lector) pretende más bien una llamada de atención al público -precisamente- para que no se limite a una forma de consumismo libresco que nos da lo que buscamos y en tiempo récord nos lo entrega a domicilio junto con los otros paquetes de ropa, comida o electrodomésticos.

Lejos de ello, Contra Amazon invita al viaje literario y a la experiencia de la rata de biblioteca -pública o privada, importa lo que importa en cada caso-, a visitar librerías y demorarse en las portadas y solapas de los volúmenes, en las mismas estanterías y lámparas, rincones y escaleras de caracol de cada establecimiento; en la conversación latente que aguarda a ser entablada con el librero.

AMARÁS LO QUE HACES

De Bogotá a Tokio, de Finlandia a Nápoles o Ciudad de México, Nueva York, París, Barcelona… Carrión explora a través de la memoria sus deslumbramientos bibliófilos, literarios, librescos; y es que el autor del afamado Librerías parece haber convertido en misión ilustrar acerca de las posibilidades actuales y futuras de la Biblioteca y de la Librería, espacios sagrados para el lector que a su juicio no han de perderse y tienen para presentar batalla un sinfín de recursos al alcance.

Todo depende, al fin, de la persona (hombre o mujer, sujeto, individuo, ser): esos libreros, bien por tradición o por obsesión, que en estos convulsos y confusos inicios de siglo se han entregado a crear los espacios del futuro para los libros y sus lectores -en una actividad casi siempre escasamente rentable, casi a fondo perdido, y que cosecha éxitos y fracasos por lo común más fruto del azar que del empeño o la calidad de la empresa-.

Porque, a fin de cuentas, se trata de leer y de incitar a la lectura; que el medio por el que nos hagamos con los libros que necesitamos para trabajar o para disfrutar es secundario, si los libros son el fin; aunque se pueda descubrir y experimentar gozosamente la búsqueda como un fin en sí mismo, cuando los libros jalonan la peripecia del lector enriqueciéndola, en vez de sepultarla bajo volúmenes encuadernados traídos en cajas y cajas de cartón con la sonrisa en forma de flecha.

La gran manipulación

…es el título con el que Jano García (Valencia, 1989) ajusta cuentas con el sistema mediático español de la hora por su entreguismo a las tesis manifiestas del Poder no menos que por su endogamia, su vulgaridad y su fanatismo. Un sistema que tiene a las cadenas de TV como baluarte en la creación de la “nueva normalidad” desde años antes de la expansión coronavírica.

Al respecto, se remonta el autor a la década de los 20’ del siglo pasado con el ascenso al Poder de comunistas bolcheviques y fascistas, como habla de Goebbels durante el nazismo y del Libro Rojo de Mao y su “Revolución cultural”, en un intento de recordar que las técnicas de manipulación las crearon hace tiempo los caudillos de los movimientos totalitarios.

Pero la parte más meritoria de la obra en sin duda la dedicada a la cronología de los hechos de la pandemia que tiene a España con los peores índices mundiales de respuesta en todos los ámbitos (sanitario, económico y también político en relación con las medidas agresivas adoptadas por el Gobierno Sánchez-Iglesias, lesivas para las libertades y derechos individuales).

Hechos que son datos: desde alarmas de la OMS con sus fechas, pasando por los avisos que llegaban de China, luego desde Italia y la UE, etc. Avisos y alertas que el Gobierno desestimó a conciencia, por lo que no es de extrañar que el subtítulo del libro rece «Cómo la desinformación convirtió a España en el paraíso del coronavirus».

Unos hechos y datos que son puestos en su contexto por García, que va intercalando declaraciones de políticos, periodistas, tertulianos que contribuyeron a la gran manipulación que da título al trabajo, impidiendo así que se tomaran las medidas decisivas en el momento adecuado y, peor aún, justificando la actuación gubernamental con una serie de mentiras encadenadas durante los últimos meses.

SARTORI CABALGA DE NUEVO

Siguiendo a grandes rasgos las tesis del brillante politólogo italiano Giovanni Sartori en su esclarecedor Homo videns -reseñado hace meses en este mismo sitio-, García apunta:

“Ningún medio ha tenido un impacto tan significativo como la televisión en la historia de la humanidad. La diferencia entre la televisión y la radio es considerable. La ventaja de la imagen visual sobre la transmisión radiofónica es que lo audible se convierte en una imagen visual con la ayuda de la imaginación del individuo que la recibe, pero no es posible mantener bajo control lo que puede llegar a imaginar el oyente. Con la televisión, la imaginación deja de existir. Lo que ves es la realidad, o al menos así lo capta tu cerebro. La televisión fue ganando fuerza y entrando en todos los hogares de los países desarrollados con el transcurso de los años.”

De hecho, ciñéndose a informes de la consultora Barlovento Comunicación a partir de los datos de medición de Kantar y Comscore, García señala que “el 70,7% de la población española ve cada día la televisión con un consumo medio de 3 horas y 56 minutos por persona al día”, y añade que pese a lo que se piense actualmente, las redes sociales distan de ejercer una influencia similar en cantidad y calidad sobre el público como la de las cadenas de TV.

“Teniendo en cuenta las cifras tan elevadas de audiencia, es evidente que la televisión es la herramienta óptima para la manipulación de masas. El debate social lo marcan los medios de comunicación. En todos los países sin excepción, los temas de interés, las discusiones políticas, económicas, sociales, culturales, etc., son aquellos que deciden los mass media.”

Concretamente, en el caso de España, el autor se pregunta:

“¿Qué papel tuvo la televisión para que España se convirtiera en el país más afectado por la pandemia del Covid-19 (sic)? La negligencia política es también responsable desde luego, pero imaginen que las televisiones hubiesen comenzado a abordar día tras día en febrero la verdad del nuevo coronavirus. Es innegable que la presión mediática y el efecto generado en la población hubiera obligado al Gobierno a actuar de forma distinta. Nadie es capaz de resistir la presión mediática en un régimen democrático o, mejor dicho, en un régimen en el cual la masa social es la que quita y pone gobiernos.”

Pero apunta también que lo más grave y dramático del caso español es “la fusión entre el poder político y el poder mediático”, cuando “las televisiones decidieron obedecer el mensaje institucional”, y comienzan a desfilar por las páginas de La gran manipulación los habituales del compadreo y del sectarismo de nuestros días, significadamente Xabier Fortes (luego destituido) y Lorenzo Milá desde TVE, Susana Griso desde Antena 3, Jorge Javier Vázquez desde Telecinco, e Iñaki López y Antonio García Ferreras desde La Sexta y algunos de sus más conspicuos acólitos -comenzando por su mujer Ana Pastor al frente de esa presunta agencia de verificación de bulos llamada Newtral, que básicamente se dedica a esparcirlos-, o los “contactados” como Iñaki Gabilondo, Cristina Almeida y otros.

EL GOBIERNO SE HIZO EL SORDO

No sólo se había empezado a temer lo peor en enero respecto al nuevo coronavirus de origen chino, sino que para los responsables políticos de los países limítrofes con la potencia asiática aquello se tornó en la principal cuestión a atender, habida cuenta de los antecedentes de la “gripe aviar”. Por el contrario, en España el ministro de Sanidad Salvador Illa y el infame director del Centro de Coordinación de Alertas y Alarmas Sanitarias Fernando Simón comenzaron su particular tour de force por rebajar lo máximo posible la gravedad del problema.

Dos ejemplos de entre los muchos que recoge la cronología aportada por Jano García lo muestran de manera descarnada. Así, el mismo 30 de enero, cuando la propia OMS decide declarar la emergencia sanitaria internacional después de la detección de los primeros casos en Italia, y una vez que China ya había procedido a recluir a decenas de millones de habitantes de varias ciudades del país, Salvador Illa declara lo siguiente:

“No minizamos nada, no hay ningún caso en estos momentos en España. Está preparado nuestro sistema para hacer frente a estas situaciones y las seguimos a diario con transparencia informativa.”

A su vez, el Dr.Simón sentencia al día siguiente (en una de sus más recordadas intervenciones a la postre):

“Nosotros creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado. Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay, será transmisión muy limitada y muy controlada. Hay indicios de que esta enfermedad sigue sin ser excesivamente transmisible. Sigue habiendo una sola zona, una sola provincia de China con transmisión comunitaria real, en otras zonas hay una transmisión limitada y controlada, y por lo tanto parece, además con el número de casos nuevos que van notificándose día a día, que la epidemia tiene posibilidades de empezar a remitir.”

Obviamente, no fue el caso ni en España ni en ninguno de los países de su entorno, caso de Italia o Francia, luego Gran Bretaña y más allá Estados Unidos como ejemplos de los que se vieron gravemente afectados por la pandemia. Pero lejos de rectificar y enmendarse a medida que se expandía el virus, el Gobierno Sánchez-Iglesias se aprestó a lanzar una campaña de acoso y descrédito de todos aquellos expertos, médicos o meros periodistas que alertaban de la gravedad tanto como de la inminencia de la crisis sanitaria en España.

LA RESPONSABILIDAD DE LA OMS

García no se olvida tampoco del nefasto papel representado por la Organización Mundial de la Salud en todo el trance, en cuanto que presidida por un hombre de paja de China se ha comportado durante la crisis más como un embajador de la buena voluntad del Partido Comunista de Xi Jinping que como una auténtica agencia sanitaria.

“Tedros Adhanom pertenece al Frente de Liberación Popular de Tigray, un partido etíope de ideología marxista. El Gobierno etíope, a la sazón dirigido por Hailemariam Desalegn, presidente señalado continuamente por Human Rights (sic) por hostigar a la población e implantar un régimen autoritario y sobre el que pesan delitos contra la humanidad, nombró a Tedros Adhanom como ministro de Sanidad en el año 2005, cargo que ocupó hasta el 2012. Posteriormente fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores hasta el año 2016. Mientras él estaba en el gobierno etíope, tres brotes de cólera asolaron el país llevándose por delante la vida de miles de personas. Sin embargo, cuando era ministro de salud, decidió ocultarlo y llamarlo “AWD” (diarrea acuosa aguda).”

Pero no sólo fue China la que aupó a semejante sujeto a la presidencia de la OMS, ya que “Barack Obama también apoyó su nombramiento porque suponía que Tedros sería el primer africano de la historia en dirigir la organización internacional. Propaganda al poder”, en otra de esas decisiones del malhadado ex presidente de los EEUU que reúne todos sus principales defectos: la soberbia ignorante, el racismo disfrazado de antirracismo, el progresismo “liberal” que le hacía preterir los principios y la responsabilidad del papel exterior de los USA en pos del “Multilaterismo”, que ha dejado sumidas en el caos zonas enteras del planeta ya desde antes de la llegada del coronavirus.

En España, la encargada de ejercer de embajadora de las buenas intenciones chinas fue María Neira, directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS y, por momentos, colaboradora tertuliana asidua al programa Al rojo vivo de García Ferreras, foco principal de las distintas infecciones informativas que padece la opinión pública española desde el 11 de marzo de 2004, cuando el ínclito periodista trabajaba (manipulando) para la SER.

Aunque sería en una entrevista en La Sexta el 16 de febrero con su mujer, Ana Pastor, cuando Neira declaró a cuenta de la cancelación del World Mobile Congress que se iba a celebrar en Barcelona:

“La OMS desde el principio ha dicho que no haya restricciones ni de viajes ni de comercio ni de intercambios. (…) Nosotros no podemos juzgar a nadie que tome esas decisiones, lo que sí es cierto es que nosotros no hemos dado ese tipo de criterios para que se haga gestión de riesgo y se llegue a esa conclusión. Nosotros hemos dicho que no es necesario ni cancelar, ni evitar la movilidad ni el comercio.”

CASO DE NEGLIGENCIA CRIMINAL

Pese a la alarmante situación en Italia a finales de febrero, todavía tuvo Salvador Illa arrestos para continuar con el mensaje falsamente tranquilizador -los españoles se lanzaron a proveerse de mascarillas, cuya demanda aumentó un 10.000% según los datos de García-, concretamente el 25 de febrero, cuando ya parecía claro que decenas de aficionados del Valencia que viajaron a Italia a ver el partido contra el Atalanta habían regresado infectados a España:

“No hay transmisión comunitaria acreditada hasta el momento en nuestro país y por tanto seguimos pensando que estamos en un escenario de contención del coronavirus en España. No hay una prohibición decretada por parte de las autoridades internacionales ni por parte de las autoridades españolas de viajar a ninguna parte. Hago un llamamiento a la ciudadanía para que no caigamos en el alarmismo. (…) En todas las comunidades autónomas hay capacidad de hacer test y con una solvencia total. El sistema sanitario está preparado para hacer frente a la situación.”

Ese mismo día el impresentable portavoz de Podemos, Pablo Echenique, se lanzó con su degradado sentido del humor a apoyar las tesis gubernamentales:

“En las portadas y en las tertulias, el coronavirus corre desbocado y es una peligrosísima pandemia que causa pavor. En el mundo real, el coronavirus está absolutamente controlado en España.”

Y como remate, el inevitable Dr.Simón, que todavía comparece públicamente en vez de haber sido procesado por tratarse de uno de los principales culpables de la expansión y grave afectación del coronavirus en la población española, característicamente entre los miembros del personal sanitario y de residencias y farmacias:

“Lo cierto es que en las zonas donde no se han identificado casos, no hay ningún riesgo. Por lo tanto, yo creo que la población tiene que entender los riesgos a los que se expone, los riesgos reales, no los ficticios a los que se exponen y ahí yo creo que sí que hay detalles que nos pueden ayudar para ir normalizando la situación, allí donde hay que normalizarla y donde se tienen que hacer medidas extras, no se preocupen que Salud Pública de cada comunidad autónoma las hará. El uso de las mascarillas sí que puede ser interesante en los pacientes con sintomatología. Pero no tiene sentido que la población ahora mismo esté preocupada por si tiene o no tiene mascarillas en casa. ¡Ninguno! Por tanto, es importante que la población no asuma mecanismos de protección que pueden no tener sentido. España, yo creo que ya se lo hemos dicho en múltiples ocasiones, no recomienda medidas de cribado en los aeropuertos.”

Esto es: como ahora mismo en que el Gobierno Sánchez-Iglesias ha decidido que lo mejor es no tomar ya nuevas (o viejas) medidas porque ahora les corresponde a los gobiernos de las CCAA asumir la responsabilidad y, tal vez, compartir la culpabilidad de sus negligentes decisiones con el Ejecutivo “de Progreso”. Pero la seguridad en los aeropuertos, los principales accesos del coronavirus a nuestro país (especialmente los de Barajas y El Prat), ¿a quién compete?

CONCLUSIÓN

Jano García dirige en la actualidad el programa En libertad que se retransmite a través de iVoox y You Tube y cuenta con cientos de miles de seguidores, a los que pudo alertar ya en febrero de la magnitud de la pandemia de coronavirus pese a la hostilidad manifiesta de las fuentes oficiales y sus sicarios en TV e Internet (redes sociales, sobre todo) hacia la verdad de la amenaza y sus consecuencias sanitarias y económicas sobre la población española.

Escrito como pieza de urgencia para su publicación, adolece por momentos de un estilo descuidado así como de partes que dan la impresión de servir de relleno a la cronología exhaustiva de los hechos, con una mezcolanza entre la exposición bruta de los mismos y el aderezo de sus opiniones sobre la gestión de la crisis que no redunda en la utilidad y valentía de la obra. De hecho, García trata superficialmente algunas cuestiones como la manipulación específica del medio televisivo, o las mismas ideologías totalitarias, que merecen siempre (por su relevancia intrínseca) más precisión conceptual y mayor despliegue de fuentes corroboradoras que las que aporta el autor.

Tal vez se podría haber ahorrado dichas partes, porque para el mes de mayo, cuando el autor remata el libro, ya disponía de material suficiente para continuar apuntalando sus tesis más allá del 14 de marzo, fecha (última de las citadas) en que el Gobierno Sánchez-Iglesias declara el estado de alarma.

En vez de ello, expone sus conclusiones en el último capítulo del libro de modo general:

“España está viviendo un cambio de régimen encubierto por los medios de comunicación, esos embusteros que obedecen al que paga y que son activistas, no periodistas. La crisis económica que vamos a sufrir no tiene parangón. El Gobierno de Sánchez ha decidido que, para conseguir imponer este nuevo modelo en el país, debe eliminar por completo a la clase media y asfixiarla económicamente. Son cientos de miles las empresas que van a desaparecer en España tras esta pandemia. (…) Más allá del terrible resultado en la gestión sanitaria, los números demuestran que el confinamiento generalizado y la paralización masiva de la producción durante tanto tiempo son un error. Pero adviértase que era nuestra única posibilidad para detener la propagación del virus debido a la inacción del Gobierno a la hora de tomar medidas preventivas.”

Y, taxativo, asevera (en una opinión que comparto):

“El estado de alarma no debe volver a ser aplicado por esta pandemia. Los ciudadanos deben ser los que decidan libremente su destino. El miedo a morir no puede acabar con la ilusión de vivir. El estado de alarma se ha utilizado para fines políticos que refuercen la manipulación de masas a través de la eliminación de los contrarios en redes sociales. El aumento del control del contenido en las redes ante el espectacular auge vivido de su uso, como era lógico en una situación de confinamiento para la inmensa mayoría de los ciudadanos, debería ponernos en alerta.”

Aunque su muy negativa opinión de la “masa social” le haga ser pesimista -no seré yo quien le lleve la contraria-, al menos ha publicado un testimonio de indudable valor documental, probablemente el primero en España sobre la específica e incesante manipulación masiva que hemos padecido los ciudadanos a manos de este genuino Gobierno de la Mentira. Sólo por eso, representa un esfuerzo notable y espero que tenga el debido éxito en su difusión.

Mediocracia

…es el término que utiliza el profesor universitario Alain Deneault (Quebec, 1970) para significar -más que “el Gobierno de los mediocres” o “cuando los mediocres llegan al Poder” con que se subtitula la obra en español- la aparición/creación de unas nuevas élites desde la media estadística, en contra por tanto de la selección meritocrática o “selección de los mejores”.

“El término mediocridad designa lo que está en la media, igual que superioridad o inferioridad designan lo que está por encima y por debajo. No existe la medidad. Pero la mediocridad no hace referencia a la media como abstracción, sino que es el estado medio real, y la mediocracia, por lo tanto, es el estado medio cuando se ha garantizado la autoridad. La mediocracia establece un orden en el que la media deja de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y pasa a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar. Y si reivindicamos nuestra libertad no servirá más que para demostrar lo eficiente del sistema.”

Desde la introducción nos ofrece el perfil buscado por los mediócratas:

“No esté orgulloso, no sea ingenioso ni dé muestras de soltura: puede parecer arrogante. No se apasione tanto: a la gente le da miedo. Y, lo más importante, evite las “buenas ideas”: muchas de ellas acaban en la trituradora. Esa mirada penetrante suya da miedo: abra más los ojos y relaje los labios. Sus reflexiones no solo han de ser endebles, además deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa. Eso nos facilitará meterlo en el cajón apropiado.”

Una selección de los conformistas del futuro que consecuentemente depara, en todos los ámbitos que explora el autor -del capitalismo financiero al mundo universitario y de la investigación, al de la producción cultural-, unas consecuencias cuando menos inquietantes, si bien Deneault parece exacerbar su crítica a veces con el objeto de obtener un cambio en la misma conducta del lector.

“La política es lo que sucede cuando las personas que pertenecen a una comunidad se dotan a sí mismas de la capacidad de debatir y definir los principios fundamentales que rigen la vida en sociedad. Por lo tanto, actuar políticamente implica ubicar nuestro discurso y nuestra acción más allá de las coordenadas sociales a las que estamos confinados por el poder institucionalizado, y debatir todas las reglas y mecanismos que nos obligan a situarnos aquí y de este modo. Tenemos que estar menos involucrados en seguir el juego de la actual dinámica gerencial, financiera, capitalista y ultraliberal -y en esa esperanza de poder extraer de ella algún beneficio- para poder dedicar más energía al establecimiento de nuevas reglas formales.”

Porque de la mano de Karl Marx y Max Weber, Georg Simmel o Rosa de Luxemburgo, Camus, Marcuse y Naomi Klein y Steven Pinker, el autor presenta este libro en parte como un ensayo y en parte como llamada a la acción, como demandaría la praxis marxista, ante las múltiples evidencias de cómo unas élites políticas oligarquizadas por grandes multinacionales o superpróceres locales se avienen a cuanto dislate les es propuesto, aquí como en África, en Canadá como en China, por aquellos que sólo tienen como fin el lucro a toda costa –“la economía de la avaricia”-.

“La mediocracia nos anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante. Nos convierte en idiotas. Que pensemos el mundo en términos de medias variables resulta del todo comprensible; está claro, por supuesto, que algunas personas se asemejan muchísimo a estas figuras medias, pero que deba haber un mandato mudo que conmine a todo el mundo a convertirse en algo idéntico a esta figura media es una idea que algunos jamás llegaremos a aceptar. La palabra mediocracia ha perdido el significado que pudo haber tenido en el pasado, cuando describía el poder a manos de la clase media. Ahora no alude tanto a la dominación de las personas mediocres como a la dominación creada por las propias maneras de la mediocridad; alude al estado de dominación que las establece como divisa de significado y a veces también como la base para la supervivencia, hasta el extremo de que todos los que aspiran a algo mejor y se atribuyen soberanía acaban sometidos a sus palabras vacías.”

UNIVERSIDADES, CIENCIA Y EXPERTOS

Deneault, que en 2017 escribiera Paraísos fiscales. Una estafa legalizada, es profesor de Sociología en la universidad de Quebec y director del programa del Collège International de Philosophie de París. Ello no impide, sino todo lo contrario, que de las cuatro partes en que estructura el libro dedique la primera a darle un repaso al estado de la cuestión en la Universidad, antes de ponerse con el capitalismo financiero y las multinacionales, el mundo de la cultura y la cultura misma de la corrupción organizada.

“La universidad es uno de los componentes del actual aparato industrial, financiero e ideológico: en ese sentido, se puede argumentar su pertenencia a la “economía del conocimiento”. Las empresas ven la universidad como un proveedor, financiado con fondos públicos, de los trabajadores y de los conocimientos avanzados que necesitan.”

A su juicio, esta mercantilización de las facultades dedicadas a vender profesionales para los puestos que demandan las empresas fomenta precisamente la mediocridad en las aulas, desde el momento en que lo que menos se les requiere a los alumnos es destacar sobre el resto o dar muestras de una gran vocación. La Universidad, parece querer decirse, está para otra cosa; y Deneault entiende que entonces se trata de crear tanto los trabajadores como los consumidores del día de mañana. ¿Dónde queda la Universidad como centro de cultivo del espíritu, sede de la crítica y templo del saber?

“El hábito académico consiste en dejarse dominar. La universidad se encuentra en un estado completamente caótico y solo el dinero parece aportar algo de consistencia a sus prácticas. Se ha rendido, lo que define su visión acerca de cómo debe emplearse el lenguaje en las investigaciones. Los textos académicos se basan en una norma implícita que se convierte en explícita en cuanto alguien la quebranta: la prosa de un autor solo se considera científica si mantiene un tono neutral, tranquilo y comedido.”

Respecto a la capacidad de investigación universitaria, el autor incide en que muchos proyectos son redirigidos por los clientes que financian los centros, mientras que la propia Universidad que los contrata fuerza a veces a la hiperproductividad a los investigadores. Algo por el estilo sucede cuando los científicos, por mor de lograr financiación pública o privada para sus investigaciones, caen en la ansiedad de la publicación de artículos para alcanzar notoriedad, cuando a veces no aportan nada nuevo, son reiterativos o, en el peor de los casos, plagios de otros trabajos y tesis.

“Cuando un profesional recién reclutado por el ámbito académico universitario se somete a intimidatorios ritos de iniciación, aprende que las dinámicas del mercado siempre se imponen sobre los principios fundacionales de las instituciones públicas, pues el objetivo es saltarse tales principios.”

Este arquetipo de la mediocridad es necesario para mantener el Poder real en la sombra, mientras los nuevos portavoces “expertos” o “profesionales” lo dotan de justificación política revestida de las galas del conocimiento y la ciencia.

“La figura central de la mediocracia es, por supuesto, el experto con el que la mayoría de los académicos actuales se identifican. Su pensamiento nunca es del todo suyo propio, sino que pertenece a un orden de razonamiento que, si bien se encarna en él está guiado por intereses concretos. El experto trabaja para convertir propuestas ideológicas y sofismas en objetos de conocimiento que parezcan puros: esto es lo que caracteriza su labor. Por este motivo no se puede esperar de él ninguna propuesta potente ni original.”

En consecuencia:

“Para los poderosos, la persona mediocre es el individuo medio a través del cual pueden transmitir sus órdenes y establecer su autoridad sobre una base más firme.”

SEGUIR EL JUEGO: LA CENSURA CÓMPLICE

“Los poderes establecidos no deploran el comportamiento medio, lo convierten en obligatorio. Se está instituyendo un nuevo tipo de mediocracia. La mediocridad ya no se asocia, tal como imaginaron quienes conformaban las élites en el siglo XIX, a la idea de unos intelectuales autodidactas y propietarios de comercios, convencidos de su propia inferioridad, que tratan laboriosamente de ir adquiriendo conocimientos y de participar de las artes reservadas a las clases dirigentes. La mediocracia ahora la encarnan los estándares profesionales, los protocolos de investigación, los procesos auditores y los calibrados metodológicos desarrollados por las organizaciones dominantes para que sus subordinados puedan ser intercambiables. Este es el orden en que lo artesano cede ante la funcionalidad, las prácticas ante las técnicas, la destreza ante la implementación.”

Para Deneault, la máxima expresión de todas las corrupciones cabe en la frase “seguir el juego”, en su opinión “un bálsamo para la conciencia de todo actor fraudulento”.

Con esta misma actitud de mirar para otro lado, y pese a estar bien equipados para acorralar a entidades culpables de fraude fiscal a gran escala, los inspectores de Hacienda prefieren acechar a las camareras que no declaran las propinas. Los agentes de policía echan el cierre a sus investigaciones en cuanto se dan cuenta de que han topado con alguien del entorno cercano al gobierno, mientras los periodistas reproducen el lenguaje tendencioso de las notas de prensa difundidas por los poderosos y eligen seguir nadando a ciegas ignorando las corrientes de movimientos históricos, a los que prefieren no dedicar su atención.”

De hecho, “seguir el juego” es práctica tan generalizada en Occidente en las relaciones con el Poder -pese a dos siglos y medio que han pasado desde la Revolución Americana– que verdaderamente ejerce en los tiempos actuales una perversa censura sobre los que, al no aceptar el juego en sí, se ven expuestos a todo tipo de reproches, vejaciones o presiones, cuando no son depurados de sus cargos y apartados de su trabajo.

“Colectivamente, seguir el juego significa comportarse como si no importara el hecho de que a lo que estamos jugando es a la ruleta rusa, nos lo estamos jugando todo, estamos jugándonos la vida. Sólo estamos jugando, es divertido, no va en serio, no es de verdad, no es más que un simulacro que nos envuelve en su risa perversa. El juego al que se supone que tenemos que jugar siempre se presenta con un guiño, como un ardid que hasta cierto punto podemos criticar, pero cuya autoridad sin embargo aceptamos. Al mismo tiempo, tenemos cuidado de no explicitar las reglas generales del juego, porque están inextricablemente entreveradas con estrategias concretas que son personales y arbitrarias -por no decir abusivas- la mayoría de las veces. En la mente de personas que se creen listas, la falsedad y las trampas se conciben como un juego implícito, llevado a cabo a expensas de personas a las que consideran estúpidas. Seguir el juego, pese a lo que quiera uno pensar si es que pretende engañarse, significa no regirse nunca por nada más que la ley de la codicia. Esta forma de pensar le da la vuelta a la definición de oportunismo: el oportunismo es hoy una necesidad social ajena a la persona, pero requerida por la sociedad.”

El autor presenta casos de su país, con la coyunda entre políticos y grandes fortunas como forma práctica de gobierno y gestión de los asuntos públicos desde hace décadas, y procura concienciar al respecto con un discurso cada vez más netamente político-filosófico:

“Existe un orden muy real de poder que no se traduce en ningún cuerpo constitucional ni ninguna institución públicamente reconocida. No hay elecciones, tribunales, estructuras ni oposición que puedan articular o enmarcar este poder tan autocelebratorio. (…) Este orden elitista, ajeno a cualquier forma constitucional de poder, fagocitará otras formas de poder tradicionalmente reconocidas, tal como se aprecia en la manera que tiene de acoger a políticos y a otras figuras relacionadas con instituciones formales. (…) Este orden reúne a propietarios con capacidad de registrar sus bienes, o los de los bancos y multinacionales que gestionan, en jurisdicciones acomodaticias (como los paraísos fiscales) para poder llevar a cabo operaciones financieras de espaldas al control de estados en los que se aplica la ley. En este sentido, son soberanos, pero ejercen su soberanía en privado, sin ninguna estructura formal conocida ni reconocida.”

Y de este último aserto pretende Deneault (tal vez por deformación profesional) extraer la conclusión de la absoluta novedad de este estado de cosas, como queriendo apuntarse un tanto como investigador:

“La definición y descripción de estas nuevas estructuras de poder elude los conceptos tradicionales de la filosofía política y las formas establecidas de la teoría constitucional en torno a la soberanía del Estado. Nos obligan a definir nuevas formas de poder y a redefinir los términos del léxico político que suele emplearse para hablar de la evolución de nuestro mundo.”

CORRUPTURA: ¿REVOLUCIÓN?

Sin embargo, y con no pocos resabios marxistas, el autor se asoma a la identificación de estas “nuevas estructuras de poder”:

“Finalmente, convengamos que el régimen en el que ahora mismo nos encontramos no supone una amenaza para la democracia, sino que ya ha llevado a cabo aquello con lo que amenazaba. Llamémoslo plutocracia, oligarquía, tiranía parlamentaria, totalitarismo financiero o cualquier otra cosa. Debatamos sobre cuál es la mejor manera de definir este poder ultraprivado. Una de sus características, que sin duda lo identifica como una oligarquía, es su capacidad de capturar y codificar cualquier actividad social para convertirla en parte del proceso de capitalización que enriquece a quienes ocupan sus tronos en la cúspide de la jerarquía. Cantar, coleccionar sellos, darle a una bola con un bate, leer a Balzac o fabricar motores: sea cual sea, la oligarquía se asegura de que cualquier actividad socializada, por magra que resulte, se inserte en el sistema que gestiona las inscripciones y los códigos en beneficio de la concentración de poder por arriba. Toda actividad humana se organiza de tal manera que esta aumente el capital de quienes supervisan las operaciones que se van agregando. Esto nos empobrece en todos los sentidos.”

Como colofón, ya con un tono desafiante y panfletístico, Deneault llama a la “corruptura” de todos con la situación:

“Una vez que hayamos encontrado el nombre correcto para estos regímenes, se requerirá de nosotros que nos resistamos a ellos si somos demócratas o que nos pongamos manos a la obra para derrocarlos. Esto implica romper con el nuevo orden, forzar una ruptura con sus lógicas dañinas y destructivas y emanciparnos colectivamente. Debemos ejercer esta ruptura todos juntos: será una corruptura.”

O bien:

“Es el momento de que cambiemos los fundamentos del régimen establecido. A partir de ahora, la fuerza corruptora seremos nosotros. Tenemos que poner en marcha la corruptura con respecto a estas terribles formas de poder para generar otras distintas.”

Está hablando, a estas alturas, de Revolución, si bien pretende dotar al concepto de un aura propia de la lógica del lenguaje:

“nos parece imposible pensarnos como revolucionarios de una manera que no sea romántica. Y, sin embargo, la revolución -entendida como el hecho de derrocar y de hacer que formen parte del pasado instituciones y poderes que causan un grave perjuicio al bien común- es un trabajo de una urgencia extrema, incluso aunque se trate únicamente de salvaguardar cualquier ecosistema que aún tenga opciones de sobrevivir al ciego proceso de destrucción llevado a cabo por la gran industria y las altas finanzas, o de conseguir que quienes toman las decisiones económicas modifiquen radicalmente su manera de pensar en favor de los miles de millones de personas desfavorecidas que en la actualidad experimentan en sus cuerpos un nivel desquiciante de exclusión social.”

Pese a sus excesos dialécticos, Mediocracia resulta estimulante por su crítica previa al conformismo, al par que identifica básicamente las carencias del capitalismo financiero y sucesivamente las fallas de las democracias liberales, sobre todo a la hora de proteger a los ciudadanos de los efectos perniciosos de esta adulterada “economía de mercado”. Crítico de la política canadiense como de la francesa, las reflexiones de Deneault sobre la absolutización del “centro” en política son tan sugestivas como esclarecedoras:

“Este es el orden político del extremo centro. Sus políticas encarnan no tanto una ubicación exacta sobre el eje izquierda/derecha como la supresión de dicho eje, que se sustituye por un único enfoque que afirma contener las virtudes de la verdad y de la necesidad lógica. Esta maniobra se revestirá de palabras vacías o, peor aún, será el poder el que se defina con palabras asociadas con aquello que más odia: la innovación, la participación, el mérito y el compromiso. Aquellos cuyas mentes no participen de semejante farsa serán excluidos y esta exclusión, naturalmente, se llevará a cabo de manera mediocre, a través del rechazo, la negación y el resentimiento. Este tipo de violencia simbólica es un método constatado y comprobado.”

Falsos moderados, abanderados del pensamiento único… mediócratas a fin de cuentas.

Blanco

…es el último libro de Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964) -autor de uno de los superventas más transgresores de finales del siglo XX, American Psycho- y surge más como una reacción al asfixiante predominio de lo políticamente correcto de la mano de las políticas identitarias que como un deliberado ejercicio autobiográfico, si bien funciona asimismo a modo de memorias desperdigadas por su trayectoria vital y literaria.

A fin de cuentas, sólo recordar cómo era el mundo que conocimos nos permite contrastar el estado de delirio social que padecemos actualmente los occidentales -no sólo en los Estados Unidos de América- con aquella época libérrima en la que parecía que todo iba a ir progresivamente a mejor bajo la égida del Imperio USA y el triunfo de Madonna y Michael Jackson, las películas de Spielberg y la eclosión de los yuppies de Wall Street.

Un mundo que precisamente Ellis diseccionó en su American Psycho, dando a entender que bajo la fachada de alegre desenfado únicamente enfocado al éxito profesional, tan propio de la era Reagan, se escondía la personalidad vacua de gente que no sabía muy bien para qué deseaba llegar a lo más alto. Y, no obstante, aquellos tiempos de desparrame eran más asequibles para el común de los mortales que éstos, en cuanto que todavía se podían expresar opiniones discordantes.

El título refiere precisamente al paradigma vigente del blanco o negro que anula los matices en estos tiempos de enfermiza interconectividad vía redes sociales, las cuales fomentan el exhibicionismo emocional a despecho de surtir de presuntos argumentos victimizadores a aquellos cuyas vidas dependen aparentemente del número de likes que susciten sus fotografías o comentarios sentimentales sobre cualquier tipo de asunto o problema (real o no).

Desde la portada de color blanco, donde se resalta en negrita “Blanco” de una lista de términos que podrían calificar al propio Ellis –Escritor Crítico Tuitero Hater Lover Deslenguado Transgresor Hombre Blanco Privilegiado-, hasta los títulos de las partes que componen el libro -Imperio, Actuar, Álter ego, Postsexo, Gustar, Tuitear, Postimperio, Hoy día-, el autor confronta los modelos de su niñez como hijo de boomers (nacidos entre 1945 y 1965), las polémicas de su juventud como miembro de la generación X, y la actual deriva absurda de los menores de 40 años, de quienes se burla como pobres inadaptados infantilizados por redes y TV con una sensibilidad siempre a flor de piel, y un consecuente ánimo inquisidor que ya no deja resquicio alguno a la menor expresión de humor, se trate de ironía, juegos de doble sentido o mordacidad.

NIÑOS SIN PADRES ENCIMA

Como muestra de su infancia, una época en que si se iba al cine “los padres decidían qué películas veían los niños y nosotros íbamos con ellos y punto”, cabe extraer esta larga cita, ya sin padres cerca:

“Esta permisividad respecto al contenido no resultaría aceptable para la mayoría de los padres actuales, pero en el verano de 1976 no era extraño tener once o doce años y sentarse a ver varias sesiones seguidas de La profecía en un cine inmenso con una pantalla gigante (acompañado por los hermanos mayores de otros amigos a causa de la clasificación de la película, y disfrutando la decapitación a cámara lenta de David Warner) (…) Hojeábamos los libros de Jacqueline Susann y Harold Robbins de la librería de mi abuela y veíamos El exorcista en el canal Z (…) después de que nuestros padres nos prohibieran seriamente que no la viéramos, pero, por supuesto, la vimos de todos modos y, como era de esperar, alucinamos. Veíamos sketches de gente metiéndose cocaína en Saturday Night Live y nos sentíamos atraídos por la cultura disco y las películas de terror sin ironía. Consumíamos todo eso y nada nos afectó, nunca nos perjudicó porque la oscuridad y el mal humor de la época estaban por todas partes y reinaba el pesimismo, que se consideraba un atributo de lo moderno y enrollado. Todo era un timo, todo el mundo era corrupto y a todos nos criaban con comida poco saludable. Podría argumentarse que todo eso nos jodió, o quizá, desde otro punto de vista, que nos curtió. Visto con casi cuarenta años de distancia, probablemente nos hizo menos miedosos. Sí, éramos alumnos de sexto o séptimo en una sociedad donde no existían los filtros de protección paterna. No teníamos a nuestro alcance Tube8.com, ni vídeos de fisting en el móvil, ni Cincuenta sombras de Grey ni rap gangsta ni videojuegos violentos y el terrorismo todavía no había arribado a nuestras costas, pero éramos niños que vagaban por un mundo pensado prácticamente solo para los adultos. A nadie le importaba lo que viéramos o dejáramos de ver, cómo nos sentíamos ni lo que queríamos y todavía no nos había cautivado la cultura del victimismo. Comparado con lo que se considera aceptable hoy día, cuando se mima a los niños hasta convertirlos en inútiles, fue una edad de inocencia.”

Aunque tal vez la siguiente cita condense mejor la tesis básica del libro, con su nítido contraste generacional:

“A una edad muy temprana comprendí que no llevarse más que decepciones, desilusiones y penas convertía la alegría, la felicidad, la conciencia y el éxito en más tangibles y considerablemente más intensos. No nos daban medallas por hacer un buen trabajo ni nos premiaban solo por hacer acto de presencia: había ganadores y perdedores. Todavía no existían los tiroteos en las escuelas -al menos, no eran una epidemia-, pero nos pegaban, normalmente niños mayores y por lo general sin que nuestros padres se apiadaran de nosotros, ni tan siquiera lo comentaran. Y desde luego no nos decían que éramos especiales a la menor ocasión. (Sin embargo, no recuerdo que uno solo de mis compañeros de infancia y adolescencia se suicidara, ni en el ámbito nacional ni en la educación privada de Los Ángeles). Era el desafío descontrolado de las películas de terror lo que hacía que pareciera que el mundo funcionaba así: a veces ganabas, a veces perdías, así es la vida, todo esto me está preparando para algo, es lo normal. Esas películas reflejaban la decepción de la edad adulta y de la vida, decepciones que yo ya había presenciado en el matrimonio fracasado de mis padres, en el alcoholismo de mi padre y en mi propia infelicidad y alienación infantiles, con las que lidiaba yo solo y que trataba de procesar igual de solo. Las películas de miedo rodadas en los años setenta no tenían reglas y a menudo carecían de una historia de fondo tranquilizadora que explicase el mal y lo convirtiera en una metabroma posmoderna. ¿Por qué acosaba el asesino a las estudiantes de Navidades negras? ¿Por qué era poseída Regan en El exorcista? ¿Por qué nadaba el tiburón alrededor de Amity? ¿De dónde provenían los poderes de Carrie? No había respuestas, igual que no había justificaciones concretas y con un significado ulterior para el azar de la cotidianidad: las putadas ocurren, apechuga, deja de lloriquear, asúmelo, crece, joder. Aunque con frecuencia deseaba que el mundo fuera de otro modo, también sabía -y el cine de terror contribuía a confirmarlo- que nunca iba a cambiar, una constatación que a su vez me condujo a cierta aceptación. El terror suavizó la transición desde la supuesta inocencia de la niñez a la previsible desilusión de la vida adulta y, además, afinó mi sentido de la ironía.”

TRUMP COMO CONTRAMODELO

Para quien no conozca al autor ni su obra, resulta que hablamos de un libérrimo varón homosexual que conoció el éxito con poco más de veinte años con su primera novela Menos que cero, adaptada casi de inmediato al cine -con lo que eso supone en la industria del espectáculo USA: hacerse multimillonario-, y que no ha dejado de colaborar con guiones en series de televisión y películas de Hollywood hasta nuestros días.

No obstante, también Ellis se vio enfrentado a presiones y censuras, propias por lo demás de cualquier sociedad libre y plural, a cuenta de su celebérrima American Psycho:

“En noviembre de 1990, a dos meses del lanzamiento que Simon & Schuster había anunciado en primavera, la publicación se canceló. Se habían distribuido galeradas y algunos lectores defendían (lo hubieran leído o no) el libro que yo creía haber escrito, una tenebrosa farsa con un narrador poco fiable, pero no importó: el ruido de los ofendidos retumbaba demasiado, y fui expulsado de una organización a la que ni siquiera sabía que pertenecía. Al final me permitieron quedarme el adelanto y otra editorial (de hecho, más prestigiosa) compró los derechos y se aprestó a publicar el libro en rústica en la primavera de 1991, una semana después de que, supuestamente, terminaran los combates de la Guerra del Golfo. Conforme fueron pasando los años y la controversia que rodeó a American Psycho se calmó, la novela se leyó por fin con el espíritu con el que había sido creada: como una sátira. Y algunos de sus mayores paladines fueron mujeres y feministas, como Fay Weldon y Mary Harron, que la adaptó en una elegante comedia de terror protagonizada por Christian Bale y estrenada nueve años después en la que, a diferencia de lo sucedido en Las reglas del juego, todos los diálogos y las escenas estaban tomados del libro. Lo único que aprendí de todo este asunto fue comprender que no se me daba bien prever lo que irritaría a la gente porque a mí el arte nunca me había ofendido.”

Y, no obstante, casi tres décadas después el mismo escritor que había satirizado al establishment de su tiempo, representado por el “tiburón” financiero de Wall Street, se ve prácticamente obligado a terciar en la polémica antiTrump desatada por las mismas élites progresistas de Nueva York y Los Ángeles a las que él, gracias a su éxito literario, pertenece a su manera, y de hecho se permite recordar lo más obvio:

“En American Psycho había elegido a Donald Trump como héroe de Patrick Bateman y había investigado más de una de sus odiosas prácticas empresariales, sus mentiras descaradas, cómo había dejado que Roy Cohn ejerciera de mentor suyo o el tufo racista que no desentonaba del todo en un hombre con sus orígenes y su edad. Había leído Trump, el arte de la negociación y seguido su trayectoria, y había hecho los deberes necesarios para convertir a Trump en un personaje capaz de flotar por toda la novela y ser la persona a la que Bateman aludía siempre, a la que citaba y en quien aspiraba a convertirse. Los jóvenes, los tipos de Wall Street con los que traté durante mi investigación inicial, se sentían cautivados por él. Trump les inspiraba, algo que me inquietaba en 1987, 1988 y 1989, y por eso se le menciona más de cuarenta veces en la novela. Bateman está obsesionado con Trump, el padre que nunca tuvo, el hombre que quiere ser. Quizá por eso no me cogió por sorpresa cuando el país lo eligió presidente; en el pasado había conocido a mucha gente que lo admiraba, y ahora también. Desde luego, a uno podía no gustarle que lo hubieran elegido, y aun así entender y comprender por qué lo habían votado sin sufrir una crisis mental y emocional. Cada vez que escuchaba a ciertas personas perder los papeles hablando de Trump, mi primera reacción siempre era la siguiente: “Deberías medicarte, tienes que ir al psiquiatra, tienes que parar ya de permitir que ese “hombre malo” te ayude a concebir tu vida entera como un proceso de victimización». ¿Por qué se hacían eso? Seguro que había gente -los beneficiarios del programa de protección a los inmigrantes llegados en la infancia (DACA) o aquellos de los que se ocupaba el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE)- que estaba en su derecho de asustarse, pero ¿la clase media alta blanca de las universidades, de Hollywood, de los medios de comunicación y de Silicon Valley? Si odiabas a Trump, ¿por qué ibas a permitirle ganar metafórica además de literalmente? Pues eso es justo lo que ocurrió a lo largo del año siguiente y de 2018: la gente que detestaba a Trump se estaba obsesionando con Trump. Los progres ricos y privilegiados que yo conocía eran siempre los más histéricos y quienes peor lo pasaban.”

De hecho, acostumbrado a tener parejas millenials -varias de ellas judíos progresistas multimillonarios-, Ellis acaba por supurar la tensión que supone convivir con alguien que, lejos de representar una víctima objetiva de un «sistema injusto y opresor» (¿acaso no resuena aquí la cantinela de nuestros separatas y podemonios?), se pasa el día lloriqueando por la presunta afrenta inenarrable de tener a alguien como Trump de presidente de la Nación -cuando en rigor Trump perteneció hasta la llegada de Obama al Poder a esa élite neoyorquina del Partido Demócrata que agasajaba y financiaba a los Clinton a la menor ocasión-.

HOLLYWOOD O LA RENUNCIA A LA LIBERTAD

El libro repasa a vuelapluma diferentes episodios de la biografía literaria y cinéfila de Ellis, su educación sentimental y sus concepciones como crítico de los diversos fenómenos de masas de la cultura pop de los 70′ a nuestros días -de Richard Gere en American Gigolo, como momento fundacional de la iconografía gay en el cine, a las refrescantes bandas pop de los 80′, de Blondie a las Bangles-, sin cesar de intercalar mordaces apuntes y reflexiones morales sobre personajes convertidos por los medios de masas en «mitos» (o antimitos) y superestrellas como David Foster Wallace, Tom Cruise, Kanye West o Charlie Seen, por distintos motivos pero con un objetivo comprensivo: mostrar cómo la industria USA del entretenimiento ha pasado de fomentar la sexualidad de las figuras como medio legítimo de atraer lectores y espectadores a la taquilla y a los conciertos a convertirse en una especie de Inquisición de la No Ofensa hacia las Identidades Particulares, al devenir en el principal foco de censura y exclusión de los discrepantes de (o meramente ajenos a) la nueva sensibilidad de lo que Ellis ha denominado sarcásticamente “Generación Gallina”, en referencia a los millenials:

“Con cada vez menos empresas dirigiendo el cotarro (puede que pronto quede solo una) probablemente mis colegas se vieron en la necesidad de acatar las nuevas reglas: sobre el humor, sobre la libertad de expresión, sobre lo que era divertido y lo que ofendía. Los artistas -o, en la jerga local, los creativos- no debían forzar los límites, pasarse al lado oscuro, explorar tabúes, hacer bromas inoportunas ni llevar la contraria. Podíamos hacerlo, pero no si queríamos dar de comer a la familia. Esta nueva política te exigía vivir en un mundo donde no se ofendiera nunca a nadie, donde todos fueran siempre amables y educados y las cosas siempre inmaculadas y asexuadas, a poder ser incluso sin género, y ahí fue cuando comencé a preocuparme de verdad, cuando las empresas empezaron a querer controlar no solo lo que decías, sino también tus pensamientos e impulsos, incluso lo que soñabas. Teniendo en cuenta el aumento de la influencia de las compañías, ¿podría el público consumir productos que no estuvieran autorizados o que flirtearan temerariamente con la transgresión, la hostilidad, la incorrección política, la marginalidad, los límites de la diversidad y la inclusión forzosas, todo tipo de sexualidad o cualquier otro elemento que fuera condenado con la omnipresente etiqueta de “advertencia de contenido inapropiado”? ¿El público estaba dispuesto a que le lavaran el cerebro o ya había ocurrido? ¿Cómo podían trabajar los artistas en un ambiente donde les aterraba expresarse a su manera o correr grandes riesgos creativos que podían bordear la frontera del buen gusto o incluso la blasfemia, o que simplemente les permitieran ponerse en la piel del otro sin que se les acusara de apropiación cultural? Pongamos, por ejemplo, una actriz a la que se rechazara para un papel que se moría por interpretar porque -respira hondo, camarada- no se ajustaba perfectamente al personaje. ¿No se suponía que los artistas debían vivir en cualquier parte menos en un refugio alérgico al riesgo donde la tolerancia cero era la exigencia primera y primordial? A finales del verano de 2018, la situación no solo parecía pronosticar un futuro intimidatorio, sino un nuevo orden mundial de pesadilla. Y comprendí que yo mismo estaba cayendo en la hipérbole de la que acusaba a los demás, pero no podía evitarlo.”

Un libro valiente y necesario, que también incide en cómo las redes sociales e internet en general, con su facilismo a la hora de brindar con inmediatez cualquier tipo de satisfacción primaria al usuario, ha acabado por erradicar el riesgo, el esfuerzo y el mero deambular por las afueras de nuestro cómodo refugio para procurarnos lecturas, música, cine o sexo. O mero contacto conversacional con otros seres humanos y con la propia realidad.

Se le puede augurar, pues, una bienvenida en el mercado anglosajón (al menos) similar a la que le ha deparado a Woody Allen la publicación de sus memorias A propósito de nada -de las que también procuraré tratar próximamente en esta misma página, antes de que la Nueva Inquisición Progresista de los Ofendidos las haga registrar en su particular y demencial Índice de Libros Prohibidos-.

En tiempos de contagio

…es la obrita (75 páginas en la edición en español, con capítulos de un par de páginas en su mayoría) que se ha sentido llamado a escribir el italiano Paolo Giordano, autor de la exitosa novela La soledad de los números primos -que no he leído-. Una reflexión que en rigor poco aporta a estas alturas de mayo, aunque cabe reconocerle la reunión de prácticamente todos los lugares comunes recogidos en la Prensa europea durante estos meses.

El libro no tiene de hecho otra tesis que la afirmación de que es necesario un cambio en la conducta del hombre de nuestros días, si bien no concreta excesivamente los puntos en que debiera producirse dicha metamorfosis. Vagas nociones acerca de que el hombre no es una isla y en consecuencia la responsabilidad individual puede suponer un bien común para el género humano no pasan de obviedades, pese a su pretendida apoyatura matemática.

Comienza el libro precisamente refiriéndose a la importancia de las matemáticas a la hora de tratar este tipo de crisis, lo cual no deja de resultar evidente para cualquiera con dos dedos de frente:

“Antes de ser emergencias médicas, las epidemias son emergencias matemáticas. Porque las matemáticas no sólo son la ciencia de los números, sino ante todo la ciencia de las relaciones: describen los vínculos e intercambios entre entes diversos sin importar su naturaleza, abstrayéndolos en forma de letras, funciones, vectores, puntos y superficies. El contagio es una infección de nuestra red de relaciones.”

Explica además que el SARS-Cov-2 es un virus ARN, “la forma de vida más elemental que conocemos”, y aduce que para el mismo

“toda la humanidad se divide en tres grupos: los Susceptibles, es decir, todos aquellos a quienes todavía podría contagiar; los Infectados, a quienes ya ha contagiado; y los Removidos, es decir, aquellos que ya no pueden contagiarse de nuevo porque han fallecido o se han curado”.

Pero lejos de establecer modelos para no perderse en los vericuetos y vías por que se ha expandido el virus, o fijar su rapidez de propagación, Giordano se limita a ofrecer un ejemplo que le sirve luego para conminarnos a la reclusión, cuanto más solitaria mejor:

“Pongamos que somos siete mil quinientos millones de canicas susceptibles y estáticas hasta que, de pronto, una canica infectada nos alcanza a toda velocidad. Esa canica infectada es el paciente cero de la enfermedad. Antes de detenerse logra chocar contra dos canicas que por su parte salen disparadas y chocan contra otras dos cada una. Y así una vez, y otra, y otra.

El contagio empieza así, como una reacción en cadena. En una primera fase crece de una forma que los matemáticos denominan exponencial: cada vez más personas resultan infectadas en menos tiempo. Saber exactamente cuánto tiempo depende de un número que es el corazón oculto de toda epidemia. Se indica con el número Rsub0 y cada enfermedad tiene el suyo.”

Al parecer, el SARS-Cov-2 tenía inicialmente una media de 2,5 contagiados por cada infectado, y lo deseable sería reducir el número a menos de 1.

“La buena noticia es que Rsub0 puede cambiar y, en cierto sentido, depende de nosotros: si reducimos las probabilidades de contagio, si cambiamos nuestro modo de actuar para dificultar que el virus se transmita de una persona a otra, Rsub0 disminuye y el contagio se reduce. Ésa es la razón por la que ya no vamos al cine.”

También lanza la perorata habitual sobre las noticias falsas y su rápida expansión -digamos que como este virus, comparación trillada donde las haya máxime en estos tiempos de internet en los que todos hemos comprobado la existencia de millones de “troyanos” y “gusanos” tirando abajo hasta los sistemas informáticos de las grandes administraciones y asimismo de las más sofisticadas empresas de telecomunicaciones-.

“Las noticias falsas se difunden igual que una epidemia. De hecho, el modelo para estudiar su propagación es el mismo: frente a una información errónea somos Susceptibles, Infectados o Removidos. Y cuanto más nos asusta, nos indigna o directamente nos enfurece esa información, más vulnerables somos al contagio.”

Y es por aquí por donde tiene que asomar la patita este otro agorero del apocalipsis climático, que parece reconocer a la Thunberg cierta autoridad moral mientras se refiere a los incendios en la Amazonía o en Australia y a otra serie de desastres (no siempre causados por el hombre) que inciden en la desaparición de las especies y, a su juicio, en la migración de los virus y bacterias de unas a otras, hasta alcanzar al hombre mediante zoonosis (transmisión vírica desde animales a hombres).

“Los virus se cuentan entre los muchos prófugos de la destrucción del medio ambiente, junto con las bacterias, los hongos y los protozoos. Si por un momento fuésemos capaces de dejar a un lado nuestro egocentrismo nos daríamos cuenta de que más que ser los nuevos microbios quienes vienen a nuestro encuentro, somos nosotros quienes los desahuciamos de sus hábitats.”

Ciertamente, no hace falta una superextinción para que ratas, moscas y mosquitos nos contagien todo tipo de enfermedades, como otros animales del ámbito doméstico que no corren dicho peligro -vacas, cerdos, caballos, gallinas, palomas, perros, gatos- pueden transmitirlas también, y lo seguirán haciendo en el futuro. El ejemplo claro es el de la rabia, con la que logró lidiar un tal Pasteur hace ya siglo y miedo.

Como resumen de la actitud del autor, cada vez más extendida entre ciertos círculos intelectuales y elitistas, podría ofrecerse la cita que aparece en la portada de la edición española del libro:

“Como buen hipocondríaco, de tarde en tarde le pido a mi mujer que me tome la temperatura, pero eso es harina de otro costal: no tengo miedo de caer enfermo. ¿Y de qué tengo miedo? De todo lo que el contagio puede cambiar. De descubrir que el andamiaje de la civilización que conozco es un castillo de naipes. De que todo se derrumbe, pero también de lo contrario: de que el miedo pase en vano, sin dejar ningún cambio tras de sí.”

Hipocondríaco o no, con miedo a que nada cambie o a que todo cambie para mal, desde luego Giordano ha decidido no perder el tiempo a la hora de sacarse unos cuantos euros -bien pudiera ser que por encargo de su editora-, así que cabe aplicarle también a él (como a la joven Greta, a su hermana y a sus padres) el calificativo de “arboricida”.

¿En verdad hacía falta publicar este libro, que apenas rebasa con sus simplones análisis la primera semana de marzo (cuando en Italia no podían ni sospechar hasta qué punto la estaban pifiando las autoridades, ni por ende la magnitud de la tragedia que aún perdura allí como en España y otros tantos países occidentales)?

¿No hubiera sido más sensato, económico (para la Madre Naturaleza, vaya) y honrado esperar para ahondar algo en causas y consecuencias a conocer mucho mejor la verdadera dimensión de la Covid19, sus orígenes y desarrollos y efectos reales en la salud individual de muertos, recuperados y asintomáticos?

Si de algo se puede estar seguro pese a todos los coronavirus pasados, presentes y futuros es de que el dinero nunca descansa, y en fin: quizás sea éste uno de los únicos motivos de esperanza en el momento actual (aunque Giordano tal vez fingiría sentirse escandalizado).

La democracia robada

…expresa el diagnóstico de Carlos Martínez Gorriarán (San Sebastián, 1959), profesor de Filosofía de la UPV y uno de los fundadores del partido UPyD, sobre el régimen español actual, después de que su andadura al frente de la citada formación y en el mismo Congreso (2011-16) le acabara de convencer de la existencia de un entramado político-oligárquico que domina férreamente la vida pública desde hace décadas.

El mismo Gorriarán muestra su sorpresa ante el grado de corrupción del sistema por la estrecha y endogámica relación entre los presuntos representantes de los ciudadanos y los que viven de sus favores políticos, significadamente en aquellos sectores considerados “vitales” para la economía nacional: Banca, Energía, Telecomunicaciones…

“En 2007 aún no habíamos perdido la inocencia: desconocíamos la verdadera magnitud de la corrupción, de la politización de la justicia, de la colusión de intereses espurios entre política, finanzas y empresas que nosotros comenzamos a llamar -con mucho éxito- “capitalismo de amiguetes”; en fin, no conocíamos a fondo la podredumbre del corazón mismo del sistema que destapó la brusca crisis económica de 2008 y años sucesivos.”

Estructurada la obra en cuatro partes de similar volumen, el autor dedica la primera a explicar el origen y razón de ser de UPyD (“Génesis”), la segunda al contexto político en que nació y creció el partido (“España en la trastienda”), la tercera al análisis del actual régimen español (“Los males más profundos”) y la última al proceso de declive y práctica desaparición de la formación (“Una temporada en el infierno”).

LA POLÍTICA COMO COTO RESERVADO

En buena medida -como Cs respecto al PSC en Cataluña apenas un par de años antes- UPyD surgió ante la deriva del PSOE de Zapatero que buscó negociar secretamente con ETA su incorporación al “nuevo tiempo” en detrimento del PP (y de todos aquellos que jamás tragaron con el fraude y el entreguismo a los terroristas y sus padrinos abertzales).

Ahora bien, del núcleo fundador del partido sólo Rosa Díez tenía experiencia como política profesional, si bien Fernando Savater o Gorriarán nunca dejaron de protagonizar actos e iniciativas políticas como ¡Basta Ya! Pero la diferencia de grado del activismo con la representación le quedó bien clara al autor casi desde el principio:

“Hay una distancia inconmensurable entre lo que los profesores de filosofía o teoría política creen saber sobre esa actividad y lo que ésta resulta ser una vez metidos en harina. Hay una brecha que nadie puede aprender ni enseñar si no la vive. Dejando al margen a los peones de brega y figurantes para quienes ser “político” es un modo de ganarse la vida, la vida política es dura, ingrata y desagradable, salvo para las pocas personas cuya pasión por lo público compensa pérdidas como la del derecho al honor y a una vida normal. Puesto que la política es sencillamente imprescindible, tenemos que estarles agradecidos, incluso cuando no nos gustan demasiado.”

De hecho, lo que constata Gorriarán es la falta de implicación política del español medio, ya sea a través de la afiliación a partidos o sindicatos o mediante la participación en asociaciones y plataformas, lo que le lleva a citar a su por entonces compañero en UPyD Álvaro Pombo, quien rebajaba la presunta indignación ciudadana para con la crisis y la corrupción aludiendo a “la ira del español sentado”, así como a señalar como efecto contraproducente del pasotismo lo siguiente:

“Los partidos políticos grandes parecen una especie de asociación profesional de cargos electos y sus familias, y de firmes aspirantes a serlo. Esto hace que su financiación dependa casi exclusivamente de las subvenciones públicas y de formas menos santas, como el cobro de comisiones ilegales, el tráfico de influencias, las facturas falsas y el desvío de subvenciones finalistas a usos ilegales, como los gastos de campaña electoral. Es decir, la baja implicación social en la política estimula la corrupción.”

De esa necesidad sentida de regenerar la política sin recurrir a la impugnación total nació UPyD, que precisamente fijó en la agenda pública (a lo largo de su existencia de algo más de una década) las cuestiones más candentes de la actualidad, pero no de manera ideologizada sino rigurosamente técnica, con el objeto de remediar situaciones concretas de la vida nacional y con ello los problemas reales de los ciudadanos.

En frente se encontraron, sin embargo, la vieja dialéctica de las facciones de Derecha e Izquierda, encantadas de agitar sus banderas en público para impedir cualquier acuerdo o reforma sustancial, mientras en privado no han dejado nunca de establecer pactos vergonzosos con la coartada moral del “consenso” para la “estabilidad política”.

“PSOE, PP y sus sempiternos aliados nacionalistas querían mantener tal cual la Ley Electoral de 1976 (la LOREG), cada vez más injusta por razones demográficas, porque les daba gran ventaja sobre posibles competidores nacionales; compartían el reparto del gobierno de los jueces (el CGPJ) mediante miembros elegidos por ellos para controlar la justicia en la medida de lo posible; también la colonización con cuotas de partido de todas las instituciones públicas, de RTVE al Banco de España; estaban de acuerdo en protestar contra la corrupción cuando fuera del contrario, y de acuerdo en no hacer nada efectivo para erradicarla; en aprobar nuevas y peores leyes educativas cuando lograban mayoría parlamentaria; en mantener el sistema de puertas giratorias entre grandes empresas y política que convierte a cargos cesantes en ejecutivos empresariales; en privilegiar al nacionalismo con concesiones incesantes e irrecuperables, y en un largo etcétera.”

TRANSVERSALIDAD PARA PROGRESAR

Lejos de convertirse en un “catch all party”, UPyD tenía unas señas de identidad más marcadas que PSOE o PP después de años de desdibujamiento de sus respectivos idearios, o que las que ha llegado a exhibir Cs. Básicamente porque su programa apuntaba a las cuestiones fundamentales y no partía de sistemas ideológicos cerrados.

“A pesar del desgaste del concepto por el excesivo manoseo, reivindicamos el progreso social. Progresista o progre se había convertido en la etiqueta de los votantes de la vieja izquierda, de los incondicionales de la literatura y el cine panfletario, del feminismo radical y su ideología de género, de quienes no podían pronunciar “España” por considerarse antifascistas, de los partidarios del nacionalismo y del olvido de ETA y, en resumen, de los sectarios enemigos, casi mortales, de la derecha (excepto de la nacionalista). En ese ambiente maniqueo parecía imposible declararse progresista y, por ejemplo, amigo de la tauromaquia pero no de la concepción subrogada, como hacía Fernando Savater.”

Su éxito inicial correspondió, por tanto, a una defensa estricta de los intereses del común y a una visión nacional de los problemas y las soluciones determinada por las experiencias y comentarios de muchos que a Izquierda y Derecha plantearon su crítica desde los orígenes del régimen actual, siendo casi todos invariablemente ninguneados o silenciados -y, en algunos casos, asesinados por ETA o, en el caso de Cataluña, expulsados por Terra Lliure-.

Al respecto, antes de la irrupción de Vox en el panorama político español, UPyD ya planteaba que el Estado asumiera las fundamentales competencias en Educación, Justicia, Sanidad e Interior, única garantía de igualdad y equidad entre españoles quebrada desde el principio en aras del “consenso” con quienes jamás aceptarían la legalidad vigente y la unidad nacional.

“La organización territorial española es innecesariamente confusa y a la vez rígida, con sus cuatro niveles de municipio, provincia, comunidad autónoma y Estado. O cinco, si añadimos la pléyade de entidades comarcales o intermunicipales, y seis con la Unión Europea, como proclaman tantos carteles informativos de obras públicas y eventos en los que participan todos los entes abajofirmantes. La proliferación administrativa absorbe muchos recursos: alguna de las decimonónicas diputaciones provinciales dedica el 80% de sus ingresos al gasto corriente, es decir, a mantener oficinas y remunerar a cargos y empleados, pero son la excusa para rechazar las fusiones de municipios que muchos países europeos han acometido, y algunos más de una vez, para ahorrar en gasto administrativo y racionalizar inversiones.”

En el mismo sentido, Gorriarán detecta el mayor problema para la cohesión nacional y la igualdad de los ciudadanos en la entrega de la Educación a los gestores autonómicos, cargados éstos no de razón sino de intereses poco confesables como los de ejercer su dominio omnímodo sobre aquella parcela ocupada hegemónicamente por los propios.

“La política educativa ha sido una de las mayores desgracias del sistema de la Transición. Sin el menor debate, la educación fue repartida como un botín entre los poderes territoriales; junto con la sanidad, fue el primer desmantelamiento integral del Estado, fracturado en 17 sistemas y 11 leyes educativas divergentes. Se admitió sin más que el nacionalismo tenía derecho a convertir la educación en medio de adoctrinamiento y de ingeniería social mediante el incongruente concepto de “normalización lingüística” encargado de construir en treinta años las naciones imaginarias que los nacionalistas decían encarnar. Nadie ignora la importancia de la educación como sistema de inclusión e igualación social y cultural, así que la renuncia de España fue un suicidio sin precedentes en ningún país con alguna autoestima colectiva. Nadie influyente pensó en los derechos de los niños y los docentes, ni en el futuro de un país desaparecido de las aulas separatistas y supremacistas. La desaparición del sistema nacional de educación, con el correlato de la supresión de la libertad de elección de lengua educativa en Cataluña (y de modo no tan radical, también dificultada en País Vasco y otras comunidades bilingües), desapareció también de las agendas políticas. Sin embargo, la propuesta para que la educación volviera a ser un sistema único competencia del Estado era una de las reclamaciones exclusivas de UPyD más populares, otra prueba de la creciente brecha entre la agenda política oficial y las preocupaciones sociales.”

Y EN ÉSTAS LLEGÓ LA CRISIS

El autor rememora cómo la crisis financiera mundial se ensañó particularmente con España bajo el Gobierno de Zapatero, alguien inepto en lo económico rodeado de una caterva de mentirosos (Solbes, Fernández Ordóñez, Salgado y demás) que decidió a su vez mentir airadamente en su campaña “por el pleno empleo”, ver “brotes verdes” en el yermo productivo nacional y “tirar pa’lante” con ruinosas medidas de presunto estímulo económico como los dos “Plan E” consecutivos.

“La temeraria guerra con la realidad de Rodríguez Zapatero y su gobierno, más el pésimo funcionamiento de reguladores y supervisores como el Banco de España y la CNMV, costaron a España el hundimiento del sistema financiero y su posterior rescate, la crisis de las cuentas públicas a causa del déficit público y el endeudamiento crecientes, la caída de la inversión pública y los recortes en políticas sociales, y como consecuencia inevitable la destrucción de miles de empresas y millones de empleos. Muchas familias de clase media cayeron en la pobreza.

Probablemente, la negación de la crisis sólo expresaba la incompetencia y el pánico de una clase política mayoritariamente ignorante e incapaz de reaccionar adaptándose a los cambios; siempre los calificaban de inesperados pese a todas las pistas, evidencias e indicadores.”

Aún más:

“La filosofía económica del Presidente del Gobierno de la octava o novena economía del mundo era terrorífica. En una de las pocas reuniones que mantuvo con Rosa Díez le explicó con una gran sonrisa el secreto mejor guardado: que la economía era el dinero, y nada más. No la producción, la innovación, la competitividad o el valor añadido, sino el dinero contante y sonante. Y de eso teníamos a montones en España: grandes bancos, empresas multinacionales, un patrimonio incalculable, enormes inversiones inmobiliarias y en infraestructuras. El líder que aspiraba a liderar la izquierda mundial hablaba en realidad al dictado de las ideas de su banquero de confianza, Emilio Botín, presidente del Santander y autor en la sombra de muchos de los mensajes de política económica zapateril.”

A la incompetencia política se unió la avidez de quienes gozaban de un mercado prácticamente cautivo, el tristemente célebre modelo productivo español “del ladrillo”, que no dudaron en estafar a cientos de miles de ciudadanos con la seguridad que da saberse impunes a la hora de afrontar responsabilidades por la quiebra de sus propias entidades.

“La protección a la banca incentivó la carrera para convencer a la gente de que pidiera créditos hipotecarios a bajo interés (variable) por el 100% del valor de la propiedad, y a veces con larguísimos plazos de amortización. Por si fuera poco, bancos y especialmente Cajas de Ahorros convencían a los clientes para incrementar el crédito incluyendo el coste de posibles reformas, de los muebles o de un coche nuevo. Como garantía aceptaban hasta los avales cruzados de inmigrantes que compraban conjuntamente una vivienda. Cuando estalló la burbuja, el precio inflado de estas propiedades cayó por los suelos, y centenares de miles de familias se encontraron pagando un crédito por bienes cuyo precio de mercado era muy inferior al hipotecado. Lo que es peor, tampoco podían cancelar la deuda dando la casa en pago, la llamada “dación en pago”, convirtiéndose en deudores perseguidos por la entidad crediticia por muchos años. En el caso de las viviendas habituales esa codicia causó verdaderas tragedias, con suicidios consumados; y no pocos jóvenes, incluyendo parejas con hijos, se vieron obligados a renunciar a su domicilio y volver al de sus padres sin librarse de la deuda contraída.”

Finalmente, presionado por los máximos dirigentes de EEUU, UE y la misma China, Zapatero se vio obligado a dimitir no sin antes reformar la Constitución por la puerta trasera y a pachas con Rajoy, en una nueva muestra (escandalosamente fehaciente) de cómo el Bipartidismo hacía y deshacía al margen de las instituciones y de la mínima transparencia exigible al poder democrático.

“Cuando más claramente se vio esta pantomima fue en la infausta reforma del artículo 135 de la Constitución, impuesta a Zapatero por los países aliados y China como condición para seguir prestando a España y evitar en el último momento el default o suspensión de pagos. Evitarlo importaba porque el tamaño de la economía española era suficiente para poner en peligro la de los grandes de la UE y afectar negativamente al comercio mundial; de ahí la implicación personal del Presidente Hu Jintao telefoneando al estupefacto Zapatero. Los gobiernos europeos temían que una quiebra de España arrastrara consigo al euro por nuestra condición de quinta economía de la eurozona. (…)

La fórmula elegida fue que la propia Constitución consagrara la prioridad del pago de la deuda externa a cualquier otro. La reforma fue pactada la noche anterior a la votación de urgencia por sólo dos personas que, según propia confesión, ni se molestaron en consultar a sus respectivos partidos: José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy (aunque cuesta creer que no consultaran al Ibex 35, salvo que éste también estuviera presionando al gobierno, como es más probable). (…)

Socialistas y populares acordaron la presentación conjunta de la iniciativa de reforma, que en román paladino significa que, en caso de optar entre el pago de las pensiones y el de la deuda pública vendida a terceros, la deuda tendrá “prioridad absoluta”. (…) Las llamadas a la responsabilidad hechas por un gobierno tan antagonista de esta virtud como el de Rodríguez Zapatero eran una invitación suficiente a oponerse por completo al apaño destinado a sosegar la alarma financiera internacional a costa del derecho de los españoles a los servicios públicos que pagaban y a la seguridad jurídica.”

De seguido, la política de Rajoy fue la de entregarse a las autoridades comunitarias a cambio de hacer ver que España no tenía necesidad de ser rescatada, si bien fue rescatado el sistema financiero y obligado el Estado a crear una seria de instituciones supervisoras para ajustarse a las directrices de la UE en materia de déficit y endeudamiento, mientras Mario Draghi al frente del Banco Europeo inyectaba liquidez a espuertas en el sistema. Entonces se perpetró el FROB:

“La justificación de esta transferencia de fondos públicos a manos privadas fue la usual: garantizar la estabilidad del sistema financiero, y por tanto los ingresos y empleos de todos. Pero no hubo un debate real sobre las características de tal sistema ni sobre la naturaleza fiscal de un proceso opaco y complicado. Ni se examinaron siquiera alternativas adoptadas en otros países ante problemas similares. Algunos, como Estados Unidos, renunciaron a rescatar todos los bancos quebrados, limitándose a salvar los considerados sistémicos y a garantizar los ahorros particulares. Es interesante que los países que sólo rescataron parcialmente a sus bancos salieron de la crisis antes y mejor que España, y sobre todo que la mayoría consiguieron recuperar la totalidad del dinero público empleado, mientras España no ha conseguido recuperar ni el 7%. El coste público ha sido, pues, inmenso.”

INMOVILISMO Y CORRUPCIÓN

El libro, publicado en 2019, no deja pasar el análisis de los últimos y turbulentos tiempos políticos, ya que en perspectiva el todopoderoso Gobierno Rajoy de la mayoría absoluta devino inane para la regeneración o los cambios necesarios, dejando a su vez expedito el camino a Pedro Sánchez y sus apandadores por una escandalosa miopía política.

“El gran error estratégico de la derecha española fue (suele ser) triple: primero, dar por sentado que cualquier problema se desactiva cuando degenera en crónico y rutinario, aburriendo a la opinión pública (el caso de la corrupción, por ejemplo); segundo, creer que la economía resuelve cualquier desafío político porque el dinero lo arregla todo (incluso la secesión de Cataluña); y tercero, evitar las auténticas reformas políticas a toda costa porque pueden ser incontrolables, por ejemplo la necesaria puesta al día de la Constitución (excepto en el desgraciado chantaje internacional de la reforma nocturna del artículo 135).

Esa actitud, reaccionaria en el sentido profundo del término, malogró las oportunidades de aprovechar la crisis económica y política para intentar resolver enquistados problemas económicos, laborales, educativos y constitucionales. Como el perro del hortelano, la complaciente mayoría absoluta del PP ni hizo ni dejó hacer, rechazando en su orgulloso aislamiento mayoritario casi todas las propuestas que no provinieran de su propia factoría. Aún podemos añadir otro error más: jugar a los “aprendices de brujo” manipulando corrientes políticas de fondo a través de sus socios mediáticos, por ejemplo asfixiando a muerte a UPyD y promocionando en cambio a Podemos en las televisiones del duopolio para dividir a la izquierda; un éxito inicial que, a su vez, produjo el error adicional de la promoción de Ciudadanos a costa del propio PP, propiciando la caída de Rajoy en 2018 y la entrega del gobierno a una coalición negativa temeraria.”

Al cabo, cayó Rajoy por una moción de censura a cuenta de la corrupción de su partido, paradójicamente -como gusta de recordar Pío Moa- instrumentalizada por el líder del PSOE, el partido más corrupto de la historia de España y puede que de todo el mundo occidental (sin contar los narcorregímenes bolivarianos, de los que en todo caso son una especie de socios).

“El descubrimiento de la corrupción generada por el bipartidismo imprimió a nuestra acción política un giro decisivo: decidimos que la denuncia integral y la prevención eficaz de la corrupción era la prioridad. El emblema y ejemplo práctico de este compromiso es la serie de querellas que presentamos en los tribunales contra los responsables de los saqueos de las Cajas de Ahorros, y otras actuaciones similares por delitos ante los que la fiscalía permaneció pasiva. Ese combate contra la corrupción institucionalizada aumentó si cabe la inquina contra nosotros, en unos casos quizás por complicidad inconfesable y en otros, tal vez, porque parecía una acusación tácita de pasividad. Los celadores del sistema nos acusaban ahora de ser un partido antisistema (lo que luego se dijo en tono elogioso de Podemos).”

No sólo Podemos, también Cs y ahora Vox, y entremedias los mismos PSOE y PP se avienen a sugerir tal o cual medida reformista, tal o cual sugerencia innovadora o provocativa… suscitadas todas hace ya más de una década por un partido como UPyD que contaba con cuadros muy preparados provenientes de las profesiones liberales y conocedores por tanto de los asuntos sobre los que trataban.

Pero la política española se encontraba y se encuentra todavía mediatizada por completo por ese conglomerado de intereses que los miembros más implicados del partido no cesaron nunca de criticar, aunque a la postre resultase inútil a la hora de vender sus propuestas y logros a una opinión pública para entonces entregada a los cantos de sirena del populismo más ramplón de Podemos (con su “leninismo” y sus “juegos de tronos”, sus guillotinas metafóricas y sus escraches reales como el que protagonizó el mismo Iglesias en la Complutense contra, qué casualidad, la líder de UPyD Rosa Díez).

“El poder del capitalismo de amiguetes es tan aplastante que es legítimo y necesario preguntarse si vivimos en una democracia o en una oligarquía implícita, es decir, en un sistema donde la auténtica igualdad de derechos e iniciativa está reservada a una minoría cerrada y endogámica formada por ciertos círculos políticos y empresariales. En muchas ocasiones, los grandes contratos y decisiones políticas se cerraban no en las instituciones competentes, sino en reservados de restaurantes selectos o en el famoso palco presidencial del Bernabéu, donde el fútbol permitía congregar con naturalidad a políticos, empresarios y periodistas, la jet del capitalismo de amiguetes. En estos lugares, mixtura del Palco Imperial del circo romano con el hotel Corleone de Las Vegas, se amañaban contratos públicos, se repartían beneficios y gabelas, se endosaban pérdidas al erario, se pactaban nombramientos políticos y judiciales, se creaban y destruían reputaciones y carreras. No se trataba de una trama corrupta más, sino de la corrupción sistémica organizada.”

O, como escribió en un artículo en 2014 en El Diario Vasco a cuenta del caso de la empresa Gowex (aparentemente menor, pero de un gran simbolismo):

“El “capitalismo de amiguetes” permite hacer negocios y ganar dinero sin tener especial talento, conocimientos, capital o un gran producto. El secreto es disponer de padrinos políticos e influencias que aseguren al beneficiario una posición de ventaja y privilegio sobre sus posibles rivales, que incluso son expulsados del mercado. A diferencia de lo que pasa en el capitalismo con juego limpio (que existe, y funciona), en la variedad de amiguetes el mercado está intervenido y sometido a reglas diferentes a las escritas: donde la ley dice libre competencia y libre iniciativa, hay protección política a cambio de favores económicos, y viceversa.”

LA LIQUIDACIÓN DE UPYD

Más allá de las cuitas internas ventiladas por los medios, aunque su relevancia noticiosa fuese escasa en la mayoría de los casos en que fue magnificada -sólo “la polémica con Sosa Wagner” pareció liquidar UPyD-, Martínez Gorriarán apunta a una entente de esa tríada de partidos-medios-banca para hostilizar su presencia institucional y pública (mediática), con la creación de la caricatura de “lideresa” para Rosa Díez y sus adjetivos derivados: “autoritaria”, “intransigente”, etc.

“La política real camina sobre tres pies: los partidos políticos, el dinero de los bancos y la publicidad de los medios. En condiciones ideales se supone que los partidos podrán acceder a la financiación legal que necesiten, y también que la actitud de los medios de comunicación será por lo menos neutral. El requisito de la democracia moderna es que la política no esté demasiado condicionada por el dinero, que la política no condicione en exceso la economía, y que los medios de comunicación no interfieran en la libre marcha de política y economía. En realidad las cosas funcionan al revés. Hay hechos materiales tan determinantes como que la libertad de iniciativa política está condicionada, y mucho, por la posibilidad de financiarla, que correrá a cargo de bancos cuyo fin no es la democracia, sino el dividendo de sus accionistas, por lo que financiarán en mejores condiciones a los que mayores favores hagan al negocio. Respecto a los medios, los públicos protegen los intereses de gobierno de turno y los privados compran y venden información para obtener beneficios no sólo materiales, sino favores políticos. Por eso la solvencia financiera y las alianzas mediáticas son mucho más determinantes para hacer política que tener buenas ideas o un desempeño intachable en los cargos públicos.”

Pero también señala el fracaso de la apuesta por la transparencia y la democracia interna de los partidos políticos, aspecto que a fin de cuentas no pareció interesar a nadie en el único que las practicaba -véase si no lo de Podemos, Cs o Vox (por razones y con objetivos distintos)-, así como parece reconocer con la decepción del filósofo que en política no siempre (más bien, rara vez) se impone el discurso o la apelación racional, del mismo modo que no todas las personas decentes valen para la política.

“Lo corriente es que las personas más altruistas aborrezcan las luchas de poder inevitables en el seno de un partido, mientras los interesados se mueven como pez en el agua en ese escenario. Por eso es habitual que los más altruistas se retiren dejando todo a disposición de los más interesados. Los primeros pueden justificar su retirada como prueba y efecto de su desinterés ético por el poder, y los segundos como prueba de su superioridad política sobre los idealistas sin sentido práctico, obligados a retirarse. Lógicamente, al final del proceso habrá más interesados que altruistas. Y entonces o bien los interesados controlarán el partido o, de no conseguirlo, tratarán de romperlo para negociar ventajas personales con los despojos que consigan controlar.”

Por tanto, más allá de la (cierta) operación para diluir UPyD en la formación de Albert Rivera, la fragilidad de UPyD se hizo patente ante la campaña de hostilidad de los medios y los principales partidos del régimen, por fallos propios tanto como por imponderables como la emergencia del movimiento antisistema a lomos de la indignación ciudadana que cobró fuerza a partir del fenómeno del 15-M, y que capitalizó en solitario y hasta hoy (que ha surgido Vox) Pablo Iglesias con su Podemos.

No en vano cita Gorriarán a un tal Margallo -por entonces alguien muy próximo a Rajoy, por lo visto- que le reveló cómo iban a utilizar el “cascanueces” con UPyD, aunque tal vez sea más explícita la denuncia del contubernio de PSOE con PP y otros partidos para ofrecer una solución “confederal” a Cataluña (o sea, a los dirigentes separatistas después del referéndum ilegal de Artur Mas en 2014, contra el que se querelló UPyD) “en una discreta reunión celebrada en Barcelona en septiembre, en el Irish Pub Kitty”:

“Según las fuentes nacionalistas que filtraron la noticia en enero de 2015, asistieron empresarios como Salvador Alemany (Abertis) Juan Echevarría, Joan Castells (presidente de FIATC), Miquel Valls (Cámara de Comercio) y algunos más. También el teniente general de Cataluña Ricardo Álvarez Espejo, el general de la Guardia Civil Ángel Gozalo, y el fiscal jefe de Cataluña Romero de Tejada (que se opuso a la querella contra Mas). Por los partidos asistieron al menos Felipe Puig (CIU), Enric Millo (PP), Miquel Iceta (PSC) y Carina Mejías (Ciudadanos). Una curiosa reunión, cuando menos.”

¿CONCLUSIÓN?

Muchos fueron los factores y varios los conjurados para desactivar la feroz oposición de UPyD a los torticeros nuevos “consensos” del Zapaterismo, mas Gorriarán insiste en su convicción de que el principal factor aglutinador contra UPyD fue su actividad legal contra los implicados en la ruina financiera de las cajas de ahorro:

“Más allá de Cataluña, no me cabe la menor duda de que la decisión que precipitó nuestra caída fue la de querellarnos contra los responsables del saqueo y hundimientos de las Cajas.”

Pero en síntesis fue que los celosos guardianes del régimen se revolvieron contra la única fuerza que pretendía ser alternativa a este estado caduco de cosas, no sólo respecto al tinglado del “capitalismo de amiguetes” sino en lo relativo a los cotos privados de los pretendidos separatistas catalanes o vascos, o a los de los sindicatos y demás lobistas “de clase” o “de género”.

Una experiencia que en cualquier caso es la del “Éxito y fracaso de UPyD”, como subtitula el libro, y deja como legado no meramente unas memorias políticas, sino el clarividente análisis de nuestra actual realidad a través de 50 breves pero densos capítulos, que tiene la virtud de ofrecer una síntesis de la historia política española desde Zapatero (y aun antes) al fin del rajoyismo, en no menor medida que presenta un programa de propuestas ya ensayadas para que otros las realicen con decisión.

A su manera, el autor se declara satisfecho:

“Pese a todo abrimos brecha en el bipartidismo turnante, sacamos a la luz la degeneración insondable del “capitalismo de amiguetes”, demostramos que era posible acabar con los intocables, y probamos con ejemplos que era posible hacer política con principios y decidir con decencia y transparencia. Nada de eso fue suficiente. Pero que otros sean los beneficiarios de nuestro esfuerzo es lo normal en la historia, donde unos abren caminos y otros pasan por ellos. Si estas memorias son útiles a quienes en el futuro pongan en marcha iniciativas políticas para adecentar la democracia, deseo que tengan más suerte y acierto del que tuvimos nosotros. Yo estoy agradecido de haber tenido mi oportunidad y haber contribuido a abrirles paso.”

Apuntes sobre un planetado estresado

…funciona a modo de libro convencional de autoayuda y a la par contribuye a esclarecer un tanto la nueva (o no tan nueva) relación adictiva que mantiene la mayoría de nosotros con las llamadas “tecnologías de la información y la comunicación”, por lo que no deja de ser un best-seller al uso y sin embargo aporta la novedad, frente a los “apocalípticos” que tratan de Internet y sus disfuncionalidades desde el ámbito académico, de que es el propio adicto, el británico Matt Haig (Sheffield, 1975), el que lo aborda desde su experiencia íntima.

Haig ya venía de producir un superventas con Razones para seguir viviendo -el relato de sus traumas con la depresión que le condujo al borde del suicidio con apenas 24 años-, y es reseñable que a su facilidad para confesar al lector sus debilidades y angustias una cierta pericia narrativa (muy del gusto del lector apresurado de nuestros días) que logra estructurar un conjunto en apariencia disperso para ofrecer con agilidad una tesis algo novedosa: que es la saturación de información en un mundo hiperconectado la que nos estresa, junto a la aceleración del modo de vida que impone, la que recíprocamente hace del nuestro un planeta estresado.

“Puesto que la salud física y la salud mental están relacionadas, ¿no podía decirse lo mismo del mundo moderno y nuestros estados mentales? ¿Acaso no podían ser responsables determinados aspectos de nuestra forma de vida en el mundo moderno de cómo nos sentimos en el mundo moderno?

No sólo con relación a las cosas propias de la vida moderna, sino también a sus valores. Los valores que hacen que queramos más de lo que tenemos. Que rindamos culto al trabajo por encima del ocio. Que comparemos lo peor de nosotros con lo mejor de los demás. Que tengamos la sensación de que siempre nos falta algo.”

Adicto a Twitter y especialmente crítico con esta red social, Haig refiere su experiencia en todos los ámbitos, las cosas que ha aprendido que le ayudan y aquellas que debe evitar, y numerosos razonamientos y consejos aparecen aquí y allá a modo de listados prácticos basados en lo que a él le funcionó, junto a reflexiones críticas con el uso y abuso que hacemos de lo que, sin duda, constituye un fenomenal progreso humano para el intercambio de bienes, servicios e información, la Red de Redes, así como una vía anchísima para ejercer la solidaridad con nuestros congéneres más apartados.

“En la década de los noventa, cuando el eslogan de Microsoft preguntaba: “¿A dónde quieres ir hoy?”, se trataba de una pregunta retórica. En la era digital, la respuesta es “A todas partes”. La ansiedad, en palabras del filósofo Soren Kierkegaard, podría ser el “vértigo de la libertad”, pero en realidad toda esta libertad de elección es un milagro.

Sin embargo, si bien las opciones son infinitas, nuestra vida tiene un límite de tiempo. No podemos vivir todas las vidas. No podemos ver todas las películas, ni leer todos los libros, ni visitar todos los sitios de nuestro bello planeta. En lugar de que esto nos suponga un impedimento, necesitamos efectuar una revisión de las opciones que tenemos. Averiguar lo que es bueno para nosotros y dejar lo demás. No nos hace falta otro mundo. Todo cuanto necesitamos está aquí si dejamos de pensar que lo necesitamos todo.”

Asimismo, es esta posibilidad de acceder a cualquiera en cualquier parte del mundo la que puede resultar engañosa y a la postre nociva, pues en tanto que uno añade amigos virtuales a su día a día está quitando tiempo -el bien escaso por antonomasia, al menos en nuestras actuales sociedades- a sus próximos y allegados, en el mismo sentido en el que la solidaridad occidental parece funcionar siempre más a favor de lo exótico y lejano (que llega por TV o Internet) que de lo cercano y conocido.

Al respecto, Haig identifica y analiza el fenómeno no demasiado paradójico de que sean los medios de comunicación, mediante el markéting y las mismas noticias, los que procuren deliberadamente estados de insatisfacción y ansiedad en los consumidores:

“Cuando empecé a documentarme, no tardé en dar con algunos titulares que captaron mi atención en una era en la que todo gira en torno a captar la atención. Por supuesto, las noticias tienen por objeto tratar de estresarnos. Si tuviesen por objeto calmarnos, no serían noticias, sería yoga. O un cachorrito. Así que es irónico que los medios de comunicación hablen de la ansiedad cuando ellos mismos nos la provocan.”

Pero el autor no cae en fáciles diatribas contra los medios, ni contra el mundo moderno ni contra el capitalismo, puesto que se remite a los estudios de Pinker o cita a Hariri para enmarcar todas sus aprensiones en una realidad que depara hechos significativos como la reducción de la pobreza mundial o de la mortandad infantil. Mas tampoco se aferra a los datos contables, porque a fin de cuentas cada uno afronta y padece a su manera los problemas y “cada era plantea toda una serie de desafíos únicos y complejos”.

“Todo este catastrofismo es irracional, pero tiene un poder emocional. Y esto es algo que no sólo lo saben los que sufren de ansiedad.

Los publicistas lo saben.

Los agentes de seguros lo saben.

Los políticos lo saben.

Los jefes de redacción lo saben.

Los agitadores políticos lo saben.

Los terroristas lo saben.

Lo que en realidad vende no es el sexo. Lo que vende es el miedo.

Y ahora ya no tenemos que imaginar las peores catástrofes: podemos verlas. Literalmente. El móvil con cámara nos ha convertido a todos nosotros en fotoperiodistas. Cuando sucede algo malo de verdad -un ataque terrorista, un incendio forestal, un tsunami- siempre hay personas presentes para grabarlo.”

Junto a ejercicios de “desconexión” básicos como elegir en qué momento del día consultar las noticias, o los tuits, o las fotos y contactos de las redes sociales, recomendaciones naturistas como realizar ejercicio al aire libre, tener y disfrutar de una mascota o no desmerecer la lluvia cuando llueve y el sol cuando sale permiten a Haig componer un fresco realista de nuestra sociedad planetaria en el punto álgido de la era de la globalización, pero sin perder de vista en ningún momento que este libro pretende ser guía para orientar al aislado, al deprimido, al angustiado por la difícil senda de recuperar tiempo, espacio y mismidad en un mundo que parece querer suprimirlos.

No apto para fanáticos

…es el testamento del recorrido político de Gorka Maneiro (San Sebastián, 1974), quien fuera parlamentario vasco de UPyD en dos legislaturas seguidas (2009-2016) y miembro del Consejo de Dirección de la formación: desde sus primeras manifestaciones con Gesto por la Paz hasta su actual posición de líder de la Plataforma Ahora que pretende agrupar a toda la Izquierda “no nacionalista”.

“Me interesó la política desde niño, consecuencia de la educación familiar recibida y de los valores que mis padres me transmitieron (a mí y a mis tres hermanos). Lo que ocurre en la sociedad nos afecta a todos y a todos, por tanto, nos corresponde tomar partido, es decir, involucrarnos en los asuntos públicos del modo que cada cual considere, pero involucrarnos y tomar partido, al fin y al cabo. Todos somos políticos y quien no ejerce su ciudadanía o mira para otro lado por evitarse problemas o ahorrarse molestias es un idiota en el sentido griego del término (idiotés). Si uno no se interesa por la acción política y mira para otro lado, otros gobernarán en su lugar y en su nombre. Vivir de espaldas a la sociedad y a sus principales problemas es poco ético y, además, muy poco recomendable.”

Partiendo de este autorretrato no es difícil comprender su posterior compromiso político, más aún de atender a que no sólo el contexto del terrorismo obligaba a la acción, sino un cierto carácter polemista de apasionado de la política:

“Nunca evité ningún debate y ninguna discusión. Me mezclaba con todo tipo de votantes y, siendo muy joven, conversaba largo y tendido incluso con simpatizantes de la banda terrorista. Y es que nunca quise dejar de decir lo que pensaba ni que el silencio pudiera confundirse con el miedo o, peor aún, con la insensibilidad o con la comprensión para con las actividades terroristas.”

Sería en 2000 cuando, meramente por haber participado en concentraciones de repulsa del terrorismo y otras actividades de plataformas pacifistas, el domicilio de sus padres fue atacado con varios cócteles molotov, si bien entonces su militancia política se limitaba a “oponerme al terrorismo que ejerce ETA”. Pronto conocería Basta Ya! y, desde sus inicios, UPyD.

Como miembro de la ejecutiva del partido magenta fundado por Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán y Fernando Savater, Maneiro se convierte en estas páginas en un testigo privilegiado y singularmente objetivo de lo que fue el desarrollo y (aparente) consolidación de UPyD en la vida política española, así como de su declive hasta la reciente incorporación a Cs.

Desfilan por las mismas nombres como los citados y otros que todavía siguen en el candelero, como el de Irene Lozano (ahora adicta al Dr.Sánchez) o los de Prendes, Herzog, Sosa Wagner, Pagazaurtundua, Maura, Brown, Robles, Ortega… con sus distintas atribuciones en una historia de éxito y fracaso que condujo al partido a su práctica desaparición.

Un vacío que no parece haber sido ocupado ni por Podemos ni por Ciudadanos, como tampoco por la Plataforma Ahora de Maneiro, si bien en este último caso la tradicional marginación de cualquier alternativa de Izquierda al PSOE en los medios -sobre todo en los de Izquierda-, junto al grave cariz de la actual crisis política nacional lo explican más que otras consideraciones.

QUÉ FUE DE UPYD

Maneiro escribe este libro casi como necesidad de explicarse y explicar a otros por qué fracasó UPyD, pero sin cargar las tintas sobre la responsabilidad de éstos o de aquéllos -más allá de que sea evidente que Díez y Gorriarán eran los amos del partido y como tal se comportaron de principio a fin (sobran los testigos al respecto)-.

Más bien parece un templado ejercicio de autocrítica desde la perspectiva que da el paso del tiempo y el desarrollo de los concretos acontecimientos políticos, pues admite que UPyD cometió muchos errores pero no deja de exponer todos sus méritos, aciertos y victorias -que también las hubo, aunque algunas fueran evanescentes-.

El mismo tono utiliza para recordar su papel y el de sus compañeros en el País Vasco, donde fue la única cabeza visible del partido durante la práctica totalidad de la vida de UPyD, y en rigor el único (de 75 parlamentarios en la cámara vasca) que insistió siempre en asuntos como la disolución de los ayuntamientos gobernados por ANV/Bildu frente al desistimiento de PSE y PP.

Cronológicamente, UPyD fue fundado a principios de 2007 por Díez, Gorriarán, Fernando Savater, Juan Luis Fabo y Arantza Aranzábal, y a lo largo de 2019 ha quedado prácticamente absorbido por Cs después de acordar ir juntos a las elecciones del 20-A y del 10-N. Este libro sirve a Maneiro para relatar en primera persona su propia andadura como líder de la formación a partir de 2017, porque establece exactamente cuándo se produjo la fricción entre él y sus referentes Díez y Gorriarán

Cabe recordar que hasta el 15-M (15 de mayo de 2011) -fecha de origen más reciente del actual confusionismo político- “el partido de Rosa Díez” protagonizó en el Congreso una dura diatriba contra el Gobierno de Zapatero (2008-11), con la susodicha como única diputada y portavoz de UPyD, y contra el de Rajoy (2011-15), ya acompañada de otros compañeros que tantas cuestiones que hoy agitan el debate público pusieron entonces sobre la mesa.

Cabe recordarlo porque UPyD aparecía entonces tanto como una alternativa de centro al PSOE como un partido bisagra que podría contribuir a la gobernabilidad con PP o PSOE para evitar la dependencia de las formaciones separatistas; y además como azote de las corruptelas de los dos grandes partidos y del mismo sistema nacido en la Transición, muy deteriorado después de tres décadas de uso y del paso del atila Zapatero. Pero UPyD no impugnaba el sistema, como el 15-M.

“Reivindicamos la regeneración democrática, la lucha contra la corrupción, los derechos de ciudadanía, la unidad de España, los principios del republicanismo cívico, la igualdad y las reformas políticas, institucionales y constitucionales que España necesitaba y hoy, diez años después, sigue necesitando: la reforma de la ley electoral y una Justicia independiente, entre otras.”

LOS ERRORES DE UPYD

Probablemente fue el hiperliderazgo y excesiva dependencia de Díez la que dejó a UPyD sin opciones una vez que la imagen de aquella se deterioró, en buena medida debido a sus errores y desplantes y no sólo a la (también cierta) cacería mediática a la que se vio sometida la formación magenta. Algo por el estilo se podría decir ahora de Cs con respecto a Rivera, pero de momento les queda Arrimadas.

De hecho, si triunfa su apuesta por reunirse con el PP habrá evitado la irrelevancia en la que ahora está sumida la formación y puede que de forma ciertamente protagonista, cosa que UPyD no logró hacer -ni siquiera partiendo en apariencia de una posición de ventaja- cuando fue tentada a la coalición por Cs de cara a unas europeas, en mayo de 2014, que supusieron la irrupción de Podemos en las instituciones y un cierto sándwich de UPyD entre los de Rivera y los flamantes morados de Pablo Iglesias.

A juicio de Maneiro, fue la bandera de la defensa de la unidad nacional la que hizo de UPyD -que no se decía de centro, sino transversal- un partido atractivo para muchos desencantados de la Derecha, que a su manera (como simpatizantes, comentaristas, afiliados o incluso cargos públicos) habrían alejado a cierta porción del electorado “natural” y objetivo de la formación.

“Sin pretenderlo, aquello nos situó en una determinada ubicación ideológica y dificultó situarnos más a la izquierda, lo cual impidió que muchos progresistas se sumaran a nuestro proyecto o, al menos, nos votaran.”

Lo cual evidencia la confusión del Centro-Izquierda, o su relativismo nihilista -que en rigor Maneiro desconoce, porque su defensa de la igualdad de los españoles ha sido siempre nítida y contumaz-, porque lo que debiera lamentar es que la defensa de la Nación sea vista a ojos de tantos (como tantos de los quincemesinos) como un “asunto de fachas”.

Precisamente, fue Podemos la formación que logró sacar de quicio a UPyD y los suyos, -más que PSOE o PP o Cs-, pues de repente parecía que la “nueva política” se encarnaba en el Lenin de Vallecas (ahora de Galapagar) y todo lo demás era “casta” y representaba “lo viejo”, incluida por supuesto Díez, que ni entonces supo verlo y pactar con Rivera, ni después supo tampoco dar un paso atrás y dejar la primera fila para que lo intentaran otros más “nuevos”.

“Un 80% de las propuestas que defendía el movimiento de indignados lo defendía UPyD por la vía de los hechos y la práctica política en el Congreso de los Diputados: reforma de la ley electoral, fin de los privilegios de los políticos profesionales, regeneración democrática, fin de las prácticas bancarias abusivas… y, sin embargo, gran parte de los movilizados no vieron en UPyD el partido político que colmara sus reivindicaciones.”

Probablemente porque nadie dio la consabida orden de “UPyD por la mañana, UPyD por la tarde, UPyD por la noche” que tan bien le vino a Podemos en las cadenas del grupo A3Media TV… cuando gobernaba Mariano Rajoy.

UN PARTIDO ANTIPÁTICO Y GENEROSO

Nunca logró UPyD implantarse en comunidades como Andalucía, Galicia o Cataluña, bien porque la propia dinámica del partido era de un crecimiento lento -incluso de modo exasperante-, bien porque la estrategia pasaba por obtener visibilidad a través de su actividad legislativa en el Congreso, algo más bien corto de miras que revela cierta soberbia “ilustrada” de los dirigentes en su proyecto político sintetizada en el fatídico “hemos hecho un partido para Dinamarca” de Díez.

“Y es que cuando uno es uno entre 75 o 5 entre 350 debe priorizar cuestiones concretas de su acción institucional y acompañarla por la propaganda y el marketing político, sin que tal cosa deba provocar que se nos caigan los anillos. Ya en 2014, cuando los debates televisivos lo inundaban todo, importaban poco las iniciativas concretas presentadas efectivamente en las instituciones, lo que realmente importaba era, más bien, la capacidad de saber llegar y convencer a la gente. Y es que a un partido político no le votan por lo que haya hecho, sino por la expectativa que genera.”

Pese a todo, Díez fue la única oposición a Zapatero cuando Rajoy se decidió a sestear -incapaz de ganarle unas elecciones- con el propósito de heredar el Poder cuando la recesión lo hiciera caer de las manos de aquél. Y luego fue la única oposición creíble al cínico Gobierno de Rajoy que asumió los compromisos con ETA del “proceso de paz” y fingió ignorar que los separatistas se preparaban para la ruptura constitucional.

Más aún, fueron una serie de iniciativas legales (incluidas querellas en los tribunales) las que distinguieron a UPyD como un partido crítico, de cambio, vigilante en su tarea de control al Gobierno, beligerante contra la corrupción… Pero de nuevo otros (Podemos y Cs) se llevaron los titulares y los focos, mientras mantener las querellas se llevaba por su lado cuantiosos fondos económicos de la formación.

“Sin embargo, aun acertando en determinadas acciones judiciales, nos excedimos en la presentación de denuncias y querellas, no solo porque la principal función de un partido político no es esa, sino porque se nos fueron inmensas cantidades de recursos económicos (más de 300.000 euros) y porque, además, no supimos vender ese trabajo a la opinión pública.”

Más aún, continúa Maneiro:

“Por alguna razón que debería ser estudiada más a fondo, nos convertimos relativamente pronto en un partido viejo que provocaba rechazo en una parte considerable de los ciudadanos (en 2015 éramos el partido político que, según el CIS, más rechazo provocaba), sin que fuéramos capaces de cambiar tal apreciación, más allá de las simpatías que generábamos en muchos otros. Insistíamos en nuestros errores y no éramos capaces, siquiera, de vislumbrar formas distintas de actuar u ofrecer nuestro mensaje. Nos bunquerizamos y vimos enemigos donde no los había, llegando a culpar a los propios votantes de que no nos votaran.”

En las elecciones generales de 20 de diciembre de 2015 las candidaturas de UPyD, incluida la de su nuevo líder Andrés Herzog por Madrid, no obtuvieron representación, frente a Podemos (69) y Cs (40). Para entonces, apunta Maneiro, ya había sido tomada la decisión de disolver el partido aunque a él no se le hubiera comunicado todavía. De hecho, pronto quedó fijada la fecha del congreso de disolución para el 31 de marzo de 2016, con la intención, en palabras de Díez, de “salvaguardar su legado” e “impedir que caiga en manos poco recomendables”.

CÓMO ACABÓ UPYD

Maneiro se había convertido con anterioridad en portavoz adjunto de la nueva ejecutiva de Herzog que sucedió a la de Díez y Gorriarán después de imponerse al tándem de críticos Irene Lozano y Toni Cantó, favorables a la unión con Cs. Un cargo, como le hizo saber el propio Herzog, meramente “simbólico” -dado que ya se había fijado la disolución del partido, cosa que Herzog sí sabía-, aunque a la postre pudo posicionar a Maneiro para salvar UPyD de su liquidación.

Hasta entonces, Maneiro había asumido que “vivíamos de la presencia de Rosa Díez, líder absoluto e indiscutible desde los inicios”, si bien ya vislumbraba que “hubo un momento en que debió abrir paso a otros miembros del partido para compartir con ella presencia mediática y liderazgo, y al no obrar de ese modo, los males que vinieron después fueron males mayores.” También se mostró contrario a la unión con Cs al entender que se trataba de proyectos distintos, pero quiso seguir.

Y es entonces cuando, como se describe en el libro, comienza a revelarse el carácter más intransigente y sectario de los antiguos líderes de la formación (o sea, Díez y Gorriarán), ciertamente obsesionados con enemigos externos e internos de todos los tamaños y colores, cuando en rigor de haberlos tenido dentro -pienso sobre todo en Irene Lozano, o en Prendes- se les debe imputar a ellos y sólo a ellos, que tan exigentes se mostraban a la hora de seleccionar al personal político de UPyD.

Al respecto, aparte del incidente con Sosa Wagner que tanto perjuicio causó a la imagen de la formación en el verano de 2014, Maneiro relata uno menos conocido en que cargos relevantes de UPyD trataron de pasar a miembros de las listas electorales de la formación a plataformas que asociar a Cs, una vez rotas las conversaciones entre ambos partidos. Una especie de OPA hostil sobre “el partido de Díez” que provocó la dimisión o expulsión de varios de sus más conspicuos personajes.

“Es difícil concluir si hubo una estrategia generalizada y perfectamente diseñada desde fuera para perjudicar a UPYD desde dentro, si incluso contó con el apoyo externo de Ciudadanos o si fue un movimiento libre de al menos algunos de los afiliados magenta que, a la vista de que el barco corría serio peligro de hundimiento, decidieron dar el salto a Ciudadanos, partido político que, por su parte, lograba matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, carentes de afiliación y militancia, lograba rellenar las listas electorales; por otro lado, se quitaba de encima al que era su principal rival político y electoral.”

Sea como fuere, el liderazgo de Díez en UPyD llegó a su fin definitivamente con la dimisión de Herzog, su favorito para esa sucesión que debía haber acabado en disolución. Y Maneiro, que acompañó a la candidatura fake de éste antes de oponerse a los designios de la misma, reconoce abiertamente su yerro:

«Mi decisión de formar parte de la candidatura de Andrés Herzog fue un profundo error, el error más grande que he cometido durante toda mi trayectoria en UPYD.”

Una declaración que se explica mejor al hilo de un siguiente comentario:

“Mi experiencia anterior y posterior y todo lo que aprendí me confirmó después, con el paso del tiempo, que ni los buenos eran tan buenos ni los malos tan malos, ni los sospechosos o supuestos traidores eran siempre tales.”

Gorka Maneiro encabezó del 16 de enero de 2016 al 27 de enero de 2017 el demediado proyecto del partido magenta, antes de dejar UPyD para fundar la Plataforma Ahora. Como se ha dicho, en ninguna de las partes que conforman el libro renuncia a la autocrítica, pero se le puede imputar cierta bisoñez a la hora de desenvolverse internamente en el partido.

Algo que parece un mal ineluctable: gente que vale para la actividad política incapaz de asumir la vis maquiavélica del oficio (sobre en todo en lo que respecta a los propios “compañeros de partido”, por lo general los más acérrimos antagonistas del que aspira al liderazgo).