Los hombres patriotas

Hace poco, poco tiempo, existieron unos hombres pérfidos e hipócritas que pretendían sojuzgar a los demás hombres y convertirlos en esclavos, y deseaban hacer de su particular patria un todo excluyente en que sólo pudieran encontrarse los mejores, es decir, los que por ellos fueran designados como mejores.

Los hombres patriotas habían surgido de la mediocridad del miedo y la humillación, de una guerra horrible entre hermanos de ignoradas ideologías ignorantes de los hombres; los hombres patriotas habían conservado en paño de oro su odio irracional, y habían aguardado durante tiempo para expulsarlo hacia la gente sobre la que ahora gobernaban.

Al principio, los hombres patriotas se habían constituido en partido para defender los intereses de su particular patria, y muchos hombres habitantes de la misma habían engrosado sus filas con devoción e idealismo, con ganas de hacer de su patria pequeña una más grande en la que pudieran vivir prósperamente y en la que no tuvieran que ocultar sus ideas ni sus tradiciones, en la que no tuvieran que callar su lengua ni su opinión, en la que pudieran ser libres como antaño habían sido. No todos los hombres de la Patria Pequeña engrosaron el Partido Defensor de Nuestra Particular Patria, pues veían en él cierto odio reconcentrado y camuflado en el ideal de prosperidad y defensa de las libertades de la Patria Pequeña.

Cuando los hombres patriotas alcanzaron por mayoría en el libre juego, en la lotería de «Las Elecciones Libremente Aceptadas», el Gobierno Patriota Popular de la Patria Pequeña, se produjeron múltiples estallidos de júbilo y alegría entre los ciudadanos votantes del Partido Defensor de Nuestra Particular Patria, y pronto se pudieron apreciar los primeros efectos de esta victoria con el reconocimiento, por parte de la Patria Múltiple, de la Distinción de Los Otros otorgada a la Patria Pequeña. Aquel día se enarbolaron banderas multicolores en gran parte de los balcones del lugar, y todo el mundo salió a las calles a festejarlo con libertad y vino.

Pasaron algunos años y la situación no había cambiado en exceso. Es decir, había cambiado bastante, pero los hombres patriotas no lo veían así pese a que cada vez habían ido consiguiendo más y más favores de la Patria Múltiple. Los hombres patriotas, en todo aquel tiempo, habían edificado numerosos Centros de Educación Patriótica para la Defensa de Nuestra Particular Patria; habían unificado los diferentes dialectos de la Lengua Patriótica y Popular de la Patria Pequeña; habían ordenado leyes para establecer la Convivencia Particularmente Patriótica y habían fomentado, desde el Gobierno Patriota y Popular, una serie de costumbres y ritos que, al parecer, eran los adecuados y necesarios para la restitución completa de las libertades y la prosperidad perdidas en aquella lejana guerra, pérdida que ellos achacaban, particularmente, a los hombres pertenecientes a la Patria Múltiple.

En un primer momento, todos aquellos hombres de la Patria Pequeña que no habían votado al Partido Defensor de Nuestra Particular Patria se habían sentido discriminados por las Leyes de Defensa Patriótica, pero tampoco se habían visto atacados directamente, o al menos no podían demostrarlo, y muchos hubieron de callar por falta de argumentos y por miedo a que la Convivencia Particularmente Patriótica se resquebrajara como, al parecer, «antaño, aquellos, Los Otros, Los de la Patria Múltiple, resquebrajaron nuestra Particular Patria y nos persiguieron a Todos.»

En un segundo momento, algunos de los hombres de la Patria Pequeña, que no creían que hubiera de reconocérseles una Distinción de Los Otros, se atrevieron a sugerir que la Patria Pequeña pertenecía, realmente, a la Patria Múltiple, y que siempre había sido así y que no había por qué alterarlo; se atrevieron a sostener que los hombres que habían destruido las libertades de la Patria Pequeña habían sido sólo algunos de los que integraban la Patria Múltiple; se atrevieron incluso a hablar en voz alta a los hombres patriotas y a pedirles que dejaran de adoctrinar en el Odio a Los Otros a sus hijos, que asistían a los Centros de Educación Patriótica para la Defensa de Nuestra Particular Patria como la práctica totalidad de los nacidos en la Patria Pequeña.

Los hombres atrevidos que habían hablado, que habían intentado convencer con palabras a sus hermanos, fueron entonces llamados ante el Tribunal de la Santa Defensa y juzgados y condenados.

-Os habéis atrevido a rebelaros contra el Gobierno Patriota y Popular; habéis difamado la Enseñanza Patriótica y Popular; habéis tachado de falsas las Tradiciones Patrias y los Ritos Santos de Defensa; oh, ingratos: ¡merecéis ser condenados!

Lo cierto es que nadie impuso una condena, pese a que el Tribunal ya había emitido su veredicto, pero poco a poco, en circunstancias extrañas, uno a uno los hombres de la Patria Pequeña que se habían atrevido a pedir la paz y la palabra fueron desapareciendo. Los informes forenses revelaron que todos ellos habían sido víctimas de la mordedura de una extraña serpiente, no conocida hasta entonces en aquel lugar, y que su muerte había sido instantánea, pero no aportaron luz a las extrañas desapariciones ni se encontró nunca a las serpientes que ocasionaron las muertes.

Siguieron pasando años y nada había cambiado en exceso. Es decir, habían muerto aquellos atrevidos, se habían reforzado las Leyes de Defensa contra Los Otros, se habían edificado algunos Centros de Educación contra Los Otros y el Gobierno Patriota había exigido al Gobierno Democrático de la Patria Múltiple una cesión de territorios limítrofes a las fronteras de la Patria Pequeña; todo se le había concedido al Gobierno Patriota, y por eso nadie, ni siquiera los mismos hombres votantes del Partido Defensor de Nuestra Particular Patria, se sorprendió cuando la Patria Pequeña cayó como un fruto podrido de una de las ramas en que se dividía, inexorablemente, la Patria Múltiple.

Entonces comenzaron las restricciones: el Gobierno Patriota dictó nuevas Leyes de Defensa para restringir la «contrainformación, nociva para la Convivencia Particularmente Patriótica, que elaboran Nuestros Particulares Enemigos del Otro Lado», es decir, de la Patria Múltiple.

Muchos ciudadanos de la Gran Patria Particularmente Patriótica y Popular, como designaba el Partido a la Patria Pequeña, comenzaron a inquietarse viendo que quedaban incomunicados con el exterior; acudieron a ver a los Grandes Jefes Libertadores de la Patria para informarse de lo que sucedía en realidad, y estos les dijeron que todo lo que pasara a partir de ahora sería «en bien de Nuestra Particular Patria y de los hombres patriotas».

No muy convencidos regresaron a sus casas, al igual que aquellos empresarios que acudieron a ver a los Responsables del Partido para interesarse por el éxito de sus productos en el exterior y recibieron, por toda respuesta, la sentencia de que «todos los productos de Nuestra Particular Patria aportarán beneficios en sumo grado a Nuestra Particular Patria, y no a la Patria de Ningún Otro.»

Tampoco las flamantes Juventudes Patrióticas recibieron compensación alguna por las múltiples y pintorescas actividades de propaganda y difusión de la Ideología Patria Popular desplegadas; tampoco por sus incesantes actos multitudinarios para el Fomento de Nuestra Particular Lengua; tampoco por sus algaradas callejeras, sus sobres con amenazas, los destrozos en las calles para exigir al Gobierno Democrático de la Patria Múltiple -actual Gobierno Esclavo de la Patria Desgajada- la Separación Patriótica y Popular; y no recibieron tampoco, por supuesto, porque ya no las necesitaban ni a ellas ni a ellos, la ayuda económica que requerían para seguir incubando a sus extrañas serpientes.

Pasaron unos cuantos años más, ya muy pocos más, en la Cronología Patriótica de la Gran Patria Particularmente Patriótica y Popular. Los grupúsculos de hombres «no integrados; no patriotas; no particularmente hermanos nuestros: Enemigos, es más, amigos de Los Otros, nuestros Enemigos» habían sido desterrados; los hombres votantes del Partido que hacían demasiadas preguntas «poniendo en tela de juicio las Leyes de Defensa Contra el Enemigo, la Verdad Patriótica de Nuestra Particular Televisión, el Santo Gobierno Patriota y Popular» habían sido purgados; los hombres patriotas que mostraban algún tipo de duda u objeción, o que parecían mostrarlas, eran ajusticiados regularmente.

Los Grandes Jefes Libertadores de la Patria deliberaban, mientras tanto, para continuar ejerciendo el usufructo del poder:

-¿Tal vez la invasión de la Patria Bruna, o de la Patria Sur?

-Demasiado esfuerzo para el Ejército Patriótico; somos una nación pequeña.

-¿Quizás una subida de los Impuestos Populares?

-Nuestros empresarios ya no pueden con las cargas para…

-¡Al pueblo, hombre! Me refiero a que el pueblo sufrague nuestra economía autárquica.

-Vaya, no sé…

-Tal vez recrudeciendo las leyes consiguiéramos mayor delincuencia.

-¿Y eso en qué nos beneficia particularmente a nosotros?

-A más delincuencia, más represión y…

-Y ya tenemos toda la represión, ¿a qué más?

-Y más prisiones, más gasto público para construir cárceles o, en su detrimento, más condenas y ejecuciones.

-No sé; no me convence como política económica, aunque siempre viene bien para garantizar la seguridad de Nuestro Particular Gobierno.

-Cierto.

Finalmente, los Grandes Jefes Libertadores de la Patria decidieron convertir la Pequeña Patria en colonia penitenciaria e intentaron vendérsela a la Patria Desgajada para que pudiera colocar allí su excedente de reclusos, pero resultó que la Patria Desgajada ya no tenía dinero y había abolido, además, las penas de cárcel.

La Pequeña Patria, convertida en la peor de las prisiones, acabó en ruinas, empobrecida, incivilizada, reprimida, purgada, excluida y desgajada, pero, al menos, la hierba verde que renació, después de tantos años, entre las piedras destruidas de la extinta Gran Patria Particularmente Patriótica y Popular, sirvió de alimento a los últimos habitantes que subsistieron en aquel lugar: las vacas.

8 de mayo de 1998    

Fe

Nada más triste que un cristiano ateo
rezando
intentando dirigirse a algo
que no entiende
en lo que no cree
de veras

Nada más triste que un cristiano ateo
orando por alguien
a quien ve que no puede ayudar
intentando dirigirse a alguien
tal vez a un Dios
que ya no es tan nuestro

Nada más triste que un cristiano ateo
de rodillas
devanándose el alma
por encontrar tres tristes palabras acompasadas
por intentar hallar una cruda expresión de su sufrimiento
oración que emana ahora de la nada

Nada más triste que un cristiano ateo

No
nada más triste que un cristiano triste.

9 de abril de 1997

Contravascos

Aquí
desde mi casa gris,
a través de esta ventana, pupila
de vaca hacia el mar y la playa, el monte
verde y acerado se clava al cielo
raso blanco de invierno, como un mástil.

Ahí,
donde la calle esputa
licor y brea, y humo negro y pena
se levantan entre el desencajado
odio, la moderna inquina civil,
me pregunto dónde están nuestros Padres.

Tanta leyenda, tanto mito de esto…
¿para qué, por qué, por quién?
No contestan mis ancestros.

Allí,
al futuro amputado
caminamos, contravascos inútiles:
hostiles, egoístas, descastados,
niños incapaces de perdonarse.

En fin;
el monte, el mar, el hierro,
sigamos mancillando con la sangre
estúpida y cobarde del rencor
fraterno; contravasco: ¡anticristiano!

Con niños educados para odiarse,
¿para qué tantas Historias?
Para qué; por qué; ¡para quién!

Estallan esquinas por todas partes,
¡ser vasco para ser esto!

29 de diciembre de 1997

Contradicciones de la Primavera del dinero

Del metro desemboco a la luz: Callao; miro en derredor y cruzo la carretera en dirección al FNAC. Pienso comprar unos cuantos discos (valor aproximado: unas 6.000 pesetas) cuando hete aquí que me percato de una forma arrugada tirada en el suelo de la calle. Pienso que es una mujer, pero no: es una especie de punki, extranjero seguramente, envuelto en una puerca manta verde y que deja traslucir sus piernas, picadas de viruela de heroína: heroína.

Cruzo el paso de cebra y llego justo en frente del edificio. Cipriano y Luis llegan en medio del cigarro. Entramos por la puerta mecánica y saco el dinero en el cajero: 6.000.

Acompañamos a Cipriano a mirar cadenas. Tiene bastante para gastar, unas 40.000, luego no hay problemas. Nos movemos, Luis y yo, entre las estanterías donde se apilan decenas de ingenios de última tecnología y primera mano, mientras Cipriano desmenuza las características de cada cacharro.

Subimos a la planta de los discos. Yo veo los que quiero, es gente muy rebelde la que canta en los discos que quiero, pero cuando miro los precios no puedo permitirme más que el Nude & Rude de Iggy Pop y la oportunidad de seguir buscando en Madrid Rock.

Bajamos hacia la tienda, arrobados por la magnificencia de los rascacielos de Gran Vía. Es maravilloso levantar la cara y ver el cielo azul allí arriba, recortado entre las cristalinas fachadas, grises y azules y de un negro brillante, impolutos colores; pero en los resquicios de aire vicioso que permiten las grandes moles de hierro incrustadas contra el suelo, el suelo sucio, digo, no hay más que mendigos borrachos y renegridos, putas yonquis y demás. Nosotros caminamos hacia Madrid Rock, a comprarnos unos discos.

Salgo con Misfits y el Transformer de Lou Reed, y Cipriano no consigue Pogues pero tiene Mano Negra (1.125) para consolarse; Luis se ha comprado la entrada para el concierto de No Fun At All (2.000).

Ninguno tenemos dinero, y nos metemos de nuevo en el metro para volver al Colegio -Cipriano se desvía para, en principio, ir al piso de una amiga para ver cómo quedar con sus amigos, aunque luego no sabe si irá al cine o, tal vez, de vinos y porros por Lavapiés.

Crisol y otra papelería, para Luis, que lo que realmente quería era comprar cuadernos, un cuaderno (960).

No sé, veo que no tengo dinero y que al mismo tiempo no dejo de gastármelo: otra paradoja más que sumar a otro cuento más; ¿será verdad lo que cuentan de la base monetaria (BM), el mercado (open market) y la creación de dinero (más bien, cuasi dinero)?

[Al salir del FNAC se me olvidó mirar si el yonqui seguía allí.]

17 de Febrero de 1998

Horrible primavera

Horrible primavera,
los frutos envenenados, las caras
rehúyen mi presencia,
se esconden para calumniarme a solas.
Y las voces, las voces
cómo procuran disuadir el odio,
cómo azuzan entonces
las sospechas turbias y dolorosas.
Horrible primavera
de luz falsa, cielo incierto, farolas
que no encuentran lugar
al filo de la tarde -como yo.
Y los árboles, mustios
en estas calles enfermas, enfermos
los pájaros, los perros,
todos los rostros de los ciudadanos.

Cuando las nubes pasan
una capa blancuzca -nuestro cielo-
respira a duras penas
sobre nosotros, asfixia de vida.
Y los niños que juegan,
y ríen, y yo considero absurdo
que rían, y me apeno
pensando que pensarán como yo.
Horrible primavera,
depara tan sólo cambios de estética
a un alma mancillada,
llena de esputos negros e impotencia.
Y esas gentes hablando
como padres; maestros y políticos,
televisteros, sabios
reconvertidos en psicosociólogos.

El viento zurra el ánimo
pero aún no con demasiada fuerza;
yo necesitaría un ciclón para
despejarme el espíritu.
Y el tiempo que he pasado
sufriendo sin objeto alguno, sí,
por nada, por lo mismo
que ahora, ¿problemas?, ¿desamor?: nada.
Los niños van a casa,
un dorado jardín de infancia, tedio
de toda nuestra vida
envasado en recuerdos, e ignorancia.
Y los ojos, los ojos
queman con su compasión, su mentira
predilecta, el castigo
de la fatiga, la abulia, el fracaso…

Horrible primavera,
horrible: parezco estar solo en ella.

28 de marzo de 2000

Los hombres náufragos

El barco se mecía tranquila, indolentemente, en los suaves vaivenes del mar azulado. En el cielo despejado, el sol, como un potente foco de calor, irradiaba su árida esencia hasta más allá de los límites del firmamento opaco. La cubierta sobre la que apiñados y perezosos dormitaban los hombres parecía la superficie llena de carcoma de una tabla a la deriva. El mar se hacía inmenso por momentos; cada momento se eternizaba sobre la pulcra llanura azul, inexorablemente en expansión.

El primer día de travesía un empujón de furioso viento hinchó las velas y lanzó la embarcación, de gigantesca eslora, imperiosamente mar adentro. Algunos hombres, aglutinados en torno a los barriles de ron, observaron el cambio mientras fumaban impasibles en sus pipas, más atentos a la partida de naipes, al azar que se disputaban a cara de perro entre ellos, que al rumbo que el viento en auge hiciera tomar al barco.

El segundo día, la fiereza del viento amainó y la embarcación disminuyó su marcha vertiginosa; los hombres que jugaban a las cartas siguieron haciéndolo sin mayores reflexiones, mientras otros tantos volvían a despojarse de sus ropas para prestarse de nuevo a las caricias del sol allá en lo alto, clavado en el cielo como una fijación de niño que temiera a la oscuridad.

El tercer día las olas dejaron su ondulación acompasada y comenzaron a arremeter violentamente contra el casco de la embarcación. Algún hombre se ocupó de echar lastre por la popa, previendo que el excesivo peso podría llegar a hundir el barco, y mientras tanto algunos seguían bebiendo ron y fumando en pipa, mientras lanzaban bravatas y faroles al aire salado de la cubierta. Los hombres que apetecían de tumbarse bajo el sol como lagartijas empezaron a cubrirse el cuerpo y a erguirse, al comprobar que una fina lluvia comenzaba a caer sobre ellos a la par que el zarandeo molesto del barco impedía cualquier concentración abstraída bajo el cálido fulmen solar.

El cuarto día de viaje el barco pareció encallar, pero los hombres que se percataron de ello no conseguían explicarse con qué podría haber chocado el casco en medio de alta mar. Detenidos en medio del océano, algunos hombres se desperezaron y trataron de encontrar explicación a esta pausa en la monótona movilidad de su transcurso marítimo, resolviendo finalmente descolgarse por babor para indagar las causas y, tal vez, aplicarle remedio efectivo. Al sumergirse bajo el agua, comprobaron que la razón de hallarse varados era una montaña de sedimentos que había apresado el casco impidiendo la libre navegación del barco, por lo que decidieron subir de nuevo y esperar serenamente, bien continuando la perpetua partida de azar, bien tomando el sol o bebiendo ron o simplemente fumando en pipa, a que la marea subiese y los depositara de nuevo en ruta.

El quinto día cumplió sus expectativas y de nuevo se hallaron flotando sobre el límpido mar, empujados por los nuevos aires que henchían el velamen voluptuosamente. Un hombre yacía recogido en posición de loto y examinaba un pequeño cuaderno en el que no cesaba de apuntar notas y más notas: «Todo sigue igual; encorajinados emprendemos rumbo a la aventura, al descubrimiento supremo, al más sublime reconocimiento de nosotros mismos frente a la inmensidad del mar, aquí en las alturas de la vida.» Algunos hombres, henchidos de ron y ahumados por el tabaco, vomitaban incesantemente y con una extraña voluntariedad, como en cumplimiento de un rito inconscientemente asimilado, todo a lo largo de ambas mangas. El sol seguía clavado en el vacío azul del cielo, como un ojo avieso que penetrara las realidades íntimas de los hombres tirados por cubierta.

El sexto día los hombres asistieron a una tremenda tempestad cuyos violentos golpes amenazaban con mandar el barco a pique irremediablemente. Un hombre sugirió arriar las velas, pero como única respuesta obtuvo el gesto indiferente de los hombres que jugaban a cartas, exclusivamente dedicados a recoger las barajas, atar los barriles de ron a los mástiles y, con igual indolencia, poner a buen resguardo el tabaco para evitar que la humedad lo echase a perder. El hombre que anotaba cosas en su cuadernillo seguía escribiendo: «A veces me he encontrado tan solo que he sido incapaz de generar ningún deseo, ninguna esperanza. Es en momentos como éste en los que he buscado tu compañía, para aislarme del doloroso efecto del tiempo -devastador siempre- y afrontar con nuevos bríos la incertidumbre del viaje.» Dos o tres hombres, extrañamente convencidos de que el sol aún podía broncear sus cuerpos y aligerar sus pensamientos mediante su candorosa presencia, cayeron por la borda al mar sin que sus somnolientos cuerpos tardasen demasiado en desaparecer bajo las aguas, ante la escéptica mirada del mascarón de proa, y sin que los demás hombres sobre la cubierta lograran inmutarse lo más mínimo ante este hecho, de camino a resguardarse del temporal en la sentina.

El séptimo día no amaneció. La oscuridad se hizo completa y allí donde el ojo solar había propagado sus rayos inexcusablemente, dominante y omniscientemente, los hombres sólo pudieron encontrar la opacidad opresiva de una negrura total e infinita. La tempestad arreció y el barco parecía un barquito de papel humedeciéndose inevitablemente, cada vez más oscuro en el negro que lo abarcaba todo por todos los lados. Un hombre decidió subir hasta el puesto de vigía, desabandonado hacía tiempo, con la tímida esperanza de encontrar tierra por algún lado y el envalentonado empeño de quien supone que está haciendo algo útil por los demás. Los demás hombres le miraban desde la cubierta, alzando cansinamente la mirada azotada por la lluvia; una sacudida malévola de un brazo de viento derribó al ingenuo de las alturas y lo hundió en el vacío, ante la incredulidad generalizada de sus compañeros. Otra sacudida más brusca aún desarboló por completo la embarcación, momento en el que muchos aprovecharon para apartarse de la cubierta y evitar de este modo ser abatidos por la infinidad de maderámenes, palos y poleas que impactaban desde las alturas contra sus desprotegidas cabezas. Algunos hombres renunciaron a salir de la sentina y dispusieron un tapete para seguir jugando a cartas, mientras fumaban un tanto inquietos en sus pipas y el humo se expandía tenuemente por el espacio cerrado. Un par de voluntariosos decidieron, previendo quizás males mayores, aferrarse al timón para tratar de enderezar el rumbo de la embarcación, pero descubrieron asombrada y pavorosamente que, allí donde debía hallarse el instrumento fundamental de guía, no había más que una notificación garabateada a tinta borrosa: «Debido a la escasez de material constructivo, las Atarazanas Irreales desean comunicarles a Vds. que se ha debido prescindir del timón; no obstante, y siempre que la voluntad de todos así lo permita, nos complace informarles de que tal vez pronto podamos elaborar alguno.» El hombre que escribía en su cuaderno, esquinado, al margen de todo y de todos -de todos los hombres que caían por la borda en un infinito goteo de muerte hacia el vacío; del bamboleo universal y fatídico del barquichuelo- concluía: «Y, en fin, podrás decir que soy egoísta por recluirme en mí mismo y en mi Obra pero, a fin de cuentas, ¿quién si no un hombre capaz de expresarse plenamente -con plenas facultades físicas y mentales; con plena rectitud de juicio y formación intelectual- podrá llegar a gobernar, o cuando menos a ayudar a gobernar, este barco a la deriva, sin rumbo y sin timonel que lo guíe, en que vamos todos a la busca de nuevos horizontes?»

3 de junio de 1998

Los hombres deshumanizados

Érase otra vez en que los hombres habían perdido el respeto a los hombres y, habiéndoles parecido por completo ridículas las varias pretensiones que el ser humano en sí -y por sí- poseía, decidieron acabar con tan leve esencia para erigir en su lugar un continente que se identificara plenamente con su contenido.

A tal fin, durante sucesivas y arduas jornadas se empezó a desmembrar a hombres y mujeres -concretamente a hombres y mujeres de los grandes núcleos urbanos, ya que, como todo el mundo sabe, el motor que hace avanzar la humana Historia no es otro que el compuesto por urbanitas de clase media-media-; las particiones, elipsis y yuxtaposiciones se llevaron a cabo con el rigor estipulado por la Junta Permanente de Ideólogos Progresistas, y pronto no hubo quien, en varios kilómetros a la redonda, más acá del perímetro de basura amontonada en el extrarradio de los grandes núcleos urbanos, conservara algo de su anterior apariencia.

La televisión siguió todo el proceso, como era de suponer: aquí el encabalgamiento de un gemido, allí una calavera incrustada a modo de bombilla en una farola; más allá una vasija con forma de mujer, más acá un tropo inverosímil haciendo referencia a nada. Todo el mundo se maravillaba, aunque un tanto fastidiado, ante este nuevo adelanto técnico-metafísico. La verdad es que la gente no abandonó su desdén hacia todo nuevo rumbo de las innovaciones en materia existencial, porque todo estaba dicho ya y, tal vez, decirlo todo de nuevo, aunque de manera distinta, fuera un trabajo tan cansino como a todas luces inútil.

Mientras tanto, la Junta Permanente de Ideólogos Progresistas había pergeñado un nuevo proyecto para intentar aliviar la desgana de la gente hacia todo lo no humano. Consistía la idea, teóricamente, en tratar de anular los distintos interrogantes sin respuesta que la gente común de las ciudades se proponía de continuo a sí misma -ya que, como todo el mundo sabe, esta clase de interrogantes son los preferidos por la gente común de las ciudades-. La Planificación De Los Argumentos Explicitativos Para El Puntual Ensamblaje Del Discurso Comfortstable En Vías De La Distribución Operativa Del Mismo corría a cargo de la Comisión Intelectual Publicitaria de la Junta Permanente, y pronto su feliz elaboración estuvo a punto y contó con el visto bueno de las autoridades competentes -autoridades que, por cierto, sería la última vez que se arrogaban semejante adjetivo-.

Aún permanece viva en mi mente la imagen concreta de lo sucedido: las pantallas digitales copaban las diversas paredes de los hogares urbanos; un despliegue sin parangón de micromicrófonos auscultaba el seguimiento masivo del Discurso Comfortstable; cada entelequia, cada singular pronombre, cada introspectiva interrogación se preparaba para recibir en sí el nuevo imperativo del progreso técnico-metafísico que habría de reparar los desarreglos existenciales de cada uno a posteriori y de por vida.

Se produjo un chispazo casi inaudible, que fue agigantando su luz poco a poco en un principio y vertiginosa y brillantemente después, hasta provocar la ceguera momentánea en todos los que atendían al programa. Tras el estallido lumínico, llegaron las distintas ráfagas anuladoras del rechazo -que, en la jerga de la Junta Permanente y sus consortes, recibían el nombre de Zoom Retroabstractivo-, las cuales tenían como misión aniquilar todo rastro de sentimiento autonocivo. Momentos después se proyectaba una retahíla de imágenes acompañadas de oraciones simples, inconexas entre sí, con el propósito de mostrar al público que nadie debía subordinarse a nadie y nada era tan complejo como para inquietar a los nuevos entes porque, de hecho, lo inteligible había sido expulsado definitivamente de la faz de la Tierra.

El experimento duró varias semanas; al cabo de este tiempo, los habitantes de los grandes y medianos y tal vez pequeños núcleos urbanos salieron a la calle para reconocer el nuevo mundo que les había sido deparado. En los arcenes, la impresión no podía ser más patética: jirones de figuras y trazos de diversos colores vagaban sin saber qué hacer ni a dónde dirigirse; no se podía reconocer nada, nada se admiraba y nada significaba ni podía ni deseaba significar; herméticos versos se hacían opacos a cualquier comprensión ajena mientras mínimas pinceladas caían desvaídas por doquier, desapareciendo ambos ante la indiferencia máxima de los que aún conservaban algún interrogante que los vertebraba, manteniéndolos en pie a duras penas.

La multitud informe, desparramada por las calles como una mancha asquerosa, presentaba un rancio y homogéneo color de podredumbre. La Junta Permanente no tardó en quedar sepultada por sus propias excrecencias, y asimismo todos los comités y comisiones, y aparatos propagandísticos y técnicos al servicio de la deshumanización del hombre. Desde las innumerables esquinas de las ciudades, las exclamaciones profirieron agónicos aullidos y las metáforas se resquebrajaron dejando al descubierto cientos de sensaciones; los hierros entrelazados se fundieron para permitir a los árboles respirar y allí donde la bombilla parpadeaba irritantemente se volvió a ver al tartamudo vendedor de periódicos.

Los hombres volvieron a imaginarse hombres, pero eso será otra vez, supongo, en algún que otro núcleo urbano –porque todo el mundo sabe, o cree saber, que este tipo de cosas sólo acontece en los núcleos urbanos-.

23 de febrero de 1999

El hombre que amaba a los toros

El hombre que amaba a los toros vivía en una gran finca donde poseía decenas de ellos. Los veía pastar y correr, perder hasta trescientos kilos follando como toros; era un espectáculo increíble.

El hombre que amaba a los toros no concebía el asesinato en el ruedo. Le sangraban las tripas de ver la sangre brillante en el lomo negro, o berrendo, o tordo, de cada toro. La repudiaba.

El hombre que amaba a los toros un día saltó a la arena durante una corrida y se abrazó al grueso cuello de un semental moribundo. Se oyeron silbidos desde las gradas; todo fue muy rápido y muy extraño: lo sacaron de la plaza a patadas.

En los titulares de prensa del día siguiente se comentaban los extraños sucesos, y se tachaba al hombre que amaba a los toros de poco menos que de «espontáneo con complejo activo de Elektra.» Vamos, como para volverse loco; como si fuera poco más o menos que un minotauro invertido.

Algunos explicaban el hecho -sus más recientes amigos- y daban crédito a las tesis pseudocientíficas del equipo de psicólogos británicos que se hallaban estudiando, con desbocado interés, la desquiciada acción de aquel hombre amante de los toros. Así postulaban:

-Es normal, ha vivido mucho tiempo entre los toros.
-Y qué.
-Que se habrá enamorado, digo yo.
-¿De un toro cuajado de banderillas y que sangra por la nariz?
-No, hombre. De la especie, de la apostura, de la nobleza taurina, yo qué sé.
-Uhmmm…
-Claro, sí -intervenía otro-; complejo minotáurico de Elektra.

Y, meditabundo, como si fuese hombre de ciencia, cogía los datos y los posicionaba:

-Por eso trataba tan bien a los sementales y de las vacas hacía rodajas y solomillos.
-Claro, claro… -asentía uno.
-No, sí se comprende -confirmaba otro.

El hombre que amaba a los toros no volvió nunca más a su finca, ni volvió nunca a ver un toro, ni siquiera alguna vez llegó a gozar de aire libre una vez que lo encarcelaron en el psiquiátrico más próximo a la plaza aquella donde cometiera sus desmanes.

Sólo había abrazado a un moribundo, ¿por qué ahora lo trataban de aquella manera?

Y el hombre que amaba a los toros se quedó ciego, a los pocos años, de tanto forzar la vista bajo la pálida luz de la bombilla para pintar aquellas enormes masas con cuernos que correteaban libres y vigorosas bajo un cielo azul desnudo, sobre una fresca campa, en sus sueños.

6 de febrero de 1998

El hombre cósmico

El hombre cósmico no piensa por su cuenta, lo piensan los demás en un bum de universal empatía. Hallados hechos y detalles por científicos estadounidenses. En Ginebra se construye un puente aéreo para la cooperación europea en los nuevos sirchin sobre él.

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Primer viaje del hombre cósmico a España en visita oficial. Lunch con S.M. el Rey a las 14.15 horas. Interviú con el presidente del Gobierno en La Moncloa. El Instituto Científico y Tecnológico (ICT) será el bildin donde se oficie la recepción de la comunidad científica al hombre cósmico en nuestro país. Espich en el ICT y posterior cena del hombre cósmico y los representantes de las Reales Academias de Ciencias Humanas y Científicas en el Hotel Kingdom.

El hombre cósmico deja España por la mañana para asisitir comida con el Papa.

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Declaraciones del hombre cósmico tras su encuentro privado, ayer, con el Papa: “Me siento feliz de conocer un poco más sobre los hombres”.

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Abierta la cátedra de Cosmovisón Humanística en la Universidad Libertaria de Amsterdam.

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El hombre cósmico dice comprender el alma humana. Polémica en los más relevantes joldins de teólogos, filósofos e ideológos del mundo. Faye Bowe, la catedrática de Psicología de la universidad de Harvard (Boston) declara: “No he visto semejante arrogancia en mucho tiempo, la etiología de esta rareza sería digna de estudio”. El jaijspiquer de la Comisión de las Naciones Unidas para la Narcotización Espiritual, Abi Isanni: “Nuestra labor versa en saber encauzar las energías, tanto colectivas como a nivel individual y privado, de todos los pertenecientes a la esfera de esta institución de carácter surreonacional”.

Declaraciones polémicas del hombre cósmico en Teherán. El columnista conservador británico Winston Eakman asegura con sorna no haber “escuchado algo tan sensacional en tiempos”, mientras fuentes vaticanas afirman que la Santa Sede interposicionará una querella contra el hombre cósmico.

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Primeros suvenirs con la figura del hombre cósmico en hasta siete posiciones distintas. La obra, fabricada por artesanos nepalíes, será expuesta al público en próximas fechas.

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El hombre cósmico padece por las víctimas de la guerra. Según su allegado el doctor austríaco Wilheim Klint, el hombre cósmico piensa hablar por primera vez de la polémica desatada por su afirmación de conocer el alma humana. Ésta sería la primera vez que el hombre cósmico comparece ante los media desde que se desatara dicha polémica.

La empresa argentina Nicolás Barrios Lsd., dueña del merchandising del hombre cósmico.

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El hombre cósmico habla ante el gran público: “Estoy cansado”, fueron sus únicas palabras. La emisión de este espacio, por cerca de 370 canales de televisión en todo el mundo y más de 720 millones de transistores, ha superado los índices de audiencia en la historia de los mass media. El tiempo total del espacio emitido fue de 53 segundos.

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El Gobierno sueco veta los estudios sobre la obra oral del hombre cósmico, que financiaba el ministerio de Cultura. Chile, Madagascar y los países del Benelux apoyan esta decisión y reafirman un tratado de no tolerancia contra las palabras del hombre cósmico.

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China declara persona non grata al hombre cósmico. EE.UU acuerda hacerlo también a cambio de recuperar Coca-Cola.

El hombre cósmico entrevistado por un periodista socialdemócrata: “Nunca debí haber abierto los ojos”.

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China devuelve la Coca-Cola a EE.UU como japién del pacto entre ambas naciones en el cual el hombre cósmico es nominado persona non grata en sus respectivos países. El jaijspiquer del Gobierno español, Benito Arrojo, declara su intencionalidad de hacer públicas las reprobaciones del Ejecutivo al respecto una vez que la indistintas comisiones que se han creado a tal fin tomen una decisión viable.

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Empeoramiento en el estado de salud del hombre cósmico, según fuentes próximas a él.

Serios disturbios sociales en Malaysia, al parecer por el enfrentamiento entre tropas gubernamentales y jóvenes fanáticos que desean la muerte del hombre cósmico.

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El hombre cósmico muere al reventarle la cabeza. El cadáver fue hallado por el doctor Wilheim Klint, a cargo de mirar por él las últimas semanas, “tendido sobre el suelo bajo un gas azul pálido”. El cuerpo está reposando actualmente en el hospital clínico de Buena Esperanza (El Cabo, Sudáfrica).

El responsable forense del centro clínico de Buena Esperanza, doctor Johann Drakensberg, afirma que la muerte fue producida entre las 15.35 y 15.37 del día de ayer, probablemente por recepción masiva de conocimientos. El doctor Wilheim Klint asegura que “ha muerto la persona más humana, más sensitiva y expansiva de la Historia”. El cadáver será inhumado mañana ante personalizaciones políticas, científicas y humanísticas de rango internacional.

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En Florencia un joldin de artistas jóvenes fundacionan la Asociación Cósmica Nacional, con la finalización de “atraer a la gente normal y corriente al otro lado de la calle gris en que vive”, según palabras de su joven creativo, de 23 años, Andrea Derano.

17 de abril de 1999