Hace tiempo que ya no es un secreto

…que el PSOE de Felipe González fue una creación de la CIA junto con los sindicatos alemanes y la “extrema derecha” del mismo país para acabar con la hegemonía del PCE de Santiago Carrillo, como tampoco es secreto que fue el Gobierno de aquél el que organizó los GAL, o que éste fue el peor criminal de guerra, junto a Lluis Companys, de la Guerra Civil del 36.

Como tampoco es un secreto que el rey Juan Carlos I fue el principal inductor del golpe de estado del 23-F, que en un nuevo cambiazo de las tornas sirvió para relegitimar al sucesor directo de Franco en la Jefatura del Estado, propiciando de paso el reparto amigable del Poder entre PSOE, CiU y PNV, con los negocios para la Derecha pastueña o pastoreable.

Pero llegó Zapatero al Poder, mediante la mentira manifiesta sobre sus intenciones, vía masacre terrorista del 11-M, e hizo saltar todos los consensos del Reparto o Saqueo Institucionalizado -recuérdese que Aznar decidió “pasar página” de los crímenes del Felipato (de la corrupción al asesinato)- para relegitimar a la ETA y al Frente Popular frente a la Derecha.

No es un secreto que a través del “proceso de paz” se estipularon las condiciones para salvar a la organización criminal de su extinción real (sociopolítica, cultural, económica), en aras de tantear incluso la posibilidad de una alternativa al PNV similar a la del tripartito en Cataluña como pretendida alternativa al Pujolismo; total para cambiar la corrupción por una similar o mayor corrupción acompañada de un delirio ideológico, si cabe, superior al de PNV y CiU.

Tampoco debiera parecernos exactamente un secreto que la Constitución, tergiversada a gusto de los nuevos capitostes del PSOE y de su otrora sección del PSC -ahora es el PSOE una sección del PSC-, no pueda considerarse un texto constitucional al uso, sino más bien una carta otorgada; o que no pueda entenderse por democracia aquel sistema donde no existe la separación de poderes más elemental, que es la que se establece entre Ejecutivo y Legislativo.

Por eso padecemos una dictadura de los partidos o Partitocracia, devenidas sus más conspicuas élites en casta parasitaria de todas las instituciones públicas y de gran parte de las privadas, mientras el servilismo de la mayoría de los jueces -el lucro y el falso prestigio “social” es su divisa- rivaliza con el de los periodistas que expiden los carnets de demócrata cuando desconocen sus más elementales pilares.

LO DE LA ETA TAMPOCO ES UN SECRETO

No puede entonces sorprender a nadie que la ETA esté en el ajo con Pedro Sánchez y sus memorias particulares y secretos inconfesables, pues por ejemplo tal vez no conviene ahora que se sepa que son los responsables del atentado contra el Hotel Corona de Aragón, o los más que probables asesinos de “Pertur”, por no hablar de lo que podría derivarse de conocer las informaciones del CNI respecto al 11-M.

La ETA nació en un seminario, cosa bastante conocida aunque nunca se hayan dado los nombres exactos de los instructores ideológicos de los pistoleros; pero lo peor es que, habiendo podido ser liquidada antes de Franco, cumplida su misión de acabar con Carrero Blanco, parte de los servicios secretos del régimen decidieron que su continuidad terrorista podía corresponder a su propia continuidad en los aparatos del Estado.

Lo cuenta un tal “Teo” Uriarte en sus memorias, como que años después alguien como el máximo dirigente del PNV Javier Arzalluz trataba de convencer a los “polimilis” (ETA-pm) de que no lo dejaran, ¡tantos réditos sacaba el recién estrenado régimen abertzale del Terror impuesto a los discrepantes y críticos de su hegemonía! El exterminio público de la Derecha españolista vasca fue el precio a pagar por la aquiescencia jeltzale al nuevo régimen.

Algo que, entre otras cosas, explica bien a las claras el silencio cómplice del PNV ante los desmanes antiterroristas del GAL, como explica su reacción ante el verdadero levantamiento popular contra la ETA y sus cómplices institucionales a consecuencia del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco: el PNV vio en peligro su hegemonía y diseñó el Frente Abertzale de Estella con la ETA para conservar el Poder.

De aquí derivó a su vez la subsiguiente estrategia del Gobierno de Aznar con Mayor Oreja en Interior, que por vez primera en tres décadas trató a la organización criminal únicamente como tal, y no como a ese “agente político” con pretendida licencia para asesinar. Una política traicionada por el PSOE de Zapatero y Rubalcaba desde el primer minuto, y posteriormente abortada –atentados del 11-M mediante, cabe reiterar- y sustituida por el “proceso de paz”.

MEJOR HACER COMO SI NO

No es ningún secreto que el Pueblo español es en su mayoría gente ignorante de estos hechos y de la consecuente degradación del sistema, básicamente porque carece de la más elemental educación política, pero también por la inmensa pereza que le produce la mera noción de “asuntos públicos” o “cuestiones de Estado”. Pero una democracia sin demócratas es un imposible, a lo sumo un mausoleo de leyes y reglamentos que no se han de cumplir jamás.

Y qué duda cabe, porque tampoco es que sea un secreto, que una democracia en la que no existe -no se da, no se permite apenas- la libertad política no es una democracia, sino una dictadura más o menos encubierta. Claro que además podría ser peor con un caudillo del Socialismo rampante y saqueador al frente del Gobierno, o sea: justo lo que tenemos ahora. (Mejor quedarse muy quietos, entonces, y con la mascarilla puesta por si sirviera de algo.)

Se trata de la Unidad de España

…como única garante de que -premisa sin la cual no– la Soberanía Nacional existe, esto es: los españoles conformamos el único e indivisible sujeto decisorio sobre el territorio nacional, constituimos el Estado nacional por decisión propia e irreversible, democráticamente… aunque ciertamente no sea así más que sobre el papel (“el papel del 78”), pues que antes de todos nuestros arbitrios y decisiones ya existía no sólo España sino el mismo Estado español, y no precisamente por consenso democrático “de todos” o de “los libres e iguales”.

Por eso rechina tanto el discurso de “la defensa del orden constitucional” practicada por los “constitucionalistas” pata negra con cualquier motivo, como en el caso de los ilegales indultos a los golpistas catalanistas, cuando en rigor el germen de todo separatismo y disgregación de la Soberanía Nacional halla su acomodo en la Constitución del 78 y sus posteriores desarrollos y desarreglos, algo tan patente ahora como entonces, como prueba que todavía se tratase de enmendar el yerro con la LOAPA.

No hubo tal, Pujol mediante y la voluntad tal vez abúlica de un Rey que ya comenzaba a relajar costumbres, dignidad y bragueta a partes iguales, siendo el gran valedor o justificante último de la corrupción sistemática que imprimieron a aquel “régimen constitucional del 78” los Felipe González, Pujol, Arzallus… No hubo tal y, desde entonces, con el leve paréntesis de las legislaturas de Aznar, nos han/hemos encaminado al sinsentido último a que nos abocaba de primeras el redactado nefando de una Ley nunca acabada de interpretar del todo.

Corrupciones todas ellas de largo alcance cuyos últimos coletazos despiden por el espacio público casos de golpismo separatista, evasión fiscal al por mayor, prebendas para condenados por terrorismo, censura de medios públicos y privados, coerción sistemática en centros educativos y universidades, connivencia de los gestores de intereses privados con los dadores del Poder y, en definitiva, todo un espeso manto de compra de voluntades a través de una estrategia de dominio hegemónico que nos ha deparado la España que vivimos hoy.  

Contra todo este estado de cosas haría mucha falta un decente e innovador Partido de Izquierda Nacional, dado que al menos ahora podemos afirmar que contamos con un genuino Partido de Derecha Nacional (Vox), pero hace mucho ya que el nicho electoral o “la ventana de oportunidad” se halla abierto/abierta, de par en par. ¿Ha de servir lo de Colón para la debida conformación de dicha alternativa?

Sólo Vox parece entender la situación actual de España

…con un Ejecutivo de práctica demolición de la tradición constitucional y unitaria de la Nación desde 1812; con un Pablo Casado echado a perder después de su desabrido discurso antiAbascal durante las jornadas de la moción de censura contra Sánchez; con una Inés Arrimadas entregada al «diálogo» con el PSOE (¿y con el PSC también?) por mor de eludir «la crispación»…

En dos semanas se celebrarán elecciones (como si todavía se pudiera elegir allí, con libertad) en la desgraciada tierra de Cataluña, donde las facciones en busca de los restos del botín del Pujolato -autoridad del jefe de clan o capo, prestigio del terror imbuido jerárquicamente a todos lo que ansían formar «un sol poble»- formarán gobierno «como sea», una vez que resuelvan los pormenores técnicos de la repartición del Poder.

En frente, como recién aparecidos, sólo tendrán entonces a los diputados de Vox y a algunos supervivientes de la criba en PP y Cs -siempre y cuando no venga Teodoro García Egea a empeorar la situación espoleado por un Feijóo, pongamos por caso-, lo cual deparará a Alejandro Fernández una soledad pública similar a la de Cayetana Álvarez de Toledo, aunque al menos (como a ella) siempre le quedará el apoyo moral de… los de Vox, claro.

Porque Casado no da muestras de querer hace siquiera oposición en lugares como Cataluña o País Vasco, puede que para mantener «abiertas las vías» de cara a futuras ententes o contubernios con PNV ¡y hasta con ERC, como en tiempos de Soraya y Rajoy! en vistas a desalojar a Pedro Sánchez de La Moncloa cuando la devastadora crisis económica, sumada a los drásticos números de decesos a lo largo de la pandemia, se lo lleve por delante.

Pero lo cierto es que, hasta la fecha, los errores y las mentiras, los casos de negligencia y corrupción y las mismas muertes por Covid19 las ha distribuido Sánchez efectivamente entre todos -responsables autonómicos, municipales, servidores públicos y ciudadanos- con un éxito notable, o de lo contrario ya habría sido procesado junto a la mitad de su gabinete empezando por Salvador Illa, ese ex ministro de Sanidad y candidato a la inanidad que también podría llamarse Benigno sin causar mayor injusticia a su nombre.

Por lo demás, como ya no hay vida parlamentaria -algo que de todos modos no nota el común de los españoles, sepultados éstos bajo las tablas de incidencia acumulada e ingresos en la UCI-, da la impresión de que ya no va a haber política ni casi cambios hasta las próximas Generales, porque ese tipo de clon específico del PP (tanto como de Cs en los últimos tiempos) sólo está acostumbrado a hablar si le ponen una alcachofa delante, si los periodistas aguardan disciplinadamente en fila a las declaraciones oficiales de turno.

De ahí que los medios nos entretengan con las peleas gallináceas entre los socios PSOE y Podemos en el seno del Gobierno, a cuenta de dogmas y prejuicios sobre asuntos que no importan a la generalidad de los españoles -pero que desde luego nos lo ponen más difícil en el día a día, al par que coartan nuestra libertad de expresión y merman nuestro derecho a la igualdad de trato y de oportunidades-.

De fondo, Sánchez sigue quemando etapas, naves, ministros y lo que se tercie en su única idea fija de hacerse con todo el Poder y consolidarse en él para los restos, él y los suyos -entre quienes no faltarán miembros de otros partidos, ojo; así como «intelectuales» y «compañeros de viaje» de toda laya-; en frente, todavía, apenas nadie: sólo Vox parece entender la situación actual de España, pero sus actuaciones no parecen responder a una genuina estrategia a largo y de ello se resiente todo su discurso y por supuesto su acción política.

Lo propio de la Casta es cuidar de sí misma

…antes que cualquier otra consideración, como el bien de los gobernados. Precisamente del grado de iniquidad que alcance esta automunificencia deriva la clasificación de los regímenes políticos en democráticos, oligárquicos o abiertamente despóticos. En España hace tiempo que nos han (hemos) acostumbrado a la endogamia enfermiza de los círculos del poder, no tan distintos los actuales a los de hace un siglo -o por lo menos no cambian mucho los apellidos-.

De aquí que no extrañe la habitual manera de proceder en esta crisis pandémica como en cualesquiera de las otras, económicas o de corrupción al por mayor: primero han de salvar su cabeza los miembros destacados de la Casta (Juan Carlos I y Suárez, Pujol y González, los jelkides del PNV de Arzallus a nuestros días, los socialistas andaluces y sus camaradas de la UGT, los superespías tipo Villarejo y los superdirectivos del Íbex), y de ahí para abajo.

Algo que resulta incluso más patente en las filas de los salvapatrias desfachatados de Podemos, cuyos dirigentes todos han cometido entre unos y otros la práctica totalidad de los delitos y faltas atribuibles al ejercicio corrupto de un cargo público, y lo meritorio es que ya lo hacían antes de llegar a ocupar cualquier puesto político (Monedero, Echenique, Mayoral, Rodríguez, Espinar, Serra, Errejón, Maestre y el propio Iglesias).

Tenemos una casta política que al menos en lo que llevamos de siglo ha funcionado siempre por cooptación de lo peor: lo más ignorante, resentido, servil y sectario; los más brutos, rencorosos, sumisos y al par fanáticos de La Causa de la Política que pasa, a sus ojos, por establecer un nuevo Poder que ordene, a través de la discriminación y el encuadramiento, lo complejo de una sociedad (o magma social) que se resiste a ser inmovilizada en su lecho de Procusto.

Pero el último ejemplo de la prioridad en la vacunación contra el coronavirus que se han dado unos cuantos cargos electos y sus cohortes respectivas no debiera, pese a su gravedad y el patetismo de la situación en la que han acabado atrapados, hacernos olvidar que las costumbres del privilegio y del nepotismo vienen de antiguo, que las formas democráticas escasean -tal vez por falta de tradición- en la vida pública española, y que la ejemplaridad no está a la orden del día entre nuestras presuntas “élites” locales y nacionales.

Tal vez por una cosa y por la otra y por la de más allá, luego resulta que éstos y aquéllos ya “pasan olímpicamente” de recomendaciones, avisos y restricciones; lo hacen siguiendo el perverso ejemplo de esos otros que hacen de su condición “excepción” en vez de servicio al público: al ver cómo los miembros de la Casta se sitúan por encima y desde allí deciden (decretan) lo que les estará bien merecido a los del pueblo-chusma-gente.

Se trata de los mismos que durante años y décadas se han agenciado los recursos para hacer buenos negocios con información privilegiada obtenida en razón de su cargo; los que gozan de todo tipo de facilidades para sus créditos y del negociado de las dietas y de sus pensiones vitalicias; quienes deciden quién y en qué se puede invertir, cómo y a qué precio se puede contratar, qué negocios quedan al abrigo del poder político y cuáles pueden ser expropiados a voluntad.

Hace mucho tiempo ya que el régimen del 78 no es más que la pantalla hecha jirones de este estado de cosas oligopólico, donde la rebatiña entre las facciones implicadas se vuelve feroz cada vez que la situación financiera (y) de las cuentas públicas amenaza quiebra, y lo único que de 2008 ahora ha cambiado es que el Gobierno Sánchez-Iglesias pretende tener un proyecto ideológico para España y los españoles que haría superar lo funesto del tiempo presente.

Cosa que, sobre falsa, no sería incompatible con el nihilismo cierto de estos últimos saqueadores de la Casta que piensan, ante todo y sobre todo, en enriquecerse “como sea” antes de que todo haga definitivamente implosión -la salida siempre podrá ser un paraíso fiscal caribeño (o un régimen cleptocrático afín, en el Caribe o cerca) para los que porten consigo las suficientes maletas del despojo-.

Y cuando todo ello suceda, y todos seamos testigos de estos hechos, todavía se llamarán a sí mismo “exiliados” y apelarán al “derecho internacional” para no verse de pronto extraditados. Al tiempo.

Para qué elecciones en Cataluña

…si del proceso sólo puede salir un nuevo ejecutivo golpista, procesionario, puramente un medio o mecanismo dispuesto únicamente para preparar una nueva proclamación separatista disfrazada de consulta popular; para qué le sirve a ningún catalán contar con una Generalidad despótica y corrupta en sí misma después de las cuatro décadas ininterrumpidas -la excepción del tripartito maragalliano fue en la misma línea, y más allá- del Pujolismo.

Con una administración quebrada de facto ya en 2012 -con el testaferro Artur(o) Mas cerrando quirófanos mientras farfullaba el “España nos roba” porque ya no podía siquiera asistir al parlament(o), cercado por las crías asalvajadas del catalanismo hortera y antisistema que se fingía cosmopolita porque el Barça ganaba alguna Champions-, las instituciones brindadas constitucionalmente a la Autonomía catalana no han sido buen negocio para los ciudadanos.

Obviamente, han hecho negocio los de siempre; como por ejemplo todos esos señores que al amparo de Rajoy después del 1-0 pudieron sacar sus empresas -sus sedes fiscales, lo primero- a lugares como Valencia o Madrid, caso de los banqueros que tanto y tanto disimularon las tropelías de la banda de los Pujol porque a ellos algo les tocaba en el reparto del Saqueo -y como siempre sucede que para que unos recojan las nueces otros tienen que sacudir el árbol…

Ahora resulta que el maldito Gobierno PSOE-Podemos, singularmente su cabecilla presidencial Pedro Sánchez -plagiario, mentiroso, despótico, nepotista y traidor-, se apresta a “arreglar” la situación penal de los conjurados para instaurar una dictadura fascistoide en Cataluña contra cerca de dos tercios de su población, y todo al parecer por mero interés electoral trastocado, en el caso psicopático que nos ocupa, en otro recurso más de su estrategia de dominación total.

Para el presidente del Gobierno, Cataluña en manos separatistas es el horizonte a corto y medio plazo, porque así lo pactó con ellos -JxCat, PDeCat, ERC, CUP… son siglas distintas de formaciones que convergen en la construcción de ese espacio excluyente del catalanismo, que goza de pleno consenso en la base para proceder entre ellos al reparto del Saqueo institucional y a particulares emprendido por el demiurgo corruptor Jordi Pujol desde primeros de los 80’-.

A cambio, Sánchez se garantiza el apoyo de legislatura (y más allá) por parte de quienes sólo pueden ganar con un PSOE entreguista a Podemos y un Gobierno de España compartido entre ambos y por ambos con sus numerosos aliados antidemocráticos y antiespañoles, incluidos por tanto el PNV y el partido de la ETA (Sortu-Bildu), BNG y los otros escaños de las formaciones particularistas hasta la extravagancia, caso de Teruel Existe, la Chunta, Compromís, CC, PRC…

Partidos que no debieran tener representación ninguna en el Congreso, sede de la Soberanía Nacional según la Constitución de 1978 y por lo menos hasta el día en que, por sola mayoría simple, se hizo aprobar el Estatut(o) inconstitucional, en aquel momento ninguneado por los propios ciudadanos de Cataluña que no acudieron precisamente en masa a su refrendo, y años después transformado por sus impulsores en origen mítico de la revuelta separatista.

En rigor, lo que desde Mas a Puigdemont pasando por Junqueras se pregona de la presunta insatisfacción del catalán medio con las instituciones del Estado nacional no responde, verdaderamente, sino a la desesperada huida hacia delante de la casta política más corrupta de España y de cualquier otro país de la UE, ese presunto modelo para las presuntas élites presuntamente modernas, diligentes y cosmopolitas de Cataluña.

LA ÚNICA SOLUCIÓN ES (LA ALTERNATIVA) NACIONAL

Los hechos son testarudos, y allí donde la honorabilidad del cargo la ha fijado uno de los mayores ladrones de nuestro tiempo, o bien el coraje y la valentía se escenifican saltando sobre un land rover de la Guardia Civil rodeado de chusma adicta, o bien saliendo al escape hacia la frontera más próxima metido en el maletero de un coche… resulta difícil no diagnosticar lo avanzado de la enfermedad social y política del cuerpo electoral catalán.

Así las cosas, cabe reiterar la pregunta porque cabría hacérsela, sin ir más lejos, a los eximios representantes de la oposición (PP, Vox y Cs): ¿para qué elecciones en Cataluña cuando nada puede cambiar si no es a peor? ¿Para qué seguir participando de la farsa de “elecciones libres y democráticas” cuando de antemano se sabe que no se da la igualdad de condiciones porque no se respeta el pluralismo político (que no existe en los medios locales) desde hace décadas?

No es que sea una impresión subjetiva, sino lo que precisamente han venido denunciando PP y Cs, sobre todo en lo que llevamos de siglo XXI. Ahora que de nuevo apuestan por “tercerismos” y “vías intermedias”, conviene recordar hasta qué punto ambas formaciones acaban siempre por sucumbir a los cantos de sirena de la “moderación”, medalla aparentemente democrática con la que de tarde en tarde les distinguen sus enemigos para confundirlos.  

Pero aunque ahora los leales vislumbren una nueva esperanza en la irrupción de Vox con su magnífico candidato Joan Garriga, lo cierto es que los unos (separatistas) por los otros (moderados) se encargarán -como así pretenden hacerlo en el País Vasco los de PP-Cs- de marginar por todos los medios a la única alternativa nacional que existe a este estado de cosas demenciado y opresivo.  

Algunos en el Gobierno piensan que habrá que esperar al resultado de las urnas para aclarar la situación o más bien la nueva dirección en el movimiento del Movimiento (o Bloque) conformado por Sánchez para soportarlo en el Poder. Otros, algo más modestos, esperaremos básicamente para tratar de esclarecer la posición que adoptan los que dicen estar en contra de los designios de PSOE, Podemos y separatistas. Probablemente, para constatar lo peor.

Siempre fue un régimen de corrupción

…lo que padecemos ¿los españoles? -sólo aquellos que creemos en la Nación-; ¿siempre? -al menos desde el 23-F, fecha del primer cambio de régimen (después del fin del anterior régimen) vía golpe de Estado que trucó lo acordado hasta 1978 por otra cosa más, digamos, “apañada” (y eso que ya veníamos del “consenso” entre los valedores del Franquismo y el PCE)-.

Fueron desde entonces los años locos del Felipismo, con el GAL y la especulación masiva, la concentración bancaria e industrial y la venta a pedazos de nuestra soberanía política y económica al eje franco-alemán, con el “Montesquieu ha muerto” a manos socialistas y la consolidación de los feudos de los saqueadores: el clan Pujol (“organización criminal”), el PNV y el tándem PSOE-UGT en Andalucía, entre otros.

Por encima de todos, el por entonces jefe de Estado rey Juan Carlos I, a quien ahora tanto le achacan e imputan quienes se valieron de su campechana verbosidad para ocultar la gravedad de hechos como la masacre del 11-M –“Lo lleváis crudo”, les espetó el monarca a las víctimas que clamaban por Verdad y Justicia-, el “proceso de paz” con ETA o las maniobras separatistas en Cataluña.

Tan de lesa patria eran sus crímenes (y no sólo la mera corrupción económica), que no le quedó más remedio que abdicar en su hijo, ahora Felipe VI, precisamente el hito de regeneración democrática más esperanzador desde la victoria electoral de Aznar en 1996 -esperanza luego frustrada-. Para que ahora vengan los aduladores a hablar de “ejemplaridad”.

“Del Rey abajo, todos”, que acostumbran farfullar los testaferros encarcelados (como De la Rosa), los agentes entrampados (como Villarejo) o los mismos prebostes del régimen anterior al 11-M de 2004 (Pujol, González), cuando todavía hay quienes pretenden que en el Reinado de Felipe VI se puede seguir apostando por jugar fuerte al margen de la Ley y proceder a oscurecerlo y confundirlo todo después, cuando las cosas salen realmente mal.

No es que los españoles nos merezcamos otra cosa que la Mentira Oficial en nuestras relaciones con el Poder político, habida cuenta de lo mucho que llevamos tragando desde hace lo menos siglo y medio y prácticamente sin interrupción, pero desde que nos consideramos a nosotros mismos como ciudadanos de una Democracia, al menos, debiéramos saber disimular mejor nuestra perfecta indiferencia al respecto.

El rey Juan Carlos I es el sucesor en la Jefatura del Estado del general Francisco Franco, vencedor en la guerra civil de 1936-39 y caudillo de España durante cuatro décadas, con la misma legitimidad con que Felipe VI es su sucesor en la hora presente: la continuidad histórica de la Nación Española, no sólo de su Estado, simbolizada en la Corona.

Se trata de algo más que de ejemplaridad, y Juan Carlos I cumplió en su momento… para abandonarse a sí mismo después: la Nación lo ha pagado con creces. Felipe VI no ha de cometer ninguno de los errores de su padre y, sin embargo, a veces uno se malicia que con la mitad de carácter o de pulso que aquél, el Rey ya habría logrado poner contra la pared a todos esos alfeñiques enemigos actuales de la Nación y de la Monarquía que tanto más chillan y denigran cuanto más despreciables son en su condición.

No se trata desde luego de un legado fácil, en España nunca lo fue -recordemos a Amadeo de Saboya-, pero ahí tenemos todavía un Rey cuya altura moral y preparación intelectual hace empalidecer a los que han tenido que plagiar sus expedientes para hacerse acreedores de algún mérito académico o profesional -y que conste que no me refiero en exclusiva al indocto presidente Sánchez-.

Los españoles debiéramos tenerlo muy claro; como todos aquellos que acudieron a la llamada regia a “asegurar el orden constitucional” después de que en mensaje televisado denunciara que “determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno”.

Se refería en aquella ocasión a “los legítimos poderes del Estado”, caso de la Justicia, que con las excepciones de algunos fiscales y jueces (algunos, de hecho, ya difuntos) han decidido avenirse al diktum gubernamental del tándem Sánchez-Iglesias para sacar a “los chicos” a la calle, después de que los propios juzgadores del Supremo entendieran como “ensoñación” los delirios separatistas que a punto estuvieron de provocar un baño de sangre en Cataluña.

Así que mucha duda no cabe a día de hoy: el rey Felipe VI simboliza la continuidad de la Nación, encarna el Estado democrático, del que es primera autoridad, y representa la única institución en la hora actual que, como la Guardia Civil o el Ejército, no parece en almoneda ni responde a otra razón de ser que el servicio a la Patria y a los españoles.

Siempre fue un régimen de corrupción, pero si la Corona se mantiene todo es posible aún para España.